En la aldea
23 abril 2024

Benedetti y el basurero de la historia

“Dentro de unas semanas todos habremos olvidado a Armando Benedetti, aquel embajador destemplado que soltó la lengua entre ‘rabia y copas’. Las dictaduras, en su afán de supervivencia, tragan grueso y se devoran a sus más fieles acólitos. El destino de Don Armando nos recuerda que, en esos predios, pocos se salvan”.

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Se pudieran hacer muchas consideraciones sobre los audios que envió Armando Benedetti a Laura Sarabia. Algunas profundas, otras ligeras. Los comentarios del exembajador colombiano en Caracas revelan algunas de las miserias que nos rodean. En este artículo compartiré tres ideas breves. Como siempre, están abiertas al tiempo y tienen como fin nutrir el pseudo-espacio público que queda en nuestro país.

Primera idea: Sobre la solidaridad autocrática. Cuando Armando Benedetti llegó a Venezuela se hizo notar. En sus primeras declaraciones emitió juicios destemplados sobre la situación de nuestro país. Algunos analistas le restaron importancia y acuñaron ese talante a su trayectoria política. Benedetti nunca antes había sido parte del servicio exterior de su país, y en entrevista a la BBC dijo: “Yo nunca pensé en la vida que iba a ser embajador. Esa no es mi vocación. Para mí eso es como ser un astronauta”.

“Las dictaduras del mundo se apoyan entre sí. Se nutren, cooptan los espacios democráticos y transfieren agendas. Las redes autocráticas operan con soltura y les tocan las narices a los demócratas”

Los audios de Benedetti explican por qué fue asignado a Caracas. Allí, el exembajador contó que fue el operador financiero entre Nicolás Maduro y Gustavo Petro durante la campaña presidencial. De sus manos llegaron “15 mil millones de pesos” que nutrieron la gesta electoral del actual presidente de Colombia. La cifra y los modos indignan. Primero, lo obvio. Con ese dinero se pudo aliviar la crisis que nos aqueja. Cada dólar que se embolsilló Petro salió de nuestro patrimonio. Segundo, lo preocupante. Las dictaduras del mundo se apoyan entre sí. Se nutren, cooptan los espacios democráticos y transfieren agendas. Las redes autocráticas operan con soltura y les tocan las narices a los demócratas, quienes observan sin aparente escándalo este mal obrar.

Segunda idea: sobre las representaciones diplomáticas en nuestro país. Mi trabajo me ha llevado a conocer diplomáticos que trabajan en Venezuela. Muchos de ellos han mostrado rectitud y solidaridad con nuestra causa democrática. Y, al escribir estas líneas, los recuerdo con especial agradecimiento y respeto. Sin embargo, otros han alertado mi olfato político. De alguna manera han despertado mi intuición, y los he tratado con distancia. Deliberadamente he evitado establecer comunicación estable con ellos. Quizás me ha faltado talento o formación diplomática. No lo sé.

Al leer la noticia sobre los audios de Benedetti, pensé en lo turbio que se ha hecho todo el espectro político en nuestro país: el nacional y el internacional. Nos hemos degradado. En Venezuela, todo tiende al barranco. La corrupción es transversal. Nadie se salva. Por eso, la antipolítica se ha expandido y ha dejado de ser un problema exclusivo de los políticos locales. Poco a poco, el “todos son iguales” le chispea al mundillo diplomático y se afectan los puentes de solidaridad democrática que tanto nos hacen falta. Supongo que este horizonte gris debe ser un reto existencial para quienes se proponen representar a sus naciones guiados por valores democráticos. Una vez más, Venezuela desafía a propios y extraños.

Tercera idea: sobre los límites del mal. La relación entre Sarabia, Petro y Benedetti lucía bien. Sarabia fue secretaria de Benedetti, y Benedetti fue jefe de la campaña presidencial de Petro. Todo parecía indicar cercanía humana y política. Entonces, ¿qué salió mal? En los audios, Benedetti refiere a un episodio que califica de humillante. Aparentemente, el embajador pidió una reunión con el Presidente, quien lo atendió tres horas después de lo agendado. En criollo: “pagó plantón”. Sobre este desplante, Benedetti dijo: “… ayer ustedes me maltrataron como una mierda, y eso no se le hace a Benedetti”.

El detalle no es menor. La vanidad de Benedetti se topó con el desorden de Petro y generó una explosión de alcance aún desconocido. En este episodio está presente una máxima universal de los regímenes injustos: el mal tiende a auto consumirse y a encontrar límites en la exacerbación de las miserias humanas. Ciertamente, no conocemos la profundidad del mar de fondo que generó este tsunami. Tampoco sabemos el alcance de esta ola. Difícilmente podemos advertir si debilitó o no a la presidencia de Petro.

Sin embargo, hay tres asuntos que sí podemos afirmar. Primero, el principal responsable de este escándalo es el presidente Petro. La desafortunada designación de Benedetti fue su decisión y respondía a sus intereses, no a los de la nación. Segundo, dentro de unas semanas todos habremos olvidado a Armando Benedetti, aquel embajador destemplado que soltó la lengua entre “rabia y copas”. Se cumplió la peor pesadilla de todo hombre con sueños de grandeza: su nombre habrá ingresado al basurero de la historia. Y, tercero, las dictaduras, en su afán de supervivencia, tragan grueso y se devoran a sus más fieles acólitos. Sirva esta última lección de mensaje para quienes crean que, por arrimarse a la sombra del dictador y obtener supuestas cartas de buena conducta, crean asegurado su futuro. El destino de Don Armando nos recuerda que, en esos predios, pocos se salvan.


*Periodista, política e intelectual venezolana. Doctora en Ciencia Política por la Universidad de Rostock (Alemania). Presidente del Instituto de Estudios Políticos FORMA y editora de la revista “Democratización”.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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