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03 octubre 2022

Acuerdos militares entre Rusia y Venezuela tejen el futuro del país

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Redacción LGA | 17 octubre 2019

El capitán Francisco Pérez Durán conoció de cerca los misterios de los convenios militares entre Caracas y Moscú. Asistió a reuniones con líderes militares del Kremlin para revisar la firma de un acuerdo para el mantenimiento de los SU-30MK2. Hoy, desde su residencia en el exterior, ve el futuro de Venezuela atado a Rusia, un país que pese a estar del otro lado del mundo, controla los recursos y las capacidades militares de la revolución socialista.

En medio de la reciente Asamblea General de las Naciones Unidas, Nicolás Maduro anunció un viaje repentino con destino a Rusia, en el que abordaría la “relación de cooperación” con el país euroasiático. Sostuvo una reunión con el mandatario ruso, Vladimir Putin, en la que hicieron un balance de acuerdos en materia energética, humanitaria, agrícola y militar.

Rusia es uno de los pocos aliados del régimen venezolano. Desde la perspectiva económica su papel este año ha sido fundamental para que Maduro evada las sanciones que la administración de Donald Trump impuso sobre el petróleo venezolano. No obstante, es el campo militar donde Caracas y Moscú confluyen desde hace tiempo y los acuerdos en esta área son calculados en 11.000 millones de dólares.

El capitán Francisco Pérez Durán conoció de cerca los misterios de los convenios militares entre estos dos Estados. Por más de 3 años este miembro  de la organización castrense estuvo bajo las órdenes de general de división, Carlos Siso Briceño, uno de los hombres que en su condición de director de Logística de la Aviación Militar Bolivariana ha supervisado y monitoreado las ejecuciones de los proyectos de defensa y equipamiento que la República suscribió con el gobierno de Putin.

Acompañó a Siso Briceño a diversas reuniones con líderes militares del Kremlin para revisar la firma de un acuerdo para el mantenimiento de los SU-30MK2. Conocía a fondo los equipos que se habían importado desde Rusia y durante múltiples pruebas de despliegue de fuerza piloteó los aviones SU-30MK2. Pese a que no era un maestro en el arte de volar, se sentía afortunado de dirigir una aeronave de este calibre, pues en la Academia Militar siempre estudiaron la capacidad aérea de la antigua Unión Soviética.

Simples ejecutores

Un jueves de 2016 lo llamaron para que asistiera a una reunión en particular. El encuentro ocurrió en el Ministerio de Defensa, según cuenta este soldado. Los rusos llegaron primero y, junto a ellos, dos traductores. Los representantes del gobierno de Putin hablaron de socialismo, tomaron café un buen rato, saborearon algunos pasapalos, y como a la media hora entraron en materia.  

Dijeron que ya tenían un preacuerdo con el Ejecutivo nacional para la continuación del proyecto de mantenimiento de los aviones Sukhoi y del sistema antimisiles S-300 que ellos le habían vendido a Venezuela. Siso Briceño les comentó que existían aeronaves con problemas de fábrica, y que se necesitaba más apoyo técnico en el manejo de las mismas.

Pérez Durán observaba que su jefe era informado de acuerdos que ya estaban adelantados. No tenía poder de influencia, pese a ser un hombre de confianza del general Vladimir Padrino López, ministro de la Defensa. Los rusos recomendaron que se empezara a trabajar en la incorporación de asesores de ese país para robustecer los convenios, lo que ayudaría a tomar “mejores decisiones” dentro del despacho de Defensa con respecto a los equipos que se adquirían. Recuerda que con este consejo los representantes de Putin aseguraban que las directrices que se impartieran desde las oficinas de Padrino López favorecieran sus intereses.

Los acuerdos militares con el Kremlin continuaron en la medida en que Venezuela se aislaba más en el mundo. Las reuniones entre Padrino López y su homólogo ruso se hicieron recurrentes. Fue así como programaron ejercicios militares en conjunto, con la idea de integrar a ambos cuerpos castrenses. Pérez Durán fue llamado a uno de ellos. Estaba de permiso atendiendo un asunto familiar cuando lo convocaron al despliegue de fuerza que harían ambos ejércitos. Durante cuatro días se ejercitaron, corrieron y recibieron recomendaciones de un comando de fuerza rusa. No hablaron de bolivarianismo sino de cómo neutralizar la fuerza del enemigo. Probaron los aviones por un lado y, por el otro, el sistema de misiles que tanto han usado los rusos en Siria. No obstante, también se probaron en tierra los tanques rusos T-72B1V. Las tripulaciones venezolanas recibieron en 2010 un curso para manejar estos tanques, por lo que ya se desempeñaban como expertos en estas máquinas de guerra.

