En la aldea
18 mayo 2024

Política y desilusión

“Las primarias en la oposición abren una gran posibilidad para decantar el liderazgo y desechar ilusiones. Pero importa que la pasión por la causa, el sentido de la responsabilidad, la sensatez y la vocación de poder no dejen lugar para la desilusión producida por la traición y la mentira”.

Lee y comparte
Ezio Serrano Páez | 03 abril 2023

Estar ilusionado es dar por buena la percepción errónea de algo que impresiona nuestros sentidos. Ejemplos trillados, la ilusión óptica del sediento que ve agua en el arenoso desierto, justo cuando la sed ataca. Permanentemente nos hacemos ilusiones:la promesa del amor eterno, el billete verde suficiente para la quincena, el picado de culebra y el bejuco convertido en Mapanare.Percepción y realidad en permanente duelo.La conseja popular identifica sus efectos: vivir de ilusiones, morir de desengaños. Pero las ilusiones son motivaciones y en consecuencianos llevan a actuar, orientan nuestras decisiones, nos movilizan.   

De allí que el Político sea un generador de ilusiones, un vendedor de esperanza. Max Weber nos advierte sobre el político: Es un aspirante al poder, con fines altruistas o egoístas, pero sin el poder no podrá lograr lo que predica. Esto le compele a ofrecer su talento, su sacrificio. Ilusionar para movilizar.

El cálculo político orienta el discurso productor de ilusiones. Pero ese cálculo siempre remite a un contexto. No es tan extraño que la gente opte por la mentira cuando la realidad se muestra tóxica. En una patología de la percepción, alguien puede aferrarse a la ilusión y descartar la verdad, aunque pierda el decoro. Como en aquella canción en tiempos de géneros no fluidos:

“… Miénteme, rómpeme, mátame, pero no me ignores, no mi vida.

Prefiero que tú me mates que morirme cada día”.

El contexto puede impulsar al líder hacia una “oferta” dolorosa y descarnada, sin ilusiones. Como Winston Churchill en su histórico discurso en mayo de 1940: “No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. La circunstancia permite al líder expresar las cualidades que Weber consideraba esenciales en éste: pasión por la causa, sentido de la responsabilidad ante las consecuencias de sus decisiones, la sensatez que se nutre de la percepción de la realidad y una gran vocación por el poder.

El mundo de hoy está desilusionado. La política enerva el cinismo e invoca el escepticismo. Las masas instrumentalizan sus aspiraciones y admiten la mentira a cambio de bienes tangibles. El escepticismo hace que la fulana voluntad popular se venda al contado. Hoy no se fía, mañana tampoco. El desencanto se acompasa con la mengua de las grandes corrientes ideológicas que alimentaban la esperanza en un supuesto mundo mejor. Hoy languidecen en tertulias de barra y café.

“En una patología de la percepción, alguien puede aferrarse a la ilusión y descartar la verdad”

Cualquiera ubicado en el contexto venezolano, equivalente al de un territorio colonizado y asolado por una terrible guerra, podría creer en la conveniencia de una oferta política a lo Churchill, exigiendo el sacrificio colectivo para salvar el país. Pero no es así. Los venezolanos somos demasiado chéveres para eso. El marco electoral es una ocasión excepcional para observar las estólidas divisiones políticas, a pesar del duro contexto que reclama unidad. Y no faltan las tendencias ilusorias adecuadas a un país de sobrevivientes:

A.La ilusión fundada en la alteración del juicio de realidad. De acuerdo con esto, la banda de ladrones que controla el poder enfrenta un cruel bloqueo, además de la traición interna, lo cual obliga a desatar una gran batalla ética. Como suele ocurrir, la invocación del enemigo interno y externo sirve de ardid para cohesionar. Según Weber, es la lógica de los funcionarios aferrados al poder, los que viven de la política y viven para la política. Despliegan su lenguaje de gesta para convertir el pillaje en emprendimiento, la sumisión perruna es lealtad patriótica, el hambre y la miseria son cuotas de sacrificio impuestas por los enemigos de la causa.

