En la aldea
20 mayo 2024

El ocaso del legado chavista

Los resultados de las encuestas, moderados por el ejercicio embrutecedor de la censura, se comentan mucho menos ahora que hace unos años, pero con toda seguridad son leídos por el Gobierno y el Alto Mando Militar. El descrédito popular de Maduro es el mismo que ostenta todo el Estado bolivariano. Unos niveles de rechazo que, vistos en bloque, no se habían registrado en el país en más de 60 años.

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Alonso Moleiro | 05 marzo 2021

Aunque su entronización en el poder luce de momento inobjetable, la erosión del arraigo popular del chavomadurismo es una realidad consolidada en Venezuela desde hace al menos unos seis años.

Esta es una circunstancia que se da por descontada en algunos círculos informativos y políticos, sobre la cual, probablemente por la misma causa, se habla ahora mucho menos que otros momentos del tiempo político nacional reciente y lejano. Es uno de esos supuestos que, al naturalizarse, se mimetiza con la realidad.

El descrédito de la democracia puntofijista, por ejemplo, o el fenómeno de masas que encarnó Hugo Chávez en la primera década de este siglo, habían sido glosados, ponderados y comentados desde todos los puntos de vista posibles con harta superioridad en otros estados de la opinión pública vividos en el país.

Ahora, sin embargo, aunque el deseo de cambio de gobierno y de sistema político integra una consolidada y holgada mayoría social en Venezuela, -muy superior como tendencia a la crisis de la Democracia o la popularidad inicial de Chávez-, este tiene serios problemas de asentarse como una certeza y para traducirse en resultados duraderos en virtud del complot institucional orquestado. La dificultad que anotamos inhibe claramente algunos de los elementos más elocuentes de la crisis nacional y del debate actual de la opinión pública.

“La desconfianza y el disgusto popular hacia Maduro, basculando en torno al 80% de la población, se extiende con perfecta simetría hacia los confines del Estado chavista”

Todavía es común que ciertos analistas políticos y periodistas interpreten los momentos de esplendor electoral de la Oposición como una suerte de circunstancia transitoria, como un préstamo que le hace el electorado más para castigar al Gobierno que para asumir una nueva identidad política. Un capital cedido de modo temporal, en suma, por unas masas que, en el fondo, siguen teniendo un pacto oculto con el chavomadurismo dentro de sus entrañas.

En Venezuela se ha venido extendiendo un vicio interpretativo consecuencia de la propia distorsión que produce la hegemonía actual: Esta según la cual el torbellino chavista es una realidad inevitable, con sesgo crónico, que acaso hoy estará dormida pero que puede regresar por sus fueros cuando el viento sople en otra dirección. Los aciertos chavistas son propios. Los aciertos opositores no son tales; son consecuencia de los errores del chavismo.

Ganando, incluso divididos

Me cuento entre quienes piensan que, contrariamente a lo que se afirma,  parte importante de los grandes valores del chavismo han prescrito irremediablemente dentro de la psique del venezolano promedio. Incluso aunque sea cierto que Chávez sigue y seguirá siendo recordado con simpatías en algunos reductos de la pobreza extrema y la provincia.

El sufragio asistido, los operativos logísticos para acarrear votantes, las presiones y el chantaje en torno a los programas sociales, los puntos rojos, la actitud parcializada de los militares, la descomunal abstención de las últimas citas electorales y la propia sangría de la diáspora lo único que hacen es reforzar esta apreciación.

De poder votar con entera libertad y en ánimo festivo, como se votaba antes, como se votó en la primera victoria de Hugo Chávez, como hace mucho tiempo no se vota en Venezuela, sin la presión de colectivos armados y sin temer por las consecuencias, la Oposición venezolana hasta habría podido presentarse rebanada en cuatro tendencias, y cualquiera de ellas habría derrotado a Maduro sin el menor inconveniente. Hace muchísimo tiempo que en Venezuela no se vota sin temer alguna consecuencia.

El poder comunal, el “movimiento popular”, los comités de salud, las bases de misiones, los comités de tierra, Fidel Castro, el imaginario indígena, los mercalitos: todo eso se ha convertido en sal y agua. El instinto popular interpreta correctamente que deben existir empresarios, y que estos no deben ser expropiados. El vocablo “socialismo” perdió el anclaje. El liderazgo popular oficialista brilla por su ausencia. Hay un diagnóstico crítico sembrado sobre los resultados de las estatizaciones. 

El declive y expectativas que en este momento gravita sobre la dirigencia opositora actual, en lugar de ser una muestra de impericia, es precisamente la consecuencia de obrar políticamente en el marco de una dictadura que ha sido derrotada pero no vencida. Roto el pacto institucional republicano como una obligación pública, la Oposición venezolana está obligada a convencer a la población de otorgarle credenciales a sus propios verdugos para llegar al poder en paz.

