En la aldea
21 julio 2024

Desde el desván de la memoria (y II Parte)

El gobierno chavista fue exitoso en transmutar la narrativa: De Paro Cívico en Paro Petrolero, y luego en Sabotaje Petrolero. Los verdaderos responsables políticos del Paro, chavistas y de oposición, se han camuflado detrás de esa narrativa perversa y mentirosa. Ya sabemos qué ocurrió luego con la PDVSA purgada: Navegó, junto con el país, en la cresta de una bonanza petrolera inesperada que escondió la minusvalía en la que había quedado la empresa; bonanza que le permitió a Hugo Chávez y a Rafael Ramírez creerse su propio cuento de que el conocimiento y la honradez no eran atributos necesarios para gestionarla.

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Luis A. Pacheco | 15 septiembre 2020

El problema al estudiar eventos históricos es que sabes cómo termina la historia, y es imposible olvidar lo que sabes hoy cuando piensas en el pasado. Es difícil imaginar caminos alternativos de la historia cuando ya se conoce el camino real. Así que las cosas siempre parecen más inevitables de lo que eran” 
Morgan Housel, History is Only Interesting Because Nothing is Inevitable.

Cuando Alejandro Hernández, editor de la página La Gran Aldea, me retó a escribir algo sobre los acontecimientos que se desarrollaron en el 2002 y 2003 alrededor de PDVSA, supe que los que tenían que ver el conflicto que derivó en el despido de cerca de 20.000 personas, entre obreros, empleados, técnicos y gerentes de la petrolera estatal, serían los más difíciles de narrar.

Los eventos de lo que trata esta segunda entrega, al contrario de los de abril de 2002, tuvieron como escenario a todo el país, y a un elenco de múltiples actores, que no necesariamente eran todos petroleros o tenían los mismos intereses. Por otro lado, me atrevo a decir que los petroleros tenían, en el esbozo original de la estrategia política opositora -si es que tal cosa llegó a existir -, un rol secundario; pero en la medida que los eventos transcurrieron, y ante la retirada del liderazgo político y empresarial, quedamos expuestos en la vanguardia, terminando como chivos expiatorios y quién sabe si como moneda de canje.

El Paro Cívico que ha transmutado en el tiempo en la narrativa venezolana, erradamente, a Paro Petrolero, es un proceso complejo y pobremente analizado; como decía Manuel Caballero del petróleo: “Un Minotauro sin Homero”. Así las cosas, esto que aquí comparto con el lector no pretende ser más que una narrativa personal de las circunstancias que llevaron al Paro Nacional y cómo PDVSA se vio involucrada. Dejaré a mentes mejor amobladas que la mía el analizar y escribir sobre el desarrollo del paro.

Para escribir esto he recurrido a fragmentos que he publicado con anterioridad, torpes sin duda, pero que sirven como apuntes que me permiten no depender enteramente de mi memoria, que casi veinte años después de esos eventos no es necesariamente la mejor referencia.

Comencemos donde dejamos la historia:

El 12 de abril, regresamos a PDVSA. Parra y su grupo habían abandonado sus puestos la noche anterior. Antes que nada, esa mañana, en el estacionamiento del edificio de La Campiña se izó la Bandera y se cantó el Himno Nacional en honor a los asesinados del día anterior. Lloramos sin ningún pudor. En mi opinión, nada justificaba la pérdida irracional de esas vidas, en medio de la locura de alguien que se imaginaba batallas épicas donde solo había ambición de bandoleros. Nuestra ingenuidad política nos  había convertido en piezas en un juego diabólico de poder del cual no conocíamos las reglas. Ya nunca seríamos los mismos.

El regreso de un Chávez muy debilitado y contrito, en la madrugada del 13 de abril, permitió creer, por unos días, que PDVSA y el país se podían recuperar. Eso, como hoy sabemos, no ocurrió; pero eso es otra historia”.

¿Paro?, ¿cuál Paro?

La crisis de inicios de 2002 dejó a PDVSA muy debilitada organizacionalmente, pero milagrosamente intacta desde el punto de vista operacional. Las contadas paralizaciones de actividades durante marzo-abril no llegaron a afectar las áreas operativas de manera significativa, quizás porque la situación política hizo crisis muy rápidamente o porque en verdad los petroleros no estaban dispuestos a tomar acciones que afectaran lo que la mayoría consideraba su proyecto de vida.

PDVSA estaba muy lejos de tener una sola visión del rol que debía tener en la Venezuela de principios de siglo, pero si algo en común tenían la mayoría de los que en ella trabajaban era un orgullo por el trabajo que hacían, orgullo que el país leía la mayoría de la veces como arrogancia distante.

