En la aldea
18 mayo 2024

Aquí es, aquí es

“Hoy en día si digo disfraces, pienso en políticos; si digo desfile también pienso en las negritas (adivina quién soy), aquellas negritas que a despecho de las sospechas, no sabe uno a ciencia cierta quiénes son en realidad. ¿Irá todo mundo a unas primarias?, ¿irán los mismos de todos los carnavales?”.

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Sonia Chocrón | 23 febrero 2023

Pido disculpas de antemano. He devenido en incrédula, desconfiada y memoriosa. Antes de serlo me encantaba el Carnaval. Los que me tocó vivir. Los que contaba mi madre. Hacía yo memoria por estos días de la aventura que era salir “de viaje” al litoral central, a uno de aquellos clubs de playa, con mis hermanas mayores y mis papás para pasar esos cuatro días entrañables para el olvido y la diversión. Carnaval era entonces playa, disfraz y paseo.

Había concursos de disfraces y hacíamos lo que podíamos con lo que teníamos para armarnos alguno que mereciera “desfilar” en el teatro del club. Nunca ganamos nada -por supuesto, algunos niños iban con sus disfraces alucinantes especiales para la ocasión- pero éramos felices y gozábamos. Recuerdo muy especialmente a mi padre cuyo equipaje más importante eran ingentes bolsas de caramelos y chupetas que nos repartía durante el camino para aventarlos a través de las ventanillas a los niños humildes que entre Macuto y Naiguatá vociferaban desde las aceras “Aquí es, aquí es” con las manos como cuencos puntuales.

Eran unos niños delgadísimos, tostados por el sol, inmersos en sus bermudas grandes, entregados al mero gozo con sus pies descalzos sobre el cemento caliente. El “Aquí es” que recuerdo era ternura pura. Era poder regalar. Era alborozo de ellos y nosotras. El de mi papá bien amañado y hasta enamorado de las costumbres venezolanas. En el club, en cambio, el Carnaval era más un susto -pero con gusto-: Se la pasaba una esquivando bombitas de agua o huevos como pedradas. Pero digamos que esa es otra historia. La de los huevos.

“¿Quiénes serán por fin los candidatos?, ¿lograremos llegar a unas elecciones (si es que conseguimos sobreponernos al ventajismo, al voto virtual y al fraude) con un solo postor?, ¿podremos, la oposición cierta, congregarnos al fin en una sola comparsa?”

Por lo que mi mamá contaba, el Carnaval en sus años mozos era otra cosa. En aquella Caracas aún provinciana pero respingada y clasista. Había desfile de carrozas, fiestas con orquesta y trajes y serpentina, y el famoso disfraz de negrita que de tan popular, hizo desmanes de amor, hizo embarazos imprevistos sin perder el anonimato de aquella pregunta insinuante: “¿Adivina quién soy?”.

Dice la historia que el Carnaval se remonta a ritos ancestrales de la antigua Grecia y el imperio romano. En todo caso hoy es una tradición en casi todo el mundo occidental. Una fiesta que combina manifestaciones culturales de índole variada que incluye la música, el baile, la mascarada, el atuendo, en el que las personas coinciden (plebe y alcurnia -sin distingos ni exclusiones- para disfrutar.

Estas fiestas han sido usualmente vistas como una válvula de escape o una catarsis de la sociedad, que antes de la llegada de la Cuaresma podían desatarse para luego iniciar, según la religión católica, la purificación en los días de Semana Santa, época de la crucifixión y resurrección del hijo de Dios, Jesús.

“Otro de los avances que tuvo el Carnaval en Venezuela, es la influencia de Antonio Guzmán Blanco, que durante su gobierno el Carnaval pasó a ser un tipo de celebración más elegante de la que se conocía hasta ese momento de la historia. En ese entonces, el presidente Guzmán Blanco tuvo las intenciones de acabar con el tipo de celebración que en algunos casos se tornaba un poco agresiva por el uso de agua y otras sustancias; por lo tanto a partir de este momento la celebración del Carnaval en Venezuela pasaba a ser una festividad donde uno de los elementos más importantes serían las comparsas y los disfraces, en lugar de los juegos agresivos con agua y otras sustancias como era en sus inicios; es decir, que para este punto de la historia la festividad en el país adquirió un significado y una manera de llevarla a cabo distinta a la anteriormente conocida, el agua fue suplantada por juegos con confeti siendo una manera más sutil y refinada. Y así se mantuvo hasta el siglo XX, Venezuela se llenó de carrozas, disfraces, bailes populares en salones refinados, durante este asueto”1.

En Venezuela, el Carnaval se ha diversificado por regiones al punto de variar desde formas africanas de celebración hasta pasar por la fiesta taurina o la samba. Rememoro también otra fiesta de disfraces que celebrábamos en mi colegio hebreo, “Purim”, aunque solo tiene en común con los carnavales la tradición de usar disfraces. La celebración surge desde el propio libro de Ester, en hebreo “meguilat Ester” que narra la historia de la joven judía (que obviamente es Ester), una especie de Sherezade, que conquista los favores del rey persa, y logra salvar así a su pueblo de una muerte a la que estaba condenado.

Purim (palabra que en hebreo significa “suertes”) en conmemoración del milagro mediante el cual el día elegido “en suertes”, a través de los dados, por el malvado ministro Amán para aniquilar a todos los judíos de Shushán, se convierte después de todo en el día final del propio ministro y sus secuaces a manos del rey persa Asuero, identificado por algunos historiadores como Jerjes I, alrededor del 450 a.C.

El Libro de Ester narra, en efecto, con sus giros, suspensos y “turning points”, cómo el rey Asuero de Persia, en lugar de matar a todos los judíos de su reino, como le había pedido su ministro Amán, da muerte a Amán, a sus diez hijos y los enemigos en todo el imperio. Y todo porque Asuero se enamora locamente de Ester, la elige como esposa en una fiesta-concurso, y designa en el puesto de Amán a Mardoqueo, tío de Ester.

A pesar de que Purim es considerado uno de los días más alegres del calendario hebreo, los judíos tienen la obligación de ayunar y orar en la víspera, en recuerdo de los judíos persas que ayunaron ante el inminente conflicto que podría haberlos llevado a su exterminio.

(Purim me remonta incluso a mi niñez más remota, en preescolar, cuando era gordita, y tenía un disfraz de hawaiana). Después, con los años, la palabra Carnaval se me fue desdibujando. Y desde hace ya más de dos décadas, significante y significado -en mi imaginación- tomaron caminos distintos. Hoy en día, ahora que soy una cínica descreída, soy delgada y poco me disfrazo, si digo Carnaval pienso en elecciones. Si digo disfraces, pienso en políticos, si digo desfile también pienso en las negritas (adivina quién soy), aquellas negritas que a despecho de las sospechas, no sabe uno a ciencia cierta quiénes son en realidad.

¿Irá todo mundo a unas primarias?, ¿irán los mismos de todos los carnavales?, ¿quiénes serán por fin los candidatos?, ¿lograremos llegar a unas elecciones (si es que conseguimos sobreponernos al ventajismo, al voto virtual y al fraude) con un solo postor?, ¿podremos, la oposición cierta, congregarnos al fin en una sola comparsa?, ¿o es que acaso volverán aquellos que siempre compiten por el botín –aquí es, aquí es– como aquellos niños descalzos y gozosos, pero sin su ternura y sin su humana sencillez, esa que recuerdo de mi infancia?


(1)http://www.soiven.com/revista

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