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24 febrero 2024

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“Un bocado del mundo”

“Por la mirada acuciosa y afectiva de un historiador dedicado a documentar y ejecutar los sabores de Lara”, la Academia Venezolana de Gastronomía otorgó el premio Tenedor de Oro a la Mejor Publicación Gastronómica 2022 al libro Un bocado del mundo, de Juan Alonso Molina. Esta antología editada por Iván Sabatino Pizzolante para Gastroencuentro Editores está compuesta por cuarenta textos sobre gastronomía larense, específicamente la que nació tras la fundación de El Tocuyo, Barquisimeto y Carora en el siglo XVI.

Estos ensayos, crónicas y artículos especializados, escritos por Molina entre 1994 y 2021, dan cuenta de su preocupación genuina y permanente por comprender la cocina regional y su valor para construir memoria e identidad en nuestra sociedad.

Gracias a la gentileza del autor, Juan Alonso Molina, La Gran Aldea reproduce a continuación el capítulo “En un gajo (de memoria) la vida”:

Mira un niño la fruta en sazón colgando del árbol, el reflejo del sol sobre su ampulosa redondez, mide la distancia que no puede cubrir sin ayuda y busca entonces el bloque, la silla, el palo, en fin, aquello que le permita tumbarla y hacer­la suya, mordisco y bocado.

Poco sabe, a conciencia, de sus valores nutritivos, del efecto en su desarrollo, pero tiene a la mano la orientación fiable de su instinto. No puede, sin embargo, desear el fruto que no ha visto nunca y por eso es tan importante que en sus primeros años de vida pueda conocer una fracción lo más grande posible de la infinita variedad del mundo comesti­ble. Aún en tierras áridas la lista es grande -pensemos en la variedad de frutas y usos de las cactáceas o en el múltiple aprovechamiento alimentario de la cabra- y el comercio la aumenta cada vez más, poniendo a disposición productos antes exóticos (recordemos, por ejemplo, el caso de la “piño­nata”, conserva de coco que hace décadas se hizo tan popular en Sanare, en pleno piedemonte andino larense, que hoy allí la consideran autóctona, a pesar de los más de 150 kilóme­tros que se halla del más cercano cocotal).

Así tendría el niño oportunidad de ver estimulada su curiosidad gustativa y ampliar su registro personal de lo “mi­rable” (porque hoy como siempre la comida sigue entrando por los ojos); lo tangible (que incita desde el tímido temblor de un majarete o desconcierta tras el áspero roce de la corteza de la guanábana); lo olfateable (¿Acaso no ponemos pie en la infancia, como García Márquez, cada vez que nos recoge la alfombra mágica del “olor de la guayaba”?); y lo degusta­ble -porque algo hay que morder cuando la salivación nos colma.

No puede pretenderse que el comer no sea un juego. Para el niño todo lo es, pero no se crea que lo hace necesa­riamente como una distracción; por el contrario, es la herra­mienta más útil que tiene para develar la realidad y poner a prueba sus destrezas y limitaciones. En todo caso, podemos proponer unas reglas para el juego ya que no hay forma de jugar sin ellas y así ayudamos a despejar el camino de su pro­pia curiosidad. Por otra parte, come mucho mejor y mañana entenderá más sobre el porqué de lo que come, aquél que se siente a la mesa o emprenda una labor culinaria henchido de placer.

Memoria gustativa que recrea una delicia conocida o imaginación que se adelanta a un sabor apenas presentido, el humano acto del comer es mucho más que una necesidad fisiológica. Encuentro permanente con el mundo que nos rodea, es a través de lo que comemos que construimos una de las imágenes más perdurables de la infancia, con frecuen­cia atada al cielo, a la luz, a los montes, aguas y llanuras donde crecen y se desplazan frutos y animales, y donde unos hombres de cierta manera de hablar ofrecen, escogen y final­mente consumen un bocado del mundo, que es también una forma de dejar su huella.

De allí que sea tan importante que una familia res­ponsable -y toda política de Estado en materia de alimen­tación infantil escolar- tengan presente la necesidad de que por medio del prisma y caleidoscopio que es hasta el más humilde de los condumios, pueda, a diario, sobre la mesa, verse efectivamente y en su esplendor la flora, la fauna, la cultura y la historia locales, no en balde condición primera para entender y acoger sin complejos el resto de mundo que nos habita.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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