A esa PDVSA post abril 2002 llegó un nuevo actor. Hugo Chávez llama a Alí Rodríguez Araque (en adelante ARA) a que venga a hacerse cargo de la presidencia de PDVSA. ARA, que había sido el primer ministro de Energía y Minas de Chávez, debe abandonar su cómoda posición de Secretario General de la OPEP en Viena y regresar a Caracas, con la aparente misión de “pacificar” a la petrolera estatal.

“Pensamos que nuestra razón era una buena razón y por tanto terminaría por ser reconocida. No supimos entender que el país enfrentaba no a un gobierno democrático, sino a una secta empeñada en el control totalitario de la sociedad”

Su nombramiento fue visto con precaución por los petroleros, pero no había razón para pensar que ello no fuera un real intento de enderezar entuertos. ARA había sido guerrillero en los años ‘60 y ‘70 del siglo XX, y fue uno de los últimos en deponer las armas durante la política de pacificación de la primera administración del presidente Caldera, pero desde entonces había sido un actor relevante en la política petrolera nacional.

En sus años en el Congreso, ARA se había ganado la reputación de ser un parlamentario fiel a su ideología de izquierda, pero abierto al compromiso. Sin embargo, era un enemigo jurado de las políticas de Apertura Petrolera y sus asesores visibles tampoco eran amigos de PDVSA. A primera vista Rodríguez Araque se percibía como un político inteligente, cuya exposición a las realidades del negocio petrolero internacional lo etiquetaba, a los ojos de los desprevenidos, como el menor de los males para la situación en la que se encontraba la empresa; hay que recordar que a esa altura ninguno de los nombrados por Chávez en sus cuatro años como presidente había sido exitoso o duradero.

En las primeras de cambio, ARA tomó decisiones que no solo se puede decir que fueron sensatas, sino que estaban dirigidas a tratar de calmar los ánimos. Los petroleros despedidos por Chávez en el infame episodio del pito, en abril del 2002, fueron reenganchados. De igual manera, Rodríguez Araque estructuró una junta directiva con la participación de profesionales extraídos de la gerencia petrolera, evadiendo nombramientos que pudieran ser considerados como de índole política, mostrando un talante de inclusión sorpresivo y bienvenido. Del otro lado de la balanza, los petroleros “bolivarianos” también permanecieron en sus puestos; recordemos que la administración de Héctor Ciavaldini había dado un sello de formalidad a la emergencia de facciones políticas dentro de una organización tradicionalmente apartidista.

En retrospectiva, uno puede concluir que en ese momento la administración de Chávez no era lo suficientemente fuerte como para tomar las represalias que cualquier otro gobierno/dueño hubiese tomado ante la indisciplina dentro la organización petrolera; y por qué no decirlo, dentro de la Fuerza Armada; después de todo, había sido la fuerza armada y no los petroleros quienes le pidieron la renuncia al entonces legítimo Presidente. El Gobierno, como el tiempo revelaría, había decidido reagruparse para batallas futuras y guardar sus represalias para luego.

En julio del 2002, el presidente Chávez nombró a Rafael Ramírez Carreño como nuevo ministro de Energía y Minas. Ramírez, un ingeniero poco conocido y de escasa experiencia, pero del entorno de confianza de ARA, pronto se transformaría en un “apparatchikcon mucho poder, pero esa es otra historia.

A lo interno de PDVSA, hay intentos por buscar la conciliación entre las facciones que habían emergido durante el accidentado proceso que condujo a los eventos de abril del 2002. Esos intentos resultaron todos fallidos, por razones que merecen un mejor análisis que el que yo pueda dar aquí, pero que tienen que ver con una diferencia ideológica básica: Los que creían en una PDVSA que respondiera a objetivos meramente empresariales, y los otros que aspiraban a que PDVSA fuese un brazo político del Gobierno, con ellos a la cabeza. También hay que recordar que, solo semanas antes, la gerencia petrolera había cuestionado los méritos para acceder a la dirección de la empresa de aquellos colegas con los que le tocaba convivir de nuevo; una tensión subterránea no resuelta, que había aumentado con los años y los cambios en la dirección de la empresa.

