En la aldea
18 mayo 2024

“A que no me conoces, adivina quién soy”

“El arte de disfrazarse. La simulación, el engaño, la burla, el no ser más uno mismo o, si profundizamos un poco más, el ser lo que realmente somos. En eso pensé, en disfrazados, esculcando los más recientes bombazos noticiosos endógenos. ‘Hablemos del orate de Milei, nosotros que apoyamos al orate de Hugo y al fantasma de su padre, Fidel’. Ojo, que no todos los disfraces son de negrita, ni de personajes infames, caramba. Que hay enmascarados con aplomo y que a veces se atreven”.

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Sonia Chocrón | 24 agosto 2023

Por supuesto que no estamos en Carnaval. Es agosto, ardiente verano. Y sin embargo, quiero hablar del disfraz. De los disfraces. De allí el título de esta quinta pata: es el recuerdo que tengo de los relatos que nos contaba mi madre sobre los carnavales caraqueños de su época, los años ‘50. Tal vez desde finales de los ‘40.

Esa era la frase emblemática del disfrazado de negrita: “¿A que no me conoces?”. Y es que según contaba mi mamá, una negrita de carnaval podía ser cualquiera, ese era su encanto. En aquella Caracas provinciana y hasta tierna, sin embargo, ocurrían en Carnaval festines en los que había algunos vivos que se aprovechaban de la máscara para atreverse a aquello que sin disfraz jamás harían. No era ni es nada nuevo.

“Venezuela tan llena de disfraces de negritas disimuladas, aprovechadoras de todo tenor”

Los romanos ya se disfrazaban en las “Saturnales”, fiestas que duraban tres días consecutivos y en las que los asistentes se olvidaban del orden establecido y se entregaban a juergas y deseos. También los celtas, precursores de ahora mundialmente popular Halloween. Los egipcios se disfrazaban para homenajear a sus muertos, los sumerios para ahuyentar a los malos espíritus; y pare usted de contar.

Dice la RAE de la palabra disfraz:

1. m. Artificio que se usa para desfigurar algo con el fin de que no sea conocido.

2. m. Vestido de máscara que sirve para las fiestas y saraos, especialmente en Carnaval.

3. m. Simulación para dar a entender algo distinto de lo que se siente.

Otra cosa es el arte de disfrazarse. Es aquí donde aparece el sentido mágico de la fiesta: la simulación, el engaño, la burla, el no ser más uno mismo o, si profundizamos un poco más, el ser lo que realmente somos.

Nos disfrazamos para ser otros, para transformarnos, así sea por un momento, en eso que más anhelamos o incluso, repudiamos. Algunas veces para burlarnos de los demás, otras para burlarnos de nosotros mismos.

Regresando a nuestras viejas costumbres, en la descripción de las fiestas fastuosas en los clubs más distinguidos de Caracas, siempre salía a relucir el disfraz de negrita. Era la manera de entonces de pasar camuflado o camuflada porque además no se sabía si el personaje era hombre o mujer. (Aunque creo que se trataba sobre todo de hombres). Cuántos romances florecieron envueltos en aquel engaño de leotardos negros, máscara negra de bemba colorá y voz atiplada para despistar.

A que no me conoces, adivina quién soy, adivina quién soy. Los cuentos de aquellos tiempos iban desde seducciones pícaras, hasta damas que quedaban embarazadas de aquellas negritas tramposas que aprovechaban el disfraz para cometer abusos en cuerpos desprevenidos, o estimulados por el alcohol, o simplemente calientes.

No sé bien por qué, o a lo mejor sí, he rememorado aquellos relatos singulares de mi madre (años ‘50) y hasta de mi abuela (época de Gómez), sobre las bondades y las calamidades del disfraz, aquí y en todas partes, para camuflar picardías, secretos y amores, pero también bajezas y abusos. En eso pensé, en disfrazados, esculcando los más recientes bombazos noticiosos endógenos.

