EN LA ALDEA

23 febrero 2024

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La revolución del sexo o el sexo de la revolución

Qué cosa inusual ¿o usual? (durante los años del nazismo era moneda común, por ejemplo. Y en el imperio romano, y en la Corte francesa, y en la historia toda, me parece, excepto el gazmoño, silo XIX) esa relación inexpugnable entre el Sexo, la sexualidad, y la política, (en nuestro caso, la política en minúsculas, por no darle más ideología y densidad de la que realmente tiene).

En las últimas semanas, las noticias dan cuenta de suculentos y eróticos festines inéditos, o quizás no tan inéditos pero sí más secretos durante décadas pasadas. Si no fuera por las redes sociales, porque se entera uno por ellas, las mamas -domingas, cocos, melones- y los penes -piripichos, machetes, falos- estarían todos a salvo de maledicencias.

La vida íntima en esta Venezuela rocambolesca es como leer alguna imitación provinciana de cualquier revista de cotilleo de alta alcurnia y de la baja también. Solo que nuestros personajes terminan por tener cero glamour y ningún charm a la hora de filmarse, autofilmarse, retratarse o exhibirse en su intimidad.

“Escándalos sexuales desfilan hoy con polímeros, implantes, clanes rivales de prostitución y drogas, prevaricación y hasta maletines con lingotes de oro que viajan lejos”

Nada como ver una fiesta de académicos universitarios festejando, rampantes y en círculo como de terapia de grupo, el aniversario de su Casa de Estudios con una stripper rebosante en carnes, con atuendo de dominatrice de isla pobre, que escoge aleatoriamente a su próximo candidato -es decir, un profesor universitario, eso sí, que todo hay que decirlo, por turnos ordenados y en estricta obediencia de risita nerviosa- para arrimarle su cuerpo de fruta madura y ver si el pajarito pica.

La escena de los académicos, en herradura, cada uno en su puesto, obedeciendo a la jefa que les “interrogaba” de uno en uno, todos maestros de buena conducta, es un episodio digno de cualquier historia para la cinematografía endógena, o quizás para una novela sobre la simpática decadencia de nuestra potencia educativo-tropical.

Otra postal del mismo álbum la vi en Twitter que ahora es una X: Una señorita muy bien dotada, más por las facilidades de la medicina estética moderna que por las bondades de la naturaleza misma, le hacía carantoñas íntimas llenas de cariño y carne con su cuerpo y a través de una videollamada a un caballero entusiasmado. Jolgorio que el caballero celebraba con su pequeño amigo inseparable. Decían los trinos -ahora eXpresiones- que ambos -dama y caballero- pertenecían a las gloriosas instancias verde oliva del país (no tengo prueba de ello salvo unas fotos de ambos uniformados que bien podrían ser la imagen oficial de nuestros funcionarios, pero a lo mejor también podría ser una estampa tomada durante una gala del Círculo Militar, o tal vez dos actores en personaje listos para una función de teatro (que no “teatro de operaciones”, que ya es otro asunto más serio), como por ejemplo para alguna escena de “Teatro en la guerra” de Miguel Hernández, o “Picnic” de Fernando Arrabal. O cualquier momentum que viniera de la imaginación de Tom Clancy. ¿O una dupla simplemente lista para un desfile patrio?

Según lo que leí luego, la pareja es de rangos distintos, pero emparejados por el mismo deseo. (Está visto que la gula poco o nada tiene que ver con el escalafón profesional de cada quien. Nada de cada oveja con su pareja, así es de grande el amor).

Por último y el mismo día y desde otra red social, se me colaron en la lectura mientras disfrutaba de una lista entretenida y valiosa de grandes libros de argumento distópico, las imágenes de la celebración de boda de un funcionario público de la seguridad (uy) del Estado y una joven que, de acuerdo al reportaje, pertenecía a unos de los clanes que campean hoy por las instituciones del régimen y que se dedican al oficio más antiguo del mundo. O para esquivar la tan manida frase, hetairas de las esferas políticas y económicas que a fin de cuentas se resumen en la palabra poder. Las Cortesanas del poder. O el cartel de las Fulanas. Una producción casi serial de senos, narices, perfiles, derrieres y cabelleras bruñidas y largas listas para satisfacer a cualquier contratista: hombre, mujer o guajolote, como dirían en México.

