En la aldea
24 mayo 2024

La impotencia de estar lejos

Dependiendo del tiempo que tenemos fuera, nos es más o menos difícil imaginar lo que nos cuentan. Las deficiencias en los servicios públicos incluyendo la peregrinación, sobre todo en el interior del país, para surtir gasolina son solo el marco de las calamidades que sufren los venezolanos que viven en Venezuela, todo ello hoy exacerbado por la pandemia. Pero ante la cantidad de obstáculos y limitaciones, hay miles de venezolanos honestos que insisten en continuar aportando, resistiendo, que han encontrando razones para quedarse, trabajando duro, creando. Son el alivio a la impotencia de los que estamos lejos, le dan sentido a la esperanza porque no se han rendido.

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Mari Montes | 23 marzo 2021

-¿Sabes si hay heridos en el túnel de El Paraíso? Me escribió Armando desde ahí, que había un tiroteo, y ahora no me contesta, no me lee.

Ese mensaje me llegó el viernes en la tarde, cuando comenzaba la situación que ya todos conocemos, y que terminó con el lamentable saldo de la muerte de Daisy Rivas, alcanzada por una bala perdida, en su casa en la Urbanización El Paraíso.

No había estado en Twitter y no tenía idea de lo que me estaba preguntando mi amigo. Consulté en un grupo de WhatsApp de periodistas, y fue como supe que se trataba de otro episodio de violencia, protagonizado por la banda de un tristemente célebre delincuente que tiene azotadas a las comunidades de la Cota 905 y zonas aledañas.

Le respondí lo que me informaron mis compañeros que están en Caracas y sabían lo que estaba sucediendo.

Al rato me volvió a escribir, para decirme que ya su hijo estaba en casa, sano y salvo, con los nervios de haber estado atrapado en el túnel y todo lo que ello implicó, pero tranquilo y dando “gracias a Dios porque no le pasó nada”.

Así vivimos los venezolanos, dentro y fuera de Venezuela, dando gracias: a Dios, al Universo, a lo que sea, porque lo que sufrimos no es peor.

“Es angustiante estar en un grupo donde un día sí y otro también, alguien pregunta en qué otro lugar se fue la luz o hubo un bajón”

Quienes viven allá, padecen en carne propia las calamidades ocasionadas por la corrupción e ineficiencia del régimen; y quienes estamos afuera, sufrimos la impotencia por no poder hacer nada, más allá de apoyar con lo que podemos, que nunca es suficiente, y no se trata solo de dinero.

Quienes tenemos familia en Venezuela, sabemos que los servicios públicos son cada vez más deficientes. Muchas veces al día nos cuentan que hubo un bajón de electricidad o se les fue la luz; que pueden pasar semanas y hasta meses sin recibir agua por las tuberías; que la conexión a Internet es inestable, y por horas o por días no tienen señal para comunicarse. Adicionalmente, surtir gasolina puede convertirse en una larga travesía de horas.

Venezuela no tiene buen lejos.

Los comunicadores desde Caracas y todos los estados, hacen sus mejores esfuerzos por informar, y es así como sabemos de las necesidades y fallas en el sistema de transporte público en cada rincón; los problemas en la recolección de basura; lo deficiente del servicio de energía eléctrica y la distribución de gas doméstico; el incremento de la inseguridad; la agotadora escasez de medicinas; el alto costo de la comida, productos de limpieza, artículos de tocador, repuestos para automóviles, servicios de reparación y gastos médicos. Los abusos policiales en las alcabalas que improvisan en cualquier calle o avenida, para “matraquear”, el aumento de la pobreza que se manifiesta en más niños en situación de calle, adultos indigentes y la desnutrición que es notable en tantos trabajadores, tan delgados, luciendo la ropa que alguna vez les quedó bien.

La lista de las vicisitudes es larga, aquí solo está lo que más resalta entre tanto infortunio.

“Indigna ver el contraste entre lo que nos cuentan nuestros amigos y familiares, y la vida que llevan los que forman parte de la Nomenclatura del régimen y su entorno”

Todos los días vemos peticiones para fondos de ayuda para alguien que necesita pagar tratamientos o está hospitalizado y no tiene para afrontar las cuentas. Es altísimo el número de solicitudes de ayuda, desespera no poder apoyarlos a todos, y es desolador enterarse de que algunos no pudieron sobrevivir.

