En la aldea
21 julio 2024

El Macho y Marisabel o el idilio de las complicidades

A partir de un trabajo publicado en un portal de periodismo de investigación, surge una pregunta: ¿Qué hicieron los que estaban cerca, muy cerca de Chávez cuando este empezó a cometer desmanes?, ¿se quedaron cómodamente arrellanados en la sombra? He aquí el caso de su pareja, Marisabel Rodríguez, testigo privilegiado cuando el comandante prometía una revolución bonita y comenzaba a dilapidar, al mismo tiempo, casi un millón de millones de dólares.

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Sebastián de la Nuez | 19 enero 2024

Acaba de salir un informe en el portal Armando.info que establece una cifra de dinero portentosa, dilapidada personalmente por Hugo Chávez Frías nada más llegar al gobierno en 1999: 56.036.854.337,74 dólares o, para hacerlo más fácil, poco más de 56 mil millones de dólares. ¿Dónde estarán esos 74 céntimos?

El reporte, publicado tras una exhaustiva averiguación, se llama «La caja negra y nada chica de Hugo Chávez». Los cuarenta fondos a los que se refieren los muchachos de Armando.info proliferaron entre 1999 y 2012. La suma calculada aventaja, incluso, a la del caso “PDVSA-Cripto”, estimada en 23 mil millones de dólares (a la sombra); las características del manejo de aquellos fondos fueron: gestión totalmente a discreción del caudillo, administración financiera sin rigor y ausencia de cualquier control. Aquello fue la marca perenne del régimen, no un error del inexperto que llega al poder y no sabe a qué atenerse; sería el modus operandi del caudillo en Miraflores que perdurará hasta hoy, aunque hoy la renta petrolera no dé para tanto. Por fuera del trabajo del portal de investigación quedaron el Fondo de Desarrollo Nacional (Fonden, que manejó casi 175 mil millones de dólares), y el Fondo Conjunto Chino-Venezolano, con unos 69 mil millones de dólares.

“¡Cincuenta y seis mil y piquito millones de dólares volatilizados en fondos públicos, sin explicación ulterior alguna! ¿Hubo consecuencias? No, el pueblo siguió votando ciegamente por el paracaidista”

Esas cifras, ese modo de actuar, esa irresponsabilidad, fue posible y quedó impune por tres sencillas razones: Primero, había dinero en las arcas para hacerlo, y todavía sobraba. Segundo, Hugo Chávez era, como advirtió su propaganda electoral, un sentimiento nacional: era, por lo tanto, invulnerable. Tercero, tenía esa condición del macho vernáculo actuando a la brava por una causa noble: darle al pueblo la revancha que el pueblo merecía. ¡Cincuenta y seis mil y piquito millones de dólares volatilizados en fondos públicos, sin explicación ulterior alguna! ¿Hubo consecuencias? No, el pueblo siguió votando ciegamente por el paracaidista. Para que luego digan que los pueblos nunca se equivocan. El pueblo venezolano siguió votando rabiosamente por él, o por lo que dijera él, incluyendo una nueva Constitución. Así, con alguna excepción que él, a su tiempo y a su modo, revirtió, hasta la última vez en diciembre de 2012.

El periodo en que se instauran los fondos discrecionales es el mismo del «Plan Biyuyo 2000», como lo llamó el editor Teodoro Petkoff al “Plan Bolívar 2000” que ponía en las libérrimas manos militares un montón de plata para que generales y no generales actuaran a discreción en la calle, desde un camión. Leer el artículo del portal de investigación me ha hecho recordar a ese tipo de personas que rodeaban a Chávez y vivían de su aura, de su discrecionalidad, de la soberbia militarista que les tocaba incluso sin llevar charreteras.

Marisabel Rodríguez, larense, ex relacionista pública del diario El Impulso, fue una de las más cercanas y de las que mayormente contribuyó a machacar ante la opinión pública esa condición de semental bravío, macho cabrío que impone su ley. Ahora que está de moda sacarle los trapitos al sol a los abusadores o maltratadores, al estilo de lo que se ha hecho con el actor francés Gérard Depardieu o se intentó antes con el tenor Plácido Domingo, ella, que vive creo que en París, podría explicar ya libre de ataduras si el presidente de la Revolución Bonita le zurraba o no. Cuando yo recopilaba datos y testimonios para el libro Marisabel, la historia te absolverá era la conseja que se esparcía por los bajos -y no tan bajos- fondos de Barquisimeto. Que sí, que le había zurrado.

