En la aldea
24 junio 2024

Estefanys, la rosa tatuada

Cuando vi aquella primera imagen, divulgada por Román Camacho, me quedé observando el dibujo en el brazo. “La rosa tatuada” evoqué, sin saber exactamente a qué me remitía. Luego lo recordé. Es una obra teatral de Tennessee Williams, cuya trama gira alrededor de un hombre muerto de manera violenta, que tiene una rosa tatuada en el pecho. Solamente en enero de 2020, hubo 25 femicidios en Venezuela. La Ley Orgánica por el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia define al femicidio como “la causa de muerte motivado por odio y desprecio a la condición de mujer”. Estefanys tuvo 24 hermanas en la muerte.

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Milagros Socorro | 04 febrero 2020

La primera fotografía que circuló mostraba el cuerpo de Estefanys Ortega Zavala tendido sobre el asfalto, con una mano en el cinto y en la muñeca una rosa tatuada. En ese momento, muy cercano al asesinato, todavía no se conocía la identidad de la muchacha abatida en la madrugada de Maracaibo, estado Zulia. Se sabía que acababa de salir del restaurante “Mi Vaquita” y que un par de motorizados, que aguardaban entre las sombras, se habían movilizado cuando ella salió de la discoteca. Uno se acercó y le dijo algo, quizá la llamó por su nombre para asegurarse de que se trataba de la víctima propiciatoria o le susurró, antes de dispararle, el mensaje de quien había hecho el siniestro encargo.

Vi esa imagen en el TL del periodista Román Camacho, el domingo 26 de enero, y recuerdo haber pensado que aquel tatuaje conduciría muy pronto a establecer el nombre de la infortunada muchacha. No hizo falta. Ella no estaba sola. Había salido esa noche con una amiga y un tipo con el que estaba saliendo.

Quedó sobre el asfalto como si hubiera perdido el equilibrio en el desnivel y se hubiera tomado unos minutos en el piso para recuperar el aliento. De medio lado, una rodilla detrás de la otra. No estaba despatarrada ni desgonzada. Tenía una pose no desprovista de glamur y la mano aferrando la cintura no tenía nada de patético ni de fúnebre. Al contrario, debió ser una especie de tic en su vida: Comprobar la excepcional finura de su talle, clave y origen de su deriva de bomba sexy. Todo lo demás lo fue construyendo alrededor de esa minúscula cintura.

“Solamente en enero de 2020, hubo 25 femicidios en Venezuela. La Ley Orgánica por el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia define al femicidio como ‘la causa de muerte motivado por odio y desprecio a la condición de mujer’”

Estefanys Ortega Zavala tenía 28 años. En su cuenta de Facebook, donde sólo había puesto dos fotos, dice que había estudiado en LUZ (Universidad del Zulia). No llegó a especificar en qué escuela había estado. Es de presumir que en la de Educación Preescolar, porque hay varias amigas de ella, en esa red social, que dicen estudiar allí. Aunque la madre diría que ella sólo completó la secundaria. A lo mejor, entre sus sueños estaba llegar a la universidad y lo ponía en su perfil de Facebook como un hecho, como un adelanto de la realidad.

La prensa informó, antes incluso de que los preparativos del funeral estuvieran listos, que las autoridades manejaban «la venganza o muerte por encargo como móvil del hecho». Y, claro, no tardaron en establecer que se trataba «de un crimen pasional», categoría forjada como para que la sociedad diga: “Ah, es que lo conocía, era su amante o su marido, bueno, es un atenuante…”. Mucho más, cuando el crimen ha sido contra una mujer joven, que tiene o ha tenido varias parejas, y si lleva una vida distinta a la de un ama de casa o madre de familia. De hecho, las notas alusivas a este femicidio en Twitter están seguidas de montones de comentarios que concluyen en que ella se lo buscó, porque, entre sus pasadas parejas se contaba por lo menos un par de delincuentes.

Habría que preguntarse si Estefanys tuvo oportunidades de no terminar con una minifalda de falso cuero y unos tacones de 15 centímetros (o más) inerte en una acera sobre un charco de sangre. Desde luego, cada quien se hace su suerte, pero Estefanys no la tenía fácil. Era la cuarta de 11 hermanos. Había nacido en Barranquilla, pero la trajeron a Venezuela cuando era una niña (unas reseñas dicen que a los 7, otras que a los 12), pero en lo que sí hay unanimidad es que la niña estuvo siempre al cuido del padre, porque la madre era empleada doméstica y permanecía en las casas donde trabajaba.

Al día siguiente de su asesinato, circuló en las redes sociales un corto video donde se ve a Estefanys bailando y coreando el vallenato que salía de los altoparlantes de “Mi Vaquita”. En ese momento, estaba rodeada de amigos y quien graba el documento se detiene en su escote como si este tuviera una identidad más clara que el rostro de la joven. Horas después, ante la puerta de la morgue, exhausta por la espera y el trago amargo, solamente estaba su madre, porque, como escribió un periodista en un portal de Maracaibo: «El homicida huyó mientras ella caía muerta en el sitio, igual que las personas que la acompañaban, que tomaron el hecho como cualquier cosa y dejaron a la occisa tirada en la acera».