Simplifiquemos la historia reciente:

Luis E. Giusti: Tecnócrata, arquitecto de la Apertura Petrolera y la reforma del modelo organizacional.
Roberto Mandini: Tecnócrata, crítico de la Apertura, resistió la politización.
Héctor Ciavaldini: Activista político, promovió la politización y la formación de grupos bolivarianos dentro de la empresa.
Guaicaipuro Lameda: Militar activo, ingeniero, trató de rescatar valores organizacionales, percibido como rehén de la tecnocracia, resistió la politización.
Gastón Parra: Académico, ideólogo de izquierda, promovió el conflicto interno.
Alí Rodríguez Araque: Ideólogo y activista político, enemigo de la Apertura.

ARA comienza una estrategia de sillas musicales dentro de la dirección de PDVSA, trasladando a los que considera como los líderes naturales de la empresa a posiciones de menor influencia operativa, pero reitero, nunca haciendo lo lógico en cualquier organización: Pensionarlos o despedirlos. En paralelo, ARA retoma la estrategia de politizar, de manera no muy sutil, la empresa, y permite que las instalaciones de la empresa sean utilizadas para actividades de proselitismo político, lo que genera descontento.

En anécdota personal, me tocó acompañar a ARA, junto con otros ejecutivos, a una gira al exterior para calmar a los acreedores de PDVSA. El mensaje es que la empresa está estable y es capaz de enfrentar sus obligaciones financieras y que ARA es una garantía de estabilidad (lo sé, exceso de profesionalismo). En el medio de la gira, ARA se aburre y nos dijo: “Continúen ustedes que lo hacen muy bien, yo voy a visitar a mi hija”. Al regreso de ese viaje, ARA me llama a su oficina, y después de una largo introito, en modo párroco de iglesia andina, donde me dice, entre otras cosas, que él entiende la necesidad de mantener a PDVSA apolítica, me comunica que me debe cambiar de posición y que mi siguiente asignación es reabrir una oficina de manejo de inversionistas en el exterior; oficina que yo mismo había promovido cerrar durante la administración Lameda. Empieza así un tortuoso periplo personal donde busco hacer algo útil de lo que entiendo como ostracismo empresarial. No sería así, los eventos nos avasallarían, tanto a él como a mí.

Los días llevan a las semanas y estas a los meses. Dentro y fuera de PDVSA las tensiones no han dejado de escalar. Las investigaciones sobre los sucesos de abril no conducen a ninguna parte. Las sesiones de la Asamblea Nacional para aclarar los hechos son un mal circo, que lejos de esclarecer los hechos e identificar a los responsables, enrarecen más el ambiente. El Tribunal Supremo de Justicia sentencia que no hubo golpe de Estado sino Vacío de Poder. En la política, los partidos tradicionales empezaron a dar paso a nuevas organizaciones y la sociedad civil se torna más vocal ante una situación que se deteriora.

Ya pasado unos meses desde abril, el país se empieza a recalentar. Fedecámaras, ahora presidida por Carlos Fernández, en ausencia de Pedro Carmona quien se exilió en Colombia, y la CTV, presidida por Carlos Ortega, continúan en abierta oposición a la administración del presidente Chávez y su política económica. En la Fuerza Armada también hay descontento, para muestra la toma de la Plaza Altamira por oficiales desafectos. También se empezaron a organizar paros empresariales escalonados como medida de protesta, a los cuales se empezaban a sumar algunos empleados de la petrolera, que sienten una responsabilidad personal. En fin, eventos que evidenciaban la inestabilidad políticay social del país.

A todas estas, dentro de PDVSA, los trabajadores vivían su propio desconcierto, producto de las tensiones no resueltas: Persecuciones internas a manos de la Gerencia de Protección y Control de Pérdidas, bajo la mirada indiferente, o quizás la anuencia de ARA. Durante los meses que desembocaron en el Paro Nacional, el personal de PDVSA, en su mayoría renuente por principio a involucrarse, comenzó a ser objeto de fuertes presiones desde diferentes sectores políticos, empresariales y sociales,  para que se incorporaran a la lucha política. El argumento simplificado era: Nosotros los apoyamos en su lucha en abril por la meritocracia, ahora ustedes deben sumarse a la lucha contra el Gobierno. Recuerdo claramente las acusaciones de cobardía e indiferencia que tenían como blanco a los trabajadores petroleros; importante recordar que se había convertido en creencia popular que los petroleros habían tumbado a Chávez en abril, cuando la verdad era (y es) que solo los militares tumban gobiernos.

En la mentalidad del petrolero promedio, una cosa era luchar por la integridad de la empresa y otra convertirse en actores políticos, de ahí su renuencia; ingenuo, lo acepto, pero era así.

