En la aldea
13 abril 2024

Un escenario realista de quiebre

“Cuando se está cumpliendo el cincuentenario del golpe militar de 1973, creo que es un momento oportuno para estudiar las lecciones del caso chileno y tener claro que las fracturas de elites autoritarias no son quimeras. Solo tienen que darse las circunstancias adecuadas. Ante las chanzas impertinentes y pueriles que tratan de ridiculizar este postulado, invóquese a Clío y recuérdese la historia”.

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Alejandro Armas | 11 septiembre 2023

Venezuela gobernada por el chavismo es como una película, cuyo final todos quieren ver. Hasta los que se largaron por el hartazgo de estar encerrados en la sala de un cine de mala muerte, apestoso a grasa de cotufas con mantequilla rancia y con el aire acondicionado dañado pese al sopor del trópico. Sobre el desenlace hay dos preguntas que ocupan universalmente el pensamiento de los espectadores: ¿Cuándo?, ¿cómo? Ninguna es de respuesta fácil, pero sin duda la primera es la más difícil. Olvídense de comparaciones con esos largometrajes de Andrei Tarkovsky, Sergio Leone o Christopher Nolan que se toman muy en serio lo de “largo”. Acá lamentablemente ya vamos por algo así como Sátántangó, el gris filme de Béla Tarr con más de siete horas de duración y que, de nuevo tal como la Venezuela contemporánea, transmite un pesimismo digno de Emil Cioran.

La otra interrogante, el cómo, es también bastante difícil de avizorar pero al menos nos permite manejar escenarios hipotéticos más o menos razonables. Más aun teniendo en cuenta que, sobre la base de experiencia empírica, hay varios que podemos descartar del todo o, cuanto menos, asignarles una probabilidad tan ínfima como para no pensar mucho en ellos. Sabemos, por ejemplo, que es extremadamente improbable que el chavismo deje el poder solo porque pierde una elección. También sabemos que no habrá ninguna intervención extranjera directa (“los marines desembarcando entre Punta de Mulatos y Macuto”).

“Venezuela gobernada por el chavismo es como una película, cuyo final todos quieren ver”

Entre esos dos extremos nos quedan varias alternativas intermedias que sí pueden ser realistas. Una de ellas es la del llamado “quiebre”. Es decir, una fractura de la elite gobernante debido a presiones de distinta índole. En ese caso, una parte importante de dicha elite acepta que el statu quo se vuelve inviable, aparta a sectores intransigentes (o los convence de que la resistencia al cambio es fútil) y emprende una transición democrática, tal vez con participación de la dirigencia opositora.

Pues bien, esta posibilidad es bastante denostada por una parte de la opinión pública, incluyendo a varias personas con altos estudios en materia política. Son aquellas damas y aquellos caballeros que insisten en apostarle a un cambio propiciado por maniobras que acaten en todo momento las reglas del sistema político chavista. En otras palabras, personas que siguen creyendo en que solo con derrotar al Gobierno en las urnas, este cederá, cosa que, como ya dije, debería ser descartado.

Dado, entonces, que para este grupo de opinión no es necesario que haya un quiebre en la elite gobernante, sostienen que cualquier intento de ejercer presión para llegar a ese punto es algo prescindible y hasta indeseable, por “radical”. Entonces, se han dado a la tarea de desdeñar cualquier sugerencia de que la dirigencia opositora debería buscar cómo presionar. Está de más decir que ese es su derecho. Toda discusión política es inherentemente polémica. No en balde estas dos palabras comparten una etimología griega. Pero creo que esa discusión debería darse de forma sincera, madura y en buena fe. Sin sofismas ni falacias. Por eso me llama la atención que algunos detractores de la tesis de la fractura recurran a una técnica bien lejos del decoro argumentativo: la caricaturización.

Volviendo a las alegorías cinematográficas, hablan burlonamente de un quiebre hipotético como si fuera una película de acción de Michael Bay. Como si quienes lo ven posible tuvieran en mente a miembros del alto mando militar, de la mano con María Corina Machado y otros cabecillas de la oposición “extremista”, tomando por asalto Miraflores para desalojar a sus ocupantes y enviarlos a las mismas mazmorras que hoy están colmadas de presos políticos. Pero nadie con dos dedos de frente piensa en esa fantasía.

