EN LA ALDEA

22 febrero 2024

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Ser “socialmente” democrático

Pierre Rosanvallon, filósofo político francés distingue “la democracia” en dos sentidos: Como régimen político y manera de convivencia social. Sobre la primera desarrolla su teoría de “la democracia exigente”, largamente estudiada por politólogos a nivel mundial.

“La democracia es régimen político, forma de gobernar, actividad ciudadana y forma de sociedad; y es plural en cada una de sus dimensiones”.

Quiero referirme a la segunda acepción, la democracia como actividad ciudadana y forma de sociedad; y basar mis observaciones y reflexiones sobre la frase final “y es plural en cada una de sus dimensiones”. 

Plural significa múltiple, variado. Es un adjetivo que se emplea para referirse a aquello que presenta más de un aspecto o faceta, que se compone con más de un elemento, que presenta varias tendencias o varias características a la vez. ¿Es la sociedad venezolana una sociedad democrática?, ¿las actividades ciudadanas desarrolladas son plurales?, ¿la pluralidad es una exigencia sólo en el ejercicio de la ciudadanía política?

La extrema polarización política que ha vivido la sociedad venezolana ha penetrado todas las dimensiones de la vida social, generando un círculo vicioso que nos aleja de la convivencia democrática que decimos anhelar; y contradicciones entre las aspiraciones declaradas y las narrativas de gran parte de las organizaciones de la sociedad civil.

Si los partidos políticos, los sindicatos, las universidades, los gremios profesionales, las organizaciones culturales, sociales y comunitarias exigen democracia y ellas mismas no lo son, ¿no estaremos reproduciendo el sistema?

“El interés partidista prevalece sobre la vocación cívica, la interpretación de la realidad aparece bajo el velo de la ideología política”

Soy profesora de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y como miembro de la comunidad universitaria he observado, en las últimas décadas, la poca pluralidad en casi todos los órganos de gobierno, en el movimiento profesoral, estudiantil y en las aulas (con honrosas excepciones).

Soy miembro de organizaciones culturales, religiosas, comunitarias, civiles, cuya vocación, en principio pertenece al “mundo de la vida” (Jüngen Habermas) y en ellas también observo poca tolerancia y mucha singularidad. En las redes sociales, el asunto es peor. Es el imperio de la descalificación.

“El mundo de la vida es el lugar trascendental en que hablante y oyente se salen al encuentro; en que pueden plantearse recíprocamente la pretensión de que sus emisiones concuerdan con el mundo (con el mundo objetivo, con el mundo subjetivo y con el mundo social); y en que pueden criticar y exhibir los fundamentos de esas pretensiones de validez, resolver sus disentimientos y llegar a un acuerdo”, dice Jüngen Habermas.

No deja de ser asombroso que al interior de las organizaciones cívicas reproduzcamos las dimensiones que criticamos en la actuación y desempeño político del régimen de gobierno. Estamos reproduciendo (quizás sin estar conscientes de ello) el sistema social y generando dos efectos perversos: Contradicciones en las narrativas referidas a las aspiraciones y las actuaciones. Los artistas o escritores son juzgados o reconocidos según sus vínculos, no por sus méritos. Los Consejos Comunales se gestionan por lealtad partidista. Las agrupaciones sociales de género, de defensa del ambiente en otrora plurales ahora también se asocian según la tendencia política. El interés partidista prevalece sobre la vocación cívica, la interpretación de la realidad aparece bajo el velo de la ideología política.

¿Por dónde comenzar a restituir el tejido social completamente destruido, restablecer los vínculos de confianza, la capacidad de diálogo y la pluralidad en la convivencia democrática?

Observemos cuán plurales son las organizaciones donde participamos, cuán coherentes en sus narrativas y actuaciones. Un buen punto por donde comenzar.  

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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