En la aldea
21 julio 2024

El populismo asedia desde la izquierda y la derecha

Figuras autoritarias de los más variados signos se aferran al poder en todos los confines sostenidos por una fórmula demagógica que amenaza los valores fundamentales de la democracia. En su informe correspondiente a 2023, el Centro de Estudios Internacionales UC advierte que el nuevo auge de la deriva populista es uno de los mayores riesgos que enfrenta América Latina. En el mundo, seis de cada diez regímenes son de signo autoritario, de acuerdo con el Índice de Democracia de la Unidad de Inteligencia de The Economist en 2022. Sin antídotos contra la pobreza y la desigualdad, la democracia sigue en peligro.

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Omar Luis Colmenares | 20 junio 2023

De políticos populistas está sobrecargado el mundo. Quizás resulte ocioso buscar a uno que se declare como tal. Pero si se acepta que el desdén por las formas democráticas y la desmedida vocación de poder que desarrollan una vez que lo alcanzan son dos señales que los marcan en estos tiempos, no parecen necesarias más evidencias para sostener que están por todos lados.

Que estén en abundancia no es una tendencia inédita. Desde que el populismo obtuvo acreditación nominal, hace casi 200 años, no han dejado de aparecerse por oleadas. Lo que asusta en los días que corren es que la sobrecarga que se detecta es capaz de fundir los valores esenciales de la Democracia que en tantas partes tanto han costado:

Separación de poderes.
Estado de Derecho.
Pluralismo.
Tolerancia.
Libertades individuales.
Derechos humanos fundamentales.

Esta deriva la advierte el Centro de Estudios Internacionales UC (CEIUC) en su informe sobre Riesgo Político América Latina 2023: “La democracia está bajo asedio del populismo”, subraya. El mismo peligro avizoró IDEA Internacional cuando en su estudio de 2022 precisó que “dos tercios de la población mundial vive ahora en democracias en retroceso o en regímenes híbridos o autoritarios”. El Índice de Democracia de la Unidad de Inteligencia de The Economist de 2022, por su parte, detectó que, de cada diez países, cuatro tienen un sistema de gobierno democrático y seis son regímenes autoritarios.

“El autoritarismo vuelve a ser tendencia, las descripciones que lo caracterizan muestran que se sustenta con la misma trampa de siempre: la esquematización populista, el reduccionismo discursivo que oculta matices y polariza”

Los datos de estos estudios, coincidentes y contundentes, fundamentan la apreciación de que el autoritarismo vuelve a ser tendencia. Y las descripciones que lo caracterizan muestran que se sustenta con la misma trampa de siempre: la esquematización populista, el reduccionismo discursivo que oculta matices y polariza.

Valga decir que, en tiempos que a veces parecen lejanos, el populismo aportó nutrientes al autoritarismo que arremetió bajo formas totalitarias y dictatoriales; y en estos días, cuando los autoritarios se cuelan con la cara lavada y bajo las enaguas de procedimientos legitimados, es el auxiliar más útil que tienen a la mano. De tal modo, como sostenedor de las nuevas figuras autoritarias que se mimetizan en la simplificación léxica derecha-izquierda, el populismo presentado con envolturas cautivadoras anda a sus aires a escala global. ¿Con más fuerza que antes? Difícil decirlo. ¿Con recursos más eficaces? Casi seguro.

Plato de aprovechamiento

También es difícil no especular cuando se intenta entender la recurrencia del populismo. Pero un argumento no desdeñable sobre el auge actual es el de quienes explican que, transcurridas varias décadas desde el fin de la Guerra Fría y con el sistema de producción de bienes y servicios capitalista impuesto en forma dominante, progresistas, conservadores, socialistas y liberales adolecen por igual de una anemia de propuestas. Esta enfermedad común es la que los lleva a recurrir a esa suerte de plato de aprovechamiento que desde hace tiempo es el populismo. Y entonces, con las etiquetas de los modelos izquierda y derecha reposicionadas como polos de articulación política menos ideologizadas y otra vez biensonantes, lo sirven a conveniencia.

En un artículo reciente, Fernando Savater, un intelectual que no deja de dar luces, ofreció un retrato esclarecedor sobre el ecosistema yermo de hoy: “Percibo un agotamiento del pensamiento político. Y cuando en política no se sabe qué pensar, se empiezan a buscar sustituciones con nacionalismos, identidades y otras esencias”. En las horas menguadas, podría decirse, se recurre al populismo. Eso sí, con camuflaje.

