En la aldea
24 julio 2024

Jon Lee Anderson: “En Venezuela se observa la aplicación de un patrón que tiene que ver con la cooptación y que muta un poco hacia la traición política”.

Jon Lee Anderson: Un revolucionario nunca es un ser democrático, siempre es la antítesis

“Venezuela tiene algo que dar, que es petróleo y, además, hay un interés en menguar la hemorragia de gente que está migrando porque se sabe que eso alimenta problemas en otros países y en los mismos Estados Unidos. Eso implica que hay y habrá políticas dirigidas hacia esas dos áreas; todo lo demás lo tienen que resolver los venezolanos”, palabras de Jon Lee Anderson, periodista estadounidense especializado en temas latinoamericanos, en conversación con La Gran Aldea.

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Alejandro Hernández | 13 marzo 2023

El nombre de Jon Lee Anderson está ligado a Latinoamérica desde hace tiempo. No en vano, el periodista estadounidense que bordea los 70 años -nació en 1957- ha pasado buena parte de su vida recorriendo el continente, contando su historia, perfilando a personajes poderosos o reconstruyendo a mitos revolucionarios como el del “Che” Guevara.

Algunos de esos perfiles o largas crónicas para publicaciones como el The New Yorker o en la revista Gatopardo han sido lecturas ineludibles para varias generaciones de periodistas latinoamericanos. También le han valido críticas por cierto entusiasmo o condescendencia hacia algunas figuras de la izquierda continental como el propio Hugo Chávez.

“Hay muchos venezolanos que, por el hecho de que lo conocí y lo entrevisté varias veces, equivocadamente, y sin leerme a fondo, pensaron que yo era una especie de bufón de la corte para él”, se defiende en esta entrevista telefónica desde su casa, en un pueblo a 20 minutos de las afueras de Londres.

“Desde afuera parece que el alma del país nunca fue la revolución, ni lo ideológico, sino los negocios”

Jon Lee Anderson

Anderson estuvo muchas veces en Venezuela y conversó con Chávez en el avión presidencial, en el set de Aló, presidente o en su Barinas natal. Un primer perfil sobre el fallecido comandante se publicó en septiembre de 2001 en The New Yorker y siete años después apareció otro en la misma revista -luego compilado en su libro El dictador, los demonios y otras crónicas-, y en el que ya dibujaba a Chávez como el “heredero” de Fidel Castro. 

“No podía saber que pretendía llevarse al país consigo. No pensé en él como un tipo malvado, ni corrupto en ese instante”, recuerda Anderson, al tiempo que subraya la tendencia a inmolarse que siempre le manifestó Chávez en aquellas conversaciones. “Me parecía un tipo destinado a terminar en el fuego, porque él me lo decía, me aseguraba que quería morir peleando”.

También conoció y entrevistó al sucesor, a Nicolás Maduro, a quien describe como un “poco mitómano, pero afable”, “torpe físicamente y caradura”, y, peor aún, como alguien que está “mucho más dispuesto a utilizar la fuerza para mantenerse en el poder”. 

La última vez que estuvo en Venezuela fue en 2019 y conoció también a Juan Guaidó. De quien recuerda que “francamente me cayó bien” y en quien advirtió “cierta valentía”. Aunque no ha regresado desde entonces, asoma su opinión sobre el desierto que atraviesa la oposición venezolana y no anticipa un cambio del statu quo. “En Venezuela se observa la aplicación de un patrón que tiene que ver con la cooptación y que muta un poco hacia la traición política”.

En esta entrevista Anderson no sólo muestra pesimismo con la realidad venezolana, los “manejos ineptos” de Maduro, sino también con la deriva autoritaria de casi toda la izquierda continental, simbolizada en la figura de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, a quienes califica como unos “déspotas de la Edad Media” que quieren hacer de Nicaragua su propia Corea del Norte.

-América Latina vivió una época revolucionaria, con Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, los Kirchner, Luiz Inácio Lula da Silva, entre otros. ¿Qué balance hace de ese período tomando en cuenta la realidad de esos países hoy?

