En la aldea
27 mayo 2024

La buena Europa no puede salvarnos

“¿Si la Unión Europea no tiene fuerzas para hacer que Nicaragua firme una declaración condenando una invasión que hasta muchos rusos condenan, podrá hacer algo para lograr que Nicolás Maduro permita unas elecciones aceptables? Obviamente no. Los opositores, todos, del más importante al menos notorio, deben tener un papel asignado y ejecutarlo fielmente. Eso no depende de ningún gobierno ni agencia internacional, es parte de la tarea de los líderes de la oposición en todas las instancias”.

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Francisco Suniaga | 19 julio 2023

El punto más importante de la agenda para la Unión Europea (UE) en el encuentro con sus pares de América Latina y el Caribe era la condena de la agresión de Rusia a Ucrania. Condena que, dicho sea de paso, no era otra cosa que incluir en la declaración final de la cumbre una sanción moral contra Vladímir Putin, pero no se pudo. No tuvo fuerzas para imponerla. La causante de ese fracaso fue Nicaragua. ¿Cómo así? Pues así. Es una de las realidades originadas en la Europa de políticos “buenos” y poblaciones indiferentes. El primer error fue siquiera invitarlos (junto a Cuba y Venezuela). Resulta insólito que nadie haya objetado los récords de estas dictaduras, que siguen el modelo castrista de gobernar y hacer política internacional.

Eso tiene su explicación de carácter general: la realidad mágica es intraducible a la mente racional de los europeos de latitudes más norteñas y nadie allá es capaz de entenderla. No la entendieron en el pasado y mucho menos ahora, cuando sus mecanismos de análisis de nuestras sociedades están ya controlados por algoritmos de Inteligencia Artificial. Por esa razón, por no entendernos, desde hace tiempo (1986), dejaron a la recién llegada España la intermediación con los indianos. No es que España nos entienda -en el siglo XIX también había tirado la toalla después de haberlo intentado durante trescientos años-, es que ha tenido otras afinidades, y en función a ellas, se le concedió una tarea considerada cargosa.

Cuando comenzó su intermediación con los hispanoamericanos, Felipe González gobernaba en España y el liderazgo en América Latina era otra cosa. También lo era en Estados Unidos, gobernado por Ronald Reagan, y el Reino Unido, bajo la dama Margaret Thatcher, años en los que “el imperialismo” aún tenía los dientes afilados y mordía. En Francia, François Mitterrand, una fuerza tranquila, como se definió él mismo, era la referencia de la izquierda y en Alemania estaba Helmut Kohl, para los momentos cuando se requería la mayor seriedad. Eran tiempos con otro ritmo y esos estadistas eran una generación dorada.

“¿Está la oposición venezolana, cuando ya no hay tiempo que perder, actuando con ese espíritu de cooperación imprescindible para derrotar a Maduro?”

Basta una mirada al mundo actual para comprobar que hubo un bajón serio. España ahora está gobernada por un PSOE radicalizado a la izquierda bajo el liderazgo de Pedro Sánchez. Por esa razón, la política exterior de la UE la dirige Josep Borrell y los asuntos con América Latina, y en particular con Venezuela, se le han confiado a José Luis Rodríguez Zapatero. Ellos no son responsables de la deriva tiránica de Ortega y Maduro (son sus respectivos conciudadanos, obviamente), pero sí de esa calidez política que guardan con los tiranos y sus representantes. Conclusión, nada hay que esperar de España si ese cuadro no cambia. Si cambiara, con un gobierno de Alberto Núñez Feijóo, por ejemplo, tampoco habría que esperar mucho, pero por lo menos a Delcy no la recibirían con besitos.

La pregunta a formularnos es clara: ¿Si la Unión Europea no tiene fuerzas para hacer que Nicaragua firme una declaración condenando una invasión que hasta muchos rusos condenan, podrá hacer algo para lograr que Nicolás Maduro permita unas elecciones aceptables? Obviamente no. No hay sanciones europeas que puedan tanto. De hecho, con las sanciones y presiones europeas la Cuba comunista se cansó de jugar. Fidel sabía que a los períodos de sanciones siguen períodos de cooperación y ayuda, era cuestión de sentarse a esperar. Sabía también que la fuerza jamás sería empleada. No me refiero a la militar, sino a la mínima necesaria para embargarle un barco o un avión. Los cubanos que están (para eso y cualquier otra cosa) en la esquina de Maduro conocen el libreto. Si escuchan a Maduro referirse a amenazas de sanciones europeas, diciendo “been there, done that”, no se extrañen, es la verdad. En otras palabras, es bueno contar con el apoyo de la UE para muchas cosas, incluso algunas de utilidad, pero no esperen de ellas medidas eficaces para desplazar al régimen chavista-madurista.

Desplazar a Maduro y su régimen es una tarea extremadamente difícil, si lo sabrán los venezolanos. Hace falta alinear muchos factores para lograrlo, en particular aquellos que dependen de nosotros mismos. Los opositores, todos, del más importante al menos notorio, deben tener un papel asignado y ejecutarlo fielmente. Eso no depende de ningún gobierno ni agencia internacional, es parte de la tarea de los líderes de la oposición en todas las instancias. Hay que forjar un espíritu de alpinistas para lograrlo, quien lo intente en solitario, fracasará. A quien le toque escalar en la posición cimera, tendrá que colocar los clavos y cuerdas para que los que vienen debajo suban. Si no lo hace, los de abajo no cooperarán y se convertirán en un peso muerto, que le impedirá al líder alcanzar la cima. La pregunta que me hago, es: ¿Está la oposición venezolana, cuando ya no hay tiempo que perder, actuando con ese espíritu de cooperación imprescindible para derrotar a Maduro? Quiero creer que sí, pero no me ilusiono. Los corazones se hacen viejos y frágiles y ya uno no quiere que se lo rompan más.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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