En la aldea
18 mayo 2024

¿Por qué no hay ciudadanos en Venezuela?

“La ‘Tierra de Gracia’ es una negación del esfuerzo republicano, una comarca paradisíaca que da todo a unos habitantes que no deben esforzarse para superar los desafíos de la existencia, ni para legar su empeño a los descendientes, ni para enfrentar a sus opresores. Una tierra prometida que se promete sola, con espontaneidad fácil, sin que nadie se lo pida. Lo más estéril que se puede pergeñar cuando se pretende la restauración de una sociedad digna y democrática”.

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Elías Pino Iturrieta | 14 enero 2024

O por qué hay muy pocos ciudadanos en Venezuela. También puede funcionar como título de un artículo que apenas pretende aproximarse a los orígenes de la falencia desde la perspectiva de un historiador que la presenta al gran público sin erudiciones, es decir, sin echonerías. Pueden existir explicaciones más convincentes, desde luego, mas me huele que la de hoy tiene sentido. Pero antes un comentario sobre los motivos del escrito: leído el programa de María Corina Machado para la regeneración de la “Tierra de Gracia”, que me parece prometedor, buscándole fallas las encuentro en que se remite a los venezolanos de la actualidad que no son ciudadanos, o que apenas son unos principiantes o unos simples aficionados en el trabajo de la parcela que deben abonar, llamada República. Dicho lo cual, trataré de topar con el principio del crucial asunto.

Los llamados padres de la patria, que inician la Independencia de España en 1810 pensando en el nacimiento de una época dorada, no ocupan su tiempo en la atención del problema de la ciudadanía. Ya tienen suficiente con detenerse en el tema de la libertad, que puede conducir a situaciones explosivas, como para ponerse a decirle al público que debe dedicarse al servicio de la nueva patria en una misión esforzada que se extenderá a sus descendientes hasta la consumación de los siglos. Si el rey contra quien se levantan jamás les ha pedido semejante sacrificio, no parece prudente hacerlo cuando los antiguos vasallos apenas se alargan el pantalón. Pero hay otro motivo para dejar al toro sin saludo de capa: lo más conveniente es evitar que los pardos o morenos, no solo excesivamente numerosos sino también capaces de tener ideas extrañas sobre su papel en la nueva escena, se entusiasmen con su debut de ciudadanos. Como si no fueran suficientes tales precauciones, llega la Guerra a Muerte y le deja el rompecabezas al futuro.

Por fin el tema se maneja con propiedad cuando Venezuela se separa de Colombia. A partir de 1826, los cosiateros, que tienen más pensamientos en la cabeza de lo que habitualmente se imagina, y los tenaces concejales de Caracas hartos del autoritarismo asentado en Bogotá, encuentran que la ciudadanía es una deuda pendiente que se debe pagar con oro cochano como requisito para la fundación del establecimiento que se había ofrecido desde el comienzo de una gesta que quería echárselas de revolucionaria y de moderna.  Pero, ¿a quién buscan para concretar la obra? Al único elemento que tienen a mano, capaz de ser útil de veras: el general José Antonio Páez y los soldados bajo su mando. Los antagonistas del mandato bolivariano, especialmente propietarios quebrados, jóvenes retornados del exilio y pensadores formados en Europa y en los Estados Unidos mientras la mayoría de la gente se ha sacrificado en la lucha contra los realistas, consideran que el nacimiento de la esperada criatura no solo depende de una asidua campaña de propaganda, sino también del abrigo del lancero más celebrado de la época. Es así como, por fin, comenzamos a ver ciudadanos en las rutinas de la política  venezolana.

El proyecto, que se estrena en 1830 después de un trabajoso proceso de secesión,  cuenta con enemigos formidables: los bolivarianos, que todavía abundan y sueñan con la resurrección de su héroe; la Iglesia católica, alarmada por la pérdida de sus ventajas debido a las imposiciones de la república laica; los restos de la aristocracia sin posibilidades de reconstruir su heredad; centenares de señorones alarmados por el nacimiento de unos comerciantes valentones y gritones, entrometidos y sin pergaminos;  pensadores respetables a quienes importan los valores de la tradición; patriarcas alarmados por la aparición de la libertad de prensa, o por las polémicas  que abundan en el Congreso; madres de familia a quienes atormenta que sus hijas salgan a las tertulias de los caballeros y frecuenten funciones de teatro. Y mucha gente sencilla, para completar el enredo, la multitud acostumbrada a una holganza de siglos y a quien ahora  mandan los patrones a trabajar hasta durante los fines de semana. Todo un fin de mundo, porque los primerizos incómodos tienen una aventurada intención de permanencia.

De la importancia de los oponentes no solo se desprende la trascendencia del nacimiento de los primeros ciudadanos en Venezuela, sino también el entendimiento de cómo será efímera su permanencia. Cómo los hombres de armas no siguen siempre las órdenes de Páez -un hombre de talento que es propietario opulento después de ser lancero desarrapado, un ignorante que después maneja a su antojo los documentos de actualidad y los secretos de encumbradas oficinas-, sino la de otros jefes de prestigio, todos más oscuros; especialmente de los enemigos de las reglas impuestas por ministerios civiles que solo saben de batallas porque se las han relatado, el experimento está condenado a volar por los aires. Quizá porque a sus promotores de levita y corbatín no les quedó más remedio que hacer un pacto con el diablo; es decir, con el factor de poder que en plazo mediano sería su aniquilador, o porque, simplemente, todavía la masa no estaba para bollos. Esa masa estará preparada en el porvenir, a partir de la transición sucedida después de la muerte de Juan Vicente Gómez y cuando termina el régimen de Marcos Pérez Jiménez, pero sin el plan de fabricar un salvavidas efectivo contra un aniquilador de ciudadanías y un perseguidor de ciudadanos llamado chavismo.

La “Tierra de Gracia” es una negación del esfuerzo republicano, una comarca paradisíaca que da todo a unos habitantes que no deben esforzarse para superar los desafíos de la existencia, ni para legar su empeño a los descendientes, ni para enfrentar a sus opresores. Una tierra prometida que se promete sola, con espontaneidad fácil, sin que nadie se lo pida. Lo más estéril que se puede pergeñar cuando se pretende la restauración de una sociedad digna y democrática. De allí que, aunque se trate de pelear con un mito pernicioso que se niega a desaparecer, no en balde persiste en la retórica de una dirigente fundamental de la actualidad que tiene la intención de ser cabeza de un establecimiento moderno, una mínima dosis de responsabilidad ha conducido a los empeños de los primeros venezolanos que quisieron asumir un desafío histórico, que ahora se han esbozado.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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