En la aldea
24 junio 2024

Iconos de la ciudad

Cuatro lugares de Caracas donde resiste la comedia

Permanecer en Caracas en 2020, después de tantos años de miedos, de pérdidas, de separaciones, de desesperanza aprendida, es resistir. No solo resiste gente, sino también lugares, íconos, espacios, dinámicas sociales y hasta actitudes, como nuestro sentido del humor. En Caracas resiste la comedia, a través de su forma más cruda, en el stand-up comedy.

Lee y comparte
Ricardo Del Bufalo | 07 septiembre 2020

Constantemente me pregunto qué significa hacer resistencia en Venezuela.

¿Significa que nos tenemos que sumar a una guerrilla? O, como en el asedio de Sarajevo de los noventa, ¿sencillamente consiste en buscar la manera de mantenernos vivos, encontrar comida, mejorar refugios -la zona de confort– con buen internet, mientras esperamos que algo cambie?

Me inclino hacia esta última opción. Permanecer en Caracas en 2020, después de tantos años de miedos, de pérdidas, de separaciones, de desesperanzaaprendida, es resistir. No solo resiste gente, sino también lugares, íconos, espacios, dinámicas sociales y hasta actitudes, como nuestro sentido del humor. Y tal como en Sarajevo, en Caracas, reír es una manera de resistir.

Por eso quiero hacer un conteo de cuatro espacios de Caracas donde aún resiste la comedia, a través de su forma más cruda, el stand-up comedy. Lugares donde he tenido anécdotas divertidas, y otras no tanto, que me han enseñado algo valioso.

El Tepeyac

Conocido como “El Tepe”, es un bar ubicado en el segundo sótano más horrible de la ciudad, después del Concresa: El de Plaza Las Américas, en El Cafetal. Desde hace casi 50 años, allí se comen los mejores pasapalos mexicanos preparados por un portugués, acompañados de las cervezas más frías de todo el Este de la ciudad.

Desde 2018, los martes por la noche están reservados para el stand-up comedy, coordinado por el comediante Johnny Micarelli, conocido en los bajos fondos como “Mica”. Antes de la pandemia mundial, un selecto público de gente increíblemente rara (o loca) salía de su casa los martes a las 11 de la noche para escuchar a unos comediantes hablar de sus miserables vidas.

Antes de la pandemia, el Tepe estuvo a punto de cerrar por la crisis económica, pero Mica organizó shows con más comediantes para no dejar morir ese espacio que consideramos sagrado, porque todos hemos tenido al menos un show o una anécdota memorable allí.

La mía, afortunadamente, está registrada en video. Como en “El Tepe” no hay escenario, sino un espacio donde el comediante se atraviesa entre el público y los baños, durante mi rutina, una muchacha se paró de su silla, se me acercó y me dio un beso en el cachete. Luego siguió al baño y yo dije “ahora me dio VPH”. (Eso no está en el video). Al parecer la muchacha escuchó, porque al salir, me dio una patada en las nalgas.

Ahí me di cuenta de que los escenarios o las tarimas no están hechos para que los actores consigan la atención del público, sino para protegerlos de la gente que se toma los chistes muy a pecho. Afortunadamente no tenía un chuzo, ni VPH.

Pizpa Fun

A pesar de ser un local prácticamente nuevo, pues tiene un año de haberse estrenado, Pizpa Fun se ha convertido en el centro de la comedia caraqueña y en el lugar más odiado por los inmigrantes italianos, por haber destruido la pizza.

Al entrar al Centro Comercial Yamin, en Altamira, se ve en planta baja el restaurant de pizzas raras, donde sirven la Pizpa, con parrilla y papas fritas. Tras pasar por el pasillo de consolas de videojuegos antiguos y las paredes cubiertas de ilustraciones de pizzas, vemos un escenario de madera, con la palabra STAND-UP pintada en la pared, y enfrente vemos un JAJAJA en acrílico iluminado, lo cual hace que uno sospeche que el lugar está hecho para la comedia. Esto es así, porque su dueño, Samuel Rodríguez, además de pizzero es comediante.

Todos los días se presentaban en Pizpa distintos shows de comedia, hasta que llegó la pandemia. Entre mis experiencias más divertidas están las Quemas, shows en los que hacíamos chistes ácidos de otros comediantes y figuras públicas, copiando el formato de roast de Comedy Central. Tuve buenos y malos shows. En uno me fue tan mal, que me quemaron más duro en los comentarios de YouTube que en el show. Muchos me hicieron reír, otros buscaban herir.

Aprendí que reírse de uno mismo lo hace a uno más fuerte, aún cuando arda. En realidad no me hizo más fuerte nada, porque no voy a participar en otra quema jamás.

Centro Cultural BOD

Aunque no tiene circuitos regulares, siempre las puertas del Centro Cultural BOD, ubicado en la redoma de La Castellana, están abiertas para la comedia. Cientos de shows de stand-up comedy, protagonizados por los comediantes más famosos y por los más principiantes, se han realizado en todas sus salas.

Desde la pequeñita Sala Experimental, ubicada en el último sótano, donde ni siquiera hay señal para distraerse con el celular cuando el comediante es malo, hasta las salas del Penthouse, y la Sala de Conciertos, conocida como la sala virola porque el público está ubicado en dos alas separadas, a la izquierda y derecha, lo cual hace que el comediante tenga que mirar hacia los dos lados casi al mismo tiempo.

