En la aldea
18 mayo 2024

El pintor peruano José Gil de Castro (1785-1837) es el autor de la obra “Retrato de Simón Bolívar (1783-1830)”; es la más fiel representación de Bolívar, según el propio Libertador.

¿Qué pensaría Bolívar?

Una de las labores más constantes del movimiento que ha generado el horror de esta desconexión entre lo vivido y el porvenir, ha sido justamente la destrucción sistemática de la figura de Bolívar. Sometido a una manipulación que incluye la modificación de las proporciones de su rostro, un mausoleo semejante a una rampa de esquí, una exhumación con una resaca de pava contaminante, hasta llegar a la ruina total de la moneda que lleva su nombre. Desde los niveles de hundimiento y perversión que padece Venezuela hoy, a los venezolanos les cuesta reencontrarse con el Simón Bolívar que subsiste en su interior, y mientras intentan comprender lo que sucede en el país, se preguntan: “¿Qué pensaría Bolívar de todo esto?”.

Lee y comparte
Federico Vegas | 11 abril 2021

Cuando atravieso una situación difícil, confusa, suelo preguntarme con cariñosa nostalgia: “¿Qué pensaría mi padre?”. No me atrevo a llegar al “¿Qué haría?”; sería exigirle demasiada certeza a una presencia que se va esfumando mientras me voy acercando a la edad de su partida.

En nuestra incorpórea relación con los espíritus solo podemos pretender que intercambiamos pensamientos. Los muertos que nos nutren pertenecen al mundo de los sueños, de la inspiración, de los más elevados anhelos y los más profundos traumas, más no al de las soluciones concretas.

Aunque Simón Bolívar está muchísimo más distante que mi padre, existen suficientes coincidencias para alguna vez invocarlo. Nací en su misma tierra y en su misma ciudad, he visto el perfil contra el cielo de las mismas montañas y los mismos ángulos de luz durante la aurora y el ocaso. Aunque las aguas del río Guaire ya no sean las mismas, trascurren a lo largo del mismo surco.

Una vez, creo que en cuarto grado de primaria, nos mandaron a dibujarlo. Como se me daban mejor los paisajes que las figuras humanas, pinté con creyones una llanura esférica y al fondo una selva intrincada donde podía entreverse la línea de un río, y en el río un barco avanzando contra la corriente y en la proa del barco un intenso punto de rojo encendido que debía ser la capa del héroe. Ahora comprendo que de Bolívar me atrae más la capa ondeando bajo el viento que la espada, las botas o el caballo.

“En eso andamos los venezolanos, navegando en un presente eterno y agónico, sin conexiones con el pasado ni con el futuro”


Cuando apenas me asomaba a la adolescencia surgió otra conexión más profunda. Supe de la muerte de su esposa, a quien continúo imaginándola prodigiosamente bella. Percibí esa tragedia como la sentencia a un joven viudo de que jamás formaría un hogar. Quizás esto explica que en los predios de mi inconsciente, Bolívar sea más el hijo que el padre de la Patria. Ciertamente no lo percibo paternal, protector, hogareño. Las casas que le conozco son la de su nacimiento en Caracas y la de su muerte en Santa Marta; el resto son lugares de paso con un simple letrero semejante a una lápida: “Aquí durmió el Libertador”. Toda su mitología no sugiere al padre que construye sino al hijo que abandona lo establecido en busca de un ideal y jamás regresa a su terruño, fundiéndose en la lejanía como en aquel primer y único dibujo con un toque escarlata.

En 1822, Bolívar le escribe a Fernando Rodríguez del Toro, su amigo más querido:

Tú me pintas la suerte de Caracas como es y debe ser. Tú me pides que vuelva sin demora, porque Caracas tiene privilegios sobre mí. Conozco más que nadie los derechos que tiene sobre sus hijos el suelo nativo; debes creerme, estoy devorado constantemente por las más crueles inquietudes con que me represento a Caracas. Un espíritu profético me acerca males remotos e inciertos; yo los saboreo en la amargura de un hijo que mira destrozar el seno de su propia madre, y la criatura de sus entrañas.