-Fue hace poco tiempo, aunque parece una época muy lejana. La izquierda hoy no cuenta con algunos elementos clave que tenía hace veinticinco años. Cuando Chávez surge en Venezuela, rápidamente se plegó a la figura de Fidel Castro, que no era el anciano demacrado, enfermo y hasta senil de la última década de su vida. Potenciados por el dinero del petróleo venezolano, ese dúo fue muy potente para las izquierdas insatisfechas o frustradas de la región, que habían quedado en el aire en la década previa, después de la implosión de la Unión Soviética. Ellos se unieron a esta corriente nueva y lograron ser gobierno en una buena cantidad de países de la región con el subsidio de la bonanza venezolana. Pero Chávez y Fidel ya tienen una década muertos y lo que hemos visto desde ese momento ha sido una hecatombe para sus países. Cuba ya no es el pregón de nada, no es un farol para nadie y la gente huye de ahí; Venezuela ni hablar, siete millones de ciudadanos abandonaron el país, una tercera parte de la población se fue desde que Chávez murió, debido a los manejos ineptos de Nicolás Maduro. Lo que ha ocurrido en los últimos diez años es una constatación de que las izquierdas, si bien tuvieron su momento nuevo a principios de siglo; sufrieron un decaimiento serio y evidente para todos, o porque cayeron en delitos de corrupción y hasta de narcotráfico, o porque sucumbieron ante las ganas de perpetuarse en el poder y crear cultos a su alrededor. Pasó en Bolivia, con Evo Morales; en Ecuador, con Rafael Correa; y, por supuesto, en Venezuela con Maduro. Quizá el más estrambótico es el caso de Ortega y su mujer en Nicaragua, que se han vuelto como Corea del Norte, son casi unos déspotas de la Edad Media.

“Lamentablemente hay una tendencia en Venezuela para la conspiración, las alianzas cortas y las prebendas del Gobierno, que siempre existen”

Jon Lee Anderson

-¿Pero la implosión es producto de la muerte de Fidel Castro y Hugo Chávez o de que se acabó la bonanza petrolera?

-La combinación de estas dos figuras principales contrastaba con un George W. Bush bélico y dubitativo en la Casa Blanca; con una Rusia ausente, una China todavía expandiéndose económicamente en su territorio y una América Latina un poco a la deriva. Con el boom petrolero Chávez y Castro financiaron la llegada al poder de Evo, Correa, Kirchner, Ortega y unos cuantos más que intentaron llegar, pero no lo lograron. Además, llevaron su mensaje a nivel mundial y empezaron a hacer migas con regímenes antiamericanos en todas partes. Ellos quisieron incendiar el mundo con nuevas nociones revolucionarias, señalando las carencias y faltas de la democracia que se habían instalado en América Latina, bajo el paraguas de Estados Unidos. Tenían un campo fértil y eso duró, hasta que no duró más; hasta que ya no hubo más dinero; y coincidió con que Fidel, básicamente, moría en el escenario y Chávez, en los últimos dos o tres años, estaba moribundo también. De ahí en adelante hemos tenido una época rocambolesca, donde el peso de la corrupción, la incidencia y expansión del narcotráfico y la destrucción de las instituciones ha calado hondo, sobre todo en países como Venezuela y Nicaragua. En fin, la impunidad, la falta de justicia, la inequidad crónica, la expansión de criminalidad y el narcotráfico ha hecho de América Latina la región más homicida y, quizá, más desigual del mundo.

-¿Cuáles son esos elementos que según usted tenía la izquierda de hace veinticinco años que ahora no existen?

-Tenían liderazgo y arrojo. En el caso de Fidel era como un icono vivo, un tipo casi místico, por su larga trayectoria; si uno miraba fotos de Fidel en los años cincuenta andaba con Nikita Jrushchov y Mao Zedong, era un arco de la historia. El mismo Chávez estaba maravillado con eso. Ambos, a su manera, habían desafiado al imperio, en el caso de Chávez con su retórica, que en algunos casos parecía ridícula, pero funcionaba bien. Fueron una dupla realmente potente. Con esto no quiero decir que Fidel no fuera un dictador cruel y déspota; pero también fue inteligente, manipulador, veterano y hábil.

-¿Por qué regímenes no democráticos y violadores de los Derechos Humanos como el de Venezuela, Cuba y Nicaragua siguen teniendo apoyo internacional al día de hoy?

