En la aldea
18 junio 2024

Los éxitos del destierro

“Durante el periodo conocido como la Primavera de Praga se convirtió en uno de sus activistas más destacados, y no podía ser menos, conforme a su espíritu de intelectual libertario y reformador. Perturba e incordia con ingenio la presencia cotidiana de la trivialidad en la existencia humana; la risa, el humor, las ironías de las casualidades”. Milan Kundera falleció a los 94 años, el 11 julio de 2023 en Paris.

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Edinson Martínez | 13 agosto 2023

Milan Kundera, in memoriam

La muerte del escritor de origen checo Milan Kundera -uno de mis autores preferidos- me encuentra leyendo su novela La despedida. Ha sido, según reportan las agencias de noticias, el martes 11 de julio de este mismo año, en Paris, cuando, precisamente, quizás a la misma hora, como suelen implicarnos las casualidades, asistía a la presentación del libro Entre palabras con Carlos Boves, suerte de confesión en voz alta sobre la trayectoria política del personaje político, recogida con talento y perspicacia por otro buen amigo, el escritor de Douglas Zavala, en la ciudad de Maracaibo.

Milan Kundera ha tenido una larga vida, muere a los 94 años, en París y no en Praga, como antes apuntamos, tal vez por aquella razón que Joaquín Sabina menciona en una de sus canciones al decir “que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. En la hoy República Checa, transcurrió una parte importante de su vida, allí publicó su primera novela y fue testigo excepcional de todas las vicisitudes relacionadas con los acontecimientos políticos que mantuvieron a su país en el ojo del huracán durante las confrontaciones del Este y Oeste, en el contexto de la llamada Guerra Fría.

Poseedor de un estilo cuestionador, de aquellos que suelen buscar a menudo las cinco patas al gato con sus conjeturas filosóficas, con frecuencia deja a sus lectores cavilando sobre aspectos cruciales de la vida aceptados comúnmente como certezas inconmovibles, cuando no, sin detenerse a pensar en la intrascendencia de otros, perturba e incordia con ingenio, la presencia cotidiana de la trivialidad en la existencia humana; la risa, el humor, las ironías de las casualidades, por ejemplo.

“Ojalá surjan de esa masiva aventura de paisanos desplazándose por tanto lugares, muchos ‘Kunderas’ para dejar en buen sitial el país que nunca imaginaron abandonar, en ese caso, ya nos tocará hablar de los éxitos del destierro”

Afiliado al Partido Comunista en 1948, fue expulsado en 1950 y readmitido en 1956, y nuevamente expulsado más adelante. Fue acusado de traidor, y las consecuencias en su vida se manifestaron mediante un veto permanente para ganarse la vida como profesor y escritor, viéndose obligado a sortear los acosos políticos con trabajos particulares como profesor o tocando jazz en el piano en aislados locales de los suburbios.

Durante el periodo conocido como la Primavera de Praga se convirtió en uno de sus activistas más destacados, y no podía ser menos, conforme a su espíritu de intelectual libertario y reformador. Su primera novela, La broma, editada en 1967, en el preludio de aquel proceso político que le valió posteriormente, una vez ejecutada la invasión soviética a su país, el cerco definitivo por la nomenklatura comunista checoslovaca, llegó a las librerías en agosto de 1968. Entonces, toda su literatura fue prohibida.

La broma, con su singular estilo irónico, pleno de un humor satírico, describe cómo eran las vidas del entramado comunista checo en los años del estalinismo a partir de una historia de amor, en donde una simple broma es incomprendida en un “mundo que perdió el sentido del humor”. La incompatibilidad entre el totalitarismo y el sentido del humor culmina en una tragedia, el protagonista hace una broma sobre el optimismo comunista citando a León Trotski, y como consecuencia es expulsado de la universidad, sus compañeros le retiran el saludo, se le cierran todos los caminos y termina condenado a trabajar en las minas, donde conocerá el amor.

La broma fue una de sus novelas de mayor éxito, traducida a 21 idiomas. En Francia, para aquel momento, poetas importantes como Louis Aragon, calificó la obra como “una de las mayores novelas de nuestro siglo”.

Este modo de tratar asuntos que, en el contexto histórico en que se desarrollaron devinieron en tragedias, es recurrente en varias de sus obras, con ello, desde la sátira, desvela las perversidades del totalitarismo, así lo muestra, por ejemplo, en El libro de la risa y el olvido, cuando describe, en su espectacular narrativa, el descabellado proceder de un liderazgo queriendo alterar la historia:

“En febrero de 1.948, el líder comunista Klement Gottwald salió al balcón de un palacio barroco de Praga para dirigirse a los cientos de miles de personas que llenaban la Plaza de la Ciudad Vieja. Aquel fue un momento crucial en la historia de la Bohemia. Uno de esos instantes decisivos que ocurren una o dos veces por milenio.