“En América Latina, el trastorno de los elementos básicos de la democracia está a la vista mientras el acto electoral parece cada vez más banalizado”

Porque, así como fascismo y comunismo pasaron a ser palabras difíciles de digerir y los “neo” de ambas doctrinas los disfrazan con eufemismos, el populismo es un término que se evita debido a que ya es muy pesada la carga de descrédito que acumula, en gran medida justificada, dicho sea de paso. Y es que, pese a ser definido como “una tendencia que pretende atraerse a las clases populares y prestarles atención a sus problemas”, según la RAE, el populismo tiene su puesto bien ganado como fórmula demagógica, insustituible para captar incautos e insuperable para generar pobreza.

Voces del populismo

El populismo, entonces, se ve como una mala cosa. En los ámbitos académicos quedan pocas dudas de sus efectos perniciosos. Hoy el rechazo que levanta el término incluso en la opinión pública en general explica que en el plano político se esquive. Pero el poder de seducción de su contenido lo mantiene como un proceso práctico, moldeable, útil para todos.

De tal suerte, que los escenarios políticos de los más variados confines están más que nunca poblados de voces que para ascender al poder -y para perdurar- recurren con calculado oportunismo a la buena cantidad de cápsulas analgésicas que nutren la receta populista, la que le dio rango distintivo con una prescripción básica: exaltar al pueblo, denigrar de las élites y prometer sin límites: bienestar, rectitud, justicia, igualdad y, en algunos casos, hasta el cielo.

“Así como fascismo y comunismo pasaron a ser palabras difíciles de digerir y los ‘neo’ de ambas doctrinas los disfrazan con eufemismos, el populismo es un término que se evita debido a que ya es muy pesada la carga de descrédito que acumula”

Esta propensión ha sido constatada, entre otros, por Andrés Aguilar. Este periodista mexicano se tomó el trabajo de hacer en 2022 un seguimiento de los mensajes y discursos de una amplia muestra de gobernantes y dirigentes de todas las regiones del mundo y de analizar sus programas y propuestas. No obtuvo hallazgos, pero pudo confirmar su percepción: el predicamento populista está en todos los espacios políticos, independientemente de la ideología que se asuma y de la religión que se profese. En una serie de artículos, Aguilar enumeró los abundantes rasgos populistas que sin distingos ideológicos comparten políticos en todos los paisajes. Un resumen de ellos permite ver que son, en exceso, familiares:

“Frivolizan la democracia, incluso en países avanzados”.
“Se presentan como antisistema”.
“Se ponen por encima de la Constitución y proponen cambiarla”.
“Descalifican y desvirtúan los poderes del Estado”.
“Controlan las instituciones y garantizan la reelección”.
“Son ególatras, megalómanos”.
“Promueven el culto a la personalidad”.
“Polarizan a la sociedad en dos bandos: sus seguidores y quienes los adversan”.
“Conciben el ejercicio de gobernar como un espectáculo”
.
“Exageran, monologan, mienten”.

Otra confirmación: ensalzan e incluyen en los programas de gobierno lo peor del populismo.

Ideología auxiliar

El hecho de que el populismo como concepto esté diluido y no exista consenso sobre su definición, también ayuda a su manejo discrecional, asegura Carlos Alberto Montaner, que bastante ha escrito sobre el tema. Porque la falta de unificación permite a demagogos de todas las especies y tendencias sacarle provecho, con etiquetas potables, a un menú muy provocativo, aunque casi siempre indigesto. “El populismo es una palabra de gran elasticidad semántica -sostiene Montaner-. Hoy, más que una ideología dura, dígase comunismo, fascismo o liberalismo, actúa como una ideología delgada, casi auxiliar, y se usa al gusto”.

“El populismo no echa raíces ni retoña de la nada. Necesita terrenos fértiles y abonados. En el tercer mundo, la situación de pobreza perenne garantiza su vitalidad”

Ahora bien, el abecé del populismo está actualizado. Avanzados recursos técnicos, mediáticos y persuasivos lo apuntalan. Reivindicaciones que con revestimiento postmoderno se presentan como causas inéditas y están disponibles para todos los interesados que nutren su contenido. Hoy garantiza con mayor eficiencia la penetración de la retórica esperanzadora que derramó al nacer. Pero su esencia es la misma: prometer. Porque la promesa, como lo dijo ese agudo político que fue el presidente socialista francés François Mitterrand, no es un problema para quien la formula, sino para quien la cree.

