En la aldea
20 mayo 2024

Una Venezuela democrática en el contexto geopolítico actual

“La dictadura populista de Venezuela es relevante geopolíticamente para lo que se refiere a la disputa de la hegemonía a Occidente. La guerra de los poderes antidemocráticos contra la democracia está declarada en todos los rincones donde esté presente la democracia liberal, y para ello se requieren insumos (petróleo, gas, reservas mineras, litio, coltán, etc.), posiciones estratégicas (continental, atlántica, muy cerca de Estados Unidos) y apoyos militares”.

Lee y comparte

Presentación en el Foro “Venezuela de cara al futuro en el contexto internacional”,
realizado en La Casa de América Latina, París. Noviembre 2023.

La democracia liberal, esa en la que todos los nacidos en el siglo XX hemos vivido una gran parte de nuestras vidas, está en jaque. Es una realidad que viene desarrollándose desde principios de siglo.

Según el estudio realizado por el V-Dem Institute sobre el estado de las democracias en 20231, el nivel de democracia del que goza el ciudadano medio del mundo en 2022 ha bajado a los niveles de1986. Según el mismo estudio, actualmente 70% de la población mundial vive bajo un régimen autocrático.

Probablemente un hito que pueda marcar el inicio de este asedio sea el ataque terrorista a las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de septiembre de 2001, pero se ha evidenciado más claramente en estos últimos años, sobre todo a partir de la invasión de Rusia a Ucrania, y que ahora se cristaliza con el ataque de Hamás a Israel, ataque que, aunque tiene orígenes y fundamentos diferentes, es parte de una estrategia global que persigue claros objetivos para dividir la atención de Occidente y es ejecutado como parte de un engranaje en el que participan Moscú y Teherán al lado de otros, tal como lo describe el profesor Fernando Mires2.

“[En América Latina] China se presenta como un igual, que no cuestiona la erosión del Estado de Derecho o de los Derechos Humanos, porque tampoco los promueve como Estado”

También debe inscribirse allí el conflicto artificial armado en torno a la reclamación del territorio Esequibo. No olvidemos que, en el caso de Venezuela, la destrucción de su democracia se inició en 1998 con el apoyo de Cuba, y que, por sus alianzas actuales se puede afirmar que forma parte de ese movimiento que pretende acabar con la forma más depurada de vida civilizada y civilizatoria que supone un régimen democrático.

El origen de la situación en la que estamos inmersos

Varios elementos nos llevan a plantear este escenario. Por una parte, Europa y Estados Unidos han perdido su preeminencia mundial, sobre la cual se construyó el sistema post Segunda Guerra Mundial. Si en 1948 Estados Unidos controlaba el 40% del PIB mundial, y el comercio internacional hasta los años ‘90 estaba dominado en alrededor del 75% por EE.UU., Europa, Japón, Canadá y otras democracias; hoy en día el cuadro es totalmente diferente. Aunque es evidente que con la globalización los volúmenes del comercio de bienes y servicios han crecido de manera exponencial, también ello ha supuesto un cambio en el equilibrio global del poder económico.

En este momento el 46% del PIB mundial está en manos de autocracias.La balanza comercial mundial (es decir, lo que se exporta y lo que se importa) también se está inclinando a favor de las autocracias. Por ejemplo, el comercio mundial entre democracias ha disminuido del 74% en 1998 al 47% en 2022. Del mismo modo, las autocracias dependen cada vez menos de las democracias, tanto para sus exportaciones como para sus importaciones; mientras que la dependencia comercial que tienen las democracias en las autocracias se ha duplicado en los últimos 30 años.

En otras palabras, lo que en la segunda mitad del siglo pasado era una aspiración: el comercio Sur-Sur, hoy en la segunda década del siglo XXI es una realidad. Esto por supuesto no es malo en sí mismo, pues ha traído bienestar y ha sacado de la pobreza a muchas personas en el mundo en desarrollo.

Una de las consecuencias de esta mayor participación en la repartición económica mundial tiene efectos también en la toma de decisiones políticas. Países como China, Rusia, Irán, Bielorrusia, Turquía, por mencionar algunos, desafían el orden mundial que había sido establecido -impulsado por EE.UU. y Europa- y que dio origen a la Organización de las Naciones Unidas, y al período más largo de paz mundial y al Contrato Social que acompañó las políticas industriales en el mundo desarrollado, y que las conocemos como el American Dream y el Estado de Bienestar.