Los liderazgos más conocidos de la Oposición venezolana no tienen instituciones sobre las cuales apoyarse para traducir en realidad política sagrada un mandato popular a partir de la concepción de una estrategia política, como sucedía antes en Venezuela, como sucedió cuando el chavismo era popular y como sucede en casi todos lados. El chavismo los odia y hace escarnio de ellos porque les teme.

El descrédito de las instituciones del chavismo

El ocaso popular del chavismo, consecuencia de la incapacidad administrativa de sus mediocres funcionarios y del naufragio económico del país, va mucho más allá de la propia realidad de Nicolás Maduro en Miraflores. 

Es una circunstancia que toca todas las instancias del Estado venezolano, hoy colonizadas de forma unidimensional, y que recoge con amplia suficiencia todos los estudios demoscópicos y de opinión existentes. Los resultados de las encuestas, moderados por el ejercicio embrutecedor de la censura, se comentan mucho menos ahora que hace unos años, pero con toda seguridad son leídos por el Gobierno y el Alto Mando Militar.

“Hace muchísimo tiempo que en Venezuela no se vota sin temer alguna consecuencia”

En un gobierno libre, los resultados de una encuesta suelen desprender llamados de atención con carácter vinculante. En una dictadura como la de Nicolás Maduro, pasan a ser letra muerta.

La desconfianza y el disgusto popular hacia Maduro, basculando en torno al 80% de la población, se extiende con perfecta simetría hacia los confines del Estado chavista: Con iguales cifras de rechazo, o peores, es visto el Tribunal Supremo de Justicia, la Fiscalía y la Defensoría; el PSUV y todos sus dirigentes conocidos al remolque, y las propias Fuerzas Armadas.

La mayoría de la población no cree en los resultados electorales, siente que estas instancias trabajan en función de Miraflores y tiene un fundamentado pesimismo hacia la institución del voto. A diferencia de lo que ocurría con Chávez, buena parte de la sociedad siente que vivimos en una dictadura. No existen líderes emergentes en el chavismo capaces de reconectar con el país. Nada es capaz de detener el deterioro público. Poca gente cree en abstracciones como “la guerra económica” o “el bloqueo imperial”.

Son unos niveles de desagrado consolidados y netos no vistos desde hace muchísimo tiempo en Venezuela. Su expresión viva más acabada lo constituye la dimensión de la diáspora ciudadana actual.

Los matices de la Democracia

En los años de la crisis terminal de la Democracia venezolana, por ejemplo, los partidos y algunos personajes de la política llegaron a ser particularmente impopulares. La democracia no era rebatida en los años ‘90 como concepto y como sistema, pero ya estaba asentada entonces una tremenda molestia con el ensayo que estaba entonces sobre el terreno.

“En los años ‘90 había irritación hacia ‘los políticos’, pero todo el mundo estaba consustanciado con los valores liberales sembrados el 23 de enero de 1958”

Sin embargo, los retos inherentes al pluralismo, el carácter autónomo de cada poder público, el uso de la política para cerrar acuerdos institucionales, el comportamiento inobjetable de los militares y la existencia de una certeza compartida en torno al ideal democrático, hacían posible que aquel malestar tuviera matices muy claros que contrastan con la situación actual. En los años ‘90 había irritación hacia “los políticos”, pero todo el mundo estaba consustanciado con los valores liberales sembrados el 23 de enero de 1958.

En los años del Puntofijismo las Fuerzas Armadas siempre fueron respetadas y apreciadas como un pilar de las libertades públicas. Sus niveles de aceptación y confianza eran incomparablemente superiores a los actuales. El sector castrense, junto a los medios de comunicación y la Iglesia, conformaban entonces la piedra angular de la certeza de la vida venezolana.

La contraloría pública era entonces una virtud muy respetada: muchos diputados sostuvieron feroces debates en el Congreso de la República y se ganaron el aprecio público con la institución de la denuncia. Puede afirmarse lo mismo de los periodistas y medios de comunicación. Ramón Escovar Salom, Fiscal General en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, y Eduardo Roche Lander, Contralor del segundo de Caldera, por nombrar dos de los últimos, fueron vistos en líneas generales con simpatías y aprecio.

En aquel mecanismo de promoción natural de candidaturas a través del logro y el acierto fue posible tener alcaldes y gobernadores que construyeran realidades políticas propias, desgajadas de Caracas, y que la gente castigara o premiara gestiones de gobierno calibrando algo más que el compromiso ciego o la dádiva oficial.

Habrá quienes piensen que tal circunstancia es irrelevante, apenas testimonial, porque el chavismo ejerce cómodamente el poder, y que, por encima de todas estas salvedades, nada le impide hacer lo que quiera con él.

Se equivocan: aunque no se haya logrado restaurar la legalidad, el ocaso político y popular del chavismo tiene que ser visto como un logro y un prerrequisito fundamental para que el país logre librarse definitivamente de su tóxico influjo.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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