EN LA ALDEA

23 febrero 2024

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La horca de papel

Todas estas iniquidades de la hegemonía comunicacional dejan sus cicatrices, pero también pueden revelarle a la víctima fortalezas inéditas. Hay gente que no se arredra ante el chantaje, y la indignación que siente ante la violencia chavista la fortalece, se descubre a sí misma capaz de algo que pensaba fuera de su alcance. Eso suma para bien. Hoy, uno halla héroes donde antes veía nada más un empresario de los medios o una reportera fajada. Carolina González, periodista, jamás olvidará la lección de dignidad dada por Eduardo Alemán -fallecido a los 76 años, el 8/11/2021- al rechazar la oferta de compra por El Carabobeño que le hizo un intermediario. Una oferta bastante jugosa, por cierto. El cierre de la edición en papel era inminente, en las manos de Alemán se deshacía la empresa familiar fundada en 1933, pero el hombre contestó que no, que no vendería nada. Ese gesto ha sido el sostén de Carolina y es ella quien sigue al frente aun cuando ahora El Carabobeño es puro byte: más nunca hubo papel para el diario del centro, sencillamente porque el diario del centro se dedicaba a contar la realidad.

Francisco Ameliach era gobernador de Carabobo en ese entonces. En su hagiografía en la web aparece retratado junto al dictador Fidel Castro, también junto al camarada Chávez. Ameliach deberá dar explicaciones algún día sobre la muerte de una preciosa venezolana, el ser más inocente que pudiera haberse encontrado en todo el estado Carabobo, Génesis Carmona. Perdió la vida mientras participaba en una de las protestas de 2014, algún motorizado armado que pasaba por allí le disparó. El coronel retirado Ameliach era gobernador en ese entonces, lo seguiría siendo hasta 2017. Los colectivos armados y pertrechados andaban a su aire.

«Es sabroso estar en una empresa que la gente respeta»

Carolina González, Jefe de Redacción de El Carabobeño

La última edición de El Carabobeño sería la del 16 de marzo de 2016, cuya primera página salió con fondo negro y el titular ZARPAZO A LA LIBERTAD. En realidad fueron unos cuantos zarpazos, en plural. Desde entonces hasta acá, con cuatro o cinco personas a bordo en la inmensidad del segundo piso del edificio sede en Naguanagua, Carolina González saca adelante la página web. Tiene un promedio de más de dos millones de visitas mensuales, lo que no está nada mal. El Carabobeño sigue informando, sigue siendo una referencia y ella estará, toda la vida, marcada por el ejemplo de Eduardo Alemán: «Me dejó una enseñanza: uno debe defender los espacios para la libertad de expresión. No era que lo decía, era que lo hacía. Siento un profundo respeto por ese señor, siento que fue una persona empeñada en preservar el periodismo».

***

Carolina, por preservar y aguantar, ha soportado hasta una bomba lacrimógena en la cara. Con una cicatriz y dos puntos en un ojo más la catarata traumática -así se le llama clínicamente- que le dejó el impacto provocado por un guardia nacional en una de las manifestaciones del centro de Valencia durante 2017. Trabaja con afán en la edición aniversario que saldrá justo el primero de septiembre de este año, cuando el diario cumpla 90 años. El periódico existe aun cuando ya no sea en soporte de papel.

El de toda la vida es un recuerdo y nada más que un recuerdo desperdigado por el mundo. Fueron 350 personas las que perdieron su puesto e incluso el oficio a lo largo de varios años, sobre todo entre 2013 y 2016, cuando no quedó sino una mísera bobina de papel y la rotativa electrónica, haciendo una siesta, esperándola. ¿Qué hizo Carolina con esa bobina? Lo veremos.

De esos 350 empleados que se tuvieron que marchar, muchos de ellos reporteros y redactores, pocos, muy pocos, han conseguido trabajo fuera del país en su propia profesión, pues la mayoría emigró o todavía está en trance de hacerlo. Habrán conseguido trabajo en un call center, como repartidores de Glovo o incluso fregando baños. Un exreportero que ahora vive en el exterior le cuenta a Carolina, a menudo, lo deprimido que se siente al comparar lo que hacía antes en su país y lo que hace ahora en el país de acogida. Es difícil este oficio en otro ámbito que no sea el propio, aquel en donde te has hecho de una red de contactos y de experiencias que te aseguran un modo vívido de estar informado.