Y como de creer se trata, resulta que en el mundo de hoy abundan movimientos autodeclarados de izquierda (progresistas, socialistas y hasta centristas) o de derecha (liberales, conservadores y hasta populares). Ninguno exhibe el rótulo populista. Pero todos se sostienen envueltos en un proceso que destila autoritarismo y pone en jaque a la democracia.

Tierra de populistas

Es pertinente decir que al principio no fue así. De acuerdo con quienes lo han historiado, el término populismo fue acuñado casi al mismo tiempo a mediados del siglo XIX en Rusia y en Estados Unidos. En esos dos países, tan distantes y dispares, se identificaron como populistas dos movimientos liderados por campesinos. Sus fundamentos aún son irreprochables: la representación del pueblo, la reivindicación de la moral política y el discurso antisistema.

En América Latina, el populismo prendió con prontitud. Gran parte de su significación histórica se debe a su arraigo en la región, donde en poco tiempo conquistó espacios en varios países en forma de gobierno. En tiempos en que las ideas marxistas lograban avances entre intelectuales y políticos autóctonos y las nociones de democracia tenían ecos más expansivos, también emergieron caudillos carismáticos que trataron de hacer equilibrio entre las ideologías ascendentes. En su libro La utopía desarmada, el ensayista y excanciller mexicano Jorge Castañeda refiere que el populismo de esos años actuó en la región como un muro de contención del comunismo y del capitalismo con medidas asistenciales, reformas agrarias y reivindicaciones obreras.

“Es difícil predecir hacia dónde se puede dirigir un mundo con tanta Inteligencia Artificial y con tanto populismo. Lo que sí parece inconveniente es revivir el enfrentamiento derecha-izquierda cuando lo que está en juego es la democracia”

A lo largo del siglo XX, entre dictadorzuelos agrarios, hubo caudillos nacionalistas y reformistas que dejaron su impronta populista. Entre otros, Getulio Vargas (gobernó Brasil en cinco ocasiones entre 1930 y 1954); Lázaro Cárdenas (México) y Jacobo Árbenz (Guatemala). La lista es larga. Pero, hasta hoy, la mayor referencia del populismo latinoamericano es la del Movimiento Justicialista, que con Juan Domingo Perón (gobernó tres veces en Argentina: 1946-1952; 1952-1955 y 1973-1974) le dio base doctrinal e identificación con las capas más bajas de la población. En los años ‘70 y parte de los ‘80 del siglo pasado la bota militar copó casi toda la escena. Proliferaron dictadores que impusieron sus planes a sangre y fuego, sin disimulos populistas, como sí los había en la Cuba no menos dictatorial pero alcahueteada de Fidel Castro.

En los años ‘80, la democracia, que parecía sólida en Venezuela, comenzó a conquistar espacios en el resto de la región. Pero los dirigentes que asumieron el encargo de establecer las nuevas bases de convivencia se encontraron con economías en ruinas, con países endeudados. La ilusión democrática apareció en plena década perdida. Con ella llegaron los paquetes de reestructuración impuestos por el Fondo Monetario Internacional (FMI) bajo los lineamientos del Consenso de Washington. Las reformas fiscales se impusieron sin anestesia. El reguero de pobres cubrió todo el continente.

El resurgir del populismo duro era cosa de tiempo, de muy poco tiempo. Sus efectos desastrosos tampoco demoraron. Dos ejemplos ilustran: en Perú, el intento de Alan García de amortiguar el impacto de sus medidas estatistas chocó con una realidad hiperinflacionaria bestial. En Venezuela, el intento de Carlos Andrés Pérez de enmendar en su segundo gobierno errores pasados -los de su gestión saudita-populista- fue resistido por el populismo local. Y aquí están los resultados.

El resurgir autoritario en representaciones civiles -salvo una excepción- también era cosa de tiempo, de muy poco tiempo. El paso lo marcó Perú en 1990, con Alberto Fujimori. Tras dos años de palabrería, se cargó, con el apoyo militar, a los poderes legislativo, judicial, electoral y, también, a los partidos políticos. En Argentina, donde en palabras del sociólogo Alejandro Katz, el peronismo ha pasado por el nacionalismo, el desarrollismo, el guevarismo, la izquierda, la derecha, el neoliberalismo y la socialdemocracia (“también ha sido católico y ha incendiado iglesias”), el populismo se puso con Carlos Menem un traje neoliberal diseñado por el ministro Domingo Cavallo.

