En la aldea
13 abril 2024

Pinochet con lentes oscuros

A los 50 años del golpe en Chile, va este intento de crónica con algún toque personal. Ese país fue un dolor, una ilusión y ahora sentida preocupación. Para la lucha venezolana es preferible más democracia por todas partes. Los generales de lentes oscuros deben ser solo cosa del pasado y de los archivos. Medio siglo es poco para olvidar.

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Javier Conde | 11 septiembre 2023

“Yo pisaré las calles nuevamente/ de lo que fue Santiago ensangrentada/ y en una hermosa plaza liberada/ me detendré a llorar por los ausentes”, Pablo Milanés, fallecido en Madrid en noviembre del año pasado, compuso esa canción –Yo pisaré las calles nuevamente– en 10 minutos el 5 de octubre de 1974, “media hora después de haber muerto en combate Roberto Enríquez”, el líder del MIR, cuya organización apostaba por responder con violencia al mandato violento del general de los lentes oscuros. A esa canción que he vuelto a escuchar después de mucho tiempo, en la víspera del medio siglo de aquel golpe, de aquel martes incendiario, del 11 de septiembre de 1973, le sobra la mitad de una estrofa: “Dispararé las primeras balas/ Más temprano que tarde, sin reposo”. 

Yo que asistí como tantos a conciertos de La Nueva Trova en el Municipal -que incluso, acompañé a Sebastián de la Nuez, a llevar a Sara González y a Virulo a cantar en plena redacción de El Diario de Caracas, para encono de los jefes y diversión del resto- siempre preferí la voz y las letras de Milanés a las de Silvio Rodríguez. También el desencanto del primero con la revolución en la que se crió y a la que cantó, aunque más al amor, y sobre la cual se convenció en 1992 de que “definitivamente el sistema cubano había fracasado y lo denuncié”. Pero a la composición le siguen sobrando esas diez palabras, como probaría el tiempo, con sus debates desgarradores en Chile, y también alumbrados, que condujeron a desplazar del poder -por los votos, no por las balas- al general de marras.

“Los ex mandatarios de la concertación Eduardo Frei, Sebastián Piñera, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, quienes junto a Boric suscribieron un compromiso ‘por la democracia siempre’. A pesar de las diferencias. Porque no quieren que el futuro sea una vuelta al pasado”

El expresidente chileno Ricardo Lagos (2000-2006) con menos poética pero precisa claridad recuerda en la primera parte de Mi Vida, sus memorias, publicada en 2014, que la discusión primera dentro del Partido Socialista, en el que militaba y al que perteneció el derrocado Salvador Allende en 1973, explicaba el fatal desenlace del gobierno de la Unidad Popular como consecuencia de un déficit en el plano militar. Los comandantes  alzados, con el eficiente apoyo de Estados Unidos, tenían más poder de fuego. Fin de la discusión.

La verdad era otra muy distinta. Fueron brutales el general de las gafas negras y sus cómplices -aún se buscan casi 1.500 cuerpos de desaparecidos y ejecutados, cincuenta años después-, actuó con la frialdad y el cálculo inhumano de la Guerra Fría la administración de Richard Nixon -Ver Desaparecido, de Costa-Gavras, con el enorme Jack Lemmon y Sissy Spacek, vendría bien- pero la ruptura de la larga vida institucional de Chile significó, en palabras de Lagos otra vez, el fracaso absoluto del diálogo, para dar paso a la mayor tragedia de la historia republicana del país austral. “No habrá que enemistarse con todo el mundo, porque así solo se consigue ser derrocado”, comenta el viejo y venerable líder socialista, que luego sería el tercer presidente del período de la concertación democrática.

Chile en la memoria

Hay una larga relación entre Chile y Venezuela, desde Andrés Bello. En tiempos recientes y no tanto se compartieron exilios, de aquí para allá en la centuria pasada, que se repiten ahora, agravados, porque son multitudes las que emigraron; y de allá para acá en los ‘70 y ‘80. Rómulo Betancourt anduvo por la alargada tierra chilena en 1939 en su segundo alejamiento forzado del país, cuenta Ricardo Combellas tras revisar Allende: la biografía, de Mario Amorós, que entre el futuro mandatario venezolano y el dirigente chileno que entregaría su vida el 11 de septiembre, surgió una calidad amistad que involucró a sus familias. 

El partido que Betancourt echaba adelante junto a Rómulo Gallegos, Raúl Leoni y Jóvito Villalba, tras la muerte en su cama del dictador Juan Vicente Gómez, el Partido Democrático Nacional -a cuya disolución surgiría Acción Democrática-, que era una organización hermana del Partido Socialista chileno. Lo que comenta Combellas, a partir de la referencia entre los dos hombres, ambos de izquierda, es cómo siguieron caminos y estrategias diferentes en el curso del tiempo. El venezolano viró hacia el centro político, mientras el chileno a pesar de prometer una vía institucional al socialismo, quedó atrapado entre el rol de la CIA y el KGB, la confrontación interna y el “radicalismo ingenuo de la extrema izquierda” chilena que resultó incontrolable. La influencia cubana, con una larga visita de Fidel a Santiago, fue un fardo más en el camino.

