EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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La inútil neutralidad

“La neutralidad, como principio inmutable, es una prueba de debilidad”
Lajos Kossuth

Thomas Hobbes pregonaba convencido sobre la naturaleza maligna de los seres humanos, quizás no estaba tan equivocado, solo deténgase a pensar: hay guerras, asesinos seriales o torturadores en otra especie distinta a la nuestra. Jean-Jacques Rousseau, bastante más optimista en torno al carácter humano, sostenía que somos buenos y empáticos, y que prueba de ello era la propensión natural a ayudar al que está sufriendo. Es probable que no haya advertido, que cuando nos topamos con un semejante que sufre, es bastante factible que ese sufrimiento sea la consecuencia de la maldad de otro, así que se produce un empate, uno causa un daño y otro intenta el consuelo. En fin, sobre este tema no hay unanimidad, y en realidad somos bastante complejos como para que la filosofía intente uniformarnos, son tantos los matices que no hay dos personas idénticas.

Lo que sí luce indiscutible es que hemos convivido con la maldad desde que existimos. La historia del crimen, de la dominación cultural, territorial, las conflagraciones bélicas, las armas, las bombas, la vejación, las injusticias, son temas con los que lidiamos permanentemente. Sin embargo, que sea cotidiano no significa que debe ser normal, por el contrario, se supone que estar dotados de la capacidad de la razón debería conducirnos a un ansiado estado ideal, de paz social, convivencia, tolerancia y respeto.

“Todos están en sus manos. Ser neutral ante eso es totalmente inútil, tarde o temprano te va a tocar, solo estás en la fila y en cualquier momento cuando el dedo te apunte, serás una víctima más”

No hay forma de evitar coexistir con la maldad, mucho más en estos tiempos de crisis sociales, políticas y culturales, en los que el ejercicio del poder se caracteriza por la búsqueda de dominación y los intentos de sacar provecho de unos sobre otros. Tampoco soy de los que cree que enfrentamos una dicotomía de dimensiones bíblicas del bien contra el mal, y que debemos padecer esa tensión permanente de colocarnos en alguno de los lados de acuerdo con nuestras creencias y valores. Pero sin duda, no hay nada más conveniente para los perversos que la indiferencia de la gente, la neutralidad ante los conflictos conduce a la normalización de los abusos.

Carsten Wieland, un diplomático alemán experto en mediación de conflictos, pone en duda la eficacia de la neutralidad ante regímenes políticos que utilizan la violencia contra su propia población, e incluso contra otros Estados de forma injusta. A partir de sus observaciones en campo, devela cómo la neutralidad de bienintencionados, generalmente gobiernos donantes, procuran mantener un asistencialismo humanitario en conflictos en los que la población está siendo diezmada por quienes detentan el poder. Advierte, que usualmente los objetivos puramente humanitarios no son alcanzados, y las causas generadoras del sufrimiento se prolongan y generalizan. Por ello, sostiene que la ayuda humanitaria no debe ser entregada y administrada por regímenes violentos e inescrupulosos que son justamente los victimarios, sino a actores locales o redes ciudadanas, y que se deben defender posiciones humanitarias no negociables.

Esta neutralidad tramposa, como se ha denominado, sin duda termina actuando contra los Derechos Humanos, en la medida que permite que sistemas violadores de derechos solucionen algunos de los problemas inmediatos de la población, sin invertir ni esforzarse, sino a partir del apoyo externo. Mientras esto ocurre, siguen afinando sus mecanismos de dominación y supresión de derechos impunemente. Esto, que ocurre en el ámbito de las relaciones internacionales, se replica de forma similar a lo interno del país.

Surgen voces en el ámbito político, gremial y empresarial, que, ante la tragedia venezolana, adoptan un súbito halo de neutralidad, que los lleva incluso a abogar por el levantamiento de sanciones sectoriales y personales, que interactúan con instancias de poder como si se desarrollaran en espacios democráticos y respetuosos, y que han decidido no referirse ni siquiera de forma tangencial a las graves arremetidas del régimen contra los Derechos Humanos. Calculan que mientras los torturados, encarcelados, perseguidos y expropiados sean los demás, eso en nada les afecta, por lo que mantenerse al margen les asegura la conservación de sus mínimos espacios de comodidad y subsistencia. Nada más peligroso que esa percepción de falsa tranquilidad.

No es posible cohabitar con quien, en cualquier momento, puede utilizar el poder que detenta sin control para aplastarte sin que tengas derecho alguno a defenderte. Lo han hecho con su propia gente una y otra vez, lo han demostrado con creces, militares y civiles han sido apresados, desaparecidos, asesinados y violentados sexualmente en las mazmorras de la dictadura. Empresarios e inversionistas han sido expropiados, confiscados, y a veces obligados a vender sus empresas por órdenes de arriba, sin que puedan hacer oposición ante la justicia o cualquier otro mecanismo, pues todos están en sus manos. Ser neutral ante eso es totalmente inútil, tarde o temprano te va a tocar, solo estás en la fila y en cualquier momento cuando el dedo te apunte, serás una víctima más.

La solidaridad frente a las violaciones de derechos humanos tiene que ser estimulado, generalizado y posicionado como éticamente correcto, no es un asunto sólo de activistas, defensores y ONG. Debe ser enseñado desde la escuela, en la familia, las iglesias, en fin, en todos los ámbitos en los que nos formamos, para proyectar una sociedad que no sea “neutral” ante la injusticia y el sufrimiento de los demás. Como sostiene el profesor Rixio Portillo de la Universidad de Monterrey, frente a las dictaduras no se puede ser neutral, frente a la tortura no se puede ser neutral, el único lado ético que es posible asumir es el de las víctimas, el de los que buscan la libertad y trabajan por la paz.

Maduro abraza a los neutrales, los alaba, le sirven. A quien no le sirve es a los que hoy padecen, no se trata de exigir acciones heroicas o de inmolarse sino de empatía y visibilidad. Las víctimas están ahí, no se puede fingir que nada ha pasado, que el régimen rectificará y que hay que olvidar. Esa neutralidad es en definitiva la mayor muestra de debilidad.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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