Gottwald estaba rodeado por sus camaradas y justo a su lado estaba Clementis. La nieve revoloteaba, hacía frio y Gottwald tenía la cabeza descubierta. Clementis, siempre tan atento, se quitó su gorro de pieles y se lo colocó en la cabeza a Gottwald.

El departamento de propaganda difundió en cientos de miles de ejemplares la fotografía del balcón desde el que Gottwald, con el gorro en la cabeza y los camaradas a su lado, habla a la nación. En ese balcón comenzó la historia de la Bohemia comunista. Hasta el último niño conocía aquella fotografía que aparecía en los carteles de propaganda, en los manuales escolares y en los museos.

Cuatro años más tarde a Clementis lo acusaron de traición y lo colgaron. El departamento de propaganda lo borró inmediatamente de la historia y, por supuesto, de todas las fotografías”.

El libro de la risa y el olvido (1978), Milan Kundera.

El estalinismo hizo de la alteración de la historia una práctica cotidiana. Y ese proceder es recogido en la literatura de muy variadas formas, en la novela de George Orwell, 1984, por ejemplo, se plasma la propensión totalitaria por la fabricación artificiosa de la historia a través de la reimpresión de textos, noticias, libros, fotografías, cada vez que fuera necesario para edificar una nueva epopeya oficial. Ya, entonces, los que estuvieron nunca fueron los que vimos, sino los que no vimos, porque la realidad no fue la que conocimos, sino la que en adelante la representa. 

En los días iniciales de la Revolución de Octubre, en 1917, circulaba una célebre fotografía donde aparecía Lenin dirigiéndose a una multitud, arengándola en la guerra contra Polonia, en ella aparecían León Trotski y Kamenev a su costado derecho, al pie de unas escalinatas, más tarde, cuando Stalin se convirtió en el sucesor de Vladimir Ilich Ulianov, la misma foto fue sustituida por otra donde no aparece Trotsky ni Kamenev, pues fueron ellos sus contendores, sobre todo el primero, para suceder a Lenin ante su fallecimiento prematuro. Entonces aquel instante de la historia nunca fue real, la foto que todos vieron nunca existió, y el verdadero instante a sembrar en la memoria colectiva sería el creado por el estalinismo.

“Todas las ideologías fueron derrotadas: sus dogmas fueron finalmente desenmascarados como simples ilusiones y la gente dejó de tomarlos en serio. Los comunistas, por ejemplo, creían que durante el desarrollo del capitalismo el proletario iba a empobrecerse cada vez más, y cuando un buen día se demostró que en toda Europa los obreros iban a su trabajo en coche, tuvieron ganas de gritar que la realidad estaba haciendo trampas. La realidad es más fuerte que la ideología”.

La inmortalidad (1989), Milan Kundera.

Milan Kundera se vio obligado a salir de su país junto a su esposa, Vera, en 1975. Le fue retirada la nacionalidad y a consecuencia de la obsesiva persecución se refugió en Francia, años más tarde se haría ciudadano francés.

Los escritores, y en general, los intelectuales, siempre han sido un estorbo para el poder, quienes lo detentan estarían más cómodos si no existieran; disfrutarían a sus anchas si no hubiera gente que pensara, personas dispuestas a no cuestionarlos en sus ejecutorias. Daniel Ortega y señora, por ejemplo, estarían felicísimos si alguien llamado Sergio Ramírez ya no fuera más nicaragüense, sino peruano, colombiano o argentino, y, así liquidado el asunto de la intolerancia, pues no siendo un connacional, ya no habría por qué tomarlo más en cuenta.

“No hay nada que exija un esfuerzo mayor del pensamiento que una argumentación que debe justificar el dominio del no pensamiento”.

La inmortalidad (1989), Milan Kundera.

Al radicarse en Francia comienza su etapa como profesor de literatura en la Universidad de Rennes y, posteriormente, ejerce como docente en la École des Hautes Études de París. “Me veo a mí mismo como uno de los últimos artistas de la gran cultura centroeuropea, que está a punto de ser masacrada. Porque lo que está pasando en Europa Central es precisamente la masacre de su cultura. Imagine que a principios de siglo la cultura centroeuropea era el verdadero centro de la cultura europea”. Dijo en cierto momento a propósito de los acontecimientos políticos que tuvo ocasión de presenciar.

De su extensa obra destaca La insoportable levedad del ser (1984). Quizás una de sus mejores novelas, aun cuando, La inmortalidad  es la de mi preferencia, es cuestión de gustos, claro está, sin embargo, ambas están unidas por la impronta filosófica que le es tan característica. En su narrativa suele plantear verdades que son obvias, y que, por esa misma razón, muchas veces pasamos por alto.

“El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores”.

La insoportable levedad del ser (1984), Milan Kundera.

En otras palabras, siempre vivimos los humanos en la incertidumbre, sin ningún libreto a disposición del cual echar mano para experimentar el desafío de vivir. Solo conocemos la vida misma, viviéndola.

