En la aldea
24 junio 2024

Juramentación de Hugo Chávez, 2 de febrero de 1999

Chávez juró ante la “moribunda”y se montó en la alfombra roja que le tendió la izquierda oportunista

Hace 25 años, el militar que el 4 de febrero de 1992 fracasó en su intento de llegar al poder por la vía del golpe, fue ungido como Presidente de la República y comenzó su tarea de destruir la democracia. La izquierda que se levantaba del derrumbe de la URSS, intentaba darle forma al Socialismo del Siglo XXI y se presentaba como progresista, lo acogió en su seno sin reparar en la vocación autoritaria de su nueva figura. Una Cuba agonizante encontró oxígeno salvador.

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Redacción LGA | 03 febrero 2024

El 2 de febrero de 1999 es una fecha que marca el inicio de un tiempo inmerecido para la vida de Venezuela. Ese día, hace 25 años, Hugo Chávez se juramentó como Presidente de la República ante una Constitución que calificó de moribunda. Se trataba de la Carta Magna de 1961, la que dio sentido institucional a los 40 años de democracia que siguieron a la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958.


Con su diagnóstico, el teniente coronel que el 4 de febrero de 1992 realizó -a sangre y fuego- su primer intento de acabar con la democracia, anticipó a su manera que el momento de comenzar a ejecutar su plan de destruir uno de los sistemas más exitosos de toda la historia del país le había llegado, paradójicamente, por la vía de los votos.


Pero, en medio del revanchismo, la euforia, la expectativa y la incertidumbre que reinaba, fueron pocos los que dieron crédito a los presagios de algunos analistas avezados que previeron la vuelta del militarismo y alertaron sobre el contenido autoritario de esa sentencia.


El país, casi por entero, celebró o prefirió pasar por alto la ocurrencia. La turbación de un Rafael Caldera (el presidente saliente que lo indultó, pero no le puso la banda) que no sabía para donde mirar, simbolizó la impotencia ante el trágico extravío que se asomaba.
Chávez acababa de ser ungido en medio de un clima político nocivo, enrarecido por una década de turbulencias –entre las que encajan las intentonas golpistas de 1992, la destitución de Carlos Andrés Pérez en 1993 y la crisis bancaria de 1995– que opacaron rápidamente las mejoras que en los ámbitos económicos, sociales, culturales, institucionales, infraestructura y prestigio internacional habían sido alcanzadas en los años de convivencia democrática.
Los venezolanos, engatusados por la retórica anticorrupción y las promesas populistas, se decantaron por el demagogo que, rodeado de una logia militar, prometía actuar como el vengador de todos sus males.


Comienza el baile de la izquierda


El discurso fue música para los oídos de la izquierda: la local, trasnochada y resentida, que apuntaló la candidatura del líder golpista; y la de afuera, que daba pasos por reacomodarse en el escenario ideológico internacional y acogió a Chávez como la primera recompensa de sus esfuerzos postmarxistas.  


En 1999, el llamado socialismo real parecía bien muerto y enterrado. De la implosión de la Unión Soviética emergió un grupo de repúblicas independientes y en las naciones de Europa del Este que, bajo la tutela de Moscú, conformaron el bloque socialista solo quedaban escombros del sistema que pretendió hacer realidad la utopía proletaria.


Pero la historia no había llegado a su fin, como lo había proclamado Francis Fukuyama en su libro El fin de la historia y el último hombre, también de 1992, en referencia al final de la época de las revoluciones. La izquierda, avisada a comienzos de los 80 por los indicadores de la economía soviética y por la desaparición física de la gerontocracia estalinista –uno tras otro, fallecieron Leonid Brezhnev, Yuri Andropov y Konstantin Chernenko–, comenzó a tomar nota de la necesidad de replantear la propuesta socialista.


La designación en 1985 de un joven Mijail Gorvachov como secretario general del Partido Comunista y su propósito de flexibilizar el régimen con la Perestroika –reestructuración– y el Glasnost –transparencia–, fueron señales que aceleraron sus afanes.


De hecho, ya en ese mismo año de 1985, fue publicado el libro Hegemonía y estrategia socialista, la obra de Ernesto Laclau y su mujer Chantal Mouffe que ha sido considerada una referencia obligada del postmarxismo, vale decir, de la “nueva izquierda”.
A estos dos filósofos se les reconoce el mérito de vislumbrar la necesidad de renovar a la izquierda ante la inminente caída en la URSS del régimen comunista, que no fue capaz de mejorar las condiciones de vida de la población en general y, en particular, de su razón de ser: el proletariado, la clase destinada a dirigirlo todo, según el dogma marxista.


