En la aldea
18 mayo 2024

Carolina Jaimes Branger: “Nada reemplaza un abrazo, sentarse una al lado de la otra, aun sin decir nada. A mí la vida me cambio cuando mis hijas se fueron. Tengo la fortuna de tener a Tuti”.

Carolina Jaimes Branger, vasos comunicantes

“Si la seguridad, la salud y la educación no están bien pagadas, bueno, vemos el resultado”; frontal es sus opiniones es una venezolana que escribe y sueña desde Venezuela. “Unos niños que crecen en pobreza extrema, en un hogar con maltrato, crecen pensando que eso es amor. Sin amor es muy difícil que puedan sentir empatía, no saben ser solidarios, no pueden perdonar”. Carolina Jaimes Branger una comunicadora con los pies bien puestos sobre la tierra: “Hay un montón de excusas para justificar que ‘somos así’ o que ‘no somos suizos’, puros productos de nuestra imaginación. Nosotros seremos lo que voluntariamente decidamos ser”, y sentencia: “Lo mejor de este país lo hemos hecho los civiles, no los militares”.

Lee y comparte
Soledad Morillo Belloso | 23 agosto 2021

Entrevisto a gente con quien comparto cuentos de vida, emociones, pasiones. Busco la profundidad para la que, con demasiada frecuencia, no hallamos espacio en esta montaña rusa en la que estamos montados. Es comprensible que privilegiemos lo urgente. La vorágine nos azora. A lo importante lo aparcamos en una esquina con letrero de “cuando se pueda”. Es una sociedad en perpetua emergencia, siempre en trauma.

Con Carolina me unen anécdotas, ataques de risa, llantos, luchas, batallas, causas. Y nos entrelaza la pasión por escribir y una amistad sanforizada y con programa de antivirus. Es, lo saben, un figurón en la radio, la prensa y las redes. Conjuga alto índice de lecturabilidad, extraordinario rating y, lo más importante, credibilidad. Cuando Caro está en la radio, mueve la aguja de la medición de audiencia. Supongo que lo mismo le ocurrirá con su canal en YouTube. Eso, créanme, no se logra de la noche a la mañana.

Carolina escribe y habla con la fluidez y la buena gramática de quien entiende que el idioma es un código, un instrumento de comunicación, no un monumento inalcanzable o una regorgalla lingüística para lucirse con necios desplantes. Su vocabulario es nutrido, sabroso, sueltecito, con aroma a café que perfuma la tertulia con tantos que dentro y fuera de Venezuela la leen, la escuchan y la siguen en las redes. No ha cometido la torpeza de extraviarse en la humareda de la fama. Es la mismita que hace la compra en el mercado, siempre sabe a cuánto está el cartón de huevos y el kilo de cebollas y me contesta “¡Épale, amiga!” cuando la llamo o le escribo. Es la misma que entiende este dolor inmenso que sentimos, este hastío profundo que nos agobia, está angustia que parece requerir “Nervocalm”, esta sensación de “por favor, que alguien llame a María”, estas ganas de que se apague esta sinfonía de molestos chirridos.

“Este es un país que se niega a morir, a rendirse. ¡Caray, eso es algo maravilloso! Que después de todo lo que nos ha pasado, (…) que sigamos pensando en el futuro, esa es nuestra gasolina contra el pesar”

Carolina Jaimes Branger

Polifacética y renacentista, un día escribe o habla de educación; al siguiente de artes plásticas y la próxima jornada de un hallazgo en medicina; un invento en informática; el último concierto de Serrat; un texto de Bertrand Russell; la receta de la polvorosa de pollo de Nury de Sucre; la crisis política de cualquier país; la nueva tecnología para conservación del ambiente, o innovadoras técnicas para el cultivo de verduras híbridas. No lo hace para maquillar la situación o como un subterfugio de distracción. Es más bien para darnos ánimo. Ella entiende que a las calamidades que ya padecemos no puede ella sumar cantinelas epopéyicas que nos ordeñen la energía.

