En la aldea
23 junio 2024

El origen de la «Tierra de Gracia»

«Cuando el navegante pone pie en nuestras costas piensa que ha encontrado el paraíso terrenal»

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Elías Pino Iturrieta | 09 junio 2024

Cristóbal Colón no solo cambia la historia de Venezuela porque provoca con su llegada una amalgama de culturas de la cual nacerá una sociedad peculiar que se prolonga hasta la actualidad. La llegada del Almirante marca el inicio de la comprensión de nuestra realidad a través de una clave ilusoria, gracias a cuya influencia no hemos podido los venezolanos captar las líneas fundamentales del desarrollo nacional. 

De la mirada del primer europeo que nos divisa manan una apreciación de los hechos de los hombres y una versión del medio físico que han sido capaces de llevarnos de manera errática por la vida, hasta el extremo de colocarnos en el desconcierto de nuestros días. Mantenida sin solución de continuidad la clave colombina, sus corolarios pesan demasiado como para que no volvamos a ella cuando se anuncian cambios en la marcha de la colectividad. 

Cuando el navegante pone pie en nuestras costas piensa que ha encontrado el paraíso terrenal. No se trata de una impresión provocada por la exuberancia del paisaje, como pudiera ser la de un turista escandinavo que hoy visita el contorno. Es una convicción más profunda, en la cual han influido las lecturas medievales y corrientes respetables entonces en torno a la existencia del edén bíblico en un rincón desconocido del universo. Impresionado por textos reverenciados entonces, llega a creer que topó con el lugar que Dios dispuso para habitación de Adán en los tiempos del Génesis. 

Un lugar que, en atención a la trascendencia del designio celestial, debió caracterizarse por la plena excelencia: profusión de virtudes, ausencia de defectos, adecuada disposición de las piezas que forman el panorama, permanencia de un bondadoso e inalterable clima, existencia exclusiva de frutos y animales amables que están al alcance de la mano… Lo necesario para que encontrase asiento cómodo la criatura que Dios había creado a su imagen y semejanza. 

Colón había llegado a otro lugar, desde luego, pero se atreve a referir en sus papeles el hallazgo fantástico y a comunicarlo a los reyes católicos. Así les escribe: «Grandes indicios son estos del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión de santos y sanos teólogos, que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce estuviera así dentro y vecina del agua salada, y a esto se agrega el clima suavísimo, y si esto no proviene del paraíso, parece maravilla aun mayor…»

Cuando se dan cuenta de que no han llegado a parajes adánicos, los seguidores del proyecto comienzan a hablar de una «tierra de gracia», es decir, de un paraje que cuenta con la bendición del altísimo para ser el aposento de seres angelicales que encuentran o encontrarán destinos dorados simplemente por vivir en su seno. Por desdicha, la impresión de establecerse en la «tierra de gracia», el sentimiento de experimentar un tránsito por un espacio pródigo en regalos de toda especie, la seguridad sobre el aprovechamiento de unos atributos naturales que solo pretende escamotear el demonio, como sucedió en el Génesis, se ha transformado en una constante de la explicación de la sociedad que hoy se llama Venezuela. 

La persistencia de esta suerte de síndrome colombino solo nos ha traído perjuicios. La seguridad de vivir en una sociedad dotada por la naturaleza de cualidades que la pueden parangonar con el edén y de personas de buenas intenciones, casi angelicales, ha provocado un juico erróneo en torno a las obras colectivas, sobre las obligaciones de gobierno, sobre el rol de los líderes y sobre las épocas en las cuales han discurrido sus obras. 

Estaría súper satisfecho si este breve y somero escrito cuenta con muchos destinatarios, pero lo que de veras me interesa es que lo lean los que planifican el futuro de Venezuela  junto con María Corina Machado. 

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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