EN LA ALDEA

22 febrero 2024

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Mari Montes y la verdad

Conozco bastante bien a Mari Montes (@porlagoma). Desde hace un montón de años. Ambas periodistas, ambas fuimos vecinas de El Hatillo, ambas apasionadas por la democracia y la libertad, ambas enamoradas irremediablemente de Venezuela.

Mari es de esas mujeres que se parece a la Venezuela que queremos y necesitamos. No tiene ni una gota de capacidad para la farsa. Adora trabajar y es una fanática de la sencillez. Es terca, muy terca. Se empecina en la excelencia. Maneja un fluido idioma, con respeto a la gramática, la ortografía, la sintaxis, y que incluye también abrazos cariñosos y respetuosos a esa joya de nuestro lenguaje que es el palabreo costumbrista.

Mari es una fanática. Sí, lo es. De lo bueno, de lo sabroso, de lo altruista. Por supuesto que es una experta en béisbol. Eso le ha ganado un puesto como especialista en la materia. Pero es mucho más experta en la solidaridad

Es exigente. Como yo también lo soy, no me extraña en lo absoluto que haya escrito un texto que es un reclamo a la inteligencia. No se trata de caer en el llantén. Se trata sí de apuntarle a los liderazgos esos que quizá, porque el trabajo político es difícil y duro, no han detectado suficientemente: el hartazgo ciudadano.

“No podemos callar, por el más elemental concepto de responsabilidad profesional y ciudadana. Nosotros no podemos hacernos los desentendidos”

Los alegatos de Mari Montes pueden gustar o no. Pero ni se justifican los insultos ni tiene sentido verlo como algo distinto a un llamado de alerta a los liderazgos, algunos con nombre y apellido, como hacemos varios otros que estamos sumergidos en un mar de preocupación.

Mari escribía su “Escrito desde el hartazgo” minutos después de yo haber escrito mi “No hay espacio para llantos de plañideras” y que se publicara “La unidad de nuestros  tormentos” de Julio Castillo Sagarzazu. Los tres textos contienen el mismo grito de alerta. Yo no diría que esos fueron artículos de opinión. Fueron cartas con destino. Cartas directas, francas, escritas con el lenguaje de la sinceridad.

Creo que todos los que vertemos en páginas nuestras angustias lo hacemos sin intención de perjudicar. Antes bien, lo hacemos porque no decir lo que vemos sería una tremenda falla. Nosotros no tenemos derecho a pasar agachados, no podemos callar, por el más elemental concepto de responsabilidad profesional y ciudadana. Nosotros no podemos hacernos los desentendidos.

Escribimos. Eso hacemos. Y no vamos a dejar de hacerlo. Entendemos que hay que decir la verdad, aunque duela, aunque caiga lluvia radioactiva.

Me tranquiliza saber que los dedos de Mari no van a dejar de teclear, que Julio no va callar, y que yo no voy a dejar de decir lo que tengo que decir.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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