No. Si hay un quiebre en la elite gobernante (yo por supuesto no puedo asegurar que vaya a haber uno y ciertamente por los momentos no lo veo en el horizonte), lo más probable es que sea algo mucho más discreto y anticlimático. Algo así como cuando el general Fernando Matthei fue el primer miembro de la Junta Militar de Gobierno en reconocer la derrota oficialista en el plebiscito sobre la continuidad de la dictadura de Augusto Pinochet, y quien supuestamente persuadió a este último de que no se podía desconocer tal resultado. Como ven, nada espectacular. No hubo ningún ruido de sables. La dictadura feroz que tanto había asesinado y torturado, que lucía robusta como un alcázar, se desplomó con la misma falta de estruendo que hay en la caída de un castillo de naipes.

Eso, desde luego, no fue de gratis. Había un ejemplo del ya aludido conjunto de presiones sobre el régimen castrense. La oposición estaba unificada y articulada y fue audaz en su campaña de denuncias para desacreditar al gobierno por sus violaciones de Derechos Humanos y apuntalar el “No”. Chile, diez años antes un miembro más de la sociedad de dictaduras australes del Plan Cóndor, ahora corría el riesgo de volverse un paria, pues los militares argentinos y uruguayos ya hacía tiempo que habían dejado el poder. La Unión Soviética empezaba a resquebrajarse y se olía el fin de la Guerra Fría, con lo que para Washington dejaba de ser atractivo apoyar a dictaduras solo porque fueran férreamente anticomunistas.

Matthei, por su parte, no era un hombre del que cupiera esperar alguna ruptura grande con Pinochet. Después de todo, había sido elegido en 1978 para reemplazar al general Gustavo Leigh como representante de la Fuerza Aérea de Chile en la Junta Militar. Sustitución que fue precipitada por los roces que Leigh tenía con Pinochet. Y no era que Matthei al momento de reconocer el triunfo del “No” estuviera libre de razones para temer por su futuro una vez que volviera la democracia. Había denuncias que lo involucraban en la muerte por torturas de un compañero de armas que fue cercano al gobierno de Salvador Allende y se opuso al golpe pinochetista: el general Alberto Bachelet. Efectivamente, entre 2012 y 2013 hubo dos intentos de apertura de proceso judicial a Matthei por aquel deceso. Ninguno se concretó, por falta de evidencia. Pero el solo hecho de que Matthei haya estado al frente de la Academia de Guerra Aérea cuando Bachelet fue torturado ahí debió ser algo que el miembro de la Junta Militar de Gobierno consideró al momento de pronunciarse sobre el plebiscito, y que no le impidió por una vez hacer lo correcto.

Cuando se está cumpliendo el cincuentenario del golpe militar de 1973, creo que es un momento oportuno para estudiar las lecciones del caso chileno y tener claro que las fracturas de elites autoritarias no son quimeras. Solo tienen que darse las circunstancias adecuadas. Ante las chanzas impertinentes y pueriles que tratan de ridiculizar este postulado, invóquese a Clío y recuérdese la historia.

Nota bene: Por azares de la vida, las hijas de Armando Bachelet y Fernando Matthei, Michelle y Evelyn, respectivamente, fueron rivales en la segunda vuelta de la elección presidencial chilena de 2013. Como sabemos, Bachelet ganó, tuvo un segundo mandato y ahora figura como una especie de estadista retirada. Matthei, por su parte, como alcaldesa de una comuna (así llaman en Chile a los municipios) capitalina y miembro del derechista partido Unión Demócrata Independiente, no solo sigue activa sino que aparece en encuestas contemporáneas como uno de los políticos mejor valorados de Chile, por lo que su nombre suena otra vez para una candidatura presidencial. La trayectoria de ambas mujeres, en contraste con la de sus padres, es todo un símbolo de la fortaleza de la democracia chilena luego de los horrores de la dictadura. Ojalá los venezolanos podamos sentirnos algún día igual.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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