En la aldea
18 mayo 2024

Entrevista con el sensato Diógenes Escalante

“‘Son veintisiete años de distancia, casi de divorcio, debido a los cuales se impuso en mis asuntos un desconocimiento fundamental de la realidad que debía dominar y transformar. Cualquiera que no fuera Diógenes Escalante la hubiera atendido con mayor propiedad. En suma, si se ha encontrado la locura como explicación de mi peripecia personal, me parece que el problema es más colectivo que individual’”.

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Elías Pino Iturrieta | 06 agosto 2023

Como me parece que vivimos tiempos esquizofrénicos, especialmente en el campo de la oposición, tuve la idea de confirmar el punto con el difunto Diógenes Escalante. Si ha sido común que se relacione su experiencia con un caso célebre de locura individual, susceptible de determinar el rumbo de los negocios públicos, pensé que ofrecería respuestas capaces de satisfacer mi inquietud. Bingo: a continuación descubrirán ustedes el motivo.

Antes debo recordar el hecho que lo hizo famoso. En julio de 1945, mientras reside en Washington como Embajador de Venezuela, es escogido como candidato presidencial por los líderes del gobierno y de la oposición que buscan una transición política que conduzca a Venezuela por el rumbo de la democracia. Acepta la propuesta, pero se vuelve loco cuando regresa a Caracas y no queda más remedio que sacarlo del juego en medio de general consternación. Tal es la versión que ha llegado al dominio generalizado, sin ningún tipo de observación o de enmienda, pero de lo que sigue puede aparecer otra explicación.

-Temo que sea yo inoportuno, señor Escalante, pero quiero tratar un tema venezolano que usted debe manejar a la perfección: política y demencia.

-Tranquilo, me gustan los inoportunos. Un par de ellos me buscó en 1945 y quedé encantado con su visita y con lo que resultó de ella. Esos inoportunos me convirtieron en figura esencial para el juego del poder, pero también en una comidilla sin terminación sobre la que conviene hablar con calma.

“Algo demencial debió funcionar en las intenciones de unos proponentes que me presentaban como autor de luminosas ideas, cuando ni siquiera un folleto escribí en mi vida”

Diógenes Escalante

-Me parece que es importante un comentario específico de esa reunión, porque fue el principio de su “proyecto” presidencial.

-Me fueron a ver en el Hotel Statler de Washington dos de las personas, para mí desconocidas personalmente, más interesadas en mi postulación: los jóvenes Rómulo Betancourt y Raúl Leoni. Me dijeron que apoyarían mi entrada en Miraflores si garantizaba la aprobación del voto universal, directo y secreto de los venezolanos en la venidera contienda electoral, y otras medidas para salvaguardar a los nacientes partidos políticos, y seguridades sobre la libertad de imprenta y sindicato. Hablaron de una reforma constitucional que fundaría una sociedad distinta y pujante. Aseguraron el respaldo de Acción  Democrática, que harían público si salía humo blanco del curioso trío convertido en cónclave. También refirieron anteriores reuniones con el PDV y con el propio presidente Isaías Medina Angarita, que los habían llevado al diálogo que entonces realizábamos. No quise firmar un compromiso en un documento escrito, como sugirió la desconfianza de Betancourt, pero les aseguré que aceptaba lo fundamental de la propuesta. Eso fue todo.

-¿Usted estaba enterado del proyecto, antes de conocer a Betancourt y a Leoni?

-Por supuesto. Me lo había comunicado con todo detalle Julio Medina, hermano y mensajero del Presidente. También tenía idea de lo fundamental gracias a las informaciones que me facilitaba mi amigo el historiador Caracciolo Parra Pérez, compañero de muchas lidias anteriores de la diplomacia. Ni siquiera escapaba ya de mi conocimiento la inquina que el asunto despertaba en mi querido amigo de la infancia, Eleazar López Contreras, con quien trabajé muy cerca en Palacio, pero quien había renovado su gusto por la primera magistratura y necesitaba que yo permaneciera en el extranjero. Fue así como, con todos los ases en la mano, acepté lo que parecía un triunfo romano.

-¿Qué pito tocó entonces el pueblo venezolano?

-Hace usted preguntas curiosas. Nadie habló entonces del pueblo venezolano, ni de la necesidad de consultar con quieres supuestamente podían representarlo. Si no pasa ahora en este tipo de cocinados, menos podía ocurrir en julio de 1945.

-No han faltado quienes aseguran que usted, debido a su inexperiencia, se dejó embaucar desde el principio, o que no supo poner condiciones oportunas para evitar un  naufragio que estaba a la vista.