Después de esta confesión, agrega que ya no pertenece solamente a Caracas sino a un proyecto más amplio, continental. Al mismo tiempo parece presentir que la imperativa visión de sus responsabilidades será una trágica condena. Y así habría de ser. Jamás encontrará un presente donde reposar. Su premonición sobre la destrucción de la criatura se iba a cumplir y le tocaría vivir ese último y terrible capítulo que, bajo las circunstancias que hoy vivimos, nos acerca tanto a su suerte: La del exilio como muerte y la muerte en el exilio.

El poeta Joseph Brodsky nos advierte que el pasado y el futuro solo pueden existir y convivir en nuestra imaginación, la única instancia capaz de evocarlos e integrarlos. En este momento de mi vida he llegado a sufrir la pavorosa sensación de que tanto nuestros antecedentes como sus consecuencias han dejado de tener sentido y nos encontramos a la deriva, sumergidos en una corriente que ya no podemos llamar “la historia nuestra”. En eso andamos los venezolanos, navegando en un presente eterno y agónico, sin conexiones con el pasado ni con el futuro, sin antigüedad ni utopía, sin sentido ni dirección, sin propósito.

Una de las labores más constantes del movimiento que ha generado el horror de esta desconexión entre lo vivido y el porvenir, ha sido justamente la destrucción sistemática de la figura de Bolívar. El más notorio y descarado sigue siendo la apropiación en exclusiva de su imagen, imponiendo la etiqueta de bolivariano a cuanto invento, proceso, cargo, portal o disparate se les ocurra, generando una saturación de la que tomará tiempo recuperarnos.

Bolívar hoy parece, por ósmosis, el hijo prodigo y estupefacto de todo desmadre. Ha sido sometido a una manipulación que incluye un mausoleo semejante a una rampa de esquí, una exhumación con una resaca de pava contaminante, la destrucción total de la moneda que lleva su nombre al convertirla en el sinónimo de una nada ontológica, y, la expresión que más me interesa, un retrato cientificista que modifica las proporciones de su frente, labios, mentón y expresión de los ojos.

A la izquierda: El Bolívar oficialista, como una estrategia de exclusión.

A la derecha: El propio Simón Bolívar escribió en una carta al general Sir Robert Wilson: “Me tomo la libertad de dirigir a Ud. un retrato mío hecho en Lima con la más grande exactitud y semejanza”.

En esta nueva imagen debemos detenernos. Parece un hecho superficial pero tiene connotaciones estremecedoras que nos llevan a una dramática pregunta: ¿Por qué es imposible soñar con Bolívar a partir de la aparición de este retrato? La razón es muy sencilla: Porque es la proyección de su cadáver, de los vestigios de sus huesos, de las evidencias de su muerte. Es simplemente escatológico. Toda imagen es la representación de un instante a la que no exigimos fidelidad sino fuerza onírica. Contábamos con una secuencia de visiones de Bolívar que tienen dos siglos de historia, las cuales parecen integrarse como en una lenta película que no genera contradicciones. La fealdad del Bolívar oficialista proviene no solo de su origen cadavérico sino de sus pretensiones de exclusión como única verdad, o de sus pretensiones de verdad como una estrategia de exclusión. De manera que estamos ante un eslabón más en la aniquilación de Simón Bolívar como fuente de nuestras ensoñaciones y proyecciones. Es un Bolívar que proviene de su muerte y viene a ser la muerte de su representación.

No resulta fácil, desde semejantes niveles de hundimiento y perversión, reencontrarnos con el Simón Bolívar que subsiste en nuestro interior y entonces preguntarnos, mientras intentamos comprender a nuestra ciudad, a nuestro país y a nosotros mismos: “¿Qué pensaría Bolívar de todo esto?”.

Me he referido en un par de ensayos, y lo seguiré haciendo pues creo que aún hay mucho que encontrar, a la primera vez que me hice esta pregunta.