Mamá de tres niñas –Tuti, Irene y Sofía-, ya grandes y a cual más interesante, Carolina pasa por los mismos rigores que nosotros. La cola de la gasolina, los apagones, la inflación que se mastica los bolsillos, la angustia por la pandemia, la lejanía de seres queridos. Es una ciudadana de a pie que está de pie, luchando por Venezuela.

Con ella se puede hablar de mil temas. Yo escojo uno: la vida. Uno vive en agitación o en reposo, en “on” o en “off”. Y no hacemos el necesario balance. No se trata de mirar el ayer y anestesiarnos con nostalgia de boleros. Sí de hacer una pausa, hacer ese contable esfuerzo de ver la película de nuestra vida, analizarla, y escribir un buen guion del futuro. Cuando se está en una crisis de país como esta que cargamos sobre el lomo, uno tiene la tentación de languidecer, de zambullirse en el “todo tiempo pasado fue mejor”. Si uno lo piensa bien, se da cuenta que eso es una simplonería falaz; en primer lugar porque al pasado no se puede volver, y en segundo, porque eso es resbalar en un engañoso mazacote de miedos y desconfianzas inducidos por el temor a nadar en lo desconocido. ¡Hemos sufrido tanto! Pero lo mejor puede estar precisamente en donde no hemos estado. Venezuela llegó con retraso al siglo XX, y luego de algunos tortazos le fue bastante bien. Ahora patina en el siglo XXI, dando tumbos y traspiés. Está en modo “pendiente”. En ese futuro que tenemos que crear está nuestro mejor escenario posible.

Entonces, aquí estamos, en este agosto, ella en Caracas, esperando un pronosticado aguacero; yo en Pampatar, viendo a los pescadores haciendo su mejor esfuerzo para faenar en el mar de mis amores. Inspiradas ambas por esa frase enorme de Unamuno: “Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado”.

“Cada día se va más gente. Uno trata de mantener el contacto, (…) pero te vas acostumbrando a que esa persona no esté y es así como morirse un poquito”

Carolina Jaimes Branger

Carolina y yo, dos venezolanas, comunicadoras, escritoras, unidas por afecto impermeable y por esta causa y pasión que se llama Venezuela. Pensando en cómo ayudar a curar sus dolores, en cómo crear las condiciones que le permitan ponerse de pie, prosperar, progresar, desarrollarse a plenitud y ser tierra de gracia para todos.

Esto no se trata de un entretenido apropósito o de calistenia de recuentos y vaticinios. Tampoco es una bobada de esas que plantean los libros de autoayuda. Se trata de pararse frente al espejo, usar la imaginación, la creatividad, la inteligencia intelectual y emocional. Se trata de cómo Carolina, venezolana, mujer, mamá, ingeniero, comunicadora, escritora, hace su ejercicio y nos lo sirve en bandeja para que tomemos lo que pueda servirnos. Ella no se toma esto a la ligera ni lo convierte en un vano acto de pontificar, de divagación inútil que bien sabe que a los lectores los espantaría con ruidoso silencio. Habla con honestidad y franqueza, con ese cierto toque de dulzura que la caracteriza. Transcribo sus respuestas. Me ahogo en lágrimas. Pero es bueno. A veces hace bien llorar un poco. Como canta Emmanuel, se trata de “sentirse vivo”.

Esta es Carolina. Les ruego, préstenle atención.

-Vamos por partes. Hablemos de Carolina la mamá.