Tampoco es exclusividad roja, por cierto. Hay que ser justos. Recordemos viejos escándalos de opositores y burdeles fronterizos. O la señora barragana de los ‘gastos cubridos’. Antes, a las muy pocas, las llamaban barraganas. Ahora todas son muñecas de varias jugueterías.

Y es que el amor está en el aire. Desde siempre. El amor también es moneda de cambio, paracaídas, ascenso, dinero, o parafraseando a Oscar Wilde, mero poder. Wilde decía: “En la vida todo es sexo, menos el sexo: el sexo es poder”. Antes era un bien especialmente para los hombres, sexo y poder de la mano. Ya no. Ahora es de todos. Y si además usamos como espejo los comportamientos típicos de algunos políticos, podemos concluir que política y sexo son las dos caras de la misma moneda que expresa una de las pulsiones más fuertes del ser humano: la búsqueda de poder. Lo mismo que si desmenuzamos esta proliferación de misses, modelos, promotoras e “influencers”.

De la antigua Grecia, pasando por el Imperio Romano, hasta la el turno del nazismo, el sexo es parte del concepto de dominio. Muchos filósofos a lo largo de la historia han reconocido la estrechísima vinculación entre la sexualidad y el afán de poder. Sin embargo, solo a partir de Sigmund Freud, el sexo y la sexualidad comenzaron a relacionarse con ese afán. El mismo Freud llegó, ya en sus años de madurez, a considerar que sexo y política pueden llegar a ser para mucha gente objetos sustitutivos del mismo poder.

Pero no son nuevos los festines. Son apenas una reconquista de lo obsceno: “Todavía a comienzos del siglo XVII era moneda corriente, se dice, cierta franqueza. Las prácticas no buscaban el secreto; las palabras se decían sin excesiva reticencia, y las cosas sin demasiado disfraz; se tenía una tolerante familiaridad con lo ilícito. Los códigos de lo grosero, de lo obsceno y de lo indecente, si se los compara con los del siglo XIX, eran muy laxos. Gestos directos, discursos sin vergüenza, transgresiones visibles, anatomías exhibidas y fácilmente entremezcladas, niños desvergonzados vagabundeando sin molestia ni escándalo entre las risas de los adultos: los cuerpos se pavoneaban”1.

Solo que ahora y gracias a las redes sociales, la intimidad, la privacidad, y el “recogimiento” son casi una reliquia histórica. El sexo ya no es secreto, ni censura, ni ocultación. Ni de lejos. Dejó de ser eso para convertirlo todo o casi todo en espectáculo para multitudes. (Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo lo expuso estupendamente y hasta se arriesgó a protagonizarlo). Ojo que no hablo aquí ni de identidad sexual, ni de género, mucho menos de roles sexuales. Ese es otro tema que nada tiene que ver con el abaratamiento de la política dentro y fuera.

Así los imperios de todos los tiempos. Horadados en sus cimientos por escándalos sexuales desfilan hoy con polímeros, implantes, clanes rivales de prostitución y drogas, prevaricación y hasta maletines con lingotes de oro que viajan lejos y hasta en árabe. La intimidad ya no es política, “lo personal fue político”, ya no. Las estructuras ideológicas, políticas, económicas, actúan en el ámbito de lo público y definen los modelos para vivir la sexualidad, las identidades de género, los usos del lenguaje y las formas de ejercer el poder.

Y si la sexualidad es política es porque el deseo lo es. Es decir, porque el deseo (en sus alcances y sus límites) es su mejor representante. Así las revoluciones nos han traído hasta hoy. A punta de sexo. Y deseo. De poder.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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