El 2 de febrero de 1999, Hugo Chávez asumió la presidencia de Venezuela e inició su discurso ante el Congreso con una frase de Simón Bolívar:

Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando convoca a la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta.

Ante semejante comienzo, surgió en mi interior una voz remota que preguntaba:

-¿Por qué diablos no leerá en vez de hablar?

Presumo que eran los vestigios de Bolívar que aún vibraban en mi alma. Lo sentí más perplejo que disgustado, al ver que en una ocasión tan solemne se citaba, sin el rigor de un texto, lo que tanto le habría costado escribir.

“La fealdad del Bolívar oficialista proviene no solo de su origen cadavérico sino de sus pretensiones de exclusión como única verdad”


Creo que a principios del siglo XIX, saber leer sería un privilegio y escribir bien un prodigio. Un discurso ante un congreso no se trasmitía al país por televisión sino en hojas de periódico que pasaban de mano en mano. El silencio del ojo y las letras predominaban sobre el oído y los sonidos. Quizás Chávez fue el primer presidente venezolano que decidió hablar en vez de leer, un medio más popular, más directo, carismático y, de paso, castrista.

Ciertamente es mucho lo que se gana hablando sin leer, pero, si comparamos el discurso de Bolívar en el Congreso de Angostura en 1819 y el del recién electo presidente Chávez en 1999, resulta evidente que también es mucho lo que se pierde. El proceso de escribir implica un ordenamiento y una precisión que no se logra al hablar, sobre todo en una ocasión tan trascendental como proponer una salida constitucional a la inestable situación política que vivía la naciente Venezuela en 1819, y, tal como nos ha develado la historia, que vivía la agonizante Venezuela de 1999, preámbulo de la postrada y moribunda de 2021.

La memoria y la habilidad de Chávez eran sorprendentes, pero es inevitable que se cuelen refritos, anécdotas personales, repeticiones, chistes no tan graciosos, ideas prestadas, extrañas palabras como “disuadible” y “leguleyerismo”, incluso evidentes contradicciones, como decir en un párrafo: “No se trata de eso, de rebuscar frases y traerlas aquí al Congreso de la República para decirlas delante del país y del mundo”, y luego, en los siguientes tres párrafos, citar a Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias, al indio Choquehuanca y a José Martí.

Parecerá superficial hablar ahora, veinte años más tarde, de la diferencia entre lo escrito y lo oral, pero cuando revisamos lo que está sucediendo en las universidades y escuelas venezolanas, y constatamos un retroceso que invierte el legado de Bolívar al proclamar sin pudor: “Moral y luces son nuestras últimas necesidades”, se hace cada vez más evidente la decadencia de nuestra cultura, y me refiero a la cultura como el campo de cultivo donde se desarrollará lo mejor de Venezuela. ¿Acaso no es evidente que estamos cultivando alimentos que enferman las almas y los cuerpos?

Pienso que si Bolívar hubiese escuchado las siguientes palabras de Chávez, luego de citar esa frase de apertura que ya casi tenía dos siglos, su reacción hubiera sido una simple exclamación:

-¡Este hombre tiene una vocación natural de dictador!

La razón es muy sencilla. La frase es peligrosamente ambigua pues plantea una interrogante. Al decir: “Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando convoca a la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta”, ¿de cuál voluntad absoluta estamos hablando, la de la convocada soberanía nacional o la del dichoso ciudadano que la convoca?

Chávez continúa jactancioso hablando de su insólita campaña y de cómo repetía con la certeza de Whitman: “Seguro como la más segura de las certidumbres, así andábamos por los caminos seguros de que este día iba a llegar’.

Bolívar, en cambio, le dedica varias líneas a establecer claramente de cual voluntad absoluta está hablando:

Yo, pues, me cuento entre los seres más favorecidos de la Divina Providencia, ya que he tenido el honor de reunir a los representantes del pueblo de Venezuela en este augusto Congreso, fuente de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana y árbitro del destino de la Nación.

