En la aldea
21 julio 2024

Este chico, Jesús María, de la hornada Pulido Tamayo

El actual presidente de la Comisión Nacional de Primaria, por estos días núcleo del vendaval preelectoral venezolano, tiene, como todo el mundo, una partida de nacimiento con su fecha y sus progenitores registrados; pero nueve meses más atrás, en el calendario, su punto de concepción resulta tan curioso por las circunstancias que lo rodearon, que más bien parece una advertencia.

Lee y comparte
Sebastián de la Nuez | 11 junio 2023

El primero de octubre de 1963, los periódicos venezolanos anuncian la detención del senador Jesús Faría y los diputados Gustavo Machado, Eduardo Machado, Jesús Villavicencio y Jesús María Casal. Todos estaban acusados por el gobierno de Rómulo Betancourt de haber intervenido en el asalto al tren de El Encanto, lo cual no era cierto. El cargo exacto era «rebelión militar». Sin embargo, ese asalto al tren que recorría los altos mirandinos fue una acción terrorista salida de los sesos recalentados de Guillermo García Ponce, dirigente del Partido Comunista de Venezuela, junto a otro afiebrado, Luis Correa, quien más tarde tendría una notoriedad efímera como cineasta. En ese acto resultaron asesinados cinco guardias nacionales. De modo que por ese asalto temerario y criminal, dirigido por alguien que luego se convertiría en fiel acólito del golpista Hugo Chávez, el padre de quien hoy es presidente de la Comisión Nacional de Primaria -lleva su mismo nombre- fue a parar a la cárcel y luego será expulsado del país.

Fue un destacado jurista y militante del MIR o Movimiento de Izquierda Revolucionario, aun cuando siempre, de alguna manera, estaría ligado a Acción Democrática por su amistad con Gonzalo Barrios. Era un utopista, quería hacer la revolución. El hijo, hoy en día, avanza con firmeza y prudencia -como él mismo afirma en esta entrevista– a través de un pozo de prejuicios, conflictos y soberbias para dar sentido y cauce a una ruta democrática de cara a las elecciones de 2024. No parece menos utopista que el padre, la verdad. A veces, los destinos consanguíneos hacen como una gigantesca elipsis en el tiempo para ir a encontrarse en un espacio inasible, coincidente, perfectamente paradójico.

“El padre de nuestro Jesús María Casal llegó a ser vicepresidente de la Cámara de Diputados a los 24 años”

Quizás el secreto genésico de este encuentro padre-hijo, ambos prestigiosos profesionales del Derecho, ambos utopistas, radique en la concepción del hijo, sucedida entre los barrotes del Cuartel San Carlos. El germen de quien hoy en día busca una solución para que la democracia retorne a Venezuela se halla entre los gruesos muros coloniales de esa fortaleza carcelaria, aparentemente inexpugnable, que fue el Cuartel San Carlos en tiempos de democracia puntofijista. El presidente de la Comisión Nacional de Primaria nació siendo un niño Pulido Tamayo, mientras su padre esperaba juicio por un crimen que no cometió.

***

Había llegado al Congreso en 1959 en las listas de Acción Democrática, pero cuando se produce la escisión del Movimiento de Izquierda Revolucionario salta la talanquera y se asume mirista. Por mirista cae preso y por mirista es trasladado, el 5 de octubre del ‘63, al Cuartel San Carlos junto a los otros parlamentarios detenidos; serían confinados al pabellón La Cueva del Humo. Había tres celdas allí, en la del medio pusieron a Casal. No les allanaron previamente la inmunidad. Cuando caen presos, el Congreso estaba en receso y funcionaba solo la comisión delegada. Se desconoció la investidura parlamentaria por una razón muy sencilla: el clima del país, crispado por las muertes inocentes que produjo el atentado al tren, exigía acciones drásticas inmediatas. El presidente Rómulo Betancourt dio ese paso: le importó un carajo la investidura parlamentaria. Allí, confinado, estaría Casal padre hasta mediados de marzo de 1966, cuando es puesto en un avión rumbo a Roma tras decretarse su expulsión del país. Él más el sindicalista Jesús Faría y el adeco filocomunista Domingo Alberto Rangel fueron sacados del Hospital Militar y conducidos al Aeropuerto de Maiquetía bajo una redoblada custodia militar, según destacó un diario de la época. Por otra parte, Jesús Villavicencio recobró su libertad. Eran los primeros en salir del Cuartel San Carlos del grupo de senadores y diputados apresados en 1963.

