En la aldea
20 mayo 2024

Aurita, Aura, Sra. Aura… mi Mamá

Aura Rodríguez tuvo en su larga existencia muchas vidas. Fue muchas cosas, algunas al mismo tiempo: Hija, amante, esposa, madre, suegra, abuela, bisabuela, generosa amiga de sus amigas y temible adversaria de los que la adversaban. Aura Rodríguez de Rico, su luz se apagó y todo lo que fue ya no es. El mundo, hoy, se detuvo por un instante para rendirle homenaje. Su voz vive en nosotros, sus hijos.

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Luis A. Pacheco | 26 abril 2020

Aura Rodríguez de Rico, 1927-2020.

El 22 de abril de 2020, en la ciudad de Caracas, tuvo su último aliento mi mamá. En medio del ruido de una sala de emergencia y rodeada del silencio de una ciudad asediada por la pandemia de Covid-19, la falta de gasolina, y en general la tragedia de un país que también agoniza, Aura se fundió con el universo.

Pero estas no son unas notas luctuosas, sino por el contrario un intento por celebrar la vida de quién me trajo al mundo, me enseñó a hablar y caminar, pero no a estar sin ella. Un intento por hurgar, en mi ya diluida memoria, imágenes que hoy afloran de su escondite junto a la tristeza. Son mis recuerdos, mis hermanos seguros tendrán otros.

Aura Rodríguez tuvo en su larga existencia muchas vidas. Fue muchas cosas, algunas al mismo tiempo: Hija, amante, esposa, madre, suegra, abuela, bisabuela, generosa amiga de sus amigas y temible adversaria de los que la adversaban.

Aurita nació en Maracaibo, hija de Celina Rodríguez, una niña trujillana que emigró a Maracaibo en búsqueda de mejores horizontes y de Miguel Rodríguez, un comerciante marabino ya mayor. En esa Maracaibo que empezaba a desarrollar una personalidad propia a la vera del petróleo.

Fue criada alternativamente por mi abuela Celina o sus tías paternas, en una casa que ella recordaba tenía pisos de tierra y bajo la rígida mirada femenina de la época. Ese mismo lugar, décadas más tarde albergaría la quinta “La Sirena”, casa donde viviríamos por muchos años. Una vida de 93 años es muy larga, y en el caso de Aura muy acontecida, como para tratar de resumirla en unos párrafos. Así que por necesidad me pasearé por algunas instantáneas que pienso la representan.

Su vida es paralela al auge y caída de la Venezuela petrolera del siglo XX y XXI. Se casa y tiene tres hijos con Federico A. Pacheco Soublette, hijo de uno de los primeros ingenieros venezolanos de la industria petrolera; Federico, un rebelde y prometedor periodista deportivo a quien había conocido siendo reina del deporte de Maracaibo. Se muda a Caracas.

Después de algunos años en Caracas, con un matrimonio roto y tres hijos en su valija, se regresa a Maracaibo, a mediados de los años ‘50. Sigue siendo Aurita para sus amigas de infancia, que mantendrá toda su vida, es ahora mamá para nosotros, y Aura para el mundo que debe enfrentar para criar sus hijos sin más soporte que sus ganas de enfrentar una vida que le daba pocas cartas -para ser justos, mi abuelo Luis Julio Pacheco Soublette la apoyó en todo lo que pudo-.

Mis recuerdos de esos tiempos de infancia son difusos y hasta contaminados por las historias que ella contaba, o que mis hermanos me han contado. De vivir con mis abuelos maternos en la Cervecería Zulia, a vivir en San Luis detrás del seminario. Fueron sin duda años difíciles para ella, pero es su mérito que yo no los recuerde así. Si la recuerdo, sin embargo, como una mujer hermosa, y sentía celos cuando en la calle la piropeaban por sus faldas pegadas y tacones altos, la moda de la época.

Aura conoce a Carlos Armando Rico, ingeniero petrolero en ciernes, y decide comenzar una nueva vida con él; de allí nace Cynthia su única hija y niña de sus ojos. Armando, como lo conocíamos en la casa, es quién la acompaña por el resto de su vida, primero en Maracaibo y finalmente de nuevo en Caracas. En ese periplo se comienza a transformar en la Sra. Aura.