Esa manera de entender el mundo, por cierto, mantuvo vigencia hasta hace alrededor de tres lustros, cuando, como “efecto colateral” de la globalización, la crisis bancaria afectó estructuralmente tanto a Europa como a Estados Unidos. Esto, junto con la desindustrialización del mundo desarrollado permitió que los países emergentes hayan ido desplazando a las potencias occidentales, que, aunque siguen siendo actores muy relevantes, no cuentan con el mismo poder relativo con el que contaron en los años ‘90 cuando implosionó la Unión Soviética, y presenciamos la mayor etapa de crecimiento económico y democrático del mundo.

Por otra parte, en la medida en que China se ha convertido en la segunda economía mundial, también ha pasado a ser un actor internacional incuestionable. China es además aliado de otras economías emergentes, tales como las que conforman la alianza originalmente comercial conocida como el BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y que hoy se amplía a nuevos miembros como Turquía, Irán, Arabia Saudita, y Siria. De sus propias declaraciones públicas durante Cumbres y reuniones de sus miembros, se desprende que se unen para desplazar la hegemonía de Occidente.

La presencia de estos países en América Latina, en particular, es indicativa de ese crecimiento del “Sur Global”. En un estudio realizado para la Fundación Konrad Adenauer en el 20213, ya evidenciaba el fortalecimiento de las alianzas tanto económicas como políticas de estos países.

China, por ejemplo, ha desarrollado los lazos comerciales más fuertes de toda la región en los últimos veinte años. Aproximadamente el 10,4% de las exportaciones totales de la región se destinan a China, lo que representa un crecimiento significativo con respecto al aproximadamente 2% que representaba en el año 2000. En contraste, las exportaciones destinadas a EE.UU. han disminuido del 56% a principios de siglo a solo el 13% en 2020.

China es, por ejemplo, el primer socio comercial de Brasil, hacia donde dirige más de un tercio de sus exportaciones, desplazando a EE.UU. y Europa. También para Argentina, China se ha convertido en un importante socio comercial, a veces por encima del Mercosur y Brasil. En el caso de México, el comercio bilateral con Estados Unidos sigue siendo el más relevante; sin embargo, la balanza comercial entre China y México está creciendo a un ritmo más acelerado desde principios de siglo, acercándose al 10%. Y a diferencia de los antiguos socios, China se presenta como un igual, que no cuestiona la erosión del Estado de Derecho o de los Derechos Humanos, porque tampoco los promueve como Estado.

La demanda de materias primas de China se combina con préstamos y créditos financieros, y la inversión extranjera directa, principalmente de empresas estatales chinas. La estrategia consiste en asegurar sus futuros mercados de materias primas, al tiempo que se evitan las restricciones a la inversión en Europa y Estados Unidos debido a consideraciones políticas y regulatorias, o en el caso de Venezuela a las sanciones internacionales.

Junto con la diplomacia comercial y financiera, la diplomacia de las vacunas de China durante la pandemia de la COVID-19 también ha dado sus frutos. Toda la región ha profundizado su relación con China, ya que se convirtió en un proveedor de vacunas salva vidas.

En el aspecto político, China se presenta como una empresa que busca asociaciones y no dominio, priorizando las relaciones con el “Sur Global”, basadas en la solidaridad y el respeto mutuo. El enfoque de China puede interpretarse como personalizado para su contraparte, desde ser meramente comercial o para crear alianzas políticas que pueden cambiar el orden mundial establecido después de la Guerra Fría. Para muchos en la región una relación cercana con China puede ser un punto de inflexión que desafíe o redefina su relación con Estados Unidos y la Unión Europea (UE), en la búsqueda de autonomía internacional.

Irán está presente en Bolivia, por ejemplo, donde controla su medio de comunicación más importante, regalo personal de Mahmud Ahmadineyad a Evo Morales. Pero más aun, Irán explota el uranio tanto en Bolivia como en Venezuela, de acuerdo con las investigaciones llevadas a cabo por el escritor y periodista Emilio Martínez y que aparecen en su libro “Relaciones peligrosas: el eje Teherán-Caracas-La Paz4.

