En la aldea
18 mayo 2024

De país pobre a un país productivo: ¿Qué se requiere?

El país rico que creíamos tener, por el petróleo, lo fue tan solo en algunos pocos aspectos y ya no existe. Y no va a volver porque la industria petrolera está tan arruinada como el resto del país. Hay que cambiar la mentalidad de que “Dios proveerá” y pasar a hacernos responsables de construir una economía basada en el trabajo.

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Juan Pablo Olalquiaga | 30 julio 2020

El mundo está cambiando y las empresas también. Fuera de Venezuela están ocurriendo cambios dramáticos en la manera de hacer las cosas, en la forma de ver el concepto de producción. Hay toda una revolución industrial en marcha muy orientada a la digitalización, las nuevas tecnologías, el teletrabajo, donde muchos de los empleos tradicionales van a desaparecer porque ya no serán necesarios. Pero acá, en este pequeño país de América del Sur, solo podemos ver destrucción. La pobreza signa nuestras vidas. Hay desnutrición, caída en la escolaridad a todos los niveles, poca capacidad de innovación, bajas posibilidades de ascenso social y alto deterioro de la calidad de vida. Bajo esas circunstancias, ¿quién puede pensar en cómo insertarse en ese nuevo mundo, si la prioridad es sobrevivir al caos?, ¿cómo montarnos en la ruta del orden y el crecimiento cuando salgamos del secuestro impuesto por el autoritarismo?

Pues no queda otra cosa que sobreponerse a esta crisis y buscar salidas. Salidas novedosas y posibles. Y es ahí donde se impone como condición imprescindible un cambio político. Un cambio político real, no solo de gobierno, sino de visión de sociedad, donde los que lo lideren estén convencidos de la urgencia de transitar el camino hacia una economía de mercado, en la cual los ciudadanos puedan tener la posibilidad de acceder a los bienes que se requiere para alimentarse y vivir adecuadamente, a los servicios básicos como agua, electricidad, vivienda, educación, gas y salud. Pero este acceso, aunque debe ser impulsado por el Estado, requiere que la población entienda que los productos y los servicios tienen un valor que debe ser pagado.

Es necesario que nos cambiemos el chip. Hoy en día sufrimos las consecuencias de una ideología de un supuesto “hombre nuevo” que llevó a las mayorías a declinar su derecho a decidir lo que quería hacer con sus vidas, a cambio de servicios de salud de baja calidad, educación ideologizada, trabajo precario, transporte paupérrimo y todo lo que ya hemos vivido en estos años del socialismo del siglo XXI.

“Para sobrevivir y sobresalir en este nuevo mundo pospandemia, de digitalización, robotización e inteligencia, se requerirá de una visión política que facilite la construcción de una economía basada en el trabajo”

El venezolano debe cambiar de mentalidad. El país rico que creíamos tener, por el petróleo, lo fue tan solo en algunos pocos aspectos y ya no existe. Y no va a volver porque la industria petrolera está tan arruinada como el resto del país. Hay que cambiar la mentalidad de que “Dios proveerá” y pasar a hacernos responsables de construir una economía basada en el trabajo. Cambiar la mentalidad de pedigüeño a una de oferente. En el mundo los que sobresalen son los que se organizan, se preparan y se dedican, mientras que los rezagados son los que, con mentalidad de víctimas, se resignan a hipotética inevitabilidad de lo que les tocó. Y eso tiene que ver en buena medida con el sistema educativo que tradicionalmente se ha enfocado preponderantemente en formar profesionales o técnicos cuyo único fin es buscar empleo en una empresa ya establecida. Es imprescindible que desde la educación inicial se incentive la creatividad, la competitividad, la motivación al logro, el respeto a la propiedad, a la innovación y al emprendimiento como elementos fundamentales para crear una nueva economía soportada por muchas empresas; muchas pequeñas, medianas y grandes empresas que son el vehículo para generar riqueza y bienestar.

El despertar del emprendimiento

Hace unos días, en el Congreso de Conindustria, Moisés Naím decía que “el cambio del modelo económico en el mundo encuentra a Venezuela en una situación donde la economía y las empresas están muy frágiles. Las empresas casi extinguidas”. Pero eso puede -y debe- cambiar. A pesar de las adversidades que nos encontramos a diario en el camino -a las cuales se sumó ahora la pandemia-, el espíritu de emprendimiento de la población se está despertando. Las empresas nacen de oportunidades de negocios, negocios lícitos en los cuales se transa valor por valor, negocios que crean estructuras funcionales que insertan a la sociedad en el trabajo, en la capacitación –educación– y en el ascenso profesional basado en el mérito. Las empresas nacen diminutas y normalmente se van especializando en áreas muy específicas. Son pocas las que llegan a ser grandes y los conglomerados, al final, son la suma de muchas empresas pequeñas que unifican recursos y talentos. 

“No queda otra cosa que sobreponerse a esta crisis y buscar salidas. Salidas novedosas y posibles. Y es ahí donde se impone como condición imprescindible un cambio político”

Sobre este concepto, la pequeña empresa es uno de los pilares fundamentales de las sociedades desarrolladas y prósperas. Las pequeñas empresas surgen y crecen en todos los ámbitos de la economía. No son solo bodegas, fruterías o tintorerías. Son prestadores de servicios de ingeniería, nos conectan a Internet, fabrican nuestros anteojos, son clínicas que cuidan de nuestra salud, o laboratorios que miden los valores de nuestra sangre, reparan nuestros carros y cuando son exitosas también los fabrican, producen los componentes de los teléfonos que usamos, o los apps mediante los cuales ahora nos relacionamos, siembran los cultivos, distribuyen los productos, producen la energía y nos dan entretenimiento. Solo en el campo industrial, Venezuelasolía tener más de 12.000 de estas empresas y lo reto a usted a que recuerde el nombre de 100 de ellas. ¿Sabe por qué no las recuerda? Porque en su mayoría eran pequeñas empresas. 