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El acogotamiento de El Carabobeño vía distribución de papel comenzó en 2013. Carolina González, Jefe de Redacción por entonces, tenía a su cargo 60 profesionales entre las cuatro corresponsalías y la sede central. Hoy en día son cinco personas que atienden las exigencias de la página web: cuatro periodistas y un corrector que además hace las veces de Community Manager. Además, un personal mínimo administrativo: la sede se conserva y sigue teniendo, a la entrada por planta baja, una interesante y memoriosa colección de piezas de imprenta. Este diario es historia patria, hizo una marca reconocible, construyó prestigio y fidelidad dentro de la opinión pública. Hoy, el edificio es un fantasmón de pasillos solitarios y oficinas detenidas en el tiempo: un problema muy serio y muy costoso de reparar en el aire acondicionado central impide el alquiler de sus espacios. Ni siquiera el auditorio para eventos, una joya dentro de este monumento al Periodismo Caído en la Batalla.

Se pueden identificar varias víctimas del chavismo entre quienes ya no están: Kevin Arteaga está ahora en Ecuador, por una cobertura que hizo de una protesta terminó demandado. Eso quedó ahí como una amenaza permanente, esa suele ser una práctica chavista o madurista: los libelos se quedan ahí, pendientes, pueden ser reactivados en cualquier momento: amenaza latente. Kevin tuvo la oportunidad de irse a Ecuador y se fue, está trabajando con Acnur. «Un muchacho demasiado inteligente, desde allá nos coordinaba las redes», dice Carolina. También había una chica que se ocupó del tema de la gasolina subsidiada y de las irregularidades que suscitaba; unos policías se empeñaron en que ella, o el fotógrafo que andaba con ella, les habían tomado unas fotos potencialmente dañinas a su reputación y la perseguían, andaban detrás de ella.

***

Carolina iba para sicólogo pero en las vacaciones de cuarto año de bachillerato se puso de secretaria en una agencia de publicidad. Quería ganar dinero, le dijo a su mamá. Ella nació en el Zulia. En aquella agencia entró en contacto con periodistas, se involucró en trabajos de producción y desde entonces cambió de parecer respecto a su vocación. Estudió en LUZ, La Universidad del Zulia. «Me han tocado cosas muy duras, he sentido mucha frustración, mucha impotencia, mucha rabia. Pero hoy estoy orgullosa y contenta. Estar celebrando los noventa años [del periódico] es muy significativo. Si la meta del Gobierno era silenciarnos, pues no lo logró: hoy nos ven [nos leen] más por la web».

“Este diario es historia patria, hizo una marca reconocible, construyó prestigio y fidelidad dentro de la opinión pública”

Del Zulia se fue a Maracay (en Maracaibo el paisaje le parecía pobre, con solo Crítica y Panorama como posibilidades) porque tenía una amistad en El Aragüeño y esta amistad le dijo que podía aplicar, de modo que fue y le hicieron una prueba. La contrataron. Al año la despidieron por circunstancia que no vale la pena consignar y fue entonces cuando entró en El Carabobeño, al ser entrevistada por Juvenal Marcano. Marcano la recibió en la corresponsalía de Guacara. Marcano y ella entendieron que ambos hablaban la misma lengua del periodismo. Fue designada como corresponsal en Maracay. Permaneció allí por poco más de cuatro años, cuando se le ocurrió aceptar una chamba en el Consejo Legislativo del estado Aragua. Opina que fue una de las peores experiencias de su vida, no traumática pero sí algo que nunca repetiría. Sobre todo cuando aquello fue tomado por el chavismo. Trabajó, alternadamente, en otras oficinas institucionales, cosas de las que no tiene mal recuerdo. En todo caso, su destino era y sigue siendo El Carabobeño. Volvió el primero de diciembre de 2001 y allí continúa hasta el sol de hoy.

Mientras tanto tuvo dos hijos, primero un varón, hoy profesional, y luego una niña, que hoy en día estudia Medicina.

Hay un par de personas que intervinieron en su formación, según su propia narración: una fue Marta Colomina con todo y ese carácter tajante y acaso rudo para decir las cosas (aunque Carolina no utiliza esta palabra exactamente): la profesora contribuiría a abrirle los ojos en cuanto a lo que puede ser el periodismo. La otra persona, Gabriel García Márquez y Cien años de soledad aunque nunca le conociera personalmente. Ella quería escribir así. Otra cosa: viviendo todavía en el Zulia vio un día una cuña sobre el 68 aniversario de El Carabobeño y pensó que en un lugar así le gustaría trabajar. Ya estudiaba Comunicación Social. Ella dice que «me pasaban cosas y todo me traía hasta acá». Acá es El Carabobeño.

Estando de corresponsal del periódico en Maracay sentiría el respeto transferido sobre ella. Es decir, se reflejaba sobre ella el sentimiento de la gente sobre su sitio de trabajo. Ella lo representaba. En las ruedas de Prensa de cualquier entidad esperaban su llegada, y hasta que no llegaba ella no comenzaban los voceros sus declaraciones. «Es sabroso estar en una empresa que la gente respeta», dice.

