En la aldea
18 mayo 2024

Feijóo intenta la investidura en una España con la “democracia malita” 

Los quebrantos del sistema español, como en Venezuela, afloraron después de más de 40 años de libertades. A la crisis del bipartidismo, la fragmentación política, la corrupción y las turbulencias económicas, se suma el reto de un nacionalismo convertido en independentismo. Al candidato del Partido Popular le faltan cuatro votos para lograr la mayoría necesaria. Y no parecen a su alcance.

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Omar Luis Colmenares | 26 septiembre 2023

La democracia en España está malita. El diagnóstico lo ofreció el líder del Partido Nacionalista Vasco (PNV), Andoni Ortuzar, a pocas horas del comienzo del debate de investidura de Alberto Núñez Feijóo, a quien de paso le volvió a dejar en claro que no cuente con los votos del PNV en su intento de asumir las riendas del gobierno español.

El líder vasco no entra en detalles sobre los síntomas que lo llevan a emitir su preocupante parte médico. Pero no deja de llamar la atención que el sistema que ve en estado crítico sea el que con la Transición abrió las puertas al período más exitoso de la historia reciente de España y apenas sobrepasa los 40 años; casualmente un tiempo similar al que transitó -con todos sus altibajos- el régimen de libertades en Venezuela antes de ser arrastrado al precipicio.

“Los problemas de España no parecen ser muy distintos de los que en los últimos 15 años han sufrido las democracias occidentales: fragmentación política, bipartidismo en crisis, corrupción contagiosa, austeridad forzada, populismo”

La sesión de investidura en el Congreso comienza este martes a las 12 del día (a las 6 de la mañana de Venezuela). El primero en intervenir será el candidato, quien no tendrá límite de tiempo. Las líneas de su discurso estarán marcadas por su propuesta política, como es lo normal. Pero fuentes del Partido Popular han dejado ver que el candidato se esforzará en presentarse como el estadista que necesita España en estas horas de incertidumbre. Tratará de convencer incluso a diputados del PSOE que, suponen, podrían estar inconformes con las cesiones al nacionalismo. Nadie parece estar convencido de que eso pueda ocurrir.

El debate proseguirá el miércoles con intervenciones de 30 minutos de cada grupo político. Una vez terminados los turnos, se procederá a la votación. Feijóo, con los apoyos de su partido y los de Vox, Unión del Pueblo Navarro y Coalición Canaria, cuenta con 172 votos. Necesita 176, la mayoría absoluta. De no lograrla, 48 horas después, el viernes 29, habrá una segunda votación. En esa oportunidad necesitará una mayoría simple, es decir, más síes que noes. Esto tampoco luce probable.

En ese momento se activará la cuenta regresiva de Pedro Sánchez. Será un período de dos meses de consultas con el Jefe de Estado, el rey Felipe VI, en las que, aparte del candidato del PSOE, la mayoría de los dirigentes de los grupos que lo apoyan no se muestran dispuestos a participar. El presidente español da por hecho que logrará ser investido antes de la fecha tope, el 27 de noviembre. “España tendrá un gobierno socialista, progresista”, repite en cada intervención. De no ser así, se disolverían las cortes y el 14 de enero de 2024 se realizarían nuevas elecciones.

Sánchez da por seguros los 121 votos de los diputados socialistas elegidos el pasado 23 de julio. Aunque, como quien tiene pálpitos, se ha vuelto insistente con su referencia al transfuguismo (conocido como salto de talanquera en la política venezolana) como la peor indignidad política. También suma con Sumar, PNV, Bildu y otros partidos menores. Y negocia, con mano zurda, los apoyos vitales de los partidos catalanes ERC y Junts per Catalunya, de Carles Puigdemont

Los males visibles

Llegados a este punto, se tornan más visibles los quebrantos de la democracia española. Esos que el PNV nos detalla.

Vistos en conjunto, los problemas de España no parecen ser muy distintos de los que en los últimos 15 años han sufrido las democracias occidentales: fragmentación política, bipartidismo en crisis, corrupción contagiosa, austeridad forzada, populismo.

Se trata de males sobrevenidos de la crisis económica mundial que se propagó entre 2007 y 2008 tras el estornudo estadounidense, vale decir, tras la crisis inmobiliaria que en ese país produjo la caída de los precios de la vivienda, la subida de los tipos de interés, los impagos, los desahucios, la crisis de liquidez y todo lo demás.

En Europa, el estado de bienestar se tambaleó. Millones de manifestantes desbordaron las capitales europeas. En España el descontento tuvo su expresión política con los indignados del 15-M y el partido Podemos. También con la fuerza relativa que adquirieron los nacionalismos periféricos, esos que hoy tienen atrapado a un Pedro Sánchez dispuesto a todo para seguir gobernando, hasta de “buscar votos debajo de las piedras”, como se justifica.

En este punto, la crisis de los 40 que vive la democracia española (semejante en cronología y otras debilidades, pero distinta en contextos y coyunturas de la padecida por la democracia venezolana) luce agravada por la particularidad de un nacionalismo que en el transcurrir de un siglo se ha transmutado en independentismo, con claros signos de autoritarismo.

Porque, si ya es una afrenta constitucional que Pedro Sánchez, para seguir en La Moncloa, tenga que doblegarse ante peticiones tan relevantes como la amnistía o incluso el referendo -llámense alivios penales o consultas soberanistas-, más lo es tener que gobernar en coalición con grupos cuyos intereses son francamente contrarios a los del país que quiere seguir gobernando.

¿Cómo gobernará con ellos?, ¿apoyarán sus propuestas de gobierno?, ¿qué leyes apoyarán?, ¿qué más exigirán?, ¿para cuándo la independencia?, ¿cuál línea roja no cruzará? Son miles las preguntas e inciertas las respuestas.

A esto hay que sumarle que Sánchez, el PSOE y toda la izquierda española se han atado al discurso culturalista, feminista y a veces ecologista con el que la nueva izquierda ha sustituido reivindicaciones que fueron su razón de ser, y antes que dar respuestas a los graves problemas de desempleo -el de España es uno de los mayores de la eurozona-, pobreza, vivienda, salud, e inmigración, parecen distraídos en solo privilegiar cuestiones sobre lo políticamente correcto.

Feijóo, por su parte, tampoco la tiene fácil. Después de cumplir durante un mes con un periplo de consultas y contactos e intentar rectificaciones, su futuro como jefe de la oposición -salvo un milagro, no logrará ser investido- luce incierto. El fracaso que significó su victoria del 23 de julio -qué paradójica es la política española- se hizo más marcado debido a los pactos con Vox a que se vio obligado el PP para poder formar gobierno. Y los ruidos internos en el partido no han podido ser apagados.

En este marco, el Congreso abre este martes el telón al debate de una investidura que de antemano se da por fallida, la de Feijóo; y, si no hay sorpresa, lo proseguirá durante un máximo de dos meses en varias lenguas que son traducidas al único idioma que entienden todos -el castellano- para investir a Sánchez, lo cual está en manos de, visto in extremis, una persona que dará la orden en catalán: Carles Puigdemont.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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