Mucho de lo que soy se lo debo a mi mamá, obviamente, y quizás una pequeña porción de lo malo también.

Con ella de niño aprendí a “hacer visita”, cosa que ya no se estila. La acompañaba a visitar, sin ningún motivo particular, a sus amigas: Rosa, Nieves, Carmencita, o a su media hermana Auristela. Escuchar féminas hablar de todo y de nada, por lo que parecían interminables horas, me dejó el gusto por largas conversaciones y la chismografía: “La posdata está más larga que la carta”, era su manera de cortar lo que parecía una infinita despedida en la puerta de la calle en esas tibias noches marabinas. Por cierto, también me dejó el gusto por curiosear casas ajenas.

Muchos dicen, infundadamente, que los Pacheco tienen una lengua afilada y se lo atribuyen a los genes de Federico, cuando en verdad es una adaptación para sobrevivir a la esgrima verbal con mi mamá, que era un adversario temible.

De ella aprendí a “comer con cubiertos”, aunque luego descubrí que esto significa diferentes cosas para diferente gente y he tenido que reaprender con mucha dificultad. Mantengo lo que queda del primer juego de cubiertos de plata que tuvo mi mamá y son un preciado botín que uso a diario.

Mi mamá no hablaba de vos, a pesar de ser maracucha, supongo porque Celina, mi abuela, era andina y siempre hablaba de usted. Celina era otro gran personaje, pero hoy no hablaremos de ella.

Mi mamá me arrastró al transporte escolar mi primer día de kínder, pues tenía que ir a trabajar. Mi mamá me llevó al hospital cuando me quemé el brazo con el agua del radiador del carro. Mi mamá no me prestó el carro hasta que no tuve licencia, a pesar de que le argumentaba que sin carro como iba a aprender suficiente para sacarme la licencia: Mi amigo Kiko van Balen solventó ese problema enseñándome a manejar en el carro de su mamá. Mi mamá le “sugirió” a Carlos Rico que me enseñara a jugar tenis.

Mi mamá trató de protegernos de la circunstancia alrededor de la muerte violenta de mi papá, éramos apenas unos niños. Esa relación nunca fue fácil y supongo tiñó su vida y la de nosotros de una infelicidad inevitable. Sin embargo, me enseñó a que esos pecados nunca deberían ser míos, aunque otros, según su conveniencia, sí.

Mi mamá nos enseñó que había que agradecer en voz alta lo recibido y que toda carta había que contestarla. “A ver, te dicto: Querido Abuelito…, Querida Tía…”.

Mi mamá “repartía cuero”, disciplinaba con correa y a veces con la hebilla, con facilidad. Aunque debo confesar que relativo a mis hermanos poco sufrí; mi habilidad de pasar desapercibido fue una útil adaptación defensiva.

Mi mamá me regaló mi primera guitarra cuando yo tenía 15 años, 200 bolívares, comprada en la Calle Derecha; esto a pesar de que le atribuía al instrumento la rebeldía natural de mi hermano mayor, Federico.

Mi mamá, como casi todas las madres, era una maestra de la manipulación y en mí encontró un objetivo fácil. Hasta que un día, como por arte de magia, ya no… había yo descubierto el sexo opuesto.

Me fui de la casa al apenas terminar la universidad. Mi mamá fue instrumental en facilitar que fuera a estudiar afuera, no con dinero, pero sí con un apoyo irrestricto. Recuerdo las primeras semanas en Manchester, Inglaterra, como muy duras emocionalmente. En más de una ocasión pensé en rendirme y regresar a la casa, pero solo con imaginarme lo que iba a decir mi mamá, seguía adelante. Siempre me incentivó con sus cartas, mecanografiadas en su máquina eléctrica y con su elegante rúbrica; sin saberlo hizo que yo terminara creyendo que podía ser tan bueno como mis hermanos, que siempre me habían sobrepasado.

