En la aldea
27 mayo 2024

El nuevo desafío

“Los casos que han sido exitosos, tanto en producir un cambio de gobierno como en consolidar una transición democrática, han tenido ambas cosas, o sea una ciudadanía comprometida y dispuesta a hacer lo necesario para producir un cambio político y un liderazgo capaz, creíble y decidido, que comprende la magnitud del reto”.

Lee y comparte
Benigno Alarcón Deza | 21 marzo 2023

La probabilidad de producir un cambio político en 2024 depende, en buena medida, de lo que hagamos en 2023. Los aciertos y errores de 2023 serán las semillas de los triunfos o fracasos que cosecharemos en 2024 y 2025. En días recientes terminé y entregué a la editorial de la UCAB, Ediciones AB, mi último libro, El Nuevo Desafío, en el que hago una revisión de lo que he escrito a lo largo de los últimos diez años en tres publicaciones previas de la serie El Desafío Venezolano, dedicados a la construcción de una transición democrática en Venezuela.

Debo confesar que tras pasar el último año releyendo, reflexionando, corrigiendo y reescribiendo para actualizar lo que hemos dicho en los tres libros previos de esta serie, me invade un profundo sentimiento de tristeza, fracaso e impotencia. Tal sentimiento poco tiene que ver con lo que escribimos o dijimos a lo largo de estos años, sino más bien por lo que ha sucedido, y por no haber podido tener una mayor incidencia sobre actores clave de la política nacional, que si bien es cierto que la mayoría de ellos nos escucharon en más de una oportunidad, no fuimos capaces de convencerlos sobre lo que debía hacerse y, peor aún, sobre lo que no debería hacerse.

“La Primaria luce, ciertamente, como la mejor estrategia para contrarrestar la maniobra gubernamental que busca mantener a la oposición dividida a fin de fragmentar el voto en la elección presidencial de 2024”

Hoy en día, tras terminar de escribir este nuevo libro, sorprende lo poco que han cambiado las cosas desde aquel presentado a finales de 2013, pese a una dinámica vertiginosa que, como sucede con las montañas rusas, inician y terminan su recorrido siempre en el mismo punto: 2013: muerte de Hugo Chávez y la cuestionada elección Maduro-Capriles; 2014: protestas; 2015: la oposición gana la mayoría calificada de la Asamblea Nacional; 2016: el fracasado intento por convocar a un referéndum revocatorio; 2017: el ciclo más largo y violento de protestas, la Consulta, la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, las negociaciones entre el gobierno y la oposición, y su derrota en las elecciones regionales y municipales de ese año; 2019: el apagón, instalación del gobierno interino, el Cucutazo, nuevas protestas, desconocimiento del gobierno de Maduro y bloqueo internacional, las negociaciones entre el gobierno y la oposición, el frustrado levantamiento militar, la Operación Gedeón; 2020: el secuestro del Palacio Legislativo por el oficialismo y las oposiciones cooptadas, las protestas y el intento frustrado de la oposición para retomar el Palacio Legislativo, y el toque de queda por más de un año gracias a la pandemia y la desaparición de la gasolina; 2021: más negociaciones entre el gobierno y la oposición, la nueva elección parlamentaria sin participación de la oposición; 2022: el bloqueo del referéndum revocatorio, la derrota de la oposición en las elecciones regionales y municipales; 2023: la eliminación del gobierno interino, la flexibilización de las sanciones al gobierno de Maduro, el acuerdo social, la convocatoria a la Primaria y, por supuesto, continuamos insistiendo en la negociación…

Es imposible predecir si de haber tenido mayor incidencia en las decisiones de la oposición habríamos logrado materializar el ansiado cambio político. Eso sería, por decir lo menos, una afirmación ridículamente engreída considerando que “los rusos también juegan” (nunca mejor dicho). Pero lo que si podemos afirmar es que si hubiésemos comenzado por asumir con humildad que necesitábamos una mejor comprensión del funcionamiento de los procesos de transición, hoy estaríamos en una posición de mucha mayor fortaleza y con mayores probabilidades de materializar una transición a la democracia.