Mientras a los venezolanos que viven en Venezuela les toca enfrentarse a esa retahíla de problemas, resistir y superarlos, a quienes vivimos afuera nos toca sufrir la impotencia, que es un sentimiento doloroso, porque no podemos hacer más nada que una transferencia, en el mejor de los casos, o conformarnos con una palabra de apoyo, que a veces termina perdiendo el sentido.

Es angustiante estar en un grupo donde un día sí y otro también, alguien pregunta en qué otro lugar se fue la luz o hubo un bajón, y enseguida vienen los recuerdos del apagón nacional de 2019 y todos los traumas que esos días oscuros dejaron en tanta gente.

Leemos los esfuerzos que hacen quienes tienen hijos en edad escolar para que sigan aprendiendo. Sabemos de la miseria de los salarios de los maestros y profesores, y como aún así se las ingenian para continuar educando, porque tienen vocación y no se rinden. Conocemos la situación del sector salud, de sus profesionales y obreros, trabajando para sanar y salvar vidas, prácticamente sin recursos, con los riesgos que implican estar en la primera línea en medio de una pandemia, con una dotación muy precaria para dar una atención adecuada, y además sin estar vacunados.

Dependiendo del tiempo que tenemos fuera, nos es más o menos difícil imaginar lo que nos cuentan. Entendemos algunas cosas, porque no tenemos tantos años afuera, pero la verdad es que no podemos ni siquiera sospechar lo que están pasando quienes están allá.

Todos los ciudadanos del mundo tenemos un año encerrados, preocupados por la incertidumbre, por las dudas propias de una crisis global cuyas consecuencias aún no hemos terminado de ver. A tanto, los venezolanos debemos sumar el hecho de no saber la verdad de lo que ocurre. La irresponsabilidad con la que las “autoridades” han asumido la pandemia está registrada en los archivos de los canales oficiales. Hablaron de “gotas milagrosas”, dijeron que a estas alturas habría millones vacunados, Jorge Rodríguez aseguró que había capacidad de 27 mil camas, de ese tamaño han sido las mentiras.

Lo único que tenemos por cierto en este momento, es que desde el poder se está ocultando información y que la gravedad de la situación sólo puede estimarse por la cantidad de personas conocidas que han fallecido como consecuencia de la Covid-19, están o estuvieron enfermas, además de los reportes de los amigos y familiares médicos, quienes nos informan que los casos han aumentado a niveles alarmantes, y que los hospitales y clínicas no se dan abasto.

“Vacunaron contra la Covid-19 a los militares, diputados, amigos y amiguitas, mientras atribuyen el origen de la hecatombe a las sanciones”

No es posible describir el miedo porque otra persona querida pueda enfermarse. Tener familia y afectos con más de 65 años es una angustia sostenida. No hay cómo explicar el dolor de no poder acompañar a la familia y amigos que han perdido a un ser querido. Desespera perder conexión con los nuestros por días, por las fallas de conectividad. Ingredientes en el coctel que bebemos a diario los que estamos lejos de casa.

Indigna ver el contraste entre lo que nos cuentan nuestros amigos y familiares, y la vida que llevan los que forman parte de la Nomenclatura del régimen y su entorno, derrochando lujos, restregándonos los privilegios que disfrutan. Mostrando sus comilonas y corona fiestas. Vacunaron contra la Covid-19 a los militares, diputados, amigos y amiguitas, mientras atribuyen el origen de la hecatombe a las sanciones, un discurso repetido y desgastado.

Hay evidencias suficientes de que la crisis comenzó muchos años antes de la decisión de Estados Unidos y la Unión Europea, de castigar a los responsables de la corrupción que desembocó en la calamidad que se vive en nuestro país.

Pero existe la esperanza, eso no es cuento. La esperanza es comprobar, cada día, como por encima de la cantidad de obstáculos y limitaciones, hay miles de venezolanos  honestos que insisten en continuar aportando, resistiendo, sin otro alarde que seguir viviendo y encontrando razones para quedarse, trabajando duro, creando, inventando, y decididos a ser felices.

Son el alivio a nuestra impotencia, y están allá, y no se han rendido.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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