Socialismo del Siglo XXI a la vista


En un marco global de mayor vigencia de la democracia pluralista, Laclau y Mouffe se concentraron en revisar los postulados tradicionales del marxismo. Determinaron que el punto de conflicto no podía seguir siendo exclusivamente económico y que la idea de hegemonía no podía estar basada en una clase social. También comprendieron la importancia de mantener formas democráticas para contrarrestar el avance del liberalismo capitalista.
Así, la pareja adelantó una teoría adecuada a la realidad del fracaso del socialismo real. La lucha de clases dio paso a la batalla cultural y la izquierda fue revestida con un look moderno. Con un discurso ideológico basado en la inclusión y la igualdad. Con las identidades (indigenismo, ambientalismo, derecho-humanismo, feminismo, igualdad de género) definidas como nuevos sujetos históricos, como factores de conflicto que, en conjunto, son vitales para crear la hegemonía socialista.


Los aportes de Laclau, a quien luego se conoció como el filósofo de Néstor Kirchner, fueron considerados fundamentales en el proyecto de Socialismo del Siglo XXI que se delineaba y que, ya posicionado, tuvo a Chávez como principal divulgador.


Ese esfuerzo intelectual de la izquierda fue acompañado en el terreno por centenares de colectivos, oenegés y partidos antisistema consustanciados con el nuevo relato anticapitalista. El tono de corrección política, que la “nueva izquierda” hizo suyo, fue acogido en los más variados ámbitos.


En América Latina, la estructura de mayor alcance fue el Foro de Sao Paulo. Fue creado en la ciudad brasileña del mismo nombre en 1990, a un año de la caída del muro de Berlín, bajo el impulso de Fidel Castro y Luiz Inácio Lula Da Silva, elegido presidente de Brasil en 1992. En pocos años, el cónclave reunió a organizaciones de izquierda de todo tenor, incluso a agrupaciones terroristas vinculadas al narcotráfico, como el ELN y las FARC colombianas.


Chávez vitoreado


Esa “nueva izquierda”, desde todos los confines, recibió con beneplácito la llegada de Chávez al poder. Ningún grupo, ni de la progresista y democrática Europa ni mucho menos de Latinoamérica, se detuvo a recordar que el personaje vitoreado había atentado contra la democracia, provenía del sector militar y no había dado muestras precisamente de solvencia ideológica.


Aunque luego se vendió la idea de su supuesta formación marxista, en el eje de sus primeras intervenciones mezcló tesis enrevesadas del “árbol de las tres raíces”, glorificaciones a Perón y hasta simpatías con los “carapintadas”, esa secta de militares ultraderechistas argentinos tristemente célebre a comienzos de los 90. Los cubanos fueron los primeros en sacar provecho de ese menjurje. En poco tiempo, el insuperable –en crueldad, maledicencia y viveza– Fidel Castro, que ya había adelantado el trabajo cuando lo invitó a La Habana en 1994, lo endulzó, promovió su ego y se convirtió en su principal asesor. Y así, una agonizante revolución cubana recibió, milagrosamente, oxígeno salvador. 


Cuba venía del durísimo período especial. Y Chávez, en tiempos de revisiones, se dejó tutelar por lo más retrógrado del izquierdismo del momento. Se encaminó por la vía del socialismo fracasado, ese que aún tenía al colectivismo y la expropiación de tierras como la panacea de los oprimidos y, no faltaba más, levantó la bandera del antiimperialismo norteamericano, el enemigo necesario.


Ley de Tierras a la cubana


En la Constitución de 1999, la que sustituyó a la “moribunda”, no había ninguna referencia al contenido socialista ni al Socialismo del Siglo XXI. Eso no impidió a Chávez comenzar su plan de confiscación de fincas y granjas agrícolas con el argumento de acabar con el latifundio, una de esas promesas clásicas de los socialistas de todos los tiempos.


El fundamento legal lo buscó con la Ley de Tierras que incluyó en un conjunto de 49 leyes de la Ley Habilitante que anunció el 13 de noviembre de 2021. Una comparación del economista Héctor Valecillos Toro precisó que se trató de un texto calcado de la correspondiente ley cubana (Crecimiento económico, mercado de trabajo y pobreza: la experiencia venezolana del siglo XX). Ya desde hacía meses, el mandatario se había dado a la tarea de promover la ocupación de fincas productivas y de terrenos en zonas urbanas y rurales.


Chávez atribuyó la radicalización de su gobierno a los acontecimientos de 2002 y 2003 (sucesos del 11, 12 y 13 de abril y paro petrolero 2002-2003). Sus menciones al socialismo se hicieron más frecuentes. Y, en 2005, le dio cabida y se convirtió en el promotor estrella de la expresión latinoamericana de la renacida izquierda: el Socialismo del Siglo XXI. Fue en un acto en el que se hizo rodear de los intelectuales orgánicos de la izquierda. Para entonces, entre las voces más sonoras destacaban las del argentino Atilio Borón, el uruguayo Sirio López Velasco y el alemán Heinz Dieterich, uno de los asesores más cercanos al presidente.