Llegado noviembre, la situación en el país estaba en punto de ebullición, tiempo después muchos analistas han postulado que el Gobierno, más preparado para enfrentar una nueva crisis, promovía una nueva rebelión. Yo pienso que eso es darles demasiado mérito estratégico, pero no lo descarto.

Todavía puedo recordar con nitidez la reunión entre Alí Rodríguez Araque con todo el grupo de alta gerencia de la petrolera estatal, tanto de Caracas como del resto de las zonas operativas, realizada a finales de noviembre de 2002 en el auditorio del CIED (la universidad corporativa de PDVSA), en la Urbanización La Tahona en el este de Caracas. La reunión tenía como objetivo discutir las estrategias para enfrentar las crecientes amenazas de paro que se escuchaban dentro de la organización en respuesta a los llamados que ya he descrito.

La situación que se enfrentaba era única, por no decir anómala. La industria tenía planes de contingencia para enfrentar paros laborales, pero esos planes dependían de que el personal conocido como nómina mayor (empleados, técnicos y gerentes) reemplazara al personal obrero en las operaciones, y en todo caso por un período corto y de manera localizada. No había planes para enfrentar un paro general, sobre todo si una gran proporción de todas las nóminas decidía apoyar ese paro y este se extendía en el tiempo. ¡Los profesionales no hacían huelga!

Los más de 50 ejecutivos fueron tomando la palabra, uno a uno. Comunicaron la situación del área a su cargo y describieron en detalle los planes de contingencias diseñados y su probabilidad de éxito. Recuerdo con claridad como los gerentes operacionales describían con disciplina y prolijo detalle, como se estaban asegurando de que no faltara gasolina y gas natural en el mercado nacional, que se pensaba era el talón de Aquiles del Gobierno. Muchos lectores se sorprenderán de esto, ya que no se acomoda a la imagen que el chavismo ha tratado de vender: Una gerencia petrolera conspiradora y saboteadora; sin embargo, es un hecho cierto.

Eso no quiere decir que no hubiese sectores dentro de la petrolera nacional que estuviesen dispuestos a jugarse su pellejo individual para evitar que Venezuela fuese conducida por el camino de destrucción, que ya se presentía que PDVSA sería la primera víctima -pero eso lo deben narrar otros-.

En mi memoria muy personal, la reunión del CIED es uno de esos hitos en el camino que definen mucho de lo que después ocurrió. Se hizo patente entonces, como se hizo obvio en las semanas que siguieron, que ARA no tenía ninguna intención de buscarle solución a las situaciones que su cuerpo gerencial le describía en detalle, y que habían acentuado la crisis en la guardia del guerrillero vestido de petrolero: La promoción de una gerencia política paralela, el acoso de parte de los cuerpos de seguridad internos y externos, la falta de decisiones para mediar en la anarquía institucional, etc.

Para ampliar esta narrativa, la reunión fue interrumpida por la comparecencia de un grupo representativo de los trabajadores petroleros, liderados entre otros por Horacio Medina y Juan Fernández, quienes le presentaron a ARA una propuesta para bajarle la temperatura a la situación; también fueron ignorados.

La confrontación, y con ella la destrucción de la institución, parecían serle indiferentes a Rodríguez Araque. La máscara de estadista que por algunos años le había presentado al país, se caía estruendosamente, mostrando la cara del Comandante Fausto -su alias en tiempos de la guerrilla-. En retrospectiva, era ingenuo esperar que el comportamiento de ARA fuera diferente. En un artículo publicado en el diario El Nacional, en el 2009, “El Cero Como Meta”, la periodista Milagros Socorro, hizo una disección brillante de este personaje y su particular estructura emocional.

El 2 de diciembre del 2002, Fedecámaras convocó a un Paro Nacional, con una duración inicial de 24 horas, pero que se fue extendiendo día a día hasta convertirse en una huelga indefinida. El objetivo declarado del paro era la renuncia de Chávez a la presidencia. Los empleados de PDVSA se plegaron de manera eventual, pero como muchos otros sectores se ven arrastrados al conflicto por los eventos que se fueron sucediendo.

La dirección profesional de la empresa trata de mediar entre los empleados y el Gobierno, pero son esfuerzos infructuosos. Las gerencias operativas pusieron en efecto los planes de contingencia en un intento de contener el efecto en las operaciones del descontento de su fuerza laboral, que se empezaba a sumar al Paro Cívico. El 5 de diciembre, el buque tanquero Pilín León se declaró en rebeldía y se fondeó en la Barra del Lago de Maracaibo, bloqueando la navegación y por lo tanto la exportación de crudo desde esa región.