El primer conflicto desagradable que recuerda, el primero que le reveló que su lugar de trabajo era considerado enemigo por el statu quo gobernante, fue cuando en Honduras al presidente José Manuel Zelaya lo defenestró, de un soplido, la Fuerza Armada de ese país. En la portada de El Carabobeño no se hablaba de golpe de Estado en el titular, pues consideraron otra opción para sintetizar la noticia; sí lo hicieron en el párrafo de texto inicial. Eso bastó y sobró para que el alcalde Edgardo Parra, chavista fallecido de un infarto fulminante a principios de 2022, dispusiese con sus patoteros motorizados, o colectivos a sueldo, un acto de vandalismo en toda regla contra la sede de El Carabobeño en Naguagua, incluyendo echarle pintura encima a los murales que llevan la firma de Braulio Salazar. Ya ella era Jefe de Redacción. La queja: que el periódico no había voceado debidamente lo del golpe de Estado.

Rafael Lacava, por entonces, era alcalde de Puerto Cabello. Agredía al periódico a menudo, verbalmente, a través de su programa de radio. Decía que los de El Carabobeño no tenían ética y repetía como un lorito a Chávez tildando a su directiva, a o a sus profesionales, de escuálidos (entre otros epítetos). Instaló u ordenó instalar un tinglado en una esquina cercana a la corresponsalía de Puerto Cabello. Eso fue entre 2012 y 2013. La gente que trabajaba allí, dos mujeres y un hombre, se quejaban: «Cada vez que salimos, nos insultan». Era un tipo con un megáfono, dedicado todo el día a eso. Al chico de la corresponsalía, una vez, intentaron pegarle por eso mismo, por trabajar para los escuálidos. Un delito, al parecer. Ella habló con el alcalde, las agresiones pararon, el del megáfono calló, quitaron el toldo.

Después, Lacava fue a hablar con Eduardo Alemán. No estaba el director del periódico pero sí su Jefe de Redacción, de modo que se sentó con ella y resultó un individuo bastante efervescente. Fue una reunión dramática, cuenta ella. Un reportero había escrito en su columna que una calle de Puerto Cabello, la calle donde estaba la Alcaldía, olía a pipí. Lacava exigía, alterado, derecho a réplica, pero en la réplica decía que aquel reportero era homosexual y que tenía relaciones con el gobernador de Carabobo, que en ese entonces era Henrique Salas Römer. En fin: eso ha sido Venezuela, con ello han tenido que lidiar sus periodistas de vocación, gente con sentido del país y de su oficio. Lacava no es una excepción.

Por supuesto, la réplica no le fue aceptada a Lacava. La publicó en otro medio que sí se prestó a ello.

***

Es imposible relatar aquí el vía crucis que vino luego a propósito de la Corporación Editorial Alfredo Maneiro, una entidad creada después de la muerte de Hugo Chávez para monopolizar la importación de papel, insumo fundamental de todo diario. Es clave en esta historia. Se requería papel no solo para El Carabobeño sino para los múltiples medios que se habían derivado de El Carabobeño, entre ellos el suplemento médico (que fue Premio Nacional de Periodismo Científico), el suplemento industrial, la revista dominical y el suplemento infantil, el más querido por todo el mundo pues fue material de apoyo en aula que contribuyó a la educación de miles de párvulos carabobeños. Fue Premio de la SIP. El Carabobeño llegó a tener sesenta páginas. Todo eso era posible gracias a los molinos canadienses suministradores de papel; había una gerencia dentro del diario dedicada a estas transacciones. Hasta que se metió el régimen en el medio.

El invento de la Corporación Maneiro no era, no es, sino una empresa monopólica para importar papel y venderlo en Venezuela. En todo caso, para aquellos primeros tiempos con esa alcabala dominando la escena el precio de una bobina todavía podía manejarse y se decidió contactar al monopolio. El Carabobeño necesitaba papel y esta era, ahora, la vía para obtenerlo. Se pudo, aun de manera insuficiente, y al transcurrir el tiempo fue siendo más y más insuficiente; se decidió convertir El Carabobeño en tabloide. Eso fue en enero de 2015. Era una posibilidad de ahorro de papel. «Podríamos tener más páginas y organizar mejor las secciones», según Carolina. Eso coincidió con la venta de NotiTarde: allí hubo un cambio en la línea editorial, evidente. Eso hizo que las ventas de El Carabobeño en la zona sur de Valencia, tradicionalmente un búnker chavista, se disparasen. La gente tal vez quería aire fresco impreso.

Pero eso, las ventas disparadas donde teóricamente no debieran dispararse, los colocó de nuevo en el ojo del huracán. Los operadores de la Corporación Maneiro no respondieron más nunca; el WhatsApp era la manera en que se comunicaban, pero el jefe de Ventas de la entidad gubernamental no respondía. Hugo Cabezas era el jefe allá. Cabezas les respondió con un buen pedido de papel, incluso les puso más bobinas de las que habían pedido.

