EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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La ONU y la banalidad del mal

En el pensamiento occidental existe una larga tradición según la cual allí, donde se gobierna de acuerdo con el derecho, este adquiere la condición de “un cuerpo impersonal de reglas, normas y prohibiciones que ordena la vida social, articula y formaliza estándares comunitarios de justicia, equidad y moderación”1. De este modo se pretende dotar al derecho de un sentido de trascendencia que por apego a la justicia, lo separe de las pasiones humanas de las cuales son portadores quienes hacen las leyes y, en general, quienes tienen la función de aplicarlas.

Pero Max Weber nos legó una visión desencantada del mundo moderno: con el avance de la modernidad, las sociedades se racionalizan y son atrapadas por reglas aplicadas por sujetos especializados en el manejo de la administración del poder. Se trata de las burocracias, cuyas normativas legalmente establecidas producen una operatividad rígida, jerarquizada, con procedimientos impersonales estandarizados. Es la Jaula de Hierro de la racionalización burocrática

Para liberarse del tutelaje religioso y trascender las pasiones humanas, el derecho se racionaliza, pero queda atrapado en las normativas impersonales aplicadas por sujetos de carne y hueso, portadores de intereses o en todo caso, obedientes a una jerarquía burocrática. De este modo, el individuo es tan sólo una pieza de un mecano que posee finalidad propia. Sin el sentido de trascendencia atribuido a la justicia, el imperio del derecho sirve a las tiranías despóticas, a crueles dictaduras, a las democracias liberales o a los regímenes totalitarios. Todos son el gobierno de la ley. ¡Vaya lugar común!

De la comprensión de aquella visión desencantada expuesta por Weber, deriva Hannah Arendt su tesis sobre la banalidad del mal2. El juicio contra Adolf Eichmann en Jerusalén (1961) es una ocasión de oro para ilustrar por qué la trivialidad del mal no está en los sujetos sino en el sistema y el tipo de vida que impone. El orden burocrático permite cualquier cosa, hasta el genocidio, si se organiza debidamente. Sujetos comunes y corrientes como Eichmann sólo ejecutan órdenes superiores, la muerte masiva es un simple trámite.

“Cuando Aleksandr Solzhenitsyn publica en occidente su novela ‘Archipiélago Gulag’ (1974), el mundo está tan polarizado que buena parte de él no se atreve a admitir el horror estalinista aplicado en nombre de la paz”

Después de 60 años de aquél histórico juicio, la confusión continúa. Aún persisten las dudas sobre la discrepancia expuesta por Arendt al calificar a Eichmann como un hombre normal. De hecho “seis psiquiatras lo califican de ese modo”3. Mientras que el fiscal de la causa lo retrató como un monstruo al servicio de un régimen criminal. ¿Por qué semejante discrepancia? Por un tecnicismo burocrático que diferencia el juicio a un sistema del juicio a una persona. El juez observa al sujeto que actúa, que opera la maquinaria de muerte, Arendt focaliza al sistema y concluye que el sujeto es sólo una pieza del mecano.

La derrota del nazismo y el fascismo no significó el fin del mal sino su continuidad bajo otras condiciones. El estalinismo victorioso corrigió el genocidio mediante la implantación de su propio modelo para campos de concentración. Cuando Aleksandr Solzhenitsyn publica en occidente su novela Archipiélago Gulag (1974), el mundo está tan polarizado que buena parte de él no se atreve a admitir el horror estalinista aplicado en nombre de la paz. El estalinismo se había mimetizado hablando el mismo lenguaje que todos deseaban escuchar.

Frente a los horrores de la guerra bien vale el autoengaño o la negación de la realidad. Desde el Imperio Soviético, el estalinismo pasó al Caribe de la mano de Fidel Castro y desde allí se adentró en tierra firme venezolana, adherido a un conocido militar parlanchín. El sistema del mal ahora repudia los asesinatos en masa, la experiencia adquirida muestra su perfeccionamiento, ahora practican el crimen selectivo procurando no dejar manchas de sangre ni huesos apilados.

No sirvieron de mucho las advertencias de Weber y Arendt. La burocratización de la justicia con todo su aporte a la banalización del mal, están consagradas en un organismo como la ONU (organización de la burocracia global) y en la posterior creación de la Corte Penal Internacional. Estos organismos cabalgan sobre lo que en la práctica es un oxímoron: las burocracias de los sistemas políticos imparten justicia, pero sólo se juzgan personas, no se enjuician sistemas. Nada que pueda alterar la paz y la sacrosanta “autodeterminación de los pueblos”, como en Cuba, Venezuela o Nicaragua. Allí se vota y las cosas siempre se resuelven por vías pacíficas.

Rara coincidencia entre pacifistas y estalinistas. Fue Stalin el genial inventor de los Congresos Mundiales por la Paz, y fue un tal Pablo Picasso quien le otorgó la famosa paloma con laureles en el pico. La paz se hizo señuelo. De este modo el mimetismo del mal consagra la burocratización de la justicia. Y no se trata de la aplicación de alguna teoría conspiratoria. Es simplemente una humanidad negada a diferenciar el bien del mal. Con la ONU-CPI (el mecano), lograr justicia es algo más o menos tan banal como obtener un pasaporte venezolano o una solvencia catastral: diez veces por cada muerto o por cada víctima de los genocidas mimetizados. Ante esto, Hércules sería feliz con sus 12 trabajos impuestos por Euristeo.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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