“Estefanys Ortega Zavala tenía 28 años. En su cuenta de Facebook, donde sólo había puesto dos fotos, dice que había estudiado en LUZ. Aunque la madre diría que ella sólo completó la secundaria”

De “mamita explotada” a occisa tirada en sólo dos disparos. Dos hitos de un destino que comparten muchas mujeres venezolanas. La madre de Estefanys, Nelly Zavala, una mujer de 60 años que aparenta 80, le dijo a la periodista Nataly Angulo, de El Pitazo, que ella siempre le pedía a la hija «que dejara esa vida». Se refería a las parrandas. «Ella se la pasaba bebiendo en discotecas […] Desde los 13 años andaba en malos pasos. Yo siempre la regañaba y por eso ella se iba de la casa. Vivía con amigas. […] Cuando iba a mi casa, por el Club Hípico (oeste de Maracaibo), llegaba rápido, se bajaba de carros lujosos y yo no veía con quién iba […] A cada rato se hacía operaciones estéticas».

Una nota suscrita por la redacción de EP | Mundo afirma que desde muy mocita, Estefanys «tuvo pequeños empleos en tiendas hasta que comenzó a tener peligrosas amistades». Tan peligrosas y traicioneras eran esas amistades que, según el portal Qué Pasa, cuando la policía citó a un tal Jan, de quien se dijo que era novio de la víctima, este les dijo a los policías que no, que Estefanys «“sólo era de encuentros sexuales ocasionales” y que entre ellos no existía ningún tipo de compromiso o promesa de amor, “no tenían nada serio”». De caballerosidad y respeto por las mujeres no se va a morir Jan.

Tan poco serio era el vínculo de todos esos amigos y dueños de carros lujosos con Estefanys que su madre tuvo que hacer una colecta para los gastos funerarios y sería la hija mayor, quien trabaja como doméstica en Panamá, quien hizo el mayor aporte. Cómo no imaginar a Estefanys urdiendo proyectos, metiéndose cada vez en más problemas, para escapar de esa predestinación. Qué le queda a una mujer después de trabajar por décadas en el trabajo doméstico. Nada. Absolutamente nada. Carecen de toda protección social, plan de retiro o seguro médico. Si el atractivo físico la libraba de eso, pues tenía que construirse según el modelo de deseabilidad que ya otros habían establecido. Y como ella no tenía ese dinero, pues otros debían pagarlo. Y así. Estefanys estaba sola.

Peor, estaba mal acompañada. No sólo por sus junticas. Estaba muy mal acompañada por su país y por una sociedad implacable con las mujeres. Mientras la policía científica le decía a la madre de Estefanys que esta había sucumbido a un crimen pasional, otra fuente le dijo algo distinto a Qué Pasa. «Este vocero policial dijo que, al parecer, la muchacha adquirió en México una deuda en dólares y la habrían mandado a matar por no pagar antes de dejar la nación azteca. No descartan que los autores del crimen tengan un centro de operaciones en La Villa del Rosario, en la subregión Perijá del estado Zulia». ¿Se investigará eso?

“Qué pudiéramos hacer para que las muchachas venezolanas dispusieran de más opciones de las que tuvo Estefanys, que tuvieran la potestad de escoger entre un millón de rumbos, ninguno de los cuales condujera al balazo”

Solamente en enero de 2020, hubo 25 femicidios en Venezuela. La Ley Orgánica por el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia define al femicidio como “la causa de muerte motivado por odio y desprecio a la condición de mujer”. Estefanys tuvo 24 hermanas en la muerte.

Cuando vi aquella primera imagen, divulgada por Román Camacho, me quedé observando el dibujo en el brazo. “La rosa tatuada” evoqué, sin saber exactamente a qué me remitía. Luego lo recordé. Es una obra teatral de Tennessee Williams, cuya trama gira alrededor de un hombre muerto de manera violenta, que tiene una rosa tatuada en el pecho. «Las cenizas son limpias», dice Serafina, la viuda ante la cajita funeraria que guarda los restos del marido tras la cremación. «El recuerdo de la rosa en mi corazón es perfecto». Qué pudiéramos hacer para que las muchachas venezolanas dispusieran de más opciones de las que tuvo Estefanys, que tuvieran la potestad de escoger entre un millón de rumbos, ninguno de los cuales condujera al balazo, a su explotación, a ser manipuladas, usadas y tratadas con violencia. Que el recuerdo de la rosa en su muñeca fuera hermoso y que no nos interpele por nuestra negligencia ante su indefensión, su vulnerabilidad, su soledad en la noche poblada de fieras.

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