-Ser mamá es lo más importante que he hecho en mi vida. Y ser buena mamá es lo segundo más importante. A uno no lo preparan para ser progenitor, y menos para ser mamá o papá de un niño especial. Eso te cambia la vida. Empiezas a ver para abajo y no para arriba, a ver el vaso medio lleno, no medio vacío. Tuti habla mal, pero habla; camina mal, pero camina; le cuesta abrocharse, pero se abrocha; le cuesta subir o bajar el cierre, pero lo hace; le cuesta escribir, pero escribe; le cuesta pintar, pero pinta; le cuesta cantar, pero canta. Todos esos logros de Tuti a lo largo de su vida tienen por detrás a una mamá que no se rindió, que se dedicó a ella en cuerpo y alma. Tuve la suerte de tener a mi mamá muy cerca. Pude viajar, hacer otras cosas, porque mi mamá se quedaba con las niñitas. Y estaba Mamá Jose, su nana, que llegó cuando Tuti tenía apenas seis meses y ya tiene 34 años con nosotras. Con Irene y Sofía por años tuve la preocupación de si yo había sido buena mamá para ellas, porque siempre Tuti era la prioridad, aunque yo estaba muy pendiente de ellas, sobre todo de su educación. Para mí era muy importante que fueran buenas estudiantes, que se destacaran y se esforzarán, porque eso me enseñó mi papá: nunca te conformes con lo que sabes, siempre puedes aprender más, siempre puedes ir más allá. Hoy las veo tan bien, Irene en el campo de la educación, Sofía que es economista, dos palos de mujeres. Se me cae la baba, tan exitosas, tan trabajadoras, ordenadas y disciplinadas, tan honestas. Entonces, es un arado interesante esto de ser mamá, un arar toda la vida.

“Cuando a ti te quitan todo, lo único que no te pueden quitar es lo que aprendiste”

Carolina Jaimes Branger

-¿Y la ingeniero? Porque mucha gente no se cree que estudiaste ingeniería.

-Soy ingeniero; fue lo primero que estudié. Algunos creen que porque luego trabajé en otra cosa, pues perdí el tiempo estudiando ingeniería. Pero no. Todo lo que aprendes es un tesoro, tu acervo, como la maleta que vas llenando. Cuando a ti te quitan todo, lo único que no te pueden quitar es lo que aprendiste. Para mí haber estudiado ingeniería es un privilegio. Me dio claridad. Las matemáticas y el álgebra dan un pensamiento muy estructurado. A mí me alaban  mis artículos, me dicen que me entiende todo el mundo. Creo que eso viene de ser ingeniero. Esa lógica me acompaña en todo lo que hago. Yo di clases de matemáticas muchos años. A adolescentes. Me encantaba. Los ayudé a entender, a superar vallas. Muchos me escriben, y me cuentan de sus logros.

-Hay una Carolina mujer y, además, venezolana.

-A mí me gusta mucho ser mujer. Es difícil ser mujer en Venezuela pero si reencarnara, querría ser mujer otra vez. Y me gusta ser venezolana. Muchas cosas aquí no están bien. Pero aquí tenemos cosas muy buenas, que aprecio y valoro, que quiero que mejoren, porque todo es perfectible. Creo que tenemos una grandísima responsabilidad los que hemos tenido el privilegio de una buena educación, de cultura, de poder viajar y conocer. Tenemos un gran compromiso con los venezolanos que no han tenido ese privilegio. Es parte de la injusticia de la vida; uno no termina de entender por qué pasan ciertas cosas. Pero Venezuela es una alegría y un dolor, una rabia y una risa, un orgullo y una indignación. Es cosas contradictorias que van juntas, que me generan sentimientos antagónicos. Lo malo está, pero lo bueno siempre es más. Decimos que los buenos somos más. Pues también en la venezolanidad lo bueno se sobrepone a lo malo. Yo quiero trabajar en la reconstrucción. Mucha gente me dice: “¿Por qué no te vas?”. Mis hijas están una en Houston, la otra en España. No me quiero ir. Creo que la reconstrucción viene, y con fuerza. Quiero trabajar en eso, quiero ayudar. Es una ilusión enorme trabajar en la reconstrucción del país, como comunicadora y educadora. Me han preguntado que si me dieran un cargo público cuál sería. Me gustaría ser director de currículum del Ministerio de Educación. Agarraría ese currículum y lo sacudiría, le quitaría el polvo, lo desarmaría y lo volvería a armar, completamente distinto a esas cosas tan desastrosas que le están enseñando a los niños. Y trabajaría por los sueldos de los maestros, de los médicos, de los policías. Si la seguridad, la salud y la educación no están bien pagadas, bueno, vemos el resultado. Yo, como tú, escribo. Cuando uno escribe, se vuelve más visual; buscas historias aquí y allá, hurgas, conoces más. He sabido cosas muy mezquinas y terribles, pero también cosas maravillosas y eso ha mantenido intacta mi venezolanidad.