En el caso de Rusia,éste maneja tres aspectos fundamentales: por un lado estimula y profundiza, al igual que China las exportaciones de productos básicos y materias primas5 (petróleo, gas, uranio, coltán, oro, litio); segundo, de apoyo fundamentalmente político a través de la fragmentación regional y el apoyo militar, como en el caso de Nicaragua; y tercero, el propagandístico y de desinformación. Con esta estrategia ha logrado que los países de América Latina mantengan una neutralidad o “no alineamiento activo”6 frente a su invasión a Ucrania. Por ejemplo, el Canciller argentino en 2022 declaró con motivo de su reunión con Sergei Lavrov que proponía a Argentina como la puerta de entrada de Rusia a la región, y que este país del Cono Sur estaba dispuesto a participar como mediador para la paz.

El contexto geopolítico actual

De esta pequeña muestra, para la que he usado nuestra región, podemos inferir que vamos hacia un nuevo equilibrio de poder en el que todos luchan por supremacía o supervivencia. O ambos.

Estamos en una transición a un nuevo orden político mundial en el que nuevos actores van a tratar de imponer su visión del mundo en todos los espacios tanto nacionales como internacionales; y en el caso que nos ocupa, los actores emergentes, podemos atrevernos a decir que lo hacen a través de la censura, autocensura, limitaciones a libertad académica y cultural, o de discusiones, muchas veces acompañado de altos niveles de aguda polarización, desinformación y autocrítica entre los actores principales. Todo ello puede generar incentivos para la inestabilidad y con ello elevar la probabilidad de poner en entredicho la paz internacional y, por supuesto, los sistemas democráticos.

Ya lo decía arriba cuando citaba el estudio realizado por el V-Dem Institute sobre el estado de las democracias en 2023, en el que se indica que el nivel de democracia del que goza el ciudadano medio del mundo en 2022 ha descendido a los niveles de 1986.

Este mismo informe señala que más de 35 años de avances globales en democracia han sido borrados en la última década. La disminución es más dramática en la región de Asia y el Pacífico, que ha vuelto a los niveles registrados por última vez en 1978. Europa oriental y Asia central, y América Latina y el Caribe, han vuelto a los niveles vistos por última vez hacia el final de la Guerra Fría7.

Por eso la invasión a Ucrania debe ser vista a la luz de este movimiento. En ella se define mucho más que un territorio. Se trata de un sistema de valores y una forma de gobernar el mundo lo que está en juego, y por ello, al cumplirse el primer año de la invasión, Kamala Harris dejaba deslizar en su discurso que se trataba de una guerra global. Aun no se reconoce como guerra mundial, pero ciertamente es una guerra mundializada que ahora toma un nuevo giro con el conflicto revivido y profundizado en el Medio Oriente, auspiciado por Irán a través del financiamiento a Hamás. Por lo tanto, las democracias que quedan en el mundo, muchas de ellas aquí en Europa, están dando una lucha existencial.

Y un poco para ilustrar este fenómeno como parte de este deterioro geopolítico, económico y democrático que ha venido sucediendo desde principios de siglo, se puede decir que han surgido populismos de izquierda y de derecha en todas partes del mundo. En Europa, Grecia en el 2015 con Alexis Tsipras y hoy en día España, son ejemplos a la izquierda; y Polonia y Hungría a la derecha. Bruselas a los populismos de izquierda les ha aplicado rigor fiscal, mientras que a los de derecha les fija un “cordón sanitario” que los aísla de la toma de decisiones institucional, en particular el Parlamento Europeo8.

Venezuela

En este contexto, Venezuela viene actuando desde hace 20 años alejándose de Occidente y acercándose a este grupo geopolítico diferente, y que no es muy apegado al Estado de Derecho, las relaciones internacionales basadas en normas, los Derechos Humanos y el libre mercado.

Como sabemos, la manifestación más clara de ese acercamiento geopolítico se inició y va de la mano de Cuba, cristalizando así una vieja ambición castrista-soviética. Hugo Chávez adjudicó la soberanía venezolana a Fidel Castro, a Cuba y con ello al bloque anti-occidente. Con los elevados precios del petróleo hasta 2013, Chávez pudo, además, exportar su populismo de izquierda, hacerse una imagen internacional, y poner a Venezuela en el escenario geopolítico mundial, del cual el Foro de Sao Paulo es una expresión regional. Pero que, en su expresión más amplia, podemos encontrarlo en el Movimiento de los No Alineados (MNOAL) e incluso en el Grupo de los Like-Minded del Consejo de Derechos Humanos de la ONU9, el foro más geopolítico después del Consejo de Seguridad.

