EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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Sin confianza no hay paraíso

Los seres humanos necesitamos un mínimo de certidumbre y seguridad para llevar adelante nuestras vidas, para desarrollar de forma plena nuestras capacidades. A medida que esos grados de incertidumbre e inseguridad (en sus distintos ámbitos) disminuyan, la dinámica social del país será más virtuosa y enriquecedora. Al lograr ese ambiente propicio nos sentiremos con confianza, y con ella podemos lograr muchas cosas, desde lo sencillo, hasta lo extraordinario.

La confianza en Venezuela ha tenido décadas de franco deterioro. En primer lugar, por un Estado que ha sido un claro agresor hacia la ciudadanía, tanto por el cercenamiento de libertades (políticas, económicas y sociales), como por otras formas más directas y violentas como la represión. Hoy el venezolano no confía en sus autoridades y tiene un nivel alto de desafección hacia ellas. Por otro lado, y tiene que ver con el primer punto mencionado, la ausencia de una verdadera institucionalidad inclusiva hace que la vida ciudadana sea incierta e insegura. No hay normas claras, hay privilegios obscenos para determinados grupos allegados al poder, mientras que el resto del país vive “a la buena de Dios”. Por último, no existen árbitros creíbles, en especial el actual Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). No tenemos instancias en las que se puedan resolver los conflictos entre los diferentes actores sociales, lo cual eleva la incertidumbre a niveles extremos.

“Sin un gobierno, sin un Estado que genere certidumbre y confianza será cuesta arriba obtener los recursos necesarios para llevar adelante las obras imprescindibles”

Las consecuencias de esa carencia de confianza son amplias y diversas. Desde una ciudadanía con signos inequívocos de ansiedad, hasta niveles muy bajos de inversión y empleo. Como mi especialidad es el área económica y financiera, me concentraré en ampliar un poco esos aspectos, sin quitarle importancia, claro está, a la parte social que también se ve influida de manera negativa por tal realidad.

Al no tener reglas de juego claras, al no contar con instancias creíbles de resolución de conflictos, al no tener mediana certeza de cómo va a ser el futuro cercano, las empresas no realizarán inversiones importantes dentro del país. Y me refiero a empresas en general, tanto las de capital nacional como las de capital foráneo. Sí, habrá algo de inversión enfocada en negocios de muy corto plazo y de poca inversión “hundida”, pero muy lejos de la que necesita Venezuela para comenzar un ciclo virtuoso de crecimiento. Un muy buen ejemplo de este punto lo tenemos en la reciente flexibilización de sanciones por parte del Gobierno de EE.UU. a través de la emisión de licencias generales referidas a la actividad petrolera. Su horizonte de tiempo es de apenas 6 meses. ¿Veremos montos importantes de inversión por parte de las empresas petroleras con un horizonte de tiempo tan corto?, ¿el gobierno venezolano dará paso a un proceso de reinstitucionalización y democratización para así generar confianza tanto en lo interno como hacia afuera? Son inquietudes relevantes que sin solucionarse no cabe esperar cambios importantes.

Si hay un área que necesita inversiones cuantiosas es la petrolera. El Estado venezolano no tiene los recursos para realizar los desembolsos necesarios para elevar la producción petrolera. Por ello se hace primordial generar un ambiente institucional sólido para que las empresas petroleras foráneas (y otros actores internos) se animen a traer capital. Hoy hay un interés de muchas de esas empresas dado el potencial energético que tiene nuestro país, pero todavía no tienen la confianza necesaria para invertir decenas (¿centenas?) de miles de millones de dólares estadounidenses necesarios para levantar, de forma relevante, la cantidad de barriles producidos por día.

Esa ausencia de confianza en Venezuela, y específicamente hacia el gobierno venezolano, trasciende fronteras. Tanto gobiernos como entes multilaterales muestran excesiva cautela con el accionar de los mandatarios de turno. Lo menciono porque la inversión que tiene que hacer Venezuela en infraestructura y en la prestación de servicios públicos es inmensa y está estimada en decenas de miles de millones de dólares en los próximos años. Por ello tiene tanta importancia el financiamiento que pueda venir de organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y la Corporación Andina de Fomento, sólo para nombrar algunas. Sin un gobierno, sin un Estado que genere certidumbre y confianza será cuesta arriba obtener los recursos necesarios para llevar adelante las obras imprescindibles.

Recuperar la confianza en quienes nos trajeron hasta acá resulta prácticamente imposible. Como le oí a un buen amigo en una conversación reciente: los venezolanos sienten desamor por sus gobernantes, algo se rompió en esa dinámica y luce irrecuperable esa relación.

Al hacer diferentes análisis sobre lo que nos pasa como nación, llegamos a una misma conclusión:

Para lograr los cambios que necesitamos, un cambio de gobierno es necesario, más no suficiente. Para recuperar la confianza de la ciudadanía, la de los actores externos, para poder darnos, finalmente, una visión de largo plazo, para tener una estabilidad macroeconómica, nos hará falta dicho cambio político junto a un nuevo marco institucional al servicio de la gente.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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