EN LA ALDEA

22 febrero 2024

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Breaking Bad o volviéndose maluco

Desde hace una semana los millones de dólares van y vienen en nuestra imaginación. Por una parte, 3 mil millones de dólares que se esfumaron a manos de una cúpula oficialista, en transacciones ilícitas, dicen, en el seno de la petrolera estatal. Al menos esa fue la información inicial. La suma aumentó a las pocas horas a 7 mil. Y ya creo que el rumor se alza por sobre los 27 mil millones de dólares desaparecidos. La cifra verdadera, me temo, nunca la sabremos.

Por otra, 36 millones de dólares en efectivo que le incautaron a unos socios constructores dentro de su propia casa. “Cash”. Dólares en cash. La sola imagen mental de esa cantidad de millones de dólares juntos al alcance de la mano es un disparo de adrenalina, de fantasía, saliva, taquicardia y por qué no decirlo, de ilusión. Son 36 millones de dólares (si es que no fue más y desaparecieron al momento de “incautarlos”) en efectivo. En billetes de a cien.

¡Qué imagen poderosa, Dios mío! Torres, montañas de billetes, allí, al alcance de una mano. Estamos hechos de imágenes, sin duda. De fantasías e imágenes.

Las imágenes forman nuestra realidad, relatan nuestra historia. (Pero también las creamos: cuando empezamos a imaginar una fantasía, las neuronas de la corteza prefrontal se activan y nos permiten disfrutar de un escenario imaginario que percibimos como real. De ahí ciertos deleites y serotoninas).

“No se imagina uno todavía cómo hay personas que traspapelan miles de millones de dólares sin mirar atrás, y salen airosos”

El asunto del metálico me recordó a una amiga de mi mamá de origen italiano, muy, muy rica -pero con el sudor de su frente y la de su esposo- (los tres ya en el otro mundo), que nos contó que estaba cansada de tener sus millones en el banco sin el deleite que significaba en realidad haber amasado tal fortuna. Así que un día fue a la sucursal principal de sus depósitos y sacó unos cuantos millones en efectivo, se los llevó a su casa, y se acostó en la cama con su cash. Se revolcó con los billetes. Jugó. Los repasó por su cuerpo durante un par de días y luego los devolvió a su cuenta.

¿Jugarían así de libres con sus billetes los constructores?

Al conocerse la noticia de la mala hora de los Perdomo, -no sé si así se llaman o es un alias- surgieron casi de inmediato los cálculos inevitables en las redes sociales: ¿Cuánto espacio ocupan 36 millones de dólares en efectivo?, ¿cuánto pesa un billete de a 100 dólares, y por tanto, cuánto pesan 36 millones?, ¿cuánto espacio hay que tener para almacenar esa cantidad de millones en papel?, ¿metros?, ¿una alacena?, ¿un baño?, ¿una habitación completa?, ¿o una caja como la de los haberes de la abuelita de Lilian?

Hubo algún “incrédulo” que aseguraba en Twitter que almacenar eso era imposible y por tanto era una noticia falsa. (Yo más bien creo que el ingenuo espera su alícuota). ¿O es que acaso el desconfiado no vio “Breaking Bad”?, ¿ni “Caracortada”?, ¿ni “La Casa de Papel”?, ¿por ejemplo? Porque esas fueron las primeras imágenes que acudieron de inmediato a mi mente para socorrer la noticia: Ah, pero claro que sí se puede, me dije.

Una imagen vale más que mil palabras, oh sí.

Es obvio que mis referencias de un montón de millones de dinero en efectivo no pasan del cuento de la amiga de mi madre, y las más poderosas, las imágenes de esos momentos del cine y la televisión, Scarface, Braking Bad y etc. etc. Ese “placer” que en la vida real solo se lo guardan unos pocos. A lo mejor la avaricia es tan humana como la risa, o el miedo, o el amor. Porque la estampa de una montaña de billetes (si son dólares, tanto más) captura la fantasía de cualquier mortal. Seduce.

En la ficción, qué curioso, en las imágenes que recuerdo, el dinero siempre se amontona a manos de delincuentes.

En Caracortada (drama criminal de 1983 dirigida por Brian De Palma y escrita por Oliver Stone, remake del filme del mismo nombre de 1932, que cuenta la historia del refugiado cubano Tony Montana (Al Pacino), que llega sin un centavo a Miami en la década de 1980 y se convierte en un poderoso narcotraficante), no se me borra la escena de Tony, con sus anillos ostentosos y deslumbrantes, contando billetes, montones de billetes producto del narcotráfico, en una maquinita, en el despacho de su mansión en Miami.

Sobre este germen que fue Tony Montana, Vince Gilligan, el creador de Breaking Bad, fabula la exitosísima serie norteamericana que narra la historia de un profesor de química mal remunerado y frustrado, diagnosticado con cáncer de pulmón, que decide producir metanfetaminas para costear su tratamiento y, de paso, dejarle una herencia tranquilizadora a su mujer y su hijo discapacitado cuando él muera.

“Gilligan quería crear una serie en la que el protagonista se convirtiera en el antagonista. En una entrevista, dijo: «Históricamente, en la televisión los guionistas se esfuerzan por mantener a los personajes siempre iguales durante años o incluso décadas. Cuando noté esto, el siguiente paso lógico era pensar en cómo podría hacer un programa cuyo principal tema fuese el cambio». Añadió que su objetivo era transformar a Walter White de un Mr. Chips a un Scarface”1.

Imborrable la escena en la que el protagonista de Breaking Bad, Walter, envía a dos ayudantes a buscar su dinero en un “storage”. Los dos hombres, uno gordo y otro flaco, abren el candado de la santamaría, entran al recinto de almacenamiento, y se quedan mirado un gran bloque de algo cubierto con una sábana. La retiran y se desvela ante ellos algo parecido a una cama tamaño matrimonial hecha de dólares en efectivo, bloques de billetes. El gordo no puede resistirse. De inmediato se acuesta sobre el colchón de dinero, no dice más. Y el flaco, después de dudarlo, pues también hace lo propio.

Una belleza de escena, porque aunque sepamos que no es real (pero podría), es la fantasía, el anhelo, la necesidad, el sueño de mucha gente. (Que no el trabajo, ni las diligencias, ni la opacidad para conseguirlo). Claro, eso si no se dedica uno a pensar cuántas víctimas con nombre y apellido tiene ese dinero. Cuántos timados. Cuántos robados. Cuántos empobrecidos. Cuántos enfermos sin tratamiento, cuántos difuntos.

Esas también son imágenes arrolladoras.

Todavía no me imagino cómo desaparecer miles de millones de dólares sin pensar en el daño. Miles de miles de millones que se han esfumado de verdad, verdad, de las arcas de los venezolanos. ¿Sabremos cómo, quiénes cuánto, cuándo? No se imagina uno todavía cómo hay personas que traspapelan miles de millones de dólares sin mirar atrás, y salen airosos.

Hay gente que se va volviendo maluca.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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