Al transmitir a los representantes del pueblo el Poder Supremo que se me había confiado, colmo los votos de mi corazón, los de mis conciudadanos y los de nuestras futuras generaciones, que todo lo esperan de vuestra sabiduría, rectitud y prudencia. Cuando cumplo con este dulce deber, me liberto de la inmensa autoridad que me agobia, como de la responsabilidad ilimitada que pesaba sobre mis débiles fuerzas. Solamente una necesidad forzosa, unida a la voluntad imperiosa del pueblo, me habría sometido al terrible y peligroso cargo de Dictador Jefe Supremo de la República. ¡Pero ya respiro devolviéndoos esta autoridad, que con tanto riesgo, dificultad y pena he logrado mantener en medio de las tribulaciones más horrorosas que pueden afligir a un cuerpo social!

He alargado esta cita para llegar a la línea del “terrible y peligroso cargo de Dictador”, y así adentrarnos en otra diferencia importante entre el discurso del 15 de febrero de 1819 y el del 2 de febrero de 1999. Bolívar, después de enfrentar un poderoso imperio, viene a poner su cargo en manos de un congreso. En el segundo caso, la historia nos ofrece pruebas evidentes de que Chávez estaba iniciando su particular dictadura. Él mismo proclamó demasiadas veces que gobernaría hasta el 2021. Esperemos que cumpla y su espectro (estado al que también tiene derecho) le dé un susto a sus acólitos anunciándoles que este mismo año terminarán los tiempos de la vorágine y la devastación.

Nunca he pensado en preguntarle al espíritu de Bolívar: “¿Qué más nos va a pasar?”. Aunque si los espíritus realmente existen seguro que les está permitido pasear por el pasado con la misma libertad que por el futuro. Total, su capacidad de incidencia es nula. Pero sí quiero imaginarme su rostro en 1999 escuchando a Chávez proclamar ante aquella audiencia cautiva, admirada de su histrionismo y su oratoria:

Es una necesidad imperiosa para todos los venezolanos, rebuscar atrás, rebuscar en las llaves o en las raíces de nuestra propia existencia, la fórmula para salir de este laberinto, terrible laberinto en que estamos todos, de una o de otra manera.

… tenemos que mirar el pasado para tratar de desentrañar los misterios del futuro, de resolver las fórmulas para solucionar el gran drama venezolano de hoy.

Venezuela bien pudiera estudiarse como un caso y sacar experiencias de aquí, hermanos del continente, hermanos del mundo entero. Un ejemplo de lo que no debe ocurrir más nunca, ¡Jamás! ¡Nunca jamás¡

Venezuela pareciera que fue escogido por algún investigador especial para estudiar y aplicar un caso que es estudiado en la teoría política y social con aquel nombre de la teoría de las catástrofes.

Ya he escrito en otro ensayo que Chávez, más que un analista del presente, fue un profeta y, además, el inclemente instrumento de su propia profecía. De hecho, Venezuela por fin ha logrado ser el ejemplo supremo, universal y escandaloso de lo que no debe ocurrir nunca jamás a una nación. La imagen del país catastrófico que Chávez trató de vendernos en 1999, en el 2021 ya no aguanta más promoción y el mundo comienza a hastiarse de cifras tan extremadamente desastrosas que son inconcebibles y ya no causan impresión.

Para terminar con buen pie, volvamos a las citas de Bolívar, a su escritura, y leamos en voz alta el final de sus palabras en 1819, para también escucharlo aunque sea en la soledad de nuestro hogar:

Dignaos, Legisladores, acoger con indulgencia la profesión de mi conciencia política, los últimos votos de mi corazón y los ruegos fervorosos que a nombre del pueblo me atrevo a dirigiros. Dignaos conceder a Venezuela un gobierno eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa. Un gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un gobierno que haga triunfar, bajo el imperio de leyes inexorables, la igualdad y la libertad.

Señor, empezad vuestras funciones: yo he terminado las mías.

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Opinión