Revelaciones

Luego de esos eventos, hizo amistad con un oficial ruso, a quien incluso invitó a su casa pero, por restricciones de los superiores y temas de seguridad, no atendió al llamado. Ese soldado le causó grata impresión porque llevaba con mucho honor su uniforme, pero también le generó suspicacia. “Pertenecía a una de las familias más adineradas de Moscú”, recuerda. Esto era complicado de comprender para un militar venezolano, pues en las familias de clase alta venezolana el servicio a la nación no es común.

Mantuvieron el contacto telefónico a distancia. Esperaba una oportunidad para ir a Rusia a algún curso y reencontrarse con su amigo, que le había revelado varias cuestiones de interés sobre su país. Una de ellas era que Serbia pertenecía a las llamadas “zonas de influencia rusa” y él debía cumplir misión en este territorio. Al consultarle sobre las llamadas zonas de influencia, el ruso le dijo que eran espacios donde se desplegaba todo el poder económico y político de la ex Unión Soviética, con el objetivo máximo de contrarrestar las fuerzas enemigas y ganar poder de negociación.

El militar venezolano todavía en ese momento no entendía que el ejército al que pertenecía era parte de esa maniobra geopolítica.

Los números

Una mañana del mes de marzo de 2016, le indicaron que debía colaborar con unos planes operativos en el Centro de Mantenimiento y Reparación de Helicópteros (Cemareh), organismo adscrito a la Compañía Anónima Venezolana de Industrias Militares (Cavim) con sede en Acarigua, estado Portuguesa. El objetivo de Cemareh es atender los sistemas de ala rotaria de fabricación rusa de la Fuerza Armada Nacional, organismos civiles del Estado, operadores privados venezolanos y extranjeros.

En este centro de mantenimiento, Pérez Durán debía apoyar el seguimiento de los convenios que se habían adelantado con la empresa rusa Reductor-PM, un conglomerado corporativo con 50 años de existencia, especializada en producción, mantenimiento y reparación de cajas de engranajes y transmisiones para helicópteros. Comenzó a tener reuniones cortas con sus pares para conocer a fondo el alcance del proyecto, pero lo único que no conocía eran los montos que se habían firmado con la entidad rusa. El director del Cemareh le pedía discreción en sus labores dentro del órgano. Las respuestas a sus preguntas sobre el presupuesto disponible y el monto del convenio estaban en el Ministerio de Defensa.

Su principal inquietud sobre el proyecto estaba en sus números. Se hablaba de una fundación a la que se le donaría dinero por su cercanía a la zona y su impacto social comprobado. “Los documentos no especificaban el monto, pero de antemano ya describían que una organización sin fines de lucro sería beneficiada con una cantidad de dinero exacerbada”, destaca el que pretendía ser contralor del acuerdo. No obstante, no era la primera vez que se presentaba una irregularidad entre los lazos que unen a Caracas y Moscú. La fábrica de los fusiles Kalashnikov fue una idea del fallecido ex presidente Hugo Chávez luego de comprarle 100.000 fusiles AK-103 al gobierno de Putin en 2005. Según el portal informativo Report Difesa, su creación se paralizó en 2014 debido a un fraude a gran escala que involucró a la sociedad que se adjudicó la construcción.

Futuro comprometido

Luego de un año de trabajo, donde su sueldo no mejoró sustancialmente, Pérez Durán renunció a sus compromisos en Cemareh. El proyecto de apertura de la fábrica se veía lento, los tiempos de respuesta de sus superiores no eran óptimos y visualizaba que los escándalos de corrupción saldrían a flote. Este militar pidió la baja en 2017. Luego de que le fue concedida se fue al exterior junto con su esposa y su hija menor.

Desde su residencia ve el futuro deVenezuela atado a Rusia, un país que pese a estar del otro lado del mundo, controla los recursos y las capacidades militares de la revolución socialista. Su intuición le dice que Rusia, segundo exportador de armas del mundo, ve a Venezuela como su cliente más preciado en la región. Por un lado, compra sus equipos y, por otro, contrata a su personal para asesorías técnicas. Esto a la luz de sus ojos hace a Moscú dueño absoluto del Ministerio de Defensa y, por ende, de la transición en Venezuela.

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