Fuero y choripanes

En el resto de la región, con guion cubano, aval del Foro de São Paulo y empuje militar bolivariano, el populismo retomó fuerzas a fines del siglo pasado y comienzos del actual con traje zurdo y nuevo pseudónimo: Socialismo del Siglo XXI. En los primeros años del 2000, el filósofo argentino Ernesto Laclau, gurú del kirchnerismo y el chavismo, trató de lavarle la cara al populismo asociándolo con lo mejor del peronismo iniciático. La filósofa postmarxista belga Chantal Mouffe secundó su tesis: “Ese peronismo ha servido para establecer una verdadera democracia en las sociedades en que ha actuado”, dijo. Sus referencias son la Venezuela de Chávez, el Ecuador de Correa y la Bolivia de Evo.

Pero el propio Néstor Kirchner, habilidoso vendedor del peronismo en su faceta revolucionaria, se encargó de dejar claro que desde hace tiempo el populismo penetra mejor si está protegido por una marca fuerte. Y es fama que cuando sus asesores se inquietaban por sus radicalismos retóricos, el fallecido presidente solía tranquilizarlos con una sentencia certera y comprobable: “Ser de izquierda da fuero. Entiéndanlo”.

La lección está aprendida por quienes presumen ser de izquierda y progresistas. Populismo sí, pero con disfraz. También la entendieron quienes prefieren los términos liberal y centroderecha. Katz, al desmenuzarlo en su faceta peronista, deja ver que el secreto populista radica en su funcionabilidad: “Se basa en clientelismo para todos, sin distinción de clases: subsidios, blanqueos y negocios para los de arriba; transporte, energía barata y fútbol gratis para los del medio; planes sociales, choripán y ladrillos para los demás”

Las fallas de la democracia

Pero el populismo no echa raíces ni retoña de la nada. Necesita terrenos fértiles y abonados. En el tercer mundo, la situación de pobreza perenne garantiza su vitalidad. “Del proceso de globalización -puede leerse en uno de los ensayos de Asdrúbal Aguiar en el libro Renovar la Civilización– ha emergido una tendencia economicista que actúa de forma asimétrica y excluyente, que hace más pobres a los más pobres, y que genera bolsones de pobreza incluso en los países industrializados”.

Es decir que, en pleno desarrollo de la postmodernidad, la democracia continúa arrastrando la tragedia que en su obra Cristianismo y Democraciavislumbró Jacques Maritain, hace varias décadas, la de no haber conseguido realizar la democracia. “Y los enemigos del ideal democrático -sostuvo el filósofo francés- no se han desarmado nunca”.

En el prólogo de la obra de Aguiar citada, José Ignacio Moreno León revalida el criterio de que la democracia en el mundo carga con el peso de sus fallas propias e internas. La más arraigada y apremiante es la incapacidad para resolver problemas sociales como la pobreza y la desigualdad. Se trata de una situación vinculada a la ineficiente gobernanza, lo que ha propiciado el resquebrajamiento de los partidos políticos y el desvanecimiento de su liderazgo en la sociedad.

A esto se unen, sostiene Moreno León, los retos que plantea la agenda global en un mundo en plena era digital, donde la cibernética, la robótica, la realidad virtual y la Inteligencia Artificial están marcando un acelerado proceso de cambios. La economía multinacional y digitalizada establece, también, nuevas pautas de conducta. “Ante esta dinámica, las reacciones de las burocracias, los gobiernos y los sistemas, no parecen las más favorables para la democracia tradicional”, dice.

Al contrario, lo que se puede constatar es que la ausencia de propuestas eficaces para mejorar el reparto de la riqueza y visualizar las necesidades de una fuerza de trabajo tan variopinta se traduce inexorablemente en un reforzamiento del populismo, de las tendencias autoritarias y del auge de los movimientos enemigos de la democracia y de la libertad.

Un hecho que no se puede pasar por alto es que hoy, en los 27 países de la Unión Europea, hay partidos de corte populista. Unos son radicales de izquierda, otros radicales de derecha. Varios tienen responsabilidades de gobierno, otros esperan turno. Muchos copan espacios legislativos nacionales y en el Parlamento Europeo. Todos colocan al pueblo en el centro de sus preocupaciones y se unen en los extremos. El problema es que el debate centrado -el que liberados de prejuicios mantuvieron socialistas deslastrados de marxismo y liberales curados del capitalismo para fortalecer democracias y construir estados de bienestar en Europa- tampoco es el que marca la dirección discursiva de los partidos que en la izquierda y la derecha han sido bastiones de la institucionalidad.

