En la aldea
23 abril 2024

Comprender nos abre a reconocernos en la distinción (y III Parte)

“¿Qué puntos tiene que rozar el mal para producir respuestas radicales de indignación en una determinada cultura?, ¿habrá la disposición que nos lleve a una inculturación de la política para poder pensar salidas desde lo que somos y vivimos? Este es el gran desafío”.

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Mirla Pérez | 02 marzo 2023

En estos días tan raros y confusos, inquietantes, es muy útil volver sobre lo que nos define como cultura. Hacen ya 25 años, desde el Centro de Investigaciones Populares, con la guía y acompañamiento de Alejandro Moreno, publicamos un libro bajo el título: “Historia-de-vida de Felicia Valera”. Vida e historia. Vivencia y externalidad.

Dos fragmentos de su historia citaré, en los que se concentra el significado real y profundo de una cultura hecha de madre, de relación, de convivencia, de gente. Un mundo humano a su modo. Desde la voz de Felicia y, en ella, de la madre popular venezolana, encontramos esta vivencia: “… mis hijos no tuvieron padre; mis hijos me tuvieron a mí; y mis hijos me tienen a mí… Le doy amor de madre. Quererlo más de lo que yo lo quiero, no puedo”. Su horizonte de realización está en el amor concreto y binomio madre-hijo. Esta es nuestra familia.

Un amor por el que se lucha. Una lucha que contiene una gran disposición personal, convicción, fuerza, decisión, continúa diciendo Felicia:

“Entonces yo iba trabajando, iba guardando; iba trabajando, iba guardando. Mandé hacer la otra parte. Y… así, yo hice mi casa [pausa mediana]. Así yo la hice: luchando y… y… y sabiendo luchar y afrontando los problemas. Porque… yo siempre pensé que si uno tiene un problema y uno no lo afronta, nunca lo resuelve. Como lo resuelve es afrontándolo”.

Así se han hecho nuestros barrios, así somos, determinados, decididos, contamos con nuestra fuerza, con nuestro trabajo, este país se hizo con mano de obra activa, con responsabilidad, la democracia que vivió nuestro pueblo favoreció la convivencia, el esfuerzo, la decisión. Trabajando y ahorrando Felicia hizo su casa, no esperó que el gobierno de turno le diera un bloque o una lámina de zinc.

Esta enorme disposición está en la cultura, sirve a la familia, pero también a la política. Subrayo la frase y la repito: “yo siempre pensé que si uno tiene un problema y uno no lo afronta, nunca lo resuelve”. No lo dice un político, lo dice Felicia, pero ¡cómo me gustaría escucharlo de la clase política en general!

“La democracia produjo en el desencuentro vías de comunicación y acción. (…) La democracia nos obligó a reconocernos”

De donde vengo y vivo, de esas comunidades populares, esta es la frase que se repite a diario. Desde esa afirmación se logra sostener la vida en una Emergencia Humanitaria Compleja sin precedente en Venezuela, en medio de un sistema que nos quiere robar la autonomía y la determinación, esa enorme capacidad de lucha. Por eso ante la dominación lo que conseguimos es un profundo rechazo a todos los mecanismos de coacción desde el CLAP hasta los bonos. La frase que se repite junto con aquella arriba citada:

“No quiero que me den cosas quiero trabajar y obtenerlo con mi esfuerzo, lo frustrante es no conseguir trabajo y estar obligado a usar el bono y el CLAP para que mis hijos no se mueran de hambre, siento mucha rabia…”.

Eso es cultura, la madre venezolana afronta, pone la cara y resuelve, identifica el problema y lo supera. Me quedo con esta idea y me acerco a la definición de comprensión, precisa y profunda, que hace José Ferrater Mora (1980), que nos ubica en un camino abierto al sentido fundamental: “Comprender significa, por lo tanto, pasar de una exteriorización del espíritu a su vivencia originaria, es decir, al conjunto de actos que producen o han producido bajo las formas más diversas -gestos, lenguaje, objetos de la cultura, etc.- la mencionada exteriorización…” (p.68).

La cultura habla desde Felicia es vivencia originaria y externalización, ¿por qué para las élites es tan difícil reconocerse en esta fuerza, en esta disposición a la verdad, en este diagnóstico en el que sabe que solo se puede resolver si se afronta? La madre venezolana desafía, hace frente al enemigo. No confronta. Afronta. ¿Será esta una clave para entender la política?