La alfombra roja


Chávez fue el premio mayor que obtuvo la izquierda, la vieja, representada por los cubanos, y la nueva, que echó raíces en Europa bajo la mampara del progresismo. Gracias al mandatario venezolano, que no escatimó en repartir los dólares de la bonanza petrolera que lo acompañó durante sus años de mandato, el Socialismo del Siglo XXI fructificó en la región: en la Argentina de los Kirchner, el Ecuador de Rafael Correa, la Bolivia de Evo Morales, la Nicaragua de los impresentables Daniel Ortega y su mujer Rosario Murillo, y hasta en el pausado Uruguay de Tabaré Vásquez.


Cubanos y nuevos izquierdistas le correspondieron abriéndole puertas y tendiéndole alfombras en los escenarios internacionales, en los cuales obtuvo no pocas aclamaciones. Cuba, experta en hacer lobby entre la progresía y sacar réditos a la leyenda de la revolución, le brindó asesoría y puso a disposición de Chávez la invalorable red mundial de apoyos formada por intelectuales, periodistas, académicos, artistas, comunidades estudiantiles, científicos y grupos de solidaridad profesionales, es decir, asalariados.


El trabajo de este entramado propagandístico fue importante para que la comunidad internacional, progresista o no, prefiriera mirar para otro lado. La indiferencia y la complicidad se hicieron comunes ante un régimen que desde sus inicios mostró su arsenal autoritario: medidas intervencionistas, destrozo paulatino de la economía productiva, acoso a sindicatos y gremios, desconocimiento de derechos laborales, aniquilamiento progresivo de la seguridad jurídica, atentados a la libertad de expresión, cierre arbitrario de medios, represión a los estudiantes, persecución de dirigentes políticos, estigmatización de cualquier disidencia opositora –escuálida, por supuesto–, arrinconamiento del estado de derecho, violación de los derechos humanos, torturas…


En el plano del fortalecimiento interno, también tuvo peso la colaboración cubana, experta en materia de control social. Y se usaron todas las herramientas. Una de las primeras directrices, clásica desde Lenin en adelante y seguida con disciplina hasta hoy por el chavismo, fue la de asociar las supuestas amenazas externas con las ineficiencias propias, de modo que nunca parezcan culpa del líder infalible.


A partir de esta fórmula, se perfeccionó el adoctrinamiento a través del aparataje comunicacional y educativo. Es un libreto en el que no faltan las conspiraciones de todo tipo: autóctonas y foráneas, con lacayos locales y estrategas imperiales. Sin descuidar el chantaje, el amedrentamiento, el escándalo cotidiano, la siembra del terror, el sostenimiento emocional con promesas grandilocuentes, la exacerbación del nacionalismo y el revanchismo, las misiones sociales como muestra de la disposición del gobierno y hasta el uso del hambre para acusar al enemigo.


El socialismo rudimentario, basado en el colectivismo y con la expropiación como bandera, cabalgó con las clásicas medidas populistas del socialismo caduco: controles de cambio, controles de precios, inamovilidad laboral, devaluaciones, bonificaciones económicas en lugar del fortalecimiento del salario real.
En el avance del estropicio, la inversión privada disminuyó y la extranjera marcó distancia, el paisaje se fue llenando de zonas industriales desoladas, de infraestructuras fabriles resquebrajadas. Llegó la escasez, la miseria, el hambre, la ruina. Y la estampida, que ya va por ocho millones de personas y tampoco preocupa a la “nueva izquierda”, tan moderna y progresista.


Por cierto, esa izquierda alcahueta de un gobierno retrógrado, que nunca se ha dado por enterada del abuso de los más elementales derechos humanos, tampoco cuestiona que sus banderas de ahora, las que definen su progresismo y modernidad, no hayan sido enarboladas en el “paraíso chavista” que han contribuido a sostener.
Porque, si se habla de identidades, la izquierda indigenista tendría que ver la situación de las comunidades indígenas en Venezuela; la ecologista debería asomarse al Arco Minero; la derecho-humanista, ni se diga; la comunidad LGTBI podría reclamar el reconocimiento del matrimonio igualitario y, por qué no, rechazar el lenguaje homofóbico; y la feminista –para resumir–estaría obligada a protestar enérgicamente el machismo de un régimen cuya principal figura llegó a anunciar por televisión, en cadena nacional, que en la noche le iba “a dar lo suyo” a su mujer.


Así las cosas, el gobierno chavista llega a 25 años y continúa arropado por la “nueva izquierda”, que en el fondo es la misma autoritaria e intolerante de siempre, la de las solidaridades automáticas con todo lo que se proclame anti-Estados Unidos, la que nunca vio el horror del comunismo cubano, ni siente repugnancia por la pareja Ortega-Murillo, la que estigmatiza como fascista a todo el que disiente. La que hoy vergonzosamente calla ante el intento arbitrario y anticonstitucional de impedir la candidatura de María Corina Machado para boicotear el rescate de la democracia que desea la mayoría de los venezolanos.
El 2 de febrero de 1999 es una fecha que marca el inicio de un tiempo terrible para la vida de Venezuela.

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