En la aldea
18 mayo 2024

La vacuna dominicana

Más allá de lo que significa para los venezolanos la espera por un plan de vacunación masiva, este relato en el acceso a la inmunización contra la Covid-19 en República Dominicana, nos acerca con gentileza y sutil simpatía a la experiencia. Una mirada en primera persona desde el exilio, un encuentro que muestra tanto las cuotas de poder como las oportunidades a las que tarde o temprano se puede tener acceso, en tiempos de pandemia.

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Federico Vegas | 24 mayo 2021

La vacuna dominicana es fundamentalmente china, con una importante variante: La suelen aplicar enfermeras dominicanas.

El que la vacuna sea china no me preocupa. Más que en la lógica científica, suelo fijarme en el valor literario de un concepto, como la poética de presumir que la clave de una solución suele estar en el origen del problema. Me refiero a que, ¿después de tanto culpar a los chinos por este nuevo virus, podemos concederles que su vacuna podría funcionar?

Ya la palabra “vacuna” requiere de bastante fe. Se trata de un etimológico homenaje a las mansas vacas que permitieron a un médico británico, Edward Jenner, encontrar un remedio a las devastadoras epidemias de viruela. El doctor Edward había notado que las mujeres que se dedicaban al ordeño nunca padecían de viruela, e intuyó que se inmunizaban con la versión más suave que contagiaba al ganado.

Mi primer intento de vacunarme contra la Covid-19 fue infructuoso. Un amigo me dijo que en la Universidad Pontificia estaban inyectando y me aparecí a las seis de la mañana en un salón lleno de sillas aisladas y numeradas donde reinaba un silencio aséptico de viejos amanecidos. Como no soy residente, me acerqué a una doctora para decirle que yo podía quedarme hasta el final y, si sobraban vacunas, aprovechar la oportunidad. Al intercambiar los “buenos días”, y sentir ese bello acento cuya musicalidad tanto nos une, supe que era venezolana y me invadió la promisora sensación de un reconfortante pinchazo. Pero, apenas la doctora D’Angelo supo cuál era mi condición migratoria, los párpados se le pusieron pesados y aún más escasa la forzada sonrisa. A partir de ese momento todo parece suceder al revés. Me dice que cree que los no residentes no pueden ser vacunados. Y ese “cree’, que pretende ser dubitativo, es la versión más fehaciente del “creo en Dios Padre Todopoderoso”. Ha debido decir: “Estoy segura de que estás excluido, pero voy a preguntar para confirmar y tener el chance de perfeccionar mi expresión de lástima y superioridad”.

Después de haber hablado con la supervisora dominicana regresó a decirme “Lo siento mucho”. Fue un “siento” numérico, frío, una especie de “ciento” reflejado en una mirada despectiva y parlante: “Yo soy una inmunóloga residente y tu eres un microbio sin papeles”. En el postrero segundo que me concedió antes de girar y marcharse, observé su rostro y su palidez como retratando al personaje que asistiría a la escena de mi muerte, cuando entubado y metido en una carpa de plástico llena de un oxigeno que no llega a mis pulmones, aparecería otra vez su ceño y su voz a reiterarme estruendosamente durante mi agonía: “¡Cuánto lo siento!”.

“¿Después de tanto culpar a los chinos por este nuevo virus, podemos concederles que su vacuna podría funcionar? Ya la palabra ‘vacuna’ requiere de bastante fe”

Los venezolanos en el exilio, aferrados a la cuota de poder que han adquirido con sobrehumanos esfuerzos, podemos perder la amable frescura de quien está sembrado en su tierra. La comprendo y la perdono y sé que ha debido ser, y será, un ángel en Venezuela.

Pasé un mes o dos soñando con secuelas y encontrando en cada uno de mis síntomas una fase terminal, hasta el día en que mi hija me dio el empujón que necesitaba después de haber perdido la fe en la humanidad y la ciencia:

En el Hospital Materno Infantil Santo Socorro te vacunan sin pedirte nada.

No lograba creer que solo tendría que remangarme la manga y mostrar el hombro. Además no contaba con el apoyo de mi esposa, quien tiene serias dudas sobre el efecto de la vacuna en el ADN y otras teorías que no entiende, pero cuánto las sufre. Y por último estaban esas palabras excesivamente auspiciosas: “Materno”, “Infantil” y “Santo Socorro”.

Llegamos al HMISS un viernes comenzando la tarde, bajo la estrategia de que las vacunas que ya salieron del congelador hay que usarlas con quien sea. El Hospital resultó ser un lugar arbolado con muros llenos de color, un ligero toque de abandono y mucha amabilidad. Nos atendió una recepcionista tan amable que aceptamos sin alterarnos la noticia de que acababan de cerrar la sesión. Parecía más triste que nosotros con la noticia y nos entregó cariñosamente las planillas para que las trajéramos listas el lunes. Mientras las llenábamos con desánimo, una enfermera que descansaba después de la intensa jornada, entreabrió los ojos en señal de que sí nos podía vacunar. La recepcionista celebró con un júbilo desconcertante la buena nueva mientras mi esposa se ponía muy nerviosa, pues prefería irse sin vacuna. Yo me senté primero para dar el ejemplo y desde el momento del pinchazo me dio un sueño que duró siete días y siete noches. Fue una somnolencia semejante a cuando jugaba fútbol y llegaba de los entrenamientos; de hecho, esa misma tarde regresando a casa, choqué contra unos pipotes de basura en una esquina como si jugara bowling. La sesión de mi esposa duro un poco más, pues mantenía fija la mano en su hombro desnudo mientras le hacía unas complicadas preguntas sobre genética a la fatigada y paciente enfermera. Yo las miraba adormilado, algo drogado, pero jubiloso.

