EN LA ALDEA

22 febrero 2024

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La tardía venganza de una alcaldesa hipócrita

Que nunca nadie tenga que matarse por ser discriminado. Ni vivir en la humillación ni ser excluido y denigrado por ser una minoría. Nuestra Constitución nos garantiza a todos ser reconocidos y tratados como iguales ante la ley y el Estado, independientemente de nuestra raza, lengua, nacionalidad, religión, opinión política, sexo u orientación sexual.

Además de que no hemos sido capaces de legarles a nuestros jóvenes un país sin violencia armada, ¿vamos a negarles el derecho a aprender a vivir sin discriminar o ser discriminados? ¡Por Dios!”.

Esto afirmaba la alcaldesa de Bogotá, Claudia López años atrás, en un artículo de opinión que publicó en el diario El Tiempo cuando -y como siempre- teorizar sobre Derechos Humanos resulta tan fácil. Pero bastó que una minoría discriminada se le atravesara en sus mezquinos intereses políticos, para que la realidad le ganara la batalla a todo eso que sonaba tan bonito en el mundo de las ideas de la señora López y sin percatarse siquiera, en menos de diez minutos logró meter de nuevo en el closet no solo sus banderines multicolores sino la Declaración Universal de los Derechos Humanos más la Constitución de su propio país, esa que manipula cuando le conviene.

En la vileza de sus recientes argumentos contra los emigrantes venezolanos, la Alcaldesa no solo utilizó un tono de superioridad mezclado con sarcasmo cuando dijo: “Qué pena que no podamos pagar los arriendos… pagamos parto, nacimiento, salud, jardín, colegio. Qué pena que lo único que no podemos pagar es el arriendo”, sino que trató de inocular su dosis de veneno a los bogotanos cuando además reveló que “los capitalinos han pagado todos esos beneficios a más de los 450.000 personas de Venezuela que se encuentran en Bogotá”. 

Y más grave aún, con una óptica clasista. Porque su vil declaración iba exclusivamente dirigida en contra de los venezolanos pobres, los que huyeron de su país porque morían de hambre, por falta de medicinas y trabajo. Pero ni una palabra dijo la señora sobre los impuestos, seguramente altos, que pagan los adinerados empresarios venezolanos asentados en Bogotá y quienes han levantado grandes consorcios como Farmatodo, Tostao, Justo y Bueno, Cablenoticias o el Restaurante Osaka, por mencionar algunos. Empresas que además de pagar impuestos y generar empleo, no discriminan si sus trabajadores deban ser colombianos o venezolanos, rubios o congoleños, gays o heterosexuales. Y también obvia la alcaldesa López a los miles de venezolanos que han conseguido trabajo legal allá y que también pagan religiosamente sus impuestos. Pero estos no existen en su discurso xenófobo y manipulador.

Quizás para entender los orígenes de su doble discurso, cabría hurgar en la psiquis de Claudia López para tratar de entender por qué una persona que confiesa haber sido discriminada como mujer y como lesbiana, que debe haber sufrido mucho por su tendencia sexual, que probablemente fue víctima de las  crueldades típicas en sus días de adolescente y le resultó tan difícil revelar su “secreto” que se atrevió a confesarlo a sus padres cuando ya contaba con 25 años, llega a transformarse en todo aquello que la hizo padecer cuando se sentía “diferente”. Una discriminadora cruel e insensible que exuda superioridad porque nació en la misma Colombia de Gabriel García Márquez, ese hombre imprescindible que vivió, trabajó y amó Caracas libremente y sin acoso ni ofensas de nadie. Uno más de los millones de colombianos que años más tarde vendrían a Venezuela huyendo de la guerra colombiana, de las FARC y el ELN colombianos, incluso de los delincuentes colombianos que, por cierto exportaron a Venezuela la práctica del secuestro. Y esos 4 millones de colombianos humildes que vinieron a Venezuela fundaron barrios completos en Caracas y sus alrededores y, con sus bemoles, trabajaron en Venezuela y en Venezuela obtuvieron comida, educación, trabajo, salud y vivienda, sin que a ningún funcionario público se le ocurriera emitir sobre ellos una opinión tan despectiva como la de la señora López.

En una extensa entrevista que concedió al diario El Espectador: “Los orígenes de Claudia Lopez”, donde la periodista une las respuestas para construir una suerte de monólogo interior de la funcionaria, López confiesa que vivió una infancia que suena a feliz, “Asistí al psiquiatra por diez años durante mi adolescencia porque pasada esa etapa de mucha introspección, me dediqué a hacer maldades. Fui necia, inquieta, curiosa, exploradora, hiperactiva y, aún hoy, mi nivel energético es brutal. Era la que desbarataba todo desde la licuadora para ver cómo funcionaba. Así fui dañándole todo a mi mamá”. 

Pero si bien allí narra detalles de su vida minuciosamente, incluyendo que la enviaron a un internado de monjas donde “al principio sentí que en mi casa se estaban deshaciendo de mí y dejé de hablarles un tiempo”, y que el régimen interno del colegio era tan estricto como el militar (“A las cuatro de la mañana ya tenía que estar bañada y con agua fría”), llama la atención que en todo el extenso trabajo no se refiere en absoluto a lo que seguramente formó parte fundamental de su vida temprana como lo fue descubrir su orientación sexual en una época donde eso era mal visto. Pero la señora no emite ni una letra sobre eso ni lo que le debe haber significado sentirse distinta entonces. Ni una palabra tampoco sobre la culpa proveniente de una educación fuertemente católica o la rabia de tener que esconder sus sentimientos porque para entonces, la homosexualidad era un tema prohibido.

Probablemente discriminada desde muy chica, habría que ponerse en sus zapatos para entender a qué obedece su rechazo a los venezolanos pobres. Quiénes la hirieron, qué ocurrió en ese internado tan rígido, qué recuerdos la atormentan para que la señora -que de idiota no tiene un pelo-, haya optado por pisotear lo políticamente correcto cometiendo semejante desatino ante los micrófonos, pero que quizás le funcionó para vengarse, allá en los vericuetos de su subconsciente, de todos quienes la segregaron alguna vez, única y exclusivamente, por ser como era.

Sí. Puede ser siquiatría barata, dirá cualquiera. Y que no todos quienes hayan sufrido cualquier tipo de discriminación en su niñez y adolescencia, se transformarán necesariamente en adultos vengadores o políticos mediocres. Por supuesto. ¿Pero puede haber alguna otra explicación razonable para semejante metida de pata de una funcionaria para quien los Derechos Humanos parecen depender de la cuenta bancaria de sus víctimas?

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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