EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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Candidato/a y líder

La existencia de un individuo se complica hasta lo invivible si, además de las complejidades y problemas propios del vivir, crea otros que no lo son. De esa manera, el tiempo se malgasta en una permanente resolución de dilemas falsos, mientras la vida real transcurre en otro mundo (John Lennon dixit). Tal pareciera que en la dirigencia de la oposición hay muchos de ellos y quizás sea esa la causa por la que los opositores, no bien salimos de un entuerto, ya estamos en otro. El último de ellos: dilucidar si el candidato (hasta ahora el eventual ganador de unas primarias cargadas de incertidumbre) será sólo candidato, o si ejercerá también de líder de la oposición.

Debate propio de la antigua Bizancio. Es claro que en una oposición reducida al mínimo y tan anarquizada como la de Somalia hay necesidad perentoria de una figura hegemónica que acabe con el caos. Si se trata de vagar más años por el desierto, por lo menos hagámoslo en orden. Después de la tercera batalla de La Puerta (que habíamos perdido, como las anteriores), altos oficiales ingleses le propusieron a Simón Bolívar que asumiera el poder político civil y confiara a José Antonio Páez el militar. No los hizo fusilar porque Inglaterra era su gran aliada. Así estamos, de modo que quien resulte candidato, si algún chance de ganar ha de tener, debe ser además el líder de la oposición.

“El chavismo como régimen es débil por la inconsistencia filosófica de sus principios y normas. Ya se sabe que no es un régimen político, es un ‘tren’. Pero como dictadura, es un adversario formidable”

Cierto que un político no tiene por qué revelar en todo momento cuáles son sus intenciones, ni está, como en una corte, obligado a declarar solo la verdad, toda la verdad y nada más… Es parte de su oficio manejar, administrar información y, complejidades del juego, hasta desinformar. Eso justifica plenamente que pueda tratar como si no existieran situaciones que resultan obvias para el común. No mencionarlas no significa mentir, es jugar sus cartas cuando lo cree conveniente en el más diabólico de los juegos inventados por el hombre. La razón puede variar. Puede ser que no sea el momento de reconocerlo, o no resulte aún conveniente admitirlo. Eso es fair game en política.

Como no me dedico a ese oficio (Dios me libre) y no tengo nada que calcular, en este artículo me puedo tomar licencias que un político no tiene. Lo hago, además, porque, aunque la paciencia es una virtud en política, en la oposición hay, y juegan, políticos irresolutos. Asimismo, mi percepción es que disponemos de muy poco tiempo y hay que apurarse. La elección presidencial puede ser una cosa de pocos meses, y no de un año y medio, como piensa la gente de buena fe. Ya las adelantaron en 2018 y no pasó nada.

Para mí es obvio que si el tema se decidiera hoy, cualquiera que fuese la metodología escogida, María Corina Machado sería la líder y candidata de la oposición. Creo que sobre ese tema no hay discusión, aunque, eso sí, abre campo a unas cuantas dudas. Me limito a plantear solo dos, intrínsecamente ligadas: ¿Podrá superar la gran barrera que significa su inhabilitación?, ¿será una líder consistente?

La inhabilitación es una suerte de “Línea Maginot” (cabría decir Madurot, pero no estamos para bromas) tendida por el chavismo para detenerla. Sobre muralla defensiva, curiosamente, también sustentan sus estrategias -con toda legitimidad política aunque con poca elegancia- algunos adversarios opositores. Esto nos lleva a la segunda cuestión, la consistencia de su liderazgo, Waterloo de todos quienes la precedieron en la posición cimera y son ahora héroes rotos. Condición que es consecuencia lógica de la derrota, porque la consistencia de un líder se mide en aciertos, hasta Bolívar tuvo que pasar por ese rasero. Líder que no acierta es depuesto; aquí siempre se jugó así, “arreao”.

El líder debe estar absolutamente consciente de la existencia y dureza de la regla. Aparte de aguzar su capacidad de decidir, lo ayudará a sobrellevar la pena cuando falle y le toque irse. Cuando se descubrieron los cohetes en Cuba en 1962, Robert Kennedy advirtió a su hermano presidente que debía ser cuidadoso en su respuesta. Que había que plantarles cara a los soviéticos porque si ocurría algo como lo de Bahía de Cochinos, si no acertaba, iba a ser sometido a impeachment por el Congreso.

María Corina para saber eso no tiene sino que mirar atrás; ya son varias las cruces en el camino que transita. Si mira adelante, sabe que le toca enfrentar: inhabilitación de aliados, violencia, ventajismo, trampas y demás perversiones del chavismo. Y lo peor, también debe lidiar con la no cooperación de buena parte de sus competidores en la oposición (lo que en política también es moneda corriente y válida). El chavismo como régimen es débil por la inconsistencia filosófica de sus principios y normas. Ya se sabe que no es un régimen político, es un “tren”. Pero como dictadura, es un adversario formidable.

María Corina no ha explicado, por lo menos no públicamente, cómo va a superar todos esos obstáculos. No tiene por qué hacerlo, es su licencia como actora política. Sus hechos hablarán por ella cuando le toque jugar su suerte, cuando llegue “hasta el final”. Entonces se despejarán todas las incógnitas. Buenaventura, María Corina.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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