“Lo mejor de este país lo hemos hecho los civiles, no los militares. Aquí hay que ensalzar el procerato civil. Y muchos de esos próceres civiles son anónimos”

Carolina Jaimes Branger

-Yo soy escritora. Artículos, narrativa, poesía. Escribir para mí es un asunto inevitable. Difícil, delicioso y apasionante. Ahora vas con tu primera novela. Es una nueva aventura en tu vida de escritora. Pero dime, ¿qué es para ti escribir?

-Separo mi ser comunicadora de mi ser escritora. Todos los escritores son comunicadores; no todos los comunicadores son escritores. Yo escribo desde que aprendí a escribir. Mis primeros textos fueron poesía. Siempre he tenido una imaginación fértil. Inventaba cuentos, los escribía, se los contaba a mis hermanos. Escribir es una pasión. Una vez que uno empieza, no puede parar.  Tengo publicados cinco libros, y ahora voy con mi primera novela, una enorme satisfacción. Escribir es una disciplina y escribir una novela, caramba, no es fácil, salidas de caballo y paradas de burro. Empecé y paré. Y arranqué otra vez. En la pandemia la terminé. Y creo que una casa editorial importante la va a publicar. Escribir artículos es una disciplina. Tres artículos semanales. Siempre hay temas, siempre hay algo que decir. Porque, ¿qué es un escritor? Es alguien que tiene algo que decir y lo dice, con fuerza, con pasiónvehemencia. Hay un público esperando para leer. Qué maravilla que te dicen “me gusta lo que escribes”, o incluso cuando te dicen que no les gusta lo que dijiste, es un intercambio nutritivo.

-Como yo, crees en las segundas oportunidades. ¿Segunda pareja a esta edad?

Luis Alejandro Aguilar, que fue mi novio cuando yo tenía 14 años y él 16. Y tuvimos una relación muy bonita. Nos reencontramos hace once años y reconstruimos esa relación, y es ahora otra vez bonita. Del papá de mis hijas, George Greaves, todo lo que yo puedo decir es bueno, no tengo sino buenas palabras, es un hombre magnífico y si fuera atrás en el tiempo, me volvería a casar con él para tener a mis hijas. Yo creo que a esta edad tener una pareja que te entienda, que te acompañe, es bien importante.

-Mi profe Pasquali me decía que hay que saber escuchar y no solo decir. Lo llamaba la fórmula de vasos comunicantes.

-Yo creo que el profesor Pasquali tenía razón. Cuando uno entrevista tiene que sentir gran respeto por el entrevistado, porque es la estrella. Uno debería prácticamente desaparecer. Me ha pasado que he tenido entrevistados tan buenos que me emociono y me doy cuenta que estoy hablando de más, cuando yo lo que quiero es que esa persona hable. Entonces, echo para atrás. Uno tiene que mantener la humildad. El éxito viene después de mucho trabajo, uno se lo  gana a pulso. Pero volverse un Narciso, que se ve en el espejo y se enamora de sí mismo, eso es fatal. Una de las cosas que me enseñaron en mi casa y que más valoro es la humildad, para no creerte lo que no eres, para no pensar que has llegado a donde nadie ha llegado. Cuando empiezas a creerte esas cosas, corres peligro. Una vez leí que uno hablando podía darle gusto a muchas personas, pero escuchando iba a dar mucho más gusto a muchas más personas.

