En la aldea
18 abril 2024

Para ganar las elecciones hay que derrotar al miedo

Cuando se aproximan eventos electorales, los gobiernos autoritarios aumentan sus acciones intimidatorias: el miedo es su arma de control. Y en Venezuela, ese miedo es lo que frena la movilización popular para protestar contra la ilegal inhabilitación que pesa sobre María Corina Machado

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Alejandro Armas | 14 marzo 2024

Hace un semestre, con la suscripción de los acuerdos de Barbados, hubo en Venezuela el atisbo de unas elecciones presidenciales al menos un poco justas. Como con los derivados de procesos de diálogo anteriores entre el chavismo y la oposición, vi con escepticismo la posibilidad de que el pacto se tradujera en una mejora sustancial de las condiciones políticas. Por desgracia, todo indica que la incredulidad estuvo justificada.

De momento, solo cabe decir que vamos hacia unas “elecciones presidenciales” tanto o más carentes de talante democrático como las últimas, en 2018.

¿Cuál es la necesidad de toda esta pantomima? Si la élite chavista no tiene absolutamente ninguna disposición de dejar el poder, aunque la inmensa mayoría de la población aspire con urgencia a lo contrario, ¿por qué no olvidarse de estas “elecciones” y ahorrarse el gasto?

La respuesta es que, si bien el celebérrimo politólogo Francis Fukuyama fue apresurado al sentenciar el triunfo definitivo de la democracia en el mundo al final de la Guerra Fría, ese triunfo sí se dio en términos simbólicos. Con esto me refiero a que, urbi et orbi, renegar de la democracia es algo mucho menos tolerado que antes. Con pocas excepciones, como las monarquías árabes o los últimos regímenes genuinamente comunistas, los Estados de hoy son democracias o al menos fingen serlo. Fingirlo tiene como propósito evitar o minimizar el repudio al autoritarismo por parte de las democracias reales, que son justamente los países más ricos del mundo, con los cuales los mandatarios autoritarios quieren mantener relaciones económicas (y, desde un punto de vista más frívolo, vincular sus fortunas ilegítimas).

Cuando un autócrata goza de apoyo mayoritario, la simulación de democracia rinde frutos con mucha facilidad. Pero en caso contrario, el gobernante tiene que someterse en teoría a la voluntad de una ciudadanía que le es adversa. ¿Cómo mantener el poder entonces, si esa ciudadanía eventualmente se da cuenta de que el juego está amañado y que no hay forma de que la oposición gane? Pues anulando cualquier posibilidad de que las masas protesten contra los vicios del sistema. Y para hacer eso, el recurso es el miedo. Hay que aterrorizar a la población para que nadie piense siquiera en reclamar.

El terror es el principal factor de control social que tiene la élite gobernante venezolana. Quizá el único factor. Dado que las elecciones antidemocráticas están diseñadas para que el actor político hegemónico siempre “gane”, pero al mismo tiempo pueden ser oportunidades para que la oposición movilice a las masas a su favor como protesta, vemos entonces una paradoja en el gobierno venezolano y en gobiernos similares a lo largo y ancho del mundo. A saber, que cuando se aproximan las “elecciones”, aumentan los atropellos y la arbitrariedad con fines intimidatorios.

Es así como el gobierno “gana” las “elecciones” aunque 80% de la población lo rechaza: sembrando el miedo.

El caso venezolano actual no iba a ser la excepción. De hecho, es muy probable que Nicolás Maduro y compañía hayan visto estas elecciones con mayor preocupación, y por lo tanto con mayor necesidad de actuar en consecuencia, que en 2018. Después de todo, la candidatura de Henri Falcón en aquel entonces desde un principio estuvo condenada al fracaso estrepitoso. Al nunca decirle a los votantes cómo defender su voto ante los vicios del sistema, nunca despertó mucho entusiasmo en la base opositora. De ahí la abstención gigantesca.

En cambio, la primaria opositora del año pasado fue un éxito rotundo de convocatoria que generó, al menos temporalmente, una oleada de entusiasmo. Y quien la ganó fue María Corina Machado. Es decir, alguien que, si bien todavía no ha esgrimido un plan para hacer valer el voto opositor, pudiera hacerlo más adelante, habida cuenta de su largo historial como dirigente antisistema y opuesta a las reglas del statu quo de hegemonía chavista.

Creo que esto explica la más reciente oleada de persecución política en Venezuela, que incluye a personas del entorno de María Corina Machado pero también a otros, que no tienen nada que ver con ella. Incluso a individuos cuya, digámoslo así, “probabilidad de castigo”, era bastante baja. Con esto quiero decir que si bien, por falta total de Estado de Derecho, todo el mundo en Venezuela es vulnerable a una sanción indebida por orden de la élite gobernante, aquellos ciudadanos cuyas acciones son especialmente inquietantes para Miraflores son los blancos más probables de su ira. Entre ellos, los “opositores radicales”. Esos que defienden las sanciones internacionales o llaman a protestar. En cambio, los “moderados” que se adhieren a las normas del sistema tienen mucho menos que temer.

Esto nos lleva al caso de la activista Rocío San Miguel. No es ni de lejos una “radical”. Por el contrario, tenía el típico perfil “moderado”. Incluso llamó a votar en la “consulta” por el reclamo venezolano del Esequibo, aunque siempre fue evidente que su único propósito era movilizar a la población a favor del gobierno. Creo que es por eso que su detención y criminalización produjo tanta alarma nacional e internacional, aunque sea parte de un patrón autoritario de larguísima data. La reacción colectiva connota una pregunta estremecedora: “¿Hasta Rocío?”. A lo que el chavismo responde “Sí”. Porque si hasta por Rocío fueron, qué quedará para cualquiera que asuma una postura más desafiante. 

El horror es el efecto deseado. Y es lo que tiene a María Corina Machado en una situación tan complicada. El miedo inhibe cualquier movilización ciudadana para presionar por el fin de su inhabilitación. Con el cronograma electoral definido, el tiempo para cambiar eso lo tiene ella totalmente en contra. Por eso vemos a elementos de la oposición pro sistema redoblando los exhortos a que se nombre a un candidato sustituto.

Puede ser que Machado ceda de manera táctica, con la inscripción de alguien que “le cuide el puesto” y así ganar tiempo mientras ella y sus partidarios buscan alternativas en su esfuerzo contra el veto sobre ella. Pero el miedo seguirá ahí. Queda por ver si logran derrotarlo.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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