Así tenemos, entonces, que, el escritor y disidente incansable, así como es capaz de maravillarnos con sus trabajos a través de la descripción literaria de episodios históricos, del mismo modo, consigue sorprendernos con sus ingeniosas abstracciones existenciales, tomadas en perspicaz observación de la cotidianidad que, por su permanente presencia en la vida, terminan por ser inadvertidas como temas literarios.

“Ser mortal es la experiencia humana más esencial y sin embargo el hombre nunca fue capaz de aceptarla, comprenderla y comportarse de acuerdo con ella. El hombre no sabe ser mortal. Y cuando muere ni siquiera sabe estar muerto”.

La inmortalidad (1989), Milan Kundera.

El autor suele mostrarnos razonamientos, juicios de tan lógico fundamento, que estoy seguro persuaden con gran facilidad a sus lectores a examinar el criterio que poseen sobre varios de los temas que aborda en sus novelas.

“[…] cuando amamos a alguien no lo podemos comparar. La persona amada no es comparable. Aunque amemos a A y a B, no podemos compararlos, porque al compararlos ya dejamos de amar a uno de ellos”.

La inmortalidad (1989), Milan Kundera.

En 1982 Milan Kundera visitó España para presentar su obra El libro de la risa y del olvido, esa fue su primera publicación fuera de su país de origen. En ella relata una historia de exilio que contiene la experiencia trágica de Praga y la vida en el mundo occidental. En aquel entonces aseveró lo siguiente:

“Si algo detesto es la literatura de tesis, comunista o anticomunista, es igual. No me siento cómodo en el papel del disidente. No me gusta reducir la literatura y el arte a una lectura política. La palabra disidente significa suponerle a uno una literatura de tesis, y si algo detesto es precisamente la literatura de tesis. Lo que me interesa es el valor estético”1.

Vivir en el destierro, en otra parte del mundo que no es el propio, es en cualquier sentido un tránsito al desarraigo. Nuestro planeta está lleno de destierros, de diásporas por causas políticas o conflictos militares -que no es lo mismo pero es igual, si tuviera que decirlo Silvio Rodríguez-, de éxodos por inclementes fenómenos naturales, por hambrunas, epidemias, y por otras inenarrables causas, y siempre en esas marchas precipitadas, una historia de vida queda suspendida, a veces es para bien, en arreglo a la relatividad que todas las cosas tienen, y otras veces para prolongar las agonías de las que se huye. En todo caso, cada vida es única, y sus logros, en otros cielos duro han de bregarse.

Muchos intelectuales, escritores entre ellos, han transitado los caminos del destierro, y aun cuando suene irónico, ha sido gracias a este, que sus nombres han figurado entre los más destacados de las letras universales. Isabel Allende, por ejemplo, ha dicho en cierta oportunidad que La casa de los espíritus (1982) probablemente no habría sido lo que fue, si ella no hubiera estado en el exilio. Julio Cortázar escribióRayuela en su autoexilio en Francia. Mario Benedetti, en su exilio, escribió su más célebre poema, Te quiero, es su título, con fecha de 1974. Gabriel García Márquez, quien decidió irse de Colombia en 1981, debido a las amenazas de muerte por paramilitares, se radicó en México y allí escribió El amor en los tiempos del cólera y El general en su laberinto. En ese país recibió la noticia del Premio Nobel de Literatura. Y así muchos otros importantes autores que padecieron el drama del destierro. Quizás Milan Kundera no habría sido el celebrado autor si se hubiera quedado en Praga, entonces otra historia contaríamos ahora.

“-Estoy muy contenta de que lo hayas conseguido. Aquí hubieses sido toda la vida un sujeto sospechoso. Ni siquiera te permitían hacer tu trabajo. Y, sin embargo, se pasan la vida dando sermones sobre el amor a la tierra natal. ¿Cómo se puede querer a una tierra en la que no te dejan trabajar? Yo te digo que no siento ningún amor por mi patria. ¿Crees que hago mal?

[…] -Los recuerdos tristes también lo atan a uno.

 -¿A qué lo atan?, ¿a quedarse en el mismo sitio en el que nació? No entiendo cómo alguien puede hablar de libertad y no librarse de semejante carga. Es como si el árbol pudiera tener su hogar en un sitio en el que no puede crecer. El hogar del árbol está allí donde encuentra humedad para vivir”.

La despedida (1986), Milan Kundera.

Los venezolanos somos en el presente uno de los países con mayor cantidad de connacionales atravesando fronteras de otros países, muchos de ellos aventurándose en territorios jamás imaginados, desempeñando oficios en otras naciones para los cuales no fueron formados ni estuvieron en sus horizontes ejercerlos. Algunos de ellos probablemente no regresen, tendrán otras vidas, formarán sus familias y se establecerán con nuevos lazos que les atarán en otra realidad personal. Ojalá surjan de esa masiva aventura de paisanos desplazándose por tanto lugares, muchos Kunderas para dejar en buen sitial el país que nunca imaginaron abandonar, en ese caso, ya nos tocará hablar de los éxitos del destierro. 


(1)Tomado de https://www.eldebate.com/

@emartz1

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