-Estos regímenes tienen apoyo porque sirven a los intereses de otros. El enemigo de mi enemigo es mi amigo; es decir, Irán ahora está armando a Rusia ¿por qué?, ¿porque quieren a Putin? No, es porque Putin está lastimando a Occidente, que es su adversario existencial. En el caso de Europa, la mayoría de los países nunca estuvo de acuerdo con las sanciones o el aislamiento que Estados Unidos le impuso a Cuba, porque pensaban que habría sido más sensato transar con el régimen de La Habana; y la disposición que muestran hoy para darle crédito u oxígeno a la isla, responde a ese pensamiento; y también, claro está, al deseo de darle un codazo a Washington, porque les da la gana. Con Venezuela ocurre algo parecido, pero es más transaccional, porque tiene petróleo y oro. Entonces se aplica el adagio de que los Estados no tienen corazón, sino intereses.

-¿América Latina está condenada a caudillismos populistas de izquierda o de derecha?

-No, no está condenada. En América Latina cada país tiene sus matices, cada uno ha experimentado la democracia y también han producido gente que no está de acuerdo con los populistas de turno, sean caudillos de derecha o izquierda. Es cuestión de cambiar desde adentro ese círculo vicioso que se estableció durante la Guerra Fría de plegarse al más fuerte que pueda ser su protector. Sin embargo, es muy interesante ver cómo en Centroamérica ya están todos en desafío con Estados Unidos, porque se han dado cuenta, gracias a Donald Trump, que la migración es un arma política y que pueden utilizar el control sobre la migración ilegal de sus países o a través de sus territorios, como un instrumento a su favor. Lo mismo pasa con el narcotráfico. Entonces, han perdido un poco el respeto y el temor, porque tienen algo con lo que pueden jugar.

-Europa ha sabido construir sobre sus diferencias, ¿por qué América Latina no?

-Creo que es una región con una formación distinta. Las Américas en general son pobladas por colonos de Europa y los españoles y portugueses les dejaron una fuerte vertiente militarista. América Latina fue el último reducto del esclavismo trasatlántico, sin embargo, tuvieron la virtud de haber mezclado su sangre y crear una nueva raza, el mestizo; eso no ocurrió en Europa, ni en Medio Oriente, ni en África, ni tampoco en Estados Unidos. Es decir, estamos hablando de una región con una historia muy propia, donde la libertad y la democracia no han sido los preceptos que han dominado sus sociedades, sino, más bien, se ha impuesto, en muchos casos y por varios siglos, la rapiña, la conquista de territorios y la violencia. América Latina no tiene resuelta su historia, por lo que mantiene un dinamismo, una creatividad y una efervescencia social que es muy interesante y que la distingue de Europa. A mi juicio, es muy positivo que no arrastra las guerras sectarias del viejo mundo. Los musulmanes y los judíos de Honduras, El Salvador, o de Chile no se matan por ser judíos y musulmanes. Desafortunadamente crearon otras problemáticas como la desigualdad y la falta de Estado de Derecho, que, a mi manera de ver, son las dos mayores dificultades que tiene la región.

“Nos hemos globalizado de una forma no muy feliz y todo luce un poco torpe, porque vivimos en una época en que la política no tiene moral, sino que es transaccional”

Jon Lee Anderson

-¿Qué está pasando con la política de Estados Unidos hacia América Latina? Pareciera que le perdieron el pulso a la región.

-Sí, así parece. Pensé que después de Trump, Biden sería un aliento de aire fresco y no lo ha sido. Es una política no resuelta e inepta. Estados Unidos está muy dividido y polarizado, por eso cada vez que Biden mira hacia la región, sea, México, Centroamérica, Venezuela o Cuba está pensando en el efecto electoral en Florida o Texas. Y eso no pasó antes. En épocas anteriores la suerte de la Casa Blanca no dependía del electorado que estaba pendiente de lo que pasaba con los migrantes llegados de Venezuela, Cuba o México; ahora sí. Ese es el gran cambio, por la globalización estamos más unidos de forma tóxica y eso ha hecho que Biden sea menos capaz de lidiar con los temas regionales que afectan a todos los países, porque el problema de Nicaragua no es solo de los nicaragüenses, sino que también es de Estados Unidos de una forma mucho más sustanciosa que antes. Lo mismo ocurre con Venezuela, El Salvador y el resto de las naciones del continente. Nos hemos globalizado de una forma no muy feliz y todo luce un poco torpe, porque vivimos en una época en que la política no tiene moral, sino que es transaccional. Estados Unidos mira a Venezuela y ve petróleo.

