EN LA ALDEA

23 febrero 2024

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La maldad de los olvidados

Que nada es casual, digo yo. En estos días me ha dado por recordar una película mexicana que he repetido varias veces pero que vi por primera vez quizá en mis 20. Me llevó un galán que yo tenía que había vuelto a Venezuela después de estudiar cine en la Universidad de Nueva York y que era, obviamente, no solo fanático del cine sino fanático de ciertos autores que aprendí a admirar.

Nos echamos un maratón de Buñuel: El discreto encanto, Viridiana, El ángel exterminador, y tantas más, incluyendo esa sobre la que quiero escribir hoy: Los Olvidados. México, 1950.1

Cuando Luis Buñuel estrenó esa película fue casi un escándalo. En México duró solo tres días en cartelera, luego la sacaron. Fue prohibida por cruda, cruel y socialmente repugnante. Hoy, si no es acaso considerada su mejor película, está entre las mejores. Así va cambiando el mundo en ciertas cosas. En otras, seguimos siendo los mismos, universalmente hablando. Como en Los Olvidados.

¿Pero de qué trata Los Olvidados?, ¿qué tiene de obsceno, contraproducente, escandaloso este largometraje para que haya sido prohibido? Lo resumo. Y entonces entenderán por qué en este momento se me impuso como un yunque el tema.

“¿Se entiende que el discurso de los fracasados, la narrativa de los pobrecillos -hijos del odio- que hoy campean por el mundo asesinando, agazapados en todas partes, se parece demasiado a estos olvidados que son también víctimas y carniceros de la civilización occidental?”

“Los olvidados nos presentan a Pedro, un niño inocente que vive con su madre y su ‘amigo’ Jaibo, un delincuente juvenil que acaba de salir de una correccional para cometer otro crimen: asesinar a quien supuestamente lo delató. La vida de estos dos se encierra en un círculo marcado por la pobreza, hambre y la violencia”.2

Los Olvidados cuenta, en un tono realista y sumamente descarnado, las vivencias de una pandilla de adolescentes, liderada por el Jaibo que debe sobrevivir en un barrio marginal de la capital.

Los Olvidados es una película cruel no sólo por la realidad que retrata sin cortapisas: niños abandonados que se convierten en asesinos, mujeres despreciadas, lisiados abusados y a su vez abusadores… sino también por la naturalidad con que lo hace, sin piedad y sin aspavientos. Buñuel expone ante nuestros ojos a estas víctimas-verdugos sin justificarlas.

Niños a quienes no les tiembla el pulso para despojar a un lisiado -al que le faltan las dos piernas- del carrito de ruedas con el que a duras penas se desplaza. Niños que se traicionan y se matan entre sí y atacan con piedras a un ciego que se defiende como puede con su bastón.

Pero el anciano ciego tampoco es inocente: maltrata a su propio lazarillo, trata de abusar sexualmente de una niña quien, por su parte, también está lista para atracarlo con unas tijeras.

“Cine cruel de personajes peligrosos para sí mismos y para los de su propio grupo, como lobos. Son desgraciados, están hambrientos, son vulnerables y primitivos: se agreden con piedras y con palos, se matan con ellos. Abundan en la historia las armas blancas (…) pero siempre se matan entre ellos con piedras y con palos”.3

A pesar de que Don Luis era un comunista confeso y orondo, y además militante del partido desde 1932, en el grupo de sus primeros censores estaban precisamente sus pares rojos: la película no sólo tuvo problemas en México (allí la clase conservadora se opuso); sino que, cuando se estrenó en Francia, tampoco gustó al Partido Comunista Francés que por cierto ordenó de inmediato a sus intelectuales que no le hicieran ninguna promoción a Los Olvidados ya que la consideraban una película reaccionaria. No solo porque se muestra al director de la escuela reformatoria a la que Pedro ingresa como una buena persona, sino que hasta la policía resulta salvadora cuando un pederasta intenta un abordar a Pedro, y el agente lo impide.

Por suerte para Buñuel, Vsévolod Pudovkin vio la película, le pareció genial y publicó en el diario soviético Pravda un artículo sobre ella situándola casi en el Olimpo del cine, y solo entonces fue recibida y apoyada por la URSS y los partidos comunistas en las salas de América. (Luego hasta obtuvo Buñuel el premio al Mejor Director en Cannes por esta película).

“Luis Buñuel, como a veces ocurre con la vida misma, nunca fue complaciente con sus personajes, nunca tuvo piedad de ellos. No importa lo desgraciados, pobres, maltratados o jóvenes que estos sean, el director aragonés no duda en presentarlos egoístas, mezquinos, violentos… Porque el hecho de que uno sea una víctima no le garantiza la santidad”.4

¿Qué son sino olvidados los inmigrantes ilegales que invaden a Europa?, ¿qué son sino olvidados los delincuentes que han huido de Venezuela, los ilegales que violan o apuñalan en cualquier reyerta, en cualquier lugar del mundo, y que vemos en noticieros y redes a diario?

Los débiles, los perdedores, pero también los hijos del odio y la violencia. Los débiles, esos que terminan por ser los verdugos, listos para abordar, arrollar, matar, torturar, violar, sodomizar y despreciar la vida de los otros e incluso la propia.

Los Olvidados y Buñuel, cómo obviarlo, echaron mano del surrealismo para potenciar ciertas ideas como el hambre. En la escena más conocida de la película, Pedro llega a casa y le pide a su madre que le dé comida, pero ella se niega. “¿Por qué habría de amarte?”, le pregunta a su hijo. 

Cuando Pedro se duerme, comienza a tener un sueño claro y vívido en el que su mamá le da de comer un enorme trozo de carne cruda, que a su vez le arrebata un cadáver ensangrentado que yace debajo de su cama.

En otras palabras, su realidad es tan brutal, tan violenta, que sus sueños también se ven empapados de ese excesivo y despiadado toque de “pobrecitos y lábiles monstruos”. El peso insoportable del no ser.

Luis Buñuel, obviamente en este film, no muestra nada de optimismo ni ofrece soluciones. Tampoco yo soy optimista con respecto al mundo de hoy y sus olvidados. Conservando las distancias -que en la realidad cruda a lo mejor ni existe- no puedo serlo. La idea -se percibe en toda la película- es que “los débiles terminan por ser peores verdugos que los fuertes”.

El mundo hoy está invadido por esos olvidados que ya no son víctimas, o no solo son víctimas. Son también victimarios sin piedad. Bárbaros. Protagonistas de la crueldad del siglo XXI. Aunque se llamen de formas distintas. Terroristas. Delincuentes. Pranes. Refugiados.

¿Se entiende por qué tengo días rondando en el trasfondo de esta historia?, ¿se entiende que el discurso de los fracasados, la narrativa de los pobrecillos -hijos del odio- que hoy campean por el mundo asesinando, agazapados en todas partes, se parece demasiado a estos olvidados que son también víctimas y carniceros de la civilización occidental? Y nos compadecemos porque son los débiles, los sufridos, los perdedores, los oprimidos…

“La cuidad, con todo lo que esta palabra entraña de solidaridad humana, es lo ajeno y lo extraño. Lo que llamamos civilización no es para ellos sino un muro, un gran ‘No’ que cierra el paso”, escribió sobre esta película Octavio Paz.

Y lo suscribo a pie juntillas.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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