En la aldea
18 mayo 2024

Nuestra difícil cuesta histórica

Muchos venezolanos rememoran la etapa democrática entre 1958 y 1998 como un período superior en todo sentido a este que vivimos actualmente. Pocos pueden dudar hoy que a partir de entonces y hasta 1999 hubo una etapa de progreso ascendente, al punto que en todo ese tiempo surgió una pujante clase media, como pocas en el Continente. En los últimos años el país ha retrocedido al menos un siglo, arruinado como nunca, con más pobreza, miseria, hambre, inseguridad, inflación descontrolada y corrupción sin precedentes. ¿Habrá quien dude que aquel pasado reciente -con todos sus problemas, desde luego- fue mejor que este presente trágico?

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En muchos de quienes vivieron total o parcialmente la larga época de la República Civil, entre 1959 y 1998, hay una evidente nostalgia por esos tiempos relativamente cercanos.

Y es natural que así sea al compararlos con estos años terribles que ha padecido Venezuela, luego de que el chavismo arribara al poder en 1999. Pero en otros que no conocieron aquella época hay también una gran frustración por la destrucción del país a manos del chavo-madurismo. Eso es lo que explica que miles de jóvenes libraran una gran batalla contra el régimen hace pocos años y ofrendaran más de un centenar de vidas en las calles. Y explica también, por desgracia, que millones de ellos sigan abandonando el país, buscando un mejor destino, ese que obviamente aquí no conseguirán mientras exista el presente régimen.

La historia, como bien se sabe, no es lineal. No es tampoco un proceso ascendente hacia la perfectibilidad. Debería ser, sin embargo, un proceso que permitiera al género humano alcanzar las metas más altas en cuanto a desarrollo y bienestar, “la marea de conciencia”, de que habló Teilhard de Chardin. Cierto es que de alguna manera esa aspiración ha venido alcanzándose, sobre todo en cuanto a tecnología, calidad de vida y conocimiento humano. Pero se trata de logros parciales, limitados a algunos sectores, mientras otros siguen hundidos en la miseria y la ignorancia. No deja de resultar contradictorio que al mismo tiempo que avanza la carrera espacial, aquí en la tierra sigamos padeciendo hambrunas, guerras, enfermedades, desigualdades y tiranías violadoras de los Derechos Humanos.

En el caso venezolano, su historia es un recorrido de marchas y contramarchas, de avances y retrocesos, tratando de remontar una difícil cuesta por un camino tortuoso. Hemos tenido épocas luminosas y épocas de oscuridad. Ahora mismo, muchos venezolanos rememoran la etapa democrática entre 1958 y 1998 como un período superior en todo sentido a este que vivimos actualmente, bajo el chavo-madurismo.

¿Significa esto que todo pasado fue mejor? Dependiendo de las circunstancias y de los ciclos históricos se podría responder esta interrogante. Quien analice la historia venezolana desde sus inicios conseguirá respuestas dispares. Desde luego que se trata de una especulación atrevida y hasta arbitraria esta de contrastar épocas idas con las actuales. Porque cada era histórica tiene sus características propias, aquí y en todas partes, que son irrepetibles, tanto en su contexto general como en sus actores y circunstancias

Así, por ejemplo, las teorías cuasi paradisíacas sobre la etapa indígena en nuestro Continente sostienen que la misma fue mejor que lo que vino luego. Se basan en la teoría del “buen salvaje”, según la cual nuestros aborígenes eran una raza buena y pacífica, a la cual malearon luego los invasores coloniales. Tal vez tengan algo de razón. Sin embargo, hubo también -antes y entonces- guerras tribales violentas. Baste mencionar los casos más conocidos en lo que hoy es México, por ejemplo, donde unas tribus aniquilaban a otras y las sometían cruelmente.

La conquista y colonización española constituyeron luego una larga etapa de imposición de una cultura extraña sobre la autóctona, con sus consecuencias nefastas: La esclavitud y la explotación de los pobladores originarios. Ya se sabe que después surgieron las tesis de las leyendas “dorada” y “negra”, binarias y extremistas, según la cual la conquista y la colonización fueron etapas de luminosidad para unos y de oscuridad para otros.

Hoy está fuera de toda discusión que la posterior Guerra de Independencia acabó con la paz preexistente y liquidó la economía de la región. En nuestro caso, entre 1830 y 1859, los esfuerzos por consolidar la República de Venezuela fueron auspiciosos. Y cuando se estaban recuperando la hacienda pública y la tranquilidad social explotó la llamada Guerra Federal, que acabó con los nacientes logros. Sin duda, los años inmediatamente anteriores habían sido mejores.