-Eso da risa. Inexpertos eran los que me buscaban, realmente neófitos; o unos señorones que todavía practicaban la política del siglo XIX como si el mundo no hubiera dado mil vueltas. Voy a hacer una breve nómina de las figuras políticas con quienes trabajé, o con quienes llegué a tratos de importancia mucho antes de que unos debutantes en los asuntos del poder echaran los dientes, o de que unos señores estrujados por el almanaque buscaran cirugía plástica. Me refiero a gallos criollos y extranjeros como Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Laureano Vallenilla, Victorino Márquez Bustillos, Franklin Delano Roosevelt, Cordell Hull en tiempo de vísperas guerreras, y Harry Truman. Algo debí aprender con su contacto, algo de astucia y cálculo debí guardar en el equipaje antes de aceptar una candidatura presidencial. Yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, mientras mis promotores estaban en la luna.

-Afirma usted que no fue responsable de un drama que lo tiene como actor estelar, que la responsabilidad fue de los creadores de su candidatura. ¿Puede profundizar el punto?

-Soy culpable de vanidad personal. Recuerde usted que mi nombre sonó para la Presidencia de la República en 1931, en reemplazo de Juan Bautista Pérez. Como ahora se ventilaba otra vez, pensé que era un protagonista imprescindible que no podía desperdiciar su segunda oportunidad. También pensé, movido por el ascenso estelar que se me ofrecía, que era un estadista de alto coturno llamado a remediar los males de Venezuela. Nada extraño en la naturaleza humana, en sentido general, pero absolutamente irresponsable y desconsiderado cuando la sociedad mira hacia nuevos horizontes. Pero eso no es demencia, sino soberbia. Yo era diestro en las alturas de la sociedad, caballero habitual de clubes y tertulias, un pez en el agua del refinamiento que iba a nadar en la piscina más grande. Los que me escogieron eran unos locos de manicomio. Ellos sí.

-¿Por qué, si puede precisar?

-No pueden estar en sus cabales unos políticos que le piden que se convierta en protector de la libertad de pensamiento al funcionario que creó la máquina de propaganda del gomecismo. Más de un tornillo debe faltar en el seso de unos dirigentes viejos y nuevos que pretendían convertir en adelantado de la libertad a un burócrata que se hizo de la vista gorda ante los vejámenes del gomecismo, sin siquiera parpadear durante casi tres décadas bañadas en sangre. Algo demencial debió funcionar en las intenciones de unos proponentes que me presentaban como autor de luminosas ideas, cuando ni siquiera un folleto escribí en mi vida. En suma, si se ha encontrado la locura como explicación de mi peripecia personal, me parece que el problema es más colectivo que individual.

-Pero usted conocía los problemas de la sociedad debido a su experiencia de alto funcionario, quizá pensaron los promotores de su candidatura.

-No sé cómo puede llegar usted a una conclusión de ese tamaño. Entre 1904 y 1910 fui cónsul en Liverpool, Berlín, Holanda y Francia. Entre 1920 y 1933 fui Ministro Plenipotenciario en Londres y Delegado ante la Liga de las Naciones. Entre 1937 y 1945 fui Embajador en Washington. Por consiguiente, viví en las capitales extranjeras sin relacionarme con las vivencias nacionales, alejado de sus hombres y de los problemas de sus hombres. Son veintisiete años de distancia, casi de divorcio, debido a los cuales se impuso en mis asuntos un desconocimiento fundamental de la realidad que debía dominar y transformar. Cualquiera que no fuera Diógenes Escalante la hubiera atendido con mayor propiedad.

-Asumía usted un desafío imposible, en suma.

-Junto con mis promotores, desde luego. Pero el fin de la historia consiste en el hecho de que esa realidad me golpeó en la cara cuando se suponía que regresaba para ocuparme de ella. Cuando la palpé otra vez, después de una gigantesca falta personal, me provocó una imposibilidad irremediable de comunicación. Me bloqueó, me hizo enmudecer para siempre, me convirtió en un sujeto inútil que dejó de hacer contacto con el resto del contorno. ¿Cómo podía tratarlo en adelante con eficiencia y respeto? Ya no tenía tiempo para descubrir lo desconocido, algo tan apabullante que me condenó a vivir, primero en un limbo que fabriqué para protegerme, después en la curiosidad de los rincones, y en una crónica dominada por lo superfluo. 

Dejé en paz al difunto después de esta colosal afirmación, pensando en cómo la tragedia jamás se ha atribuido a sus convidantes.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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