Hoy, con la Primaria, los intentos de los aspirantes viejos y nuevos por venderse como la mejor opción, la insistencia en volver a la mesa de negociación, los avances en el proceso de la Corte Penal Internacional, el deterioro de las condiciones económicas y sociales y, como consecuencia, el resurgimiento tímido de las protestas, entre otros eventos que comienzan a asomarse… volvemos a montarnos en la montaña rusa para iniciar el recorrido 2023-2024 que, de hacerlo bajo las mismas reglas de juego, repetirá el circuito que ya conocemos para terminar el en el mismo punto con un país exhausto y decepcionado de verse arribando, una vez más, al mismo destino.

Este círculo vicioso ya nos ha costado que una cuarta parte del país, ante la pérdida de la esperanza, haya buscado su futuro en otras latitudes y una proporción aún mayor de los que siguen en Venezuela haya decidido cambiar sus prioridades, relegar la política, si acaso, a un segundo plano, y adaptarse para sobrevivir, al menos mientras no haya una expectativa creíble de cambio en el horizonte. La realidad es que el juego de la transición o la autocratización no tienen un resultado predeterminado, como hasta ahora pareciera ser, sino que es interactivo y depende de lo que ambas partes, gobierno y oposición democrática, hagan.

Los procesos de transición a partir de la Tercera Ola de democratización, que se inicia con la Revolución de los Claveles en Portugal (1974), no son el resultado de imposiciones de unas naciones sobre otras, como consecuencia de conflictos armados, ni decisiones tomadas por una pequeña élite política, sino, principalmente, el resultado de luchas sociales por cambiar los sistemas políticos para elegir a sus gobernantes, hacer valer sus derechos políticos y vivir en democracia.

“Los aciertos y errores de 2023 serán las semillas de los triunfos o fracasos que cosecharemos en 2024 y 2025”

Si bien es cierto que el liderazgo político ha jugado un rol esencial en la mayoría de los casos, la realidad es que sin el acompañamiento decidido de la sociedad para cambiar las cosas no hay liderazgo que valga. Es así como podemos encontrar intentos fallidos de líderes que, aunque comprometidos con la causa democrática, no logran hacerse acompañar por la gente y fracasan, como ha sido el caso en más de una ocasión en Rusia, Bielorrusia, Cuba o más recientemente Nicaragua. Mientras que en sentido opuesto podemos encontrar procesos en los que un pueblo, sin un liderazgo visible al frente, ha logrado expulsar del poder a un autócrata, como sucedió, por ejemplo, en Egipto y Túnez durante la Primavera Árabe, aunque en ambos casos la ausencia de un liderazgo preparado para consolidar el proceso de transición terminó en su fracaso y retroceso. Los casos que han sido exitosos, tanto en producir un cambio de gobierno como en consolidar una transición democrática, han tenido ambas cosas, o sea una ciudadanía comprometida y dispuesta a hacer lo necesario para producir un cambio político y un liderazgo capaz, creíble y decidido, que comprende la magnitud del reto y lo que se debe hacer para consolidar un proceso de democratización.

El 2024, sin lugar a dudas, constituye una oportunidad real para producir un cambio político, porque los procesos electorales, incluso bajo regímenes autoritarios, son la mejor oportunidad para movilizar a las sociedades masivamente para producir un cambio, pero ello requiere, obviamente, la existencia de expectativas positivas sobre las probabilidades de lograrlo, y en buena medida tales expectativas dependen de la credibilidad del liderazgo que asume la responsabilidad de movilizar a la sociedad. Es así como podríamos decir que la probabilidad de producir un cambio político en 2024 depende en buena medida de lo que hagamos en 2023. Los aciertos y errores de 2023 serán las semillas de los triunfos o fracasos que cosecharemos en 2024 y 2025.