Pequeñas, pero de gran impacto

En Estados Unidos una pequeña empresa se define como aquella que es independiente tanto en propiedad como en operación, por sí sola no impacta a su sector y tiene menos de 500 trabajadores. En Venezuela, es aquella que tiene entre 10 y 50 trabajadores y unas ventas anuales, expresadas en unidades tributarias, que al cambio de estos días es menor a 1.200 dólares, cifra deformada por la destrucción de la moneda nacional.  

Las pequeñas empresas, definidas en forma más amplia como pequeñas y medianas empresas –PyMEs– tienen un impacto muy significativo en las economías de los países. En Argentina emplean al 54% de los trabajadores formales, mientras que en México ese valor llega al 67%. Sin embargo, considerando el conjunto de la región, más del 60% del empleo formal depende de estas empresas. En particular 1 de cada 3 puestos de trabajo se encuentra en una pyme. En toda la Unión Europea el volumen de la pyme ronda el 99% del tejido empresarial. El Plan Anual de las Pequeñas y Medianas empresas publicado por la Unión Europea constata que en España “las pymes generan casi las tres cuartas partes del empleo y más del 60% del valor añadido”. Existiendo más de 2,3 millones de pymes entre microempresas, pequeñas compañías y medianas empresas, según datos de la Comisión Europea.

En Alemania las pequeñas empresas han alcanzado altísimos niveles de productividad sobre la base de un modelo denominado Mittelstand. El Mittelstand hace referencia a un modelo económico alternativo al modelo de organización industrial anglosajón, y sus pequeñas y medianas empresas comparten aspectos de cultura corporativa: Son largoplacistas, tienen altísimos niveles de especialización e innovación, con vocación internacional, son conducidas por gestión familiar, se mantienen como pequeñas o medianas y sus trabajadores desarrollan elevados niveles de pertenencia. Esta red se centra en productos de alto valor, aunque se trata de empresas nicho, disfrutan de importantes economías de escala debido a la venta de sus productos a nivel internacional.

“Hay que cambiar la mentalidad de que ‘Dios proveerá’ y pasar a hacernos responsables de construir una economía basada en el trabajo. Cambiar la mentalidad de pedigüeño a una de oferente”

Mientras que en Estados Unidos, según el SBA, Small Business Administration, existen más de 27 millones de pequeñas empresas que suponen casi el 50% del Producto Interno Bruto (PIB). Estas empresas crean empleos, insertan a minorías y estimulan la innovación. Según este grupo, cuando se compara entre grandes y pequeñas empresas innovadoras, la generación de patentes en grandes empresas es de 2,7 por cada 100 empleados, mientras que en las pequeñas empresas la generación de patentes es de 37,5 por cada 100 empleados, en momentos de desaceleración económica (Patents Trends Among Small and Large Innovative Firms during the 2007 2009 Recession, Anthony Breitzman, PhD, 1970 Analytics, LLC). En Brasil, las microempresas y pequeñas empresas representan 98,5% del universo empresarial total, con una facturación promedio de 1,22 millones de dólares anuales, según datos del Servicio Brasileño de Apoyo a Micro y Pequeñas Empresa (Sebrae).

La innovación sin duda constituye uno de los factores de éxito. Tenemos el caso de Cosentino: En su segunda generación, la que fue una empresa de mármoles almeriense, pudo abrirse a otros mercados gracias a la innovación. Su producto llamado Silestone es, actualmente, líder mundial en producción de superficies de cuarzo y exporta a más de 100 países. Pero sin duda uno de los casos más visibles de éxito es el de los automóviles Tesla. Este fue un emprendimiento que arrancó con una inversión de 7,5 millones de dólares en el año 2003, por 3 especialistas ambiciosos, para satisfacer un mercado nicho de automóviles eléctricos, montados sobre la macro tendencia de la descarbonización (sustitución del hidrocarburo por energías más limpias). En el cuarto trimestre del 2019, Tesla fabricó y vendió un poco más de 112.000 automóviles, con lo que revolucionó a la industria automotriz obligando a las grandes empresas a volcarse a la producción de autos eléctricos, generando numerosas patentes, entre las que se encuentran enormes avances en el almacenamiento de energía, y tiene hoy una valorización bursátil cercana a los 224 mil millones de dólares. Recordemos que comenzó, hace menos de 20 años, con 7,5 millones de dólares.

Juncos que se doblan pero no se rompen

Todo esto lo digo porque estoy convencido de que, si se produce un cambio político en el corto plazo, deben surgir muchas pequeñas compañías a través de las cuales se materializa el salto de país petrolero a país productivo. Esto amerita el cambio de mentalidad de los ciudadanos y requiere como condición “sine qua non” que ese cambio de mentalidad exija muy sólidos derechos de propiedad, transparentemente plasmados, inalterables, resguardados y extensivos a la disposición y transferencia de esta propiedad, sin restricciones de registros, precios o uso de estos bienes, bienes que son materiales o intelectuales.

Moisés Naím señaló que las empresas venezolanas son como juncos que se doblan pero no se rompen. Quizá eso sea cierto. Pero hace falta mucho más que resistencia y resiliencia para que un país sea próspero. Para sobrevivir y sobresalir en este nuevo mundopospandemia, de digitalización, robotización e inteligencia, se requerirá de una visión política que facilite la construcción de una economía basada en el trabajo y esto significa una sociedad con unas habilidades, competencias y consensos que deben desarrollarse para así ganarnos, nuevamente, el derecho a ser un país próspero y soberano.

@jpolalquiaga

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