Por ejemplo, el reciente caso de un militante del movimiento LGTB+, emblemático trans de las redes sociales, para más señas, quien al parecer aprovechaba sus ratos libres para violar -con su pene- a compañeras del conglomerado. No sé si también a compañeros. Violar. Viendo su imagen, se me asemeja más a un disfraz de la pequeña Lulú, pero sin duda hubiera podido ser cualquier disfraz de negrita aprovechadora como aquellas que deambulaban seduciendo en las celebraciones de Carnaval. Flaco favor para una minoría que tiene años lidiando para reconocerse y ser reconocidos con dignidad.

Yo, que vengo de una minoría muy minoría (los judíos somos en total casi 15 millones, es decir, menos del 0,2% de la población mundial, que es de 8 mil millones de almas), lamento que una sola persona reduzca a mero disfraz la lucha legítima de una minoría. Más aún, peor aún: es una pena que su propio entorno haya callado el secreto, el delito, en lugar de protestarlo ante las autoridades; según dicen, tan solo por salvaguardar la integridad y la posición del movimiento. Saberlo, ejerce lastimosamente en el gran público precisamente el efecto contrario.

Otra noticia escandalosa, la de un alcalde de un municipio caraqueño, que da públicamente -y a través de un oficio- el pésame a la familia de una corredora arrollada por un conductor en estado de ebriedad, pero que de acuerdo al comunicado si no fuera por su culpa personalísima e individual, por hacer ejercicio fuera de los eventos del municipio, la inocente víctima aun estaría viva.

Pero qué irrespetuoso, qué poco honroso es adjudicarle a los propios ciudadanos la responsabilidad sobre accidentes que no han provocado y cuyo peso es más bien parte de las obligaciones de las autoridades del propio municipio en cuanto orden público y tránsito.

Este individuo, por ejemplo, tampoco es una negrita de carnaval. Pero bien podría decirse que usa el disfraz del Dr. Zachary Smith, (que protagonizaba el inolvidable actor Jonathan Harris) el cínico e inescrupuloso personaje de la serie televisiva Perdidos en el espacio.

Un grupo que para mí ya es numeroso, es el que forma la comparsa de disfraces de Thriller, es decir, los espantados y espantadores de la figura del candidato victorioso en las primarias argentinas, el singular Javier Milei. Parecieran decirnos “hablemos del impresentable Milei y así no hablamos de la ruina de país en el que vivimos”. O “hablemos del orate de Milei, nosotros que apoyamos al orate de Hugo y al fantasma de su padre, Fidel”. Hombre, para asustarnos tuvimos un tiempo, y caducó cuando Hugo Chávez Frías resultó ganador, con el apoyo de los espantados de hoy, en las elecciones de 1999. Otros son aquellos que van uniformados de camuflaje, ex golpistas de ayer, que se escandalizan cuando se habla de intervención militar. Nunca la palabra camuflaje había descrito tan bien un disfraz.

O el encuestador oficial que dice que el 81% de los venezolanos está esperanzado en que la revolución sacará al país adelante, y a quien yo, benévolamente le pondría un disfraz que tuviera una nariz protuberante, crecida e inocultable (no como Cirano de Bergerac, claro está), sino como un Pinocho que ha llegado a viejo envilecido, buchón, con malas mañas y, por supuesto, siempre muy mentiroso.

Ojo, que no todos los disfraces son de negrita, ni de personajes infames, caramba. Que hay enmascarados con aplomo y que a veces se atreven: Vi un fragmento de una entrevista que un periodista de Globovisión llamado Seir Contreras le hacía a un diputado del chavismo de cuyo nombre no quiero acordarme. En ella, el joven comunicador confrontaba al funcionario -tan escaso de argumentos, de oratoria, de neuronas- sobre las bondades del chavismo: sin agua, sin insumos médicos, exiliados por desesperanza, y en suma, le estampa con educación e hidalguía del fracaso indiscutible de la pretendida revolución bolivariana.

No cualquiera hace eso. Mucho menos en una televisora de alquiler. Ese tachirense, ese periodista joven y arrojado, va disfrazado de superhéroe, qué duda cabe. Y el disfraz, aunque ya lo hayan despedido de la emisora, le sienta bien. En Venezuela, tan llena de disfraces de negritas disimuladas, aprovechadoras de todo tenor, no es poca cosa.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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