En este sentido, vale la pena recordar lo que hemos venido diciendo desde 2013, y que hoy, sigue teniendo plena vigencia, las transiciones democráticas por la vía electoral son posibles, pero son procesos complejos que podríamos caracterizar como un juego de varios niveles, en los que el resultado final depende, más que de la dinámica electoral, que es solo una pequeña parte del juego (subjuego electoral), de las condiciones de un nivel superior y mucho más amplio del juego (meta-juego) del cual terminan dependiendo otras dinámicas como la electoral, pero también la negociación, la represión, la democratización o la autocratización del régimen político.

Según Robert Dahl (1971), pero también de acuerdo a Staffan Lindberg (2009), dos de los más importantes estudiosos de los procesos de democratización, el factor que tiene mayor peso sobre este nivel del meta-juego es lo que Dahl define como el balance entre costos de represión y costos de tolerancia. En otras palabras, la percepción que la élite gubernamental tiene sobre sus costos y capacidades para mantener el poder por la fuerza vs. las consecuencias de tolerar que se produzca un cambio de gobierno. En la medida que el gobierno se siente más seguro de su control sobre el poder, incluso a través del ejercicio de la violencia, si fuese necesario, menos incentivos tendrá para permitir un cambio de poder; pero en caso de que tal control se vuelva, por alguna razón, precario, habrá una mayor disposición a buscar una solución negociada que les permita un mínimo de garantías en caso de que el cambio luzca como una posibilidad real. Es irreal esperar que un gobierno que no se siente amenazado en su control sobre el poder acceda a negociar condiciones que impliquen cambios que le resulten desfavorables o reduzcan sus posibilidades de mantener el statu quo. Puede negociar otras cosas, pero definitivamente nada que comprometa, seriamente, su control sobre el poder.

Un segundo factor que resulta determinante para producir una transición política es el balance de poder entre el gobierno y la oposición. No puede producirse un cambio político por ninguna vía, bien sea esta negociada, electoral o por la fuerza, si quienes pretenden el cambio político no tienen el poder para hacerlo. En una transición electoral, lo electoral es, obviamente, parte principal de la estrategia, aunque la estrategia va más allá de la competencia por el voto, y depende, como ya hemos visto, de lo que está sucediendo en un nivel superior del juego, por lo que no se puede esperar un cambio político por la vía electoral, si el gobierno tiene costos mínimos para mantener el poder por la fuerza mientras los costos de un cambio en el poder le resultan intolerables. En este sentido, la fuerza del gobierno y de la oposición democrática se mide por el apoyo y la legitimidad de la que goza cada actor. No es posible contar con un balance de poder favorable a la oposición sin la unidad de los partidos y movimientos que reúnen a esa mayoría opositora, y sin un líder que amalgame, concentre y movilice, efectivamente, a todos quienes se oponen al régimen gobernante y apoyan un cambio político.

“La Primaria será útil para cambiar el balance de poder entre el gobierno y la oposición en la medida que un número mayor de venezolanos, tanto dentro como fuera de Venezuela, participe en el proceso”

En este sentido, ante la incapacidad que la oposición ha demostrado para construir y mantener esa unidad, que solo se ha alcanzado de manera parcial en determinados momentos electorales, la Primaria luce, ciertamente, como la mejor estrategia para contrarrestar la maniobra gubernamental que busca mantener a la oposición dividida a fin de fragmentar el voto en la elección presidencial de 2024.

Es por ello que necesitamos estar conscientes de que sacar adelante la Primaria no será fácil y, si bien aún no están a la vista, las jugadas del régimen para evitar su realización o utilizarla para debilitar a la oposición están a la vuelta de la esquina, y el mecanismo más inmediato que el gobierno tiene para intervenir el desarrollo y las reglas procesales de la Primaria es el Consejo Nacional Electoral, por lo cual su participación en el proceso es un tema que debe manejarse con la mayor precaución, teniendo en cuenta que en la medida que sea mayor la dependencia hacia el organismo electoral mayores serán las vulnerabilidades del proceso.