En esta última sala es donde muchos comediantes han grabado sus shows, entre los cuales me encuentro. Una rara experiencia tuve en la grabación de mi rutina, hace ya tres años. Yo cerraba mi show con una canción titulada “No me quiero casar con mi novia”, pero antes de cantarla decía que ella estaba en el teatro y le tenía una sorpresa. La canción terminaba con el verso: “Me quiero casar contigo…” En ese momento ella aparecía en la sala, sorprendida e iluminada, y el público se ponía eufórico por lo que estaba ocurriendo. Yo remataba el chiste con un “… pero todavía no”. Siempre funcionaba.

Llegó el día de la grabación, pero ella y yo habíamos terminado días antes. Tuvimos que buscar a alguien que hiciera de novia sorprendida y conseguimos una guía del teatro. Yo hice todo el chiste igual: Estaba ella en el teatro, le tenía una sorpresa… Cuando llegamos a “me quiero casar contigo”, la guía fingió muy bien pero como ella estaba en el ala izquierda, el público del ala derecha no se emocionó, porque no podía ver lo que estaba pasando. La mitad de la sala se perdió todo “el momento”. Les tuve que decir: Esperen a que salga el video para que lo puedan ver.

Ahí aprendí que para que algo funcione lo tiene que ver todo el público, no la mitad.

Honor y gloria a un caído: El Teatro Bar

El legendario Teatro Bar resistió a la crisis hasta una semana antes de la pandemia mundial, cuando los socios decidieron cerrar por no poder operar en las actuales condiciones económicas. En 2007, este local se convirtió en una de las tres cunas del stand-up comedy venezolano de bar, junto a Envívo (manejado por los mismos dueños) y al Moulin Rouge, cuyo circuito de comedia operaba Carlos Sicilia.

George Harris era el presentador del circuito de El Teatro Bar, “Micrófono Abierto”, que se presentaba todos los lunes a las 10:00 de la noche. George comenzó haciendo chistes para sus amigos y familiares, y al día de hoy es el único comediante venezolano que se ha presentado en el Movistar Arena de Santiago de Chile, frente a miles de personas.

En el primer show, Harris se presentó junto a dos comediantes desconocidos, con no más de 300 seguidores en Twitter, un tal Led Varela y un José Rafael Guzmán. Cuando Harris emigró, varios comediantes heredaron su puesto: Arlenis Oliveros, Nadia María, Gabo Ruiz, Carlos “El Megáfono” Alvarado, entre otros, que constantemente hacían suplencias. Después de 13 años, por el escenario de Teatro Bar pasaron cientos de comediantes de todo el país, desde la generación de la Radio Rochela, hasta las nuevas generaciones de comediantes formados casi exclusivamente en bares. Todos juntos construyeron un público fiel que atendió a las noches de Micrófono Abierto del primer al último día.

Tuve muchas experiencias memorables allí. Mi primer show frente a un público desconocido fue ahí, en noviembre de 2010. George me abrió las puertas, hice mi rutina por 10 minutos, en la que solo saqué una risa. Me pagaron 400 bolívares fuertes, en efectivo. Fue la primera vez que me pagaron por un trabajo, aunque no me haya salido bien. El tiempo me enseñó que esa es parte fundamental de este arte: Fracasar, con la condición de volver hasta que salga bien.

Otro show que nunca voy a olvidar ocurrió en octubre de 2011, en el aniversario del local. Me tocaba junto a grandes comediantes, entre ellos El Conde del Guácharo. Yo estaba asustado. El local estaba a reventar y por ahí andaban los del Chigüire Bipolar. Yo estaba empezando a colaborar con ellos, así que sentí que me tenía que ir bien, era una gran oportunidad.

Yo pensaba que iba primero, pero no. El Conde se tenía que ir y pidió el primer lugar. George lo presentó, el local se cayó de la emoción. Aquel señor la partió de manera descomunal, hizo como 30 minutos de chistes que sacaban aplausos, parecía que hacía su mejor material. Se despidió con una ovación.

George se montó, y yo me tranquilicé al pensar que haría sus acostumbrados 20 minutos de entretiempo entre comediantes. Pero tardó 1 minuto y presentó al siguiente: Yo. Se montó aquel nervioso guarito de 20 años, que venía de Barquisimeto, a hacer chistes de Harry Potter y el BlackBerry. Era material nuevo, ni siquiera sabía si daba risa o no. A los cinco minutos me bajaron. Nunca voy a olvidar ese día, que me enseñó dos cosas: 1) Nunca jamás pruebes material al inicio de un show. 2) Nunca jamás te presentes después de El Conde del Guácharo.

Aunque no haya resistido hasta el día de hoy, los socios de El Teatro Bar están dispuestos a reabrir sus puertas apenas mejore la situación económica. Sin embargo, El Teatro Bar ya es un ícono de la resistencia caraqueña, pues en 2019 enfrentó una de las adversidades más difíciles que hemos sufrido como país: Los comediantes se presentaron en medio de los larguísimos apagones nacionales, en plena función se fue la luz, y continuaron a capella, iluminados por las linternas de los celulares del público.

Eso no se hizo en Sarajevo, se hizo en Caracas.

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Contexto