Un año antes de la expulsión, 1965, había nacido nuestro Jesús María Casal. Formaba parte de una camada, la que heredó cierta emoción en el alma: echarse al monte, asumir la clandestinidad, Cuba en el corazón y sus consecuencias: el encierro o el exilio. Pero, ¿por qué la hornada, o camada, Pulido Tamayo? Porque a los niños nacidos en las visitas íntimas del San Carlos les daban el nombre del militar que permitía esas visitas. «Esos son muchachos de Pulido Tamayo», se decía. El comandante Ernesto Pulido Tamayo no es que fuera un blando, en lo absoluto. Cuando otro reo acusado por lo del tren llegó -tal vez un año más tarde que Casal- al cuartel y miró al techo como midiendo la posibilidad de escaparse por una claraboya allá arriba, el comandante comentó: «Si alguien intenta salir por ahí, hay guardias en las garitas cercanas todo el tiempo, dispuestos a volarle la cabeza a quien se asome».

Es que Pulido Tamayo conocía bien al recién llegado, quien ya tenía un par de fugas en su haber. Se llamaba Teodoro Petkoff. Pulido Tamayo, hombre más bien de baja estatura, fornido, cordial, era igual de abierto que firme. Tenía una excelente relación con los presos. Es probable que a estas alturas haya fallecido; en algún momento le dio un ACV, vivía en El Cafetal, siguió lúcido pero con dificultades al hablar. Petkoff lo definió: «Un hombre muy vital».

De todo eso han quedado grabaciones, papeles, textos esparcidos aquí y allá. Casal hijo, este Casal con su delicada tarea que ahora debe pesarle entre las manos, recordará siempre una carta de su mamá en un «libro de control». Con ese nombre conocían en el tiempo de su crianza un cuaderno donde se anotaban los datos del recién nacido; el peso del niño en su evolución, los síntomas de sus enfermedades en caso de que las padeciera… Cuando Jesús María hijo cumple un año en 1966 ya ni su madre ni su padre se hallan en Venezuela porque se han marchado al exilio y el nene ha quedado bajo el cuidado de su abuela. Por eso, la madre ha intercalado antes de marchar una hoja en aquel cuaderno y le deja dicho -Jesús María conserva eso como un tesoro- que al momento de cumplir ese primer año de vida, hijo mío, no podré estar contigo porque debo acompañar a tu padre.

Nunca, ninguno de los presos en el San Carlos llegó a recibir sentencia alguna. Aunque el papá de Jesús María no era muy dado a hablar de su estadía en la cárcel (murió en 1994, a los 57 años, de cáncer), quienes estuvieron junto a él lo han recordado con especial veneración. Asumió la defensa jurídica de todos sus compañeros. Aquel, sin duda, fue un periodo en el que la vida se le partió en dos: antes había sido posible creer en la utopía a través del MIR. Luego vendrían Rafael Caldera y su política de pacificación; le tocó reinventarse para adaptarse, seguir el camino de un profesional solvente, integrado a la vida ciudadana. Hubiera podido empeñarse en una carrera política, tenía condiciones para eso, desde la legalidad. Pero se la truncó la cárcel y luego, al regresar del exilio, no se sentía con la flexibilidad de otros para reconducir su pasión. Quedó arrastrando cierta frustración como quien ha de arrear un fardo toda la vida y Jesús María, hijo, supo adivinarlo bien temprano. «Ellos [refiriéndose al padre y a sus compañeros] quedaron como viudos de aquel sueño», me dijo una mañana de 2013 cuando nos reunimos y nos prometimos que un día iríamos juntos a ver lo que queda hoy del Cuartel San Carlos.

Jesús María padre se dedicó a sus clases, a la asesoría jurídica. Siguió siendo cercano a Gonzalo Barrios. La cárcel, el exilio obligado, las intenciones de poner la democracia representativa patas arriba, no lograron el rompimiento. Así era el país antes. El padre de nuestro Jesús María Casal llegó a ser vicepresidente de la Cámara de Diputados a los 24 años.

Nada más sino resumir el asunto del tren de El Encanto, telón de fondo de esta historia: la gente, en aquel tiempo retratado en Tiuna Films, se montaba en ese tren para ir de picnic los domingos. Paseos familiares a través de los valles y montañas de Miranda. No había allí objetivo militar digno de tomarse en cuenta. Además de los guardias nacionales, hubo mujeres y adolescentes heridos durante el asalto. Fue la mañana del 29 de septiembre de ese mismo año de las elecciones que ganó Raúl Leoni. Durante el asalto, los guerrilleros anunciaron que pertenecían al comando «César Augusto Ríos» de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional -un brazo armado del PCV- y que ejecutaban la «Operación Olga Luzardo». El botín del asalto fueron cinco o seis ametralladoras de dudosa calidad.


@sdelanuez
www.hableconmigo.com

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Contexto