En la aldea
14 junio 2024

Descuadernado

Lo irrebatible es que desde1999, cuando Chávez se encargó del timón, el barco empezó a crujir apenas zarpó. Hoy, en 2021, la cotidianidad individual se padece de muchas maneras: Sin gas para cocinar porque el camión de las bombonas no ha vuelto a pasar por su calle; no hay electricidad porque está racionada durante cuatro horas diarias; no tiene Internet porque está caído desde hace una semana; no tiene efectivo en bolívares, solo 20 dólares pero nadie le va a cambiar porque no hay billetes de 10, 5 y 1. Su carro no tiene gasolina. No puede llamar a sus familiares para que lo auxilien porque no tiene saldo en el celular. ¿Los venezolanos podrán vivir más descuadernados? Venezuela se está descuadernando.

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Francisco Suniaga | 07 abril 2021

Al escuchar la palabra “descuadernado”, la imagen que se evoca es clara, el viejo cuaderno al que se le han desgajado los pliegos y está desbaratado, roto. Así lo describe el Diccionario de la Lengua Española, siempre exasperante en su parquedad, al referirse a su etimología: “De des– y cuaderno”. En Margarita, sin embargo, en particular en su mundo marinero, hay una imagen más poderosa: La del bote que pierde las cuadernas (esos soportes curvos que se apoyan en la quilla y forman su estructura en forma de costillar) y, descuadernado, más que irse a pique, se desintegra en el agua. Esta última es exactamente la imagen que tengo al pensar y afirmar que Venezuela se está descuadernando.

No es un proceso nuevo. Para muchos esto comenzó en 1999, para otros, un tanto más atrás, en 1989 con el Caracazo, o en 1992 con las dos intentonas militares, o en 1993 con la defenestración de Carlos Andrés Pérez (CAP). Para los chavistas impenitentes, los que aún dicen que esta catástrofe ocurre porque “Maduro no es Chávez”, comenzó exactamente el 5 de marzo de 2013.  Cada quien puede poner una fecha a su arbitrio, lo cierto es que Venezuela se desencuaderna, y que en estos últimos meses lo hace de una manera margariteña.

Lo irrebatible es que desde1999, cuando Hugo Chávez, votado por la mayoría (eufórica entonces) de los venezolanos, se encargó del timón, el barco empezó a crujir apenas zarpó. Desde aquel entonces hasta hoy han transcurrido veintidós años -cuatro períodos constitucionales de los de antes- y un par de meses. Estamos en un punto donde ya no se puede creer que la destrucción causada en todos los ámbitos haya sido producto de una deriva tan propia de los barcos. No se puede llamar deriva a la ignorancia que, junto con el resentimiento y la corrupción, han sido la brújula de un rumbo que resultó devastador, único en la historia conocida. Un derrotero escogido con premeditación y seguido con una perseverancia digna de mejores causas.

Nada se ha salvado. Las instituciones del Estado y de la sociedad, desde el Parlamento nacional hasta el jardín de infancia de un pueblito andino, pasando por las fiestas de la Quinta Esmeralda y la Semana Santa de La Asunción, han sido demolidas. Los servicios públicos de educación, salud, seguridad, electricidad, agua, la economía, finanzas públicas, el sistema bancario, en fin, nada se salvó.

“Vuelve a su casa y espera que ocurra un milagro de la Virgen del Valle y, para compensarse, piensa que por lo menos ahí está a salvo de la pandemia”

Traducido en términos de gente, significa que a los venezolanos nos partieron en dos mitades. Los que se fueron, dejaron aquí su vida y sueños, y se llevaron consigo la vida y los sueños de los que aquí nos quedamos, huérfanos ambos grupos. Somos, en un paralelismo trágico, “los que vivimos” (parafraseando el título de la novela de la estadounidense Ayn Rand –We the living, 1936-, ahora tan cerca de nuestra realidad), en una búsqueda inútil de mundos privados, de burbujas, que nos aíslen y salven de esta realidad tan opresiva y tan omnipresente. Pero son meras pompas de jabón, evanescentes, que en cualquier momento nos dejan a la intemperie en esta atmósfera venusiana, absolutamente desvalidos. Si no fuese por Internet, ni siquiera podríamos comunicarnos, pero será cuestión de tiempo, por ahora, los náufragos nos hablamos, pero es de noche y el oleaje es duro.

En la cotidianidad individual se aprecia de muchas maneras. Quien vino a Margarita a construir su burbuja (i.e. el arriba firmante), un día cualquiera amanece sin gas para cocinar porque el camión de las bombonas no ha vuelto a pasar por su calle y no está adscrito al CLAP. No hay electricidad porque está racionada durante cuatro horas, y por tanto no puede preparar café en la cocinita que tiene prevista para cuando falta el gas. No tiene Internet porque está caída desde hace una semana pues, dicen, se rompió el cable que viene de Cumaná. No tiene efectivo en bolívares y tampoco puede usar la tarjeta de débito porque no le hicieron el depósito de un dinero que le debían (el deudor dice que no tiene Internet). Tienes veinte dólares pero nadie le va a cambiar porque no hay billetes de 10, 5 y 1. Como vive un tanto alejado del centro de la ciudad (quería aislarse), debe irse a pie porque su carro no tiene gasolina. El pescadero que siempre le fía le reclama “mijo, cómo te fío, si no has pagado el carite de la semana pasada”. El carnicero nunca te ha dado crédito porque no le fía carne a nadie (por la misma razón por la que nadie fía caña). No puede llamar a sus familiares para que lo auxilien porque no tiene saldo en el celular. Ellos no lo llaman porque no quieren gastar su saldo. Vuelve a su casa y espera que ocurra un milagro de la Virgen del Valle y, para compensarse, piensa que por lo menos ahí está a salvo de la pandemia. Por cierto, que tiene una carraspera rara. ¿Se podrá vivir más descuadernado?

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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