El tono que se impone es maniqueo. La miopía deja a los temas sociales, el deterioro de la calidad de vida y el debilitamiento del estado de bienestar en una zona borrosa. Y solo es posible ver lo que está en el enfoque de la corrección política, la identidad de todo tipo, los impulsos nacionalistas y xenófobos, y las reivindicaciones que, en mayor o menor grado, han sido -y son- atendidas con el avance del proceso civilizatorio.

Zona bajo asedio

En América Latina, la situación es percibida por el Centro de Investigaciones UC como muy compleja. Destaca que la polarización, las propuestas autoritarias y el retroceso democrático son signos cada vez más marcados. En su informe correspondiente a 2023 resume las variables económicas que las propician:

Aumento persistente de la inflación.
Desabastecimiento alimentario.
Deuda pública en crecimiento (la de Venezuela es la más alta).
Deterioro de la salud pública.
Desarrollo social en retroceso.
Alto índice de desempleo.

La CEPAL corrobora este cuadro con una previsión: el crecimiento global será de apenas 1,7%; y con un dictamen: la región se encamina hacia una segunda década perdida. La primera fue la del ‘80. A esto se añade:

Clima de inseguridad agravado por el crimen organizado.
Intensa agenda electoral.
Tensa polarización.
Conflictividad social inmanejable.

Todo lo cual deja el campo abierto al voto castigo, a ese que saben conquistar los populistas. En términos de gobierno, la región está dominada por lo que se ha dado en llamar “marea rosa”. Los triunfos de Gabriel Boric en Chile, de Gustavo Petro en Colombia y el regreso de Lula da Silva (tercer mandato) en Brasil la robustecen. Completan el cuadro Alberto Fernández en Argentina, Andrés Manuel López Obrador en México, y Luis Arce en Bolivia.

De estos países, aceptados en su variante de izquierda democrática, hay que decir también que, de acuerdo con The Democracy Index, solo el Chile de Boric califica como democracia plena; Argentina, Brasil y Colombia son vistas como democracias defectuosas; mientras que México y Bolivia son considerados regímenes híbridos con signos autoritarios. En el campo de la derecha, Uruguay con Luis Lacalle Pou y Costa Rica con Rodrigo Chaves completan la trilogía de democracias plenas en la región; República Dominicana con Luis Abinader y Panamá con Laurentino Corizo están en la categoría de democracias deficientes; Ecuador (antes de la “muerte cruzada” decretada por Guillermo Lasso); Paraguay (antes de la reafirmación de la hegemonía colorada con el triunfo de Santiago Peña); Guatemala con Alejandro Giammattei; Honduras con Xiomara Castro de Zelaya, esposa de Manuel Zelaya; El Salvador con Nayib Bukele, y Perú con Dina Boluarte figuran como híbridos.

Y, sin margen para la sorpresa, en la lista de regímenes autoritarios están los populismos represivos revolucionarios del continente: Nicaragua, con el desquiciado Daniel Ortega y su mujer Rosario Murillo; Cuba, con el anacronismo castrista que se llama Miguel Díaz-Canel; Haití, de la mano de Jovenel Moïse, con el apellido de estado fallido; y Venezuela, con el heredero del mayor populista de las últimas décadas en Venezuela. ¿Hay que nombrarlo?

En América Latina, el trastorno de los elementos básicos de la democracia está a la vista mientras el acto electoral parece cada vez más banalizado. En el mundo, se han disparado las alarmas porque las aristocracias digitales imponen su ley con un populismo que pulula en forma de gobierno y de oposición e impregna espacios de todo el andamiaje de las empresas tecnológicas, de Hollywood, las artes y, quién lo diría, las academias. Es difícil predecir hacia dónde se puede dirigir un mundo con tanta Inteligencia Artificial y con tanto populismo. Lo que sí parece inconveniente es revivir el enfrentamiento derecha-izquierda cuando lo que está en juego es la democracia.

Quizás no esté demás citar la advertencia que dejó sentada el Papa Francisco en el capítulo La Mejor Política -el quinto- de su Encíclica Frateili Tutti (Todos Hermanos), del 3 de octubre de 2020. El Papa dice que el populismo deriva en insano cuando se convierte en la habilidad de alguien para instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder. Y agrega: “Otras veces el populista busca sumar popularidad exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población…”. Más claro no reza un Papa.

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