Durante la primera semana del Paro Cívico, ARA, por diseño o por ignorancia, desarticuló la organización que decía querer estabilizar, sustituyendo a los gerentes operacionales más importantes, quienes se mantenían en sus puestos de trabajo, introduciendo nuevos elementos de discordia en una ya candente situación, reviviendo las condiciones y las personalidades que habían llevado a la crisis de abril de 2002.

“Hoy, después de años de dilapidar el ingreso petrolero, sin talento técnico ni gerencial, colapsada y en ruinas, PDVSA no es más que un vago recuerdo de lo que fue”

A lo largo de los siguientes días, y de una manera sistemática, la presidencia de la corporación estatal fue suspendiendo todo el liderazgo natural de la empresa, eliminado toda posibilidad de que ese liderazgo contribuyera, como creo estaba dispuesto a hacerlo, a amortiguar una situación operacionaly organizacional que amenazaba con desbordarse.

De esta manera, y sin olvidar las llamadas de la oposición política, los hechos de Altamira, el paro de la flota petrolera y otros factores externos, PDVSA tomó un curso de acción que resultaría catastrófico. A estas acciones siguieron la toma militar de las instalaciones, la creación de listas negras de personal y el llamado a la “toma popular”, hicieron casi imposible el acceso a las instalaciones del personal necesario para mantener las operaciones en los niveles de contingencia que la gerencia profesional había aplicado para afrontar la crisis detrás de cada iniciativa para mediar en la crisis, seguía una acción violenta del Gobierno que incendiaba de nuevo los ánimos.

Los medios, de parte y parte, en una suerte de competencia por audiencia, exacerbaban los ánimos todas las noches, en sendas emisiones. El discurso oficial, era que no había paro, y que el problema estaba concentrado en un reducido grupo de gerentes de PDVSA, minimizando la crisis mientras que la oposición transmitía un frágil triunfalismo.

Los despidos masivos que marcaron la segunda mitad de la crisis petrolera a principios de 2003, lejos de conducir a una solución, no sirvieron sino para “calentar” aún más la situación y mantener el paro incluso más militante. El paro era ahora acerca de los despidos, la estrategia de destrucción tomaba su inevitable curso.

Por cualquier estándar gerencial y de liderazgo, la administración de ARA y sus adláteres no puede eximir de su responsabilidad de la destrucción de la organización que pretendía liderar.

La historia mostrará que, lejos de tomar medidas reales de entendimiento y negociación, destinadas a salvaguardar la empresa petrolera de la diatriba política, el chavismo aprovechó la ocasión para lograr su verdadero objetivo: La purga de la industria por motivos ideológicos y su sumisión a un proyecto político sectario. Cerca de 20.000 personas fueron despedidas por su supuesta participación en el paro. Su persecución ulterior, que todavía continua, llevó a muchos a emigrar, la primera ola de lo que hoy es una gran marea.

El Paro Cívico finalmente languideció, y ya para finales de enero del 2003 los empresarios y comerciantes, que habían pagado un alto precio, empezaron a volver a sus actividades. La recolección de firmas para convocar un referendo revocatorio marcó el final infeliz del paro. El costo político y económico del  revocatorio tuvo consecuencias de largo plazo en la vida política y económica del país, consecuencias que todavía estamos viviendo. El gobierno chavista fue exitoso en transmutar la narrativa: De Paro Cívico en Paro Petrolero y luego en Sabotaje Petrolero. Los verdaderos responsables políticos del Paro, chavistas y de oposición, se han camuflado detrás de esa narrativa perversa y mentirosa.

Ya sabemos qué ocurrió luego con la PDVSA purgada: Navegó, junto con el país, en la cresta de una bonanza petrolera inesperada que escondió la minusvalía en la que había quedado la empresa; bonanza que le permitió a Chávez y Ramírez creerse su propio cuento de que el conocimiento y la honradez no eran atributos necesarios para gestionarla. Hoy, después de años de dilapidar el ingreso petrolero, sin talento técnico ni gerencial, colapsada y en ruinas, PDVSA no es más que un vago recuerdo de lo que fue.

En una muestra de ingenuidad política sin precedentes, pensamos que expresar nuestras opiniones y actuar como ciudadanos era un derecho al cual se podía acceder sin costo alguno. Pensamos que nuestra razón era una buena  razón y por tanto terminaría por ser reconocida. No supimos entender que el país enfrentaba, no a un gobierno democrático, sino a una secta empeñada en el control totalitario de la sociedad.

Los petroleros pagaron un precio muy alto. Venezuela y los venezolanos todavía lo siguen pagando.

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