En la aldea
18 mayo 2024

La oposición y la próxima transición

“Nuestra actual tragedia exige una toma de conciencia colectiva. No admite tampoco ejercicios de populismo demagógico, ni de poses histriónicas, mucho menos de frivolidades y engaños. El candidato presidencial de la oposición democrática -cualquiera que sea el elegido en las primarias del 22 de octubre próximo- cuenta con una clara opción de triunfo en las elecciones del año que viene. No será fácil salir con éxito de esta colosal crisis -insisto-, y eso debieran tenerlo muy claro quienes aspiran a conducir la transición”.

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Hay que insistir -cada vez que se pueda- sobre la responsabilidad histórica de la mayoría de la oposición democrática venezolana: lo que nos espera no es cualquier cosa y se debe hacer un esfuerzo de realismo político, inteligencia y habilidad como pocas veces antes.

Y hay que hacerlo porque nuestra actual tragedia exige una toma de conciencia colectiva, por encima de diferencias ideológicas y más allá de las mezquindades y egoísmos que son tan comunes en la clase política y en el género humano. Por supuesto que esa toma de conciencia no admite tampoco ejercicios de populismo demagógico, ni de poses histriónicas, mucho menos de frivolidades y engaños. Lo que viene es muy serio.

Por eso mismo, esa toma de conciencia debe estar precedida por una exacta comprensión de nuestra dolorosa encrucijada histórica actual, la que, al propio tiempo, sólo puede ser enfrentada si se tienen altura de miras, patriotismo y capacidad de sacrificio. Pareciera, por cierto, que algunas de estas cualidades no abundan entre ciertos dirigentes opositores, para no referirme a la cúpula del régimen -donde no existen valores y principios-, ni a quienes han transado su papel de “oposición” de acuerdo a las conveniencias del chavomadurismo.

“Es muy importante el discurso de cada precandidato. Deberían cuidarse de no incurrir en promesas incumplibles o absurdas”

No será fácil salir con éxito de esta colosal crisis -insisto-, y eso debieran tenerlo muy claro quienes aspiran a conducir la transición. Habrá que negociar esa salida y cuando utilizo ese vocablo lo hago en el mejor sentido del término. Porque negociar resulta para muchos un concepto obsceno y maligno, sin llegar a entender que en el curso de la historia ha implicado llegar a acuerdos razonables cediendo cada parte en sus posiciones. Por supuesto que estoy persuadido de que esa posibilidad no goza de amplia aceptación entre los sectores intolerantes de ambos lados, como también lo estoy que esas posiciones cada día se reducen más.

A este respecto, vale la pena recordar un hecho ocurrido en las postrimerías de la dictadura perezjimenista, al cual me refiero en mi libro Caldera y Betancourt, constructores de la democracia, segunda edición, Editorial Dahbar, 2017 (páginas 173 y 174). En 1985 el abogado Miguel Moreno -quien fue el secretario de la junta militar de gobierno que derrocó al presidente Rómulo Gallegos en 1948- le dijo en una entrevista al periodista José Suárez Núñez que Rómulo Betancourt había procurado un diálogo directo con Marcos Pérez Jiménez en 1957. Con tal propósito, el líder adeco buscó a Moreno a fin de hacerle llegar una misiva al dictador “instándolo al diálogo político, para que abriera un juego electoral que no fuera excluyente de nadie y que Pérez Jiménez siguiera en el poder por un lapso aceptable, estableciéndose la convivencia de todos los venezolanos”. No se produjo, sin embargo, aquel contacto. Moreno sugirió entonces que Betancourt lo buscó presumiendo que podía ser una conexión segura con el dictador.

“Desafortunadamente, no era así”, afirmó el abogado tachirense en esa entrevista, publicada en El Diario de Caracas del miércoles 23 de enero de 1985.

¿Están convencidos todos los precandidatos presidenciales de la oposición democrática sobre el carácter de la transición que se avecina y los necesarios acuerdos con el régimen para asegurar que sea pacífica, una vez que se alcance la victoria el próximo año?, ¿saben que esa transición va más allá de los discursos extremistas y del populismo electoral que sólo dice lo que alguna gente quiere escuchar, sin tener el coraje de hablar sobre asuntos frente a los cuales una supuesta mayoría no parece dispuesta siquiera a tolerar?

(Dentro del régimen tampoco pareciera existir un sector moderado y realista dispuesto a negociar una salida democrática y civilizada, a partir de las elecciones presidenciales de 2024. Todos, o casi todos -vaya usted a saber la verdad-, están engolosinados con el poder, sin ninguna disposición a aceptar el hecho incontrastable de que se han convertido en una minoría repudiada por los venezolanos y que por su propio bien deberían facilitar una solución al drama que ellos mismos han creado en estas dos desgraciadas décadas del chavomadurismo en el poder. Tampoco dentro de la cúpula castrense se observan indicios para facilitar una transición democrática y pacífica, cuando en verdad casi todos estos procesos históricos en diversos países los han propiciado precisamente los jefes militares o, al menos, han contado con su respaldo, tal como lo señalé en un artículo publicado en La Gran Aldea en mayo de 2022).

Por supuesto que, si como todo parece indicarlo, el candidato presidencial de la oposición democrática -cualquiera que sea el elegido en las primarias del 22 de octubre próximo- cuenta con una clara opción de triunfo en las elecciones del año que viene, nadie más que él debería ser el primer interesado en prepararse no sólo para ganar y cobrar su victoria, sino, fundamentalmente, para hacer realidad su acceso a la Presidencia, con todo lo que esto implica. No creo que valga la pena insistir en que el cuadro “institucional” que va a conseguir estará en su contra, lo cual dificultará su tarea, a menos que demuestre condiciones excepcionales para negociar y dialogar, y que los agentes del régimen derrotado accedan igualmente a hacerlo.

En esta materia es muy importante el discurso de cada precandidato. Deberían cuidarse de no incurrir en promesas incumplibles o absurdas. No puede decirse una cosa hoy y luego de ser electo salir con otra muy distinta. Esa es una experiencia que suele ser trágica, como le ocurrió a CAP cuando, electo presidente en 1988, cambió radicalmente su oferta de volver a la abundancia de su primer gobierno por un paquete de medidas económicas y sociales que anunciaban todo lo contrario. Ya sabemos lo que trajo consigo aquella actitud.

Resulta fundamental entonces la actitud de cada precandidato sobre la manera cómo afrontará la transición, una vez que gane y cobre su seguro triunfo electoral en 2024. Tiene que estar preparado para esa compleja eventualidad y lo que diga antes en la campaña electoral será muy importante una vez que obtenga la victoria, a los fines de no deparar sorpresas ingratas a sus electores, ni corra el riesgo de ser acusado de traición. Hay que hacer todo lo que sea necesario para salir de esta tragedia y la dirigencia opositora debe estar convencida de que el diálogo y los acuerdos son elementos importantes a tales efectos. Si la cúpula del régimen no quiere aceptar la realidad de los hechos, esa será su responsabilidad ante la historia, pero hay que buscarle una salida urgente a un drama que cada día nos afecta más y que puede poner en peligro la seguridad y hasta la existencia de la nación.  

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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