B.La ilusión fundada en la implosión del régimen. Es la ficción de los sobrevivientes al naufragio, esperan ver el final del drama, pero entre tanto se acomodan al sistema de reparto de las migajas. Este tipo contiene variantes, casi tan numerosas como la COVID-19:

B1.La ilusión de los niños bien portados se trata de sobrevivir permisados. Pueden hacer campaña pero sin altisonancias lingüísticas que puedan alterar la paz y normalidad revolucionaria.

B2. La ilusión rómpeme, mátame, miénteme,viven bajo la tutela de la dictadura. Usados para dividir, se les permiten gobernaciones y alcaldías paga nómina. Menguan en la ilusión de mantener en el presupuesto a sus fieles esperando tiempos mejores. ¡Del ahogado, aunque sea el sombrero!, es su lema.

B3. La ilusión de los jinetes de la esperanza,surgen como versión opuesta a los jinetes del Apocalipsis. Los define el optimismo, por eso llegan tarde a la verdad. Promueven el diálogo, el reencuentro, el perdón, abrazarnos como hermanos.  Confían en la genética democrática nativa y en una súbita toma de conciencia dentro de la cúpula cubano-venezolana a exponerse en mesas de diálogo.

C. La ilusión de la asepsia,o el estilo ONG para hacer política. Se inspiran en lineamientos “progresistas” emanados de la ONU y procuran incidir en los acontecimientos, pero sin contagios, usando el tapaboca antipartidos. Su naturaleza pura, sin embargo, degenera produciendo sus propias variantes:

C1. La ilusión de los monjes de la política,cuya principal característica es usar vínculos de hermandad y la caridad cristiana que creen practicar, como “estrategia” para ganar adeptos y en algún tiempo remoto, tomar el poder.

C2. La ilusión de la asepsia reivindicativa,practicada por gremios y sindicatos que se movilizan exigiendo mejoras salariales, libres de impurezas partidistas.

La relación con lo electoral y el voto impulsa subtipos específicos, tales como:

D. La ilusión de los supremacistas del voto,cuya naturaleza específica es el culto al voto como un fetiche. Consideran cucaracha a quien no vota. Se atribuyen superioridad ciudadana y enrostran su virtud cívicamostrando en el Facebook la selfie con el meñique cundido de tinta indeleble. Tienen perfil narcisista.

E. La ilusión de los supremacistas de laabstención,cuya naturaleza es la contraparte del tipo D, es decir, consideran cucaracha a quien vota. Su condición narcisista los lleva a creer que causarán un gran dolor con su ausencia a los presentes en la mesa de votación.  

F. La ilusión de los profesionales eleccionarios,con mecanismo de doble percepción: yo no voto pues el sistema está pensado para cometer fraude. Y el otro: yo sí voto para desmontar los mecanismos del fraude.

G. La ilusión de la derrota jubilosa y salvadora,contraria a la conseja weberiana, la vocación por el poder es desechable, lo importante no es ganar sino competir y celebrar la democracia. Si nos hacen fraude, celebramos con bailantas y toque de cacerolas. Y así nos salvamos de una guerra civil, de esas que abundan por ahí.

Las primarias en la oposición abren una gran posibilidad para decantar el liderazgo y desechar ilusiones. Ya los candidatos están en campaña y para ilusionarnos ofrecen mejorar los servicios, reducir la pobreza, luchar contra la corrupción, bajar la inflación, ayudar a los desvalidos. Imposible no ilusionarse. Muestran su sacrificio besando viejitos desdentados, levantando niños barrigones, realizan mondongos bailables y sancochos colectivos. Ojalá podamos contar con líderes que hablen claro y raspado. Liberar el país impone unidad, organización y nuevos sacrificios. Se puede perder o ganar. Pero importa que la pasión por la causa, el sentido de la responsabilidad, la sensatez y la vocación de poder no dejen lugar para la desilusión producida por la traición y la mentira.

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Opinión