El cuento es este: hacia agosto de 2002 se corrían voces acerca del retorno de la (ex) primera dama a su lar nativo. Decía la gente, incluso me lo decían a mí sabiendo que lo grababa todo, que había adquirido a brinco rabioso, en el Centro Comercial Capanaparo, una panadería muy rentable o que había dejado miramientos a un lado hasta arramblar con el centro comercial entero. Otros hablaban de una gasolinera. Hubo quienes me contaron que un día ordenó cerrar el Centro Comercial Las Trinitarias para sus compras navideñas. Y quienes, ya surfeando a gusto sobre las olas del cotilleo, informaban de que en las reuniones de la recién estrenada casa de fiestas Casablanca, así como en el Country Club de la ciudad larense, se comentaba que en cualquier momento Marisabel se convertiría en señora de Mariano Briceño, casualmente constructor del complejo de viviendas Brisas del Este, donde recién fijara su residencia ella junto a su madre. Sin embargo, lo que sí había aparecido en el matutino El Informador -ya que su figura y sus peripecias estaban prácticamente vetadas en El Impulso– era la reseña de una entrada urgente a la Policlínica Barquisimeto debido a una severa contusión en la cabeza, producto de un cuadro que le cayó encima cuando intentaba colgarlo, precisamente, en la pared de la casa que estrenaban madre e hija. Se decía, maliciosamente, que por esos días había tocado tierra barquisimetana el presidente Chávez y que se habían visto. ¿Cabía imaginársela, a esas alturas, colgando óleos por sí misma en una pared? Puede que sí, puede que no. Preferí no mencionar el chisme en mi semblanza.

***

No sé si por fin se casó con el señor Briceño, ni sé con precisión si ahora vive en Francia junto a su hija Rosinés. Lo que sí sé a ciencia cierta es que durante mis labores de indagación sobre el personaje, trabajo que publicó Editorial Exceso, pensaba casi constantemente en Barry Lyndon, el personaje del escritor William Thackeray que inmortaliza el director cinematográfico Stanley Kubrick en 1975: un escalador social en toda regla. También sé que cada quien se abre paso en la vida como puede y con las virtudes que tenga a mano; pero en Venezuela, durante la era democrática y hasta que Chávez destruyó el país, hubo buenas oportunidades de hacerse un lugar en la sociedad de manera más o menos honorable, aun dentro de la grandes desigualdades que existían.

Marisabel, la bella, tuvo que haber asistido al desfile de fondos que se estaban creando en aquellos primeros tiempos y cómo estaban funcionando. No dijo nada. Quizás estaba demasiado ocupada tras la tragedia de Vargas, apenas comenzado el régimen chavista, que había dejado a un montón de niños huérfanos clamando por cuidados y atención: había que hacer algo con ellos, y ella se sentía responsable porque al menos todavía existía la Fundación del Niño. O tal vez estaba ya enfrascada en una pelea de celos con Nancy Pérez Sierra, la del Instituto Nacional del Menor en ese entonces (ella adujo que la pelea con su rival Nancy había sido por la Lopnna o ley Orgánica para la Protección del Niño, Niña y Adolescente).

Las cuestiones íntimas y personales de cada quien son eso mismo, cuestiones íntimas y personales… Pero hay excepciones. Si estás demasiado cerca del poder político, tus costumbres y actitudes y devaneos y arranques del corazón constituyen asunto público ya que afectan tu quehacer.

El trabajo de Armando.info reproduce una declaración de José Ignacio Hernández, exprocurador durante el gobierno interino de Juan Guaidó:

«Chávez manejó 700.000 millones de dólares en ingresos petroleros, y 120.000 millones de dólares en ingresos de endeudamientos entre el Fondo Chino y la deuda financiera. Eso te suma 820.000 millones de dólares. ¿Dónde están? Porque no están en obras o en infraestructura o en inversiones».

Chávez, por haber estado gobernando el país todos esos años, se ganó una página, o al menos algunos párrafos, en cualquier libro de Historia sobre la Venezuela de finales del siglo XX y principios del XXI. Todo lo que contribuya a esclarecer para las generaciones actuales y futuras la real dimensión de su talante, su amoralidad tanto como su megalomanía como esa incontinencia neurótica de sello gamberro, deberá airearse debidamente. Todo será de provecho para que este pueblo, con inclinaciones a jugar a la ruleta rusa en elecciones, sea un poco menos errático, un poco menos ingenuo.

@sdelanuez

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