Esta disposición, esta cultura está ahí, existe, vive y continúa haciendo historia. Pero el liderazgo que pertenece a una élite, no lo ve, no lo comprende. “La lectura del magnífico estudio de Gustavo Gutiérrez sobre Bartolomé de las Casas (1992) me lleva a aceptar increíbles y maravillosas excepciones y, en especial, la de fray Bartolomé. Su pregunta crucial. “«¿Y si fuéramos indios?», así como su opinión sobre los sacrificios humanos de los aztecas, su comprensión sobre los dioses indígenas y la religiosidad indígenas, etc., inducen a pensar que en Bartolomé de las Casas, y en otros misioneros, se dio una profunda inculturación que les permitió empezar a pensar el «topos» del Otro” (Moreno, 2008, p.412).

La pregunta de Bartolomé de las Casas favoreció la apertura a la otredad, puede extenderse hoy a diversas formulaciones que nos abran a la distinción, por ejemplo: ¿y si fuéramos barrio?, ¿y si fuéramos Felicia?, ¿y si estuviéramos dispuestos a afrontar al enemigo, al problema, y no quedarnos solo en el juego de la confrontación? No sé, quizá, es posible que se descubran cauces en el mundo y práctica de las élites, de los grupos que piensan y hacen política, en el liderazgo opositor.

“La episteme popular no puede esperar de la modernidad ningún tipo de aceptación, comprensión o reconocimiento. Ni siquiera puede esperar un mínimo reconocimiento, práctico, de su derecho a la existencia” (Moreno, 2008, p.374).

El desencuentro de mundos ha sido radical en Venezuela, eso nos ha enseñado a lidiar con la diferencia, a instrumentalizar lo que no es propio y, al mismo tiempo, defender nuestra identidad, lo que somos, lo que nos hace pueblo. Una larga historia haciendo puente, la democracia fue un camino que nos llevó al reconocimiento de la pluralidad y la distinción, más que un sistema político ha sido un modo de relación con lo público, un punto de confluencia entre lo propio y lo ajeno.

“La modernidad que hoy domina no es la demócrata, es la revolucionaria, la de vocación totalitaria, la que no dialoga sino que se impone, la que nos niega el derecho a existir, la que elimina”

La modernidad del demócrata y/o de la democracia produjo en el desencuentro vías de comunicación y acción. El vecino encajó en ella el sentido de lucha, la decisión y la fuerza de Felicia, madre popular, hizo historia junto a ella. La democracia nos obligó a reconocernos.

Pero la modernidad que hoy domina no es la demócrata, es la revolucionaria, la de vocación totalitaria, la que no dialoga sino que se impone, la que nos niega el derecho a existir, la que elimina. Una modernidad en bifurcación. Le escribo a la primera, porque la segunda no es un interlocutor, su naturaleza es eliminar la pluralidad, negar la diversidad, imponerse, dominar.

Del lado de la democracia se ha construido una historia, siguiendo la metáfora de José Ortega y Gasset, una casa de vecindad en la que priva el reconocimiento; sustituyamos pueblo por élite e intentemos una comprensión de la diversidad que habita a un determinado grupo: “El tema del ensayo que sigue es la incomprensión mutua en que han caído los pueblos de Occidente; es decir, pueblos que conviven desde su infancia… Porque Europa fue siempre como una casa de vecindad, donde las familias no viven nunca separadas, sino que mezclan a toda hora su doméstica existencia. Estos pueblos que ahora se ignoran tan gravemente han jugado juntos cuando eran niños en los corredores de la gran mansión común. ¿Cómo han podido llegar a malentenderse tan radicalmente? (p.92).

Sustituyamos pueblo por grupos. Grupo de elite, político, opositores, demócratas, que han vivido juntos, pero hoy anteponen los intereses propios. La misma casa moderna de los demócratas ha venido forjando dos prácticas diferenciadas: grupos que reconocen que la naturaleza del sistema es la mentira y la eliminación, y otro que relativiza su mal pensando que solo se trata de contradicciones insustanciales, por tanto, se puede cohabitar con él

El primer grupo afronta con determinación, juzga con justicia al enemigo, están en el sentido vital de Felicia, ha construido un camino desde el mismo horizonte de sentido. El segundo grupo confronta, como si se tratara solo de desacuerdos insustanciales, diferencia en los modos de pensar y no de proyectos de naturaleza distinta. El que domina puede hacerlo en la medida que elimina al otro.

¿Qué puntos tiene que rozar el mal para producir respuestas radicales de indignación en una determinada cultura? Si lo vemos desde Felicia, como cultura, nos encontramos abiertos a la verdad y a la confrontación. ¿Habrá la disposición que nos lleve a una inculturación de la política para poder pensar salidas desde lo que somos y vivimos? Este es el gran desafío.


*Profesora Titular de la Universidad Central de Venezuela. Investigadora del Centro de Investigaciones Populares.
@mirlamargarita

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