Cuando por fin lograron vacunar a mi esposa, las secretarias encargadas del papeleo exclamaron:

Ahora nos toca a nosotras.

La más guapa se sentó en el trono de los inoculados y comenzó a llorar asustadísima. Sus amigas tuvieron que sujetarla y yo me acerqué a ayudar con unas palabras de calma:

Tranquila, mi cielo, no te va a doler ni un poquito.

Apenas terminé mi mensaje, la mujer se calmó como si hubiera hablado el propio Pasteur o el doctor Jenner y me dijo con una sonrisa:

No se preocupe. Tenemos una competencia a ver quién es la más dramática.

Al mismo tiempo, otra de las secretarias me mostraba en el celular las fotos de otras compañeras con actuaciones aún más histéricas.

Llegué a pensar que todo era una fantasía, una gozadera, y nos habrían inyectado agua o suero, pero también estaba ese sueñito intenso, ligeramente surrealista, y me atrevo a añadir, aunque suene ridículo, que incluía un ligero sabor a lumpia en la lengua.

Ya en el carro de vuelta a casa y justo antes del pequeño choque, más aparatoso que costoso, acepté el peso de una revelación tan intensa que se la solté a mi esposa:

Adoro a las dominicanas!

Pensé que mi exclamación desbordada podía ser una revancha contra la doctora D’Angelo, pero mi adoración se ha visto confirmada con otros incidentes en el más insospechado de los escenarios: Las autopistas. Para no extendernos voy a dar solo dos ejemplos.

Saliendo muy temprano de La Romana, puse algo de Stan Getz y justo cuando comenzaba una pieza que adoro (de nombre complicado: A Nightingale Sang in Berkeley Square) llegué al peaje (100 pesos). En la ventanilla estaba aposentada una dama de unos cuarenta años, quizás cincuenta, con una sonrisa grata y mirada apacible. En el momento del pago entró el saxo con notas semejantes a los leves gemidos del amor y, con el brazo extendido sosteniendo el billete, no pude evitar decir:

Verdad que es una música muy bella.

El volumen ya era alto pero lo subí un poquito más.

La dama se quedó pensativa, incluso diría que meditativa, y respondió sin prisa.

Si… es una música que me trae mucha serenidad.

Y así nos quedamos, no se por cuanto tiempo, bajo el embrujo de las gestas supuestamente pasajeras. Sé que fueron menos de tres minutos. La pieza dura 6:59, iba por la mitad y me fui antes de que terminara. De resto solo recuerdo despertar ante una barrera alzada y una luz verde que se iba haciendo más intensa, y quizás algún cornetazo. En vez de despedirme con educación, solo acerté a decir antes de arrancar:

Perdón, perdón.

Y ella respondió con más aplomo:

Espere, espere.

No puedo decir que ese “espere” me asustó, pero si sentí el revoloteo de cuando un simple juego se torna en algo muy serio. Voltee a mirarla con cierta timidez y observe su brazo, tan desnudo como el de las secretarias vacunándose (todo parece girar alrededor de las extremidades superiores), y escuché una voz que tan solo decía, que tan solo me ofrecía:

Su recibo.

La segunda revelación fue hace menos de una semana. Iba de Santo Domingo a Las Terrenas, un viaje de dos horas y media. Arranqué más temprano, quizás a las 6:30am. Estaba vez encontraría en el peaje a una joven más alegre, más jovial, que me preguntó:

Buenos días, ¿cómo se siente?

No era una frase para sorprenderse. Es usual, casi una costumbre, y yo traía una respuesta prefabricada:

Estoy bien en un noventaicinco por ciento.

Y por qué… qué le hace falta.

Tengo un poquitín de hambre.

La joven se volteó y yo pensé que habría terminado nuestro diálogo. Esperé el cambio y apenas vi cuando ella dejaba su asiento en la cabina y se acercaba a mi ventana. Sorprendido, me tomó tiempo entender qué me estaba dando un caramelo mientras decía:

Aquí tiene su cinco por ciento. Vaya con Dios.

Nunca olvidaré esa mirada brillante, picarona, absolutamente genuina. Quizás la repite con frecuencia y tenga cajas de caramelos dorados en la cabina, pero estoy seguro de que, al menos esa mañana, fue la primera vez. Y otra cosa: Puede que no me crean, pero lo más insólito del episodio es que el caramelito era riquísimo, no tenía nada de “peaje’ sino algo entre café y chocolate. Era uno de esos sabores que dan lo que aquí llaman “seguidilla”.

¿Volveré alguna vez a reencontrarlas?, ¿las recordaré?, ¿me recordarán? Honestamente no me importa. Cada vez siento más que estoy de paso y sin derecho a concreciones. Lo único que ahora quiero recalcar, ya que estamos hablando de vacunas es que, más importante que quién las hace, es quién te la pone, no importa el origen, la causa o la solución.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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