La Venezuela democrática -tan cuestionada y tan añorada- vivió con intensidad aquellos días del golpe y sus consecuencias. Un montón de jóvenes venezolanos que no se querían perder la película chilena quedaron atrapados allá y se montó una operación rescate. En las izquierdas venezolanas, la que abandonó las armas tras la derrota política y militar de la década del ‘60 y en la que persistía el que no pero sí y cuyos restos se volvieron bolivarianos; “el caso chileno” ahondó, para bien, la separación de aguas y pareció consolidar una izquierda plural, abierta, alejada de la bota militar y del asalto del cielo, a tono con los procesos desprejuiciados y renovados que encarnaron, entre otros, de Enrico Berlinguer en Italia y Felipe González en España.

Era yo en 1973 un joven bachiller sin ninguna experiencia ni actividad política, más allá de un vago compromiso social de tono cristiano, cuando asistí a fines de ese septiembre luctuoso de 1973 a un acto en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, llevado de la mano de mi prima Marisé, estudiante de sociología,  prontamente fallecida. El 16 de septiembre habían matado en Chile al cantautor Víctor Jara y el Aula Magna hervía. El orador principal, lo recuerdo con nitidez, fue José Vicente Rangel, por aquellos días reconocido defensor de derechos humanos y quien competiría en diciembre de ese año por la presidencia de la República por el Movimiento Al Socialismo, la izquierda renovada que apostaba por el “socialismo con rostro humano”. Rangel cambió de acera, o de cassette como dijo el 11 de abril de 2002, y así lo registra la historia triste de estos días. Los responsables del asesinato de Jara fueron condenados apenas hace unos días. De acuerdo a la autopsia, el cantautor murió a consecuencia de recibir 44 impactos de bala, luego de ser detenido el día siguiente al golpe. Su cuerpo apareció cerca del Cementerio Metropolitano, junto a otros cinco cadáveres.

Sombras y simpatías

El general de los lentes oscuros tiene más simpatías entre los chilenos de las que tiene Maduro entre los venezolanos. Allá hay una democracia a diferencia de por estos lados. Resulta paradójico pero no es gratis. La encuesta CER-Mori, que consultó a un millar de chilenos de distintas generaciones arrojó a fines de mayo pasado que el 36% cree que los militares tuvieron razón en dar el golpe de Estado de 1973. Un 41% dijo que nunca tienen razón y un 19% no respondió. 

Ese 41%, apenas superior a quienes aún hoy justifican el golpe, es además una cifra a la baja: en 2003 era el 46%, subió a 65% en el 2006, cayó a 54% en 2009 y llegó a 68% en 2013. Una caída de 27 puntos en una década. El estudio, llamado Chile bajo la sombra de Pinochet, explica que los acontecimientos políticos de cada momento influyen en la manera en cómo se mira el pasado. No hay, por tanto, juicios permanentes ni categóricos. “Lo que hemos vivido estos últimos años han impactado de manera sustantiva nuestra visión del pasado y estos datos dan cuenta de ello”, precisan los autores de la encuesta presentada por Claudia Heiss, doctora en Ciencia Política y directora de esa carrera en la Facultad de Gobierno de la Universidad de Chile.

De modelo de crecimiento económico e incluso de estabilidad política en nuestra región, con una sucesión de gobiernos electos en las urnas desde 1990, tras la derrota de la continuidad en el poder de Pinochet en el célebre plebiscito de 1988, Chile se ha visto envuelto en los últimos años en serios conflictos sociales y políticos de difícil resolución, junto con una situación económica en declive, incremento de la inseguridad y datos preocupantes de desigualdad social.

El estallido social de 2019 -con su ola de saqueos, violencia, protestas callejeras y excesos policiales- puso de pronto la mirada sobre el aparentemente feliz país austral que había recuperado exitosamente la democracia y era ejemplo de libertades económicas, muy en entredicho en la mayoría de las naciones de la región. La llegada al poder al frente de una alianza de izquierda de Gabriel Boric, figura clave del Acuerdo por la paz social y nueva Constitución, supuso el impulso del debate constituyente, aún inconcluso después de año y medio de mandato, que erosionó el apoyo político del nuevo mandatario al plantear en su versión inicial un proyecto de carta magna, rechazado con contundencia, que disparó las alarmas sobre el futuro político de Chile, la ambigua jurisdicción de la justicia que se proponía y la introducción del riesgoso concepto de la plurinacionalidad. 

Esos parecen ser los acontecimientos políticos que revalorizan, 50 años después, la figura del general golpista. Aún cuando todo el trámite de la disputa constituyente ha seguido el librito democrático. Son horas bajas de la democracia en el mundo. Lo advierten, sin decirlo, los ex mandatarios de la concertación Eduardo Frei, Sebastián Piñera, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, quienes junto a Boric suscribieron un compromiso “por la democracia siempre”. A pesar de las diferencias. Porque no quieren que el futuro sea una vuelta al pasado.

P.D. Medio siglo es poco para olvidar. Lo que ocurrió en Chile fue tiniebla y luz. Ver la película NO tampoco viene mal. Muchos chilenos compartieron entre nosotros -también en las redacciones- como ahora lo hacen muchísimos más venezolanos en la patria de Neruda. De uno de aquellos, José Carrasco, Pepe, Pepone, editor en El Diario de Caracas de los ochenta, guardo recuerdos para siempre. Era un militante. Regresó a su país a mitad de los ‘80 con los primeros síntomas de alguna apertura política. A hacer periodismo y también política. Una madrugada, lo sacaron de la cama frente a su esposa e hijos. Su cuerpo apareció junto a otros dos, acribillados. 

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