EN LA ALDEA

22 febrero 2024

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La baranda, el buen nombre y la muerte

No me alegra la muerte. La de nadie. Porque la muerte no es un castigo, es apenas la consecuencia natural de la vida, su término. Mi madre fue una gran madre, ¿por qué habría de morir? Mi padre fue un padrazo, ¿por qué murió tan tempranamente para él y para nosotras, mis hermanas, mi mamá y yo?

Si la muerte fuera un castigo todos estaríamos pagando algún daño. A lo mejor es verdad que todos tenemos alguno o varios. Seguramente hemos errado alguna vez incluso involuntariamente. No sé de cierto si existe alguien libre de culpa para lanzar la primera piedra. Procuro no pensar a menudo en el tema porque entonces recuerdo cuánto he perdido con la imprevisible muerte.

Sin embargo, no me cuesta entender lo humano que hay en la gente que celebra el fin de quien ha hecho mucho daño pudiendo no hacerlo. Por supuesto que me refiero al fallecimiento de la señora Tibisay Lucena, quien fuera durante años la cabeza rectora del Concejo Nacional Electoral. La cara más visible de todas las trampas, fraudes, manipulaciones, ventajas y delitos electorales de todos estos años de “sensación” democrática.

Fue imposible obviar cuántos venezolanos, desde las redes sociales hasta en las calles, celebraron con júbilo el fin de los días de la Señora Lucena. Cuántos se sintieron al fin vengados, resarcidos de algún daño, aunque fuera de la mano de la muerte. Imposible obviar tampoco cuán desvirtuada está la humanidad de nosotros los venezolanos para anidar tan poderoso sentimiento de revancha. Eso también hay que decirlo. Y sin embargo, en ocasiones, cuán legítimo es, aunque de ninguna manera la muerte equivalga a la justicia.

“Su nombre nunca más dejará de asociarse a una baranda -real e imaginaria- que dejó a los venezolanos fuera y lejos de toda verdad, de toda compasión y de toda empatía”

Me incluyo, no porque haya celebrado la muerte de la rectora, sino porque poco o nada me importa. Y no sentí alegría, pero tampoco tristeza. No sentí empatía con sus deudos, ni siquiera lástima (Me avergüenza un poco confesarlo). No sentí nada. Es que es harto difícil separar estos más de 20 años de pérdida, éxodo, exilio, hambre, muerte, retaliaciones, despidos, y violencia, del nombre y las ejecutorias de la señora exrectora.

Dicen en mi tribu que lo más preciado que puede tener un ser humano al momento de partir es su buen nombre. Que eso es lo que uno se lleva como un bien incalculable. Así que amerita cuidar el nombre propio, ese que queda en la memoria de quienes nos conocieron, para que no sea mancillado por una mala acción que lo envilezca. Un buen nombre, en hebreo “Shem tov”, nombre bueno, es en suma la reputación que tenemos y que nos forjamos a lo largo de la vida. Idealmente, una reputación honorable.

Según Proverbios (22:1), un buen nombre es de más estima que las riquezas; y la buena fama más que la plata y el oro. Así dijo el rey Salomón. El buen nombre alude al concepto que del individuo tienen los demás miembros de la sociedad en relación con su comportamiento, honestidad, decoro, calidades, condiciones humanas y profesionales, antecedentes y acciones. No es suficiente nacer con un buen nombre, no basta. Hay que mantenerlo para poder marcharse también con buen nombre. Es el deber ser de una buena muerte.

Dice el midrash (Midrash es un término hebreo que designa un método de exégesis de un texto bíblico, dirigido al estudio o investigación que facilite la comprensión de la Torá) qué es mejor un buen nombre que un buen ungüento (aroma, aceite). Porque el aroma viaja hasta un lugar limitado y allí se extingue y deja de ser. Un buen nombre, en cambio, puede dar la vuelta al mundo hasta el fin de los tiempos y permanecer en la memoria. El perfume se eleva y se desvanece, el buen nombre permanece en su lugar, y nunca se eleva como la arrogancia. Pero digamos que no es un bien con el que todo el mundo se marcha. O mejor dicho, es una bondad con la que poca gente se va de este mundo.

¿Qué quiso decir el sabio Salomón sobre el valor de un buen nombre? Un buen nombre o una buena reputación es algo preciado que merece que se le salvaguarde. Declaró el sabio rey Salomón: “Mejor es un nombre que el buen aceite, y el día de la muerte que el día en que uno nace. En tiempos antiguos el buen aceite se cotizaba a alto precio. Despedía una fragancia agradable. Sin embargo, más agradable todavía que la fragancia del buen aceite es una reputación excelente. Es durante el derrotero completo de la vida que el nombre de una persona asume verdadero significado y la identifica como la clase de persona que es. Al morir se sella, se finaliza, ese nombre o reputación. Puesto que la persona no tiene reputación al nacer, el ‘día de la muerte es mejor que el día en que uno nace’.

¿Cómo te llamas?, preguntamos al desconocido. “Generalmente, esa es la primera pregunta que se le hace a una persona para conocerla. El nombre es también la primer cosa realmente propia que se recibe en la vida y que sirve para diferenciarse de los demás. En la tradición judía se da mucha importancia a los nombres, ya que no sólo sirven como un método de identificación, sino también como una conexión espiritual entre el nombre y la persona que lo lleva.

El varón judío recibe su nombre durante la ceremonia de Brit Milá -la circuncisión-, y la niña, cuando su padre es llamado a la Torá. Aun cuando los nombres son dados por los padres a sus hijos por su libre voluntad, nuestros Sabios declaran que esta elección se produce en un momento especial de profecía que implica la aprobación del Cielo para el nombre que acompañará a la persona hasta la eternidad. Este será el nombre que utilizará en el Bar Mitzvá, la celebración de su mayoría de edad, en el contrato matrimonial –Ketuvá– y en toda su vida, en momentos de alegría y tristeza. Será el que se mencionará después de su muerte, en el Izkor (oración para los difuntos).

Los nombres incluso son vitales en diversos rezos. Cuando una persona está enferma, se reza por su recuperación mencionando su nombre con el de sus padres. Cuando alguien está grave, se le agrega un nuevo nombre en el rezo, porque en vista de que el nombre es el canal de vitalidad entre el alma y el cuerpo, el cambio de nombre abrirá un nuevo canal de vida que transformará la situación del enfermo. Cuando las parejas escogen el nombre de sus hijos lo hacen pensando en sus seres queridos. Esta práctica común está basada en la Torá que establece que “Nadie será borrado”. Así, muchos niños reciben el nombre de grandes sabios y estudiosos, personas de vida ejemplar por su santidad y buenas acciones”1.

Alguna vez alguien recordó frente a mí que la señora Lucena era estudiosa de la música, incluso virtuosa de algún instrumento, ahora no recuerdo cuál. Sin embargo, su nombre nunca más dejará de asociarse a una baranda -real e imaginaria- que dejó a los venezolanos fuera y lejos de toda verdad, de toda compasión y de toda empatía.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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