En la aldea
21 mayo 2024

Los zapadores

En el curso de un cuarto de siglo, el de la barbarie chavista, el patrón de no reconocer los liderazgos ha continuado, aunque circunscrito al ámbito de la oposición.

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Francisco Suniaga | 14 febrero 2024

Venezuela es cerril y no acepta el liderazgo de nadie. Salvando las diferencias que imponen el tiempo y sus circunstancias, ni Simón Bolívar disfrutó de ese privilegio; aun cuando ya era evidente que él y sólo él era capaz de superar los grandes obstáculos que impedían alcanzar la independencia. Fueron muchas las acciones desleales, y hasta traicioneras, cometidas por muchos futuros héroes de la patria en su contra. La peor de todas, en mi opinión, la de Juan Bautista Arismendi. El general margariteño dio un golpe de estado en Angostura, destituyó a Francisco Zea y se hizo nombrar presidente del Congreso, y por tanto presidente encargado de Venezuela, en septiembre de 1819. Para ese momento, ya el Libertador había realizado la proeza histórica de ocupar a la Nueva Granada.

Con ese golpe de Arismendi comenzó a repetirse la conducta, ahora patrón histórico, de desconocer del liderazgo o jefatura política en Venezuela. Rómulo Betancourt, merecidamente considerado por muchos el padre de la democracia en el país, tampoco gozó del honor del reconocimiento de su liderazgo político. En 1959, la izquierda venezolana tuvo ante sí la opción de adscribirse a uno de dos proyectos políticos: el democrático de Betancourt, Caldera y Villalba –en el rol que por lógica le correspondía, el de oposición democrática al gobierno que legítimamente presidía Betancourt– o en el comunista de Fidel Castro –como vasallos de Cuba, papel que jugó Chávez y ahora Maduro–. Optó por el del último y le declaró la guerra armada a un Gobierno que contaba con el apoyo casi absoluto de los venezolanos (salvo los comunistas, todos los demás formaban parte de él), obtenido en unas elecciones libérrimas celebradas meses antes. No fue un desconocimiento puro y simple del liderazgo nacional, fue algo mayor, una estupidez antipatriótica extraordinariamente dañina. 

Carlos Andrés Pérez, dos veces electo presidente, sufrió quizás el más injusto de los desconocimientos. Ganó sus segundas elecciones con el 52% de los votos e inició su mandato el 2 de febrero de 1989. Apenas veinticinco días después, el nefasto 27, su liderazgo fue bombardeado por un violento disturbio en Caracas, explotado y maximizado por los sospechosos habituales. Las medidas restrictivas de su plan de gobierno no se habían siquiera establecido y ya estaba condenado al fracaso. Venezuela sería otra muy distinta y bastante mejor si sus enemigos no hubiesen insistido en negarle el agua y la sal. En 1992, nuestro último año con cifras en azul, hubo dos intentonas militares, que contaron con amplio respaldo popular, y una conspiración fundada en el resentimiento y la venganza.

Aquellos barros son estos polvos. Resultado de esta estupidez contra la legitimidad política, Venezuela ha vivido sus peores años desde el siglo XIX. En el curso de un cuarto de siglo, el de la barbarie chavista, el patrón de no reconocer los liderazgos ha continuado, aunque circunscrito al ámbito de la oposición. Con la destrucción de un líder opositor tras otro se han destrozado múltiples esperanzas de salir de la crisis. Por supuesto que el régimen chavista ha sido el principal responsable de esa demolición. Tienen la hegemonía comunicacional que impusieron y el poder del Estado para acabar con la buena fama y segar la credibilidad de quien se atreva a intentar el rescate. 

Cuentan además con colaboradores que  complementan su tarea. Apenas surge un líder opositor, producto incluso del más legítimo de los procesos de selección, aparece una caterva de personajes que concretan un papel secundario en la labor destructiva del liderazgo opositor. Es un grupo pequeño, como el de la película de Tarantino The hateful eight, que está dispuesto a “competir” en nombre de la oposición en cuanto bodrio electoral convoque Maduro. Eso sí, pierden y cobran. Han sido bautizados como “los alacranes”, un nombre piadoso, el de mercenarios les iría mejor. 

 Hay, por último, una legión muy numerosa que opera contra el liderazgo opositor: unos zapadores cuyo hábitat natural –desde que se inventaron– son las redes sociales. Son muy inteligentes y cuesta creer que, aunque suelen declararse enemigos de la dictadura, no estén conscientes de cuán bien sirven a sus fines. Es más fácil pensar que actúan con perversa sutileza y argumentos sibilinos para ir poco a poco destruyendo al líder opositor de turno, aunque sea con señalamientos que están más allá de la política. A veces escondidos tras nombres falsos hablan de errores garrafales si se toma una decisión contraria a la que ellos preconizan. Algunos asertos son endebles en forma y fondo, quizás porque están sobrecargados de mala intención, pero también abundan disertaciones lógicas, fundamentadas en teorías académicas que hasta parecen verdad, son los peores. 

El empeño de estos últimos es que María Corina Machado, candidata y líder de los opositores democráticos, renuncie ya a su posición, y proceda a designar un candidato sustituto. En términos boxísticos, le están pidiendo que se tire a la lona antes de que comience la refriega. No valoran en absoluto que ganó esa posición contradiciendo a muchos colegas zapadores que le aconsejaban no hacer las primarias. Creo que MCM merece, dicho con las palabras que una vez le escuchara al Maestro Prieto Figueroa, “recorrer la curva de su parábola”, pero no quieren concedérselo.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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