Cuando regresé a Venezuela, seis años más tarde, mi mamá ya era la Sra. Aura en todo su esplendor. Esos fueron los años de Lagunillas. La Sra. Aura, en virtud de la posición de Carlos Rico, pero sobre todo por su propia fuerza gravitacional, se transformó en un actor principal en lo que entonces eran las complejas y estratificadas sociedades de los campos petroleros. Deben haber sido días felices para ella, porque cuando su mente empezó a perder lucidez, volvía en su alucinación a Lagunillas y esas épocas. Es paradójico, de joven no sentía ninguna atracción por la vida en un campo petrolero. De esos años le quedaron amigas para el resto de su vida.

Muchas de las personas de la industria petrolera, que la recuerdan de esa época, la describen como una mujer de carácter fuerte, pero amable y generosa, con un gran don de gente. Aún hoy, décadas después, uno oye anécdotas sobre su fortaleza y simpatía. Cuando yo llegué a la industria petrolera, años después, las anécdotas de la Sra. Aura me precedían. Una vez mi mamá me dijo que los gerentes no se daban cuenta que el poder se manejaba en las cocinas del campo, cosa que tuve en mente cuando me tocó a mí vivirlo.

Cuando Chávez llegó al poder, su rechazo a él fue inmediato. Pasaba horas pegada al televisor maldiciendo y criticando lo que el Gobierno hacía o dejaba de hacer. Marta Colomina se convirtió en su adalid y Globovisión en su ventana al país. Creó que tanta “noticia” le hacía más daño que bien, pero quien la convencía de ello.

Cuando llegó la crisis petrolera de 2002-2003, se puso muy intensa, quizás porque me sabía en peligro. La anécdota que mejor la retrata, y los tiempos que se vivían, fue el día, en medio del Paro Cívico, en que la Armada abordó el tanquero “Pilín León”, desbloqueando el canal de navegación del Lago de Maracaibo. Al día siguiente hubo un acto de homenaje a los marinos del “Pilín León” en el Eurobuilding, que fue muy patriótico y emotivo: Discursos, banderas, himnos y uniformes. Yo estuve en la audiencia, aunque el acto no era particularmente de mi gusto, ni yo tenía pito que tocar. Esa noche, mi mamá me llamó a la casa, en tono de reclamación, quería que le explicara por qué no me había visto en la transmisión televisiva del acto…

Sus últimos años fueron duros desde el punto de vista de salud. Toda su vida su salud fue frágil, pero en verdad nunca tuvo una enfermedad crónica. Hace unos años su mente empezó a deteriorarse y con ella su organismo. Sin embargo, su fuerza de vida era tan intensa que superaba las crisis, pero siempre quedaba un escalón más abajo. Para mí su llama vital había abandonado su espíritu hace ya unos cuatro o cinco años, pero ella seguía aferrándose a la vida con la misma tenacidad con la que había vivido.

Llegó a estar muy orgullosa de todos sus hijos, aunque pocas veces lo expresaba directamente. Uno solo se enteraba por que aquellos a quienes se lo decía nos lo comentaban. Mi manera de hacerla reír, cuando ya estaba decayendo, era retarla a que dijera quien era su hijo favorito, nunca me lo dijo. Cynthia, mi hermana, fue su alter ego por décadas y formaron una dupla inseparable hasta el último minuto.

Para mí fue muy triste verla desdibujarse. Quería seguir teniendo a la mujer fuerte y luchadora que siempre había conocido, con todo y sus lunares. Con el tiempo la situación política no me dejó regresar a Venezuela y solo me restó verla por Skype o WhatsApp. La observé languidecer a larga distancia, lenta pero seguramente.

Hoy la enterramos, o debo decir la enterraron, pues para nosotros, fuera de Venezuela, fue una transmisión por Zoom, gracias a la generosidad de nuestro fraterno amigo Juan Claudio Pagés, el hijo de su gran amiga Elsa, que se transformó en nuestros ojos y oídos a distancia -una deuda impagable, por cierto-.

Aura Rodríguez de Rico, su luz se apagó y todo lo que fue ya no es. El mundo, hoy, se detuvo por un instante para rendirle homenaje. Su voz vive en nosotros, sus hijos.

Aurita, Aura, la Sra. Aurami Mamá.

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