Es así como la Primaria será útil para cambiar el balance de poder entre el gobierno y la oposición en la medida que un número mayor de venezolanos, tanto dentro como fuera de Venezuela, participe en el proceso, y que del mismo surja un liderazgo que más que gozar del apoyo de una mayoría relativa, sea un liderazgo que goce del mayor consenso posible entre los electores, por lo cual la utilización de un método de elección que permita una mejor agregación de preferencias, como el voto con selección múltiple o por orden de presencias, resulta mucho más apropiado que el voto simple por una sola opción que contribuye, por el contrario, a una mayor polarización entre opositores.

Finalmente, existe un tercer factor que resulta esencial en el caso de que se quiera construir una transición por la vía electoral, y es el tipo de elección que tengamos en 2024. Bajo regímenes autoritarios pueden producirse elecciones bajo tres modalidades:

      • Elecciones de partido único, las que evidentemente no tienen ninguna capacidad para producir un cambio político.

      • Elecciones multipartidistas hegemónicas o no competitivas, que implican que aunque existen diferentes partidos, e incluso se facilita y estimula la creación de nuevos movimientos para fragmentar el voto opositor, no estamos frente a procesos electorales verdaderamente competitivos, sino ante procesos en donde los partidos diferentes al oficialismo conforman la decoración de un proceso que pretende presentarse como democrático, pero en el que no existen condiciones mínimas de integridad electoral. Ejemplo de ello fueron las últimas elecciones presidenciales de 2018 o las legislativas.

      • Elecciones multipartidistas competitivas, como la única alternativa en la que existen condiciones mínimas de competitividad electoral, bajo las cuales la oposición tiene alguna probabilidad real de traducir su apoyo político en votos que hagan posible un cambio de gobierno.

Es innegable que la oposición democrática y la sociedad en general deben redoblar esfuerzos para lograr las condiciones mínimas para que la elección de 2024 tenga competitividad electoral, pero es necesario colocar el acento, una vez más, en que tales condiciones no se producen por una concesión graciosa. Las cualidades electorales serán, en alguna medida, proporcionales a la certidumbre que el gobierno tenga sobre sus posibilidades de ganar la elección. Es así como, en un intento por reducir los cuestionamientos a la elección y ganar legitimidad, el gobierno estaría dispuesto a otorgar condiciones en la medida que estas no se traduzcan en una mayor incertidumbre sobre un resultado que le sea favorable. En sentido contrario, en la medida que el gobierno tenga dudas sobre sus posibilidades reales de ganar la elección, lo cual es el escenario más probable después de los resultados de la elección Maduro-Capriles en 2013 y la elección parlamentaria de 2015, menos dispuesto estará a otorgar condiciones que puedan traducirse en un resultado desfavorable.

En escenarios en los que no hay disposición del gobierno a correr riesgos electorales, la negociación de las condiciones y el respeto de los resultados, poco tienen que ver con la buena disposición del gobierno, y mucho con las condiciones de los dos primeros factores; o sea del balance de poder entre el gobierno y la oposición, lo cual implica la necesidad de cohesionar y orquestar a la mayoría democrática bajo un solo liderazgo y una misma partitura, y de la percepción que el gobierno tenga sobre su capacidad para imponer condiciones o resultados por la fuerza o, en caso contrario, la necesidad de negociar para hacer control de daños ante la expectativa de perder el poder.

Sí, y solo sí, somos capaces de aprender con humildad de nuestros errores y de las experiencias de otros países que si lograron producir y consolidar su transición a la democracia, podremos romper la inercia que, como una maldición, pesa sobre el destino del país y unir a toda la nación para reconstruir una Venezuela con futuro para todos nosotros y, en especial, para las nuevas generaciones.

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Opinión