En la aldea
20 mayo 2024

Sobre un flamante desfile de malhechores

“Después de anunciar a gritos los desmanes de un ministro a quien se achaca la trama de corrupción que los ha puesto en pie de guerra, se hayan conformado con aceptar su renuncia sin siquiera pedirle una mínima explicación. ¿Se puede confiar en unos funcionarios ineptos y tranquilos frente a los delitos de sus compañeros de periplo, viajeros en una caravana íntima, gozosa y propagandeada durante más de dos décadas?”.

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Elías Pino Iturrieta | 09 abril 2023

El desfile de malhechores revestidos con overoles anaranjados es un espectáculo inusual en Venezuela, un país abúlico ante los hechos de corrupción casi desde los inicios del Estado nacional. Una exhibición de corruptos que ni siquiera vimos en la época de los Monagas, tan frondosa en burócratas deshonestos, pero que se lleva a cabo en nuestros días con bombos y platillos, orquestada desde las alturas por Nicolás Maduro, se presta para cualquier tipo de conjeturas. Aun las más estrafalarias. Lo primero que conviene afirmar ahora es que estamos frente a un fenómeno de estreno, ante un hecho excepcional sobre cuyo desarrollo no se puede asegurar nada sin temor a equivocarse.

Porque, antes de irse de bruces sobre la cruzada contra importantes delincuentes que han destacado en funciones públicas desde los tiempos del teniente coronel Hugo Chávez, conviene destacar el hecho de que este intento de limpieza jamás había ocurrido, ni en el siglo XIX ni después. Tampoco en el período colonial, por supuesto. Se anunciaban aseos ocasionales cuando triunfaba un movimiento armado, uno de esos movimientos que entonces se llamaban “revoluciones”, pero no pasaban del amago. Se encontraban maneras de avenimiento, o fórmulas de complicidad para que los amenazados de la víspera no solo salieran del atolladero de sus depredaciones, sino también para que la pasaran bomba con su dinerito. O se exageraba en la redacción de la lista de los corruptos del pasado reciente, como sucedió durante el trienio adeco, para dejar un sabor de venganza manipulada que no debía repetirse sin prender roncha. Sea como fuere, lo que ahora hace la dictadura cuando destapa la olla maloliente de sus propios funcionarios es algo jamás visto en esta enmarañada ribera del Arauca vibrador.

“La operación que parecía selectiva se les ha vuelto masiva, hasta el punto de ponerlos ante el desafío de una inmensa fotografía familiar que no cabe en el cuadro”

¿Pasó algo semejante en los tiempos de la democracia representativa, ahora tan encarecida por los nostálgicos? La pregunta admite dos respuestas, por lo menos: no hubo tanta corrupción entonces, o se encontraron las maneras de disimularla. Más allá  de lo que se pueda contestar, los inquisidores de san Maduro pueden ufanarse de su excepcionalidad, de cómo encabezan un equipo de vengadores que le hacía falta a la sociedad para sacarla de sus pantanos, pero que solo puede tomar cuerpo en un conjunto de atletas de la probidad que por fin se comprometen en un trabajo de profilaxis. Lo que no se hizo contra las ladronerías de los respectivos oficialismos en la segunda mitad del siglo pasado lo hacen ahora las élites maduristas, puede pregonar la propaganda de la dictadura sin que nadie lo pueda discutir con fundamento. Pero nadie en sano juicio puede quedar convencido con el anuncio de un emprendimiento como este, perfecto para cazar bobos y mandado a hacer para campañas electorales, si es que de veras tenemos unas cercanas y peliagudas en las cuales vendrá bien una comparación entre unos sorpresivos arcángeles y los alcahuetes de la corrupción.

El problema de los arcángeles radica en el hecho de que seguramente no calcularon la magnitud de su empresa, difícil de exhibir en manipulaciones de propaganda y en la pesca de futuras voluntades. La operación que parecía selectiva se les ha vuelto masiva, hasta el punto de ponerlos ante el desafío de una inmensa fotografía familiar que no cabe en el cuadro. Los lentes de las primeras pesquisas no fijan la imagen de un grupo de circunstantes, sino la de un inmenso conjunto de miembros de la parentela que casi agotan un censo apabullante de candidatos al banquillo. La desmesura del descubrimiento, si se trata de eso, los pone ante el testimonio de una habitual miopía, o de una incapacidad tradicional que claman al cielo y que son capaces de dejarlos en un ridículo de proporciones olímpicas. O en peor posición ante la sociedad que contempla el espectáculo, ¿se puede confiar en unos funcionarios ineptos y tranquilos frente a los delitos de sus compañeros de periplo, viajeros en una caravana íntima, gozosa y propagandeada durante más de dos décadas? No va a ser fácil desmontar a los indeseables en medio de un trayecto que no ha concluido, echarlos a empujones sin que los conductores, los colectores y los vecinos de asiento salgan ilesos. O esperando que los capitanes de la romería pasen lisos.

Eso ni en Venezuela puede existir, a pesar de la histórica incapacidad de sus hijos para los compromisos del republicanismo. Un detalle aclara ahora el paisaje. Los que hemos visto de todo sin espavientos durante siglos en el área de las irresponsabilidades políticas, probablemente salgamos de la hibernación ante el hecho de que nuestros actuales cruzados del madurismo, después de anunciar a gritos los desmanes de un ministro a quien se achaca la trama de corrupción que los ha puesto en pie de guerra, se hayan conformado con aceptar su renuncia sin siquiera pedirle una mínima explicación. Ha sido así mientras escribo este artículo. Quizá les pareció un exceso de descortesía para un camarada de inolvidables aventuras que fraguaron arduas confidencias.

Y así tropezamos con la pata chueca del desfile de pillos que hoy nos convocan con su debut en overoles. Resulta que están en la antesala del tribunal por los proyectos de un delincuente a quien no se atribuye paternidad personal en una trama que a algunos les pareció oportuna para cierto tipo de renacimiento, para cierto maquillaje de actualidad, pero que con el correr de los días nadie sabe remendar.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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