-¿Considera que la crisis venezolana se ha normalizado y pasamos a ser otra Cuba para la comunidad internacional?

-Hay diferencias. Venezuela tiene algo que dar, que es petróleo y, además, hay un interés en menguar la hemorragia de gente que está migrando porque se sabe que eso alimenta problemas en otros países y en los mismos Estados Unidos. Eso implica que hay y habrá políticas dirigidas hacia esas dos áreas; todo lo demás lo tienen que resolver los venezolanos. Ya no habrá otro Juan Guaidó, que fue un invento de presidente paralelo a Maduro; ya no habrá otra mini Bahía de Cochinos, como lo fue la bochornosa Operación Gedeón. Cuba resulta más difícil porque es isla, si tuviera fronteras todo sería diferente.

-¿En Venezuela ve salida a la crisis?

-Habrá elecciones, ¿no?

-Que sean justas, es el asunto.

-Ojalá, porque beneficiaría mucho a Venezuela una elección transparente y verdadera. Que le permita volver a ser un país y a entrar en la familia de las naciones democráticas. No sé en qué momento Maduro y sus amigos se van a dar cuenta de que ya no hay porqué seguir ahí.

-¿En qué momento cambió su visión medianamente optimista de lo que podía representar Chávez en Venezuela?

-No es que yo pensara que él era el camino, hay muchos venezolanos que, por el hecho de que lo conocí y lo entrevisté varias veces, equivocadamente, y sin leerme a fondo, pensaron que yo era una especie de bufón de la corte para él. Si leen bien mi primer perfil de él en el año 2001, dejé claro que era un tipo que quería ser más radical de lo que era en ese momento, que me prometía ser revolucionario, no reformista. Yo no podía predecir lo que iba a pasar en ese momento, pero él me parecía un tipo destinado a terminar en el fuego, porque él me lo decía, me aseguraba que quería morir peleando. No podía saber que pretendía llevarse al país consigo. No pensé en él como un tipo malvado, ni corrupto en ese instante, aunque noté que uno de sus hermanos, al menos, parecía serlo. Tenía un reloj Piaget y lo puse en mi artículo, a buenos entendedores pocas palabras. Era lo único que podía hacer, no soy ni fui oráculo. Yo había vivido en Cuba y sabía cómo piensan los revolucionarios. Un revolucionario nunca es un ser democrático. Es la antítesis. Puede que encuentres uno buena gente, carismático o que intente hacer el bien, pero nunca son democráticos. La democracia es la debilidad, es la antepuerta a la burguesía, el capitalismo, los vendepatria, a juicio del revolucionario. Cada vez que veía a Chávez se concebía más y más revolucionario. Evo se cree revolucionario, aunque en realidad es un cocalero que, básicamente, ha querido perpetuarse en el poder. Daniel Ortega es un miserable, que junto con su mujer, tienen a ese pobre país en el puño.

-Hace poco se cumplió la primera década de la muerte de Hugo Chávez, ¿qué es lo más llamativo que recuerda de él? 

-Yo creo que él quería ser como Fidel y quería enfrentar a Estados Unidos. Eventualmente, quería crear un país que estuviera en pie de guerra. Él se concebía como un soldado que tendría finalmente su batalla. Aunque suena loco, me acuerdo de que una vez me llevó a la Faja del Orinoco para confiscar una petrolera norteamericana, y a bordo de su avión estaba el secretario de la presidencia de Bielorrusia. Me lo presentó y me exclamó frente a él: “Mira Anderson, estamos comprando todo un sistema antiaéreo a Lukashenko, que no será tan bueno como los que tienen ustedes, pero a mí no me van a meter una invasión como le hicieron al pobre Sadam”. Él estaba preparándose, quería ser el escenario de la historia, quería figurar, fuera como fuera.

-¿Por qué cree que escogió a Nicolás Maduro como sucesor?