Pero esa fue la últimas vez.

Por cierto, Cabezas ahora se ha puesto en el bando contrario al de Maduro. De poco le sirvió tanto servilismo.

El obispo de Valencia abogó por El Carabobeño. El sector cultural carabobeño abogó por El Carabobeño. La rectora de la Universidad de Carabobo también. Todos fueron a hablar con el gobernador Ameliach pero el gobernador Ameliach no recibió a los representantes de los sectores más representativos de la sociedad carabobeña. Ameliach jamás los recibió. A lo mejor estaba ocupado montando su fotografía con Castro en su página web.

***

«A lo inevitable, dale costo político», le dijo un consejero de una ONG a Carolina precisamente por aquellos días o poco después. Era inevitable el cierre de la versión papel. Entonces los de El Carabobeño denunciaron los hechos urbi et orbi. Llegaron hasta unos holandeses a ver qué estaba pasando en Carabobo. Caso omiso por parte del Estado, del Gobierno, del régimen, de la gobernación que le guardaba tanta inquina. El papel se extinguía y solo les quedaba una remesa de un tipo especial para revista, muy blanco, más blanco que cualquier papel de periódico. Además, estaba cortado ya al tamaño convencional de una revista. Pues con eso siguieron hasta que no pudieron más: El Carabobeño, más pequeño que el tabloide que hasta entonces habían mantenido, sobrevivía con 16 páginas en vez de cuarenta. Se conservaban los minianuncios, grupo de páginas al final que contribuyeron a equilibrar los costos o las pérdidas, ya que la publicidad convencional se había venido al suelo. Movilnet, un buen anunciante, había sido fagocitado por el régimen y una de las primeras decisiones fue cortar los avisos a los medios independientes. Igual que la publicidad de los bancos, ya que ahora la superintendencia del área financiera se abrogaba la potestad de autorizar o no su inserción. Mermó hasta desaparecer.

Cerraron exactamente un año después de haber recibido aquel envío de la Corporación Maneiro, el último, gracias tal vez a un error de Cabezas, por 72 bobinas de papel. Hubo hasta una huelga de hambre de estudiantes universitarios, en rechazo al cierre, por casi un mes. Hubo manifestaciones públicas. «El último día la gente se vino para acá y hubo una concentración hermosísima», cuenta Carolina, agregando por la línea telefónica que los ojos se le han aguado. Al cabo de un momento agrega:

Lo mantendremos vigente, queremos ser parte de las cosas que necesitan hacerse en Venezuela.

***

Hay un símil entre el periódico en papel y Terminator I, cuando el T-800 modelo Cyberdine 101 (Arnold Schwarzennegger) persigue en motocicleta y luego en una gandola a Sarah Connor. El cyborg recibe leña, munición de alto calibre, bombazos, es prácticamente aplastado por la propia gandola y así y todo, sin piel y con un solo ojo encendido, es capaz de levantarse y proseguir la persecución. No es un buen símil porque el humanoide es una máquina ciega de asesinar, pero de verdad El Carabobeño ha sido eso, una maquinaria aplastada y bombardeada, capaz de volverse a levantar y continuar su misión porque eso es lo que tiene grabado genéticamente.

Al final, no hubo cierre total del papel, ni siquiera después de aquel calvario de la Corporación Maneiro. Quedaba el aliento. Quedaba la voluntad Quedaba, como dice la propia Carolina, una bobinita en alguna parte:

«Como el primero de septiembre de ese año 2017 había quedado, no sé, como media bobinita de papel o algo así… Lo cierto es que se decidió que ese remante de papel que había quedado en un depósito se utilizaría para imprimir una edición aniversario en ese año, cuando se cumplían 83 de El Carabobeño. Hicimos una especie de suplemento, con artículos de opinión donde elaboró gente como Leonardo Padrón, Claudio Nazoa, Luis Vicente León, hicimos temas de investigación, hicimos mucha agenda propia, rescatamos la columna de nuestro periodista Alfredo Fermín. Regalamos esa edición, salieron poquitos ejemplares, quizás como mil; pero entonces nos quedó como el gusanito de abordar el impreso otra vez, y mi jefe decidió hacer un esfuerzo y comprar un papel para ver si lográbamos sacar un semanario. Ese semanario comenzó a circular el 30 de septiembre de ese año, 2016, y terminó de circular el 10 de febrero de 2017, cuando se acabó el papel. En ese tiempo no logramos levantarlo, de tal manera que pudiera autofinanciarse. Los costos del papel en el mercado negro en Venezuela eran prohibitivos. No lo pudimos mantener».

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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