“Quienes vivieron total o parcialmente la larga época de la ‘República Civil’, entre 1959 y 1998, hay una evidente nostalgia por esos tiempos relativamente cercanos”

Vino luego la autocracia de Antonio Guzmán Blanco y sus sucesores políticos, calificada por la casi totalidad de los historiadores como una etapa de orden y progreso, aunque restringidos fundamentalmente al centro del país y especialmente en Caracas. Posteriormente, advino la de los militares tachirenses en el poder, entre 1899 y 1945, primero con los generales Juan Vicente Gómez y Cipriano Castro, y luego con los también generales Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita. Esta última etapa significó un avance importante en todo sentido.

Con la denominada Revolución de Octubre que en 1945 derrocó a Medina Angarita se inició un sostenido proceso de ascenso económico y social que duró hasta finales del siglo XX. Se proyectaron grandes obras públicas y se inició una etapa de modernización del país. En 1946 fue elegida una Asamblea Constituyente que dictó la primera Constitución democrática, y en 1947 fue electo el escritor Rómulo Gallegos como el primer presidente escogido en comicios directos, universales y secretos. Y aunque será derrocado por las Fuerzas Armadas a los nueve meses de haber tomado posesión, serán esos militares quienes ejecuten algunas de aquellas grandes obras, muchas de las cuales fueron continuadas por los gobiernos democráticos surgidos tras la caída de la dictadura perezjimenista.

Pocos pueden dudar hoy que a partir de entonces y hasta 1999 hubo una etapa de progreso ascendente, al punto que en todo ese tiempo surgió una pujante clase media, como pocas en el Continente. Y si bien es cierto que durante la llamada Década Militar (1948-1958) se construyeron obras públicas fundamentales, no lo es menos que, entre 1958 y 1998, la República Civil superó tales logros, mientras se expandían también el sistema democrático y el respeto a las libertades públicas y los derechos humanos.

Como puede notarse, desde 1936 y aún en medio de tropiezos y dificultades, se avanzó en todos los órdenes, a pesar de ciertos retrocesos puntuales, como la ausencia de democracia durante la dictadura del general Pérez Jiménez y la insurgencia guerrillera castrocomunista, a comienzos de los años sesenta. Pero luego quedaría fuera de toda duda que, entre 1959 y 1973 -bajo los gobiernos de Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Rafael Caldera-, Venezuela se consolidaría como un país con una economía en ascenso, una moneda fuerte, niveles de endeudamiento mínimos y un manejo prudente, austero y decente de los dineros públicos.

En 1973, por efectos del conflicto bélico entre Israel y Egipto, se produjo un alza súbita de los precios petroleros. A partir de 1974 y durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, esa inmensa montaña de petrodólares indigestó financieramente al país y se malbarató buena parte de tales recursos, mientras inexplicablemente creció la deuda externa. No obstante, entre 1979 y 1989, bajo los gobiernos de Luis Herrera Campíns y Jaime Lusinchi, el país logró ciertos saldos positivos en materias de salud, educación, vivienda, descentralización y servicios públicos.

Por desgracia, crecieron también la corrupción, la pobreza y la deuda externa, aunque nunca en las inmensas proporciones actuales. El punto de inflexión volvió a presentarse entonces, al igual que en su primera gestión, durante el segundo gobierno del presidente Pérez, al producirse el “Caracazo”, los golpes militares de febrero y noviembre de 1992 y su destitución en 1993. Posteriormente, los cinco años del siguiente gobierno de Caldera se desenvolverían en paz y tranquilidad, así como la continuidad administrativa y la ejecución de importantes obras públicas.

Sin embargo, y a pesar de todo, una aparente mayoría estaba descontenta y quería un cambio radical. Todo esto llevó al poder por la vía electoral al teniente coronel golpista Hugo Chávez Frías, quien prometió resolver los problemas del país, y luego de 13 largos años como presidente, cuando falleció en La Habana no había resuelto ninguno, sino creado otros nuevos y más complejos. Una de las peores consecuencias de su gestión fue haber dilapidado los milmillonarios ingresos por concepto de la venta de nuestro petróleo, al tiempo que bajo su gestión comenzó el proceso de destrucción y ruina de PDVSA. Y es que luego de haber sido un país productor de petróleo como pocos, ahora ha dejado de serlo, convertido en importador de gasolina y otros derivados, en medio de gravísimos problemas de escasez. Por desgracia, sus sucesores han profundizado tan nefasto legado. Hoy el país ha retrocedido al menos un siglo, arruinado como nunca, con más pobreza, miseria, desabastecimiento, hambre, inseguridad, inflación descontrolada y corrupción sin precedentes.

Tal vez esta comparación es la que ha traído consigo la muy repetida frase según la cual “éramos felices, pero no lo sabíamos”. No se trata, por cierto, de una verdad absoluta, pues tiene algo de exageración. Pero obviamente que aquel pasado reciente -con todos sus problemas, desde luego- fue mejor que este presente trágico. ¿Habrá quien lo dude?

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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