Por lo tanto, la dictadura populista de Venezuela es relevante geopolíticamente para lo que se refiere a la disputa de la hegemonía a Occidente. La guerra de los poderes antidemocráticos contra la democracia está declarada en todos los rincones donde esté presente la democracia liberal, y para ello se requieren insumos (petróleo, gas, reservas mineras, litio, coltán, etc.), posiciones estratégicas (continental, atlántica, muy cerca de Estados Unidos) y apoyos militares. De allí la importancia de los acuerdos militares suscritos entre, principalmente, Cuba, Rusia y Venezuela; y entre Venezuela y otros países de la región cercanos ideológicamente, incluyendo Nicaragua. Y de allí la importancia de la escalada de las tensiones surgidas en los últimos tiempos en torno al tema de la reclamación del territorio Esequibo frente a Guyana para desviar la atención interna, pero también dividir la internacional.

Por otra parte, en la actualidad Venezuela no es relevante económicamente, como se puede apreciar en el cuadro de abajo. Su PIB y sus problemas estructurales actuales, incluyendo la Emergencia Humanitaria Compleja, lo acercan más a Panamá que a Brasil, Rusia o cualquiera de los BRICS, e incluso lo ubican detrás de Colombia, Chile, Perú, Ecuador, y probablemente Guatemala. Por eso puede interesar muy poco a la UE o a los intereses comerciales de las empresas del mundo desarrollado. Sólo lo salva en este momento su rol estratégico de suplidor de petróleo y gas, incluso a pesar de su actual producción marginal, de unos 650 mil barriles diarios, frente a los 3,5 millones de barriles que producía en 1998, cuando Chávez llegó al poder.

Pero si sale de las actuales alianzas, y Venezuela se ve a la luz del escenario mundial referido a lo largo de este artículo, entonces es un país que puede recuperar su peso y asegurar a lo que en la era bipolar se conocía como “el mundo libre”, la importancia geoestratégica que acabo de describir.

Además, en este momento se trata del regreso al Estado de Derecho, a la división de los poderes públicos, hoy en día subyugados a Nicolás Maduro, tal como lo describen profusamente los informes presentados ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, tanto por la Oficina del Alto Comisionado, como de los expertos independientes, o el caso bajo investigación ante la Corte Penal Internacional (CPI). Se trata del regreso a la promoción de los derechos fundamentales, esos que nacen de la Revolución Francesa y que son piedras angulares del proyecto europeo. Y se trata del regreso a una economía abierta, a la seguridad jurídica, a la promoción del medio ambiente, a la inserción de Venezuela en la era de la tecnología.

Con María Corina Machado a la cabeza, los factores democráticos inmersos en el proceso electoral venezolano deben estar conscientes de esta realidad al tratar de establecer alianzas con quienes luchan por sobrevivir en este tablero en movimiento y disputa.

Alemania, Francia, y los países democráticos en general, pueden jugar un gran rol. Tanto al interior de la UE, como en otros escenarios globales. Para establecer estas alianzas hará falta no sólo que se refuercen los lazos comerciales, de inversión y cooperación económica y política. Hace falta también establecer apoyos para un proceso electoral libre, transparente, y verificable, en el que todos puedan participar. Y aquí quiero incluir los casi cuatro millones de votantes que estamos en el exterior y que, por distintas vías se nos limita nuestros derechos civiles y políticos. También incluye la denuncia a una inhabilitación inconstitucional, propia de un régimen que funciona al margen del Estado de Derecho.

Para ello, hace falta exigir un riguroso seguimiento de los acuerdos parciales firmados hasta ahora por los representantes de Maduroen la negociación en los que se compromete a la liberación de los presos políticos, a la libre participación de todos los candidatos, la ayuda humanitaria, y la defensa del territorio Esequibo como un tema de Estado más allá de los intereses y posiciones ideológicas. Y hace falta apoyo de las democracias liberales para una eventual transición, y para salir del populismo putinista instalado como organización criminal en Venezuela.

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Contexto