-Lo dejó porque creo que era el más afín, aunque no fuera militar. Siempre pensé que Maduro era el más parecido a él, un tipo del pueblo, hábil, astuto… Semejante a él en ese sentido. No posee el grado de carisma, ni de memoria que tenía Chávez; pero tiene sentido del humor y eso le gustaba a Chávez, además, de que le era leal. Yo siempre pensé que iba a ser él, aunque no conocía a todos los secuaces. No conocía, por ejemplo, a Diosdado Cabello. Luego vi a Maduro de presidente y era un tipo un poco mitómano, pero afable; entiende la calle y está mucho más dispuesto a utilizar la fuerza para mantenerse en el poder que Chávez. Torpe físicamente, pero muy listo y caradura. Si no hubiese sido presidente habría sido vendedor de discos en la calle, no sé. Es un tipo que sabe vender cosas y es conspirativo, le gusta la conjura. No gobiernan, sino se conjuran.

-¿Hace cuánto no visita Venezuela?

-Volví en 2019. He ido varias veces, hice un perfil de Maduro en el 2018, creo, y fui a Venezuela para andar con la gente de Juan Guaidó en 2019.

-¿Qué opinión tiene de Juan Guaidó?

-Guaidó también me parecía un tipo muy venezolano, muy carismático, en lo personal muy audaz, con cierta valentía. Un tipo que en privado expresaba dudas sobre algunos de sus patrones y nuevos aliados, pero que en público repetía slogans a lo Trump. Francamente me cayó bien Juan Guaidó y creo que él y algunos de sus colaboradores eran bien intencionados. Sin embargo, fue muy desafortunada toda la situación en que quedó y terminó, muy marginado e irrelevante.

-¿Qué visión tiene hoy de la oposición venezolana?

-¿Hay oposición venezolana?

-Dígame usted.

-No sé. No debería opinar, porque no he estado allá recientemente, pero me parece que están en la nada y que lamentablemente hay una tendencia en Venezuela para la conspiración, las alianzas cortas y las prebendas del Gobierno, que siempre existen. En Venezuela se observa la aplicación de un patrón que tiene que ver con la cooptación y que muta un poco hacia la traición política. Esto es porque hay dinero, por eso se oye que Maduro hace migas con grupos empresariales que tienen intereses, estos, a su vez, absorben políticos y así se va generando una dinámica muy favorable para que se mantenga el statu quo. Desde afuera parece que el alma del país nunca fue la revolución, ni lo ideológico, sino los negocios.

-¿Cómo ve la vuelta al poder de Lula da Silva y la llegada de Gustavo Petro a la presidencia?

-A ambos los conozco y sé que han peleado mucho para ponerse en el centro de la historia de sus países. Lula es un tipo que siempre fue más pragmático que, por ejemplo, Chávez; creo que hoy él es el líder de América Latina. Lamentablemente en este momento Brasil no es un país unido. Ojalá tenga suerte, por el bien de la Amazonía y por el bien de la clase cívica brasileña que vive expuesta a niveles gigantescos de violencia, tanto por los malandros como por la policía. Creo que debe impulsar una política de centro, para hacer frente al Bolsonarismo. No lo tiene fácil. En el caso de Petro, le ha costado quitarse el estigma de líder poco democrático que le impusieron sus adversarios. Tampoco lo tiene sencillo y sus ambiciones son muy grandes: paz total, final del extractivismo y legalización de drogas. No puedo criticar ninguna. Vamos a ver si logra algo, es muy temprano todavía. Le deseo suerte. Ojalá no sea demasiado arrogante, porque así está visto por demasiada gente en su país. Aunque parece apostar por un pragmatismo estilo Lula, en las redes sociales tiene un perfil un poco populista tipo López Obrador. Va a tener que definirse y ojalá no se deje llevar por los violines del populismo. Es una época interesante, hay liderazgos nuevos y con ambición en América Latina. En este momento los extremos se han juntado en el mundo y es importante que esta región, finalmente, pinte algo en el escenario mundial, que tenga una opinión y líderes que son invitados a pertenecer al club de los grandes. Es tiempo de que la voz latinoamericana cuente, pero eso depende de los liderazgos. Veremos qué pasa.

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