“Una vez leí que uno hablando podía darle gusto a muchas personas, pero escuchando iba a dar mucho más gusto a muchas más personas”

Carolina Jaimes Branger

-Eres una mujer con optimismo realista. Pero, ¿cómo luchas contra el pesimismo?

-No es fácil. Siempre fui optimista, ahora soy “optimalista”. No pienso en pajaritos preñados, en cosas que no van a pasar. Trato de mantener los pies en la tierra. A mí el optimismo me vino de mi cercanía a Luis Alberto Machado. El me transmitió ese buscar siempre las cosas buenas; que todo tiene varios lados, y en algún lado hay algo bueno. Aunque sintamos que es una tragedia, todo tiene algo bueno. Eso coincidió con mi entrada en Unión Radio. Yo venía de RCR, con un programa político. En Unión Radio en ese momento no había espacio en la grilla y me dieron un horario de fin de semana. Querían algo más ligero porque toda la semana se hablaba de política. Me pidieron hacer algo distinto. Me entusiasmó la idea y monté un programa, “¿Qué hay de bueno?”. Fue una experiencia fantástica. Me dediqué a buscar buenas noticias. Hubo gente angustiada que me preguntó: “¿Y tú crees que vas a encontrar alguna buena noticia?”. Pasó que conseguí mucho material porque la gente me relacionó con las buenas noticias. Muchos querían que Carolina los entrevistara porque “ella es la de las buenas noticias”. Este es un país que se niega a morir, a rendirse. ¡Caray, eso es algo maravilloso! Que después de todo lo que nos ha pasado, de todos los golpes que nos hemos llevado, que no bajemos la cabeza, que sigamos pensando en el futuro, esa es nuestra gasolina contra el pesar. Toda esa gente que conozco, que anda haciendo cosas buenas, por altruismo o por negocio, ese es mi combustible. Conocer venezolanos que están haciendo algo por Venezuela. Lo mejor de este país lo hemos hecho los civiles, no los militares. Aquí hay que ensalzar el procerato civil. Y muchos de esos próceres civiles son anónimos.

-Tienes a seres queridos lejos. ¿Qué hacer para que esos lazos no se conviertan en jirones?

-Desgraciadamente, se vuelven jirones esos lazos. Nunca pensé que mis hijas  vivirían lejos de Venezuela. No estaba planteado. Ni siquiera con mi hija Irene, tan aventurera, que se fue a los 18 años a estudiar a la universidad afuera, vivió en Italia, trabajó de voluntaria en Mozambique y después en China, y luego Guatemala, y después hizo el posgrado en UPenn. Y cuando Sofía se fue, eso fue una estocada directa al corazón. Claro, tenemos la suerte de las comunicaciones, que son maravillosas. Pero nada reemplaza un abrazo, sentarse una al lado de la otra, aun sin decir nada. A mí la vida me cambio cuando mis hijas se fueron. Tengo la fortuna de tener a Tuti. De veras que las comunicaciones son una bendición, pero yo soy muy táctil, soy de apurruñar a mis hijas, de besarlas. Se me fueron dos terceras partes de mi alma. Y está la lejanía de los amigos. Cada día se va más gente. Uno trata de mantener el contacto, pero somos animales de costumbre, y te vas acostumbrando a que esa persona no esté y es así como morirse un poquito. Tengo muy presente un verso de Edmond Haraucourt: “Partir es morir un poco”. Y es justamente eso.

-Estás frente a las cinco personas más poderosas del mundo. Tienes la posibilidad que te escuchen y de que lo que les digas depende que pueda ocurrir un cambio en Venezuela. ¿Qué les dirías?

-Digamos que son el presidente de los Estados Unidos, el secretario general del Partido Comunista de China, el Papa. Y también Bill Gates y el hoy presidente de Google, Sundar Pichai. Con el chino no tengo nada que hablar. Ellos están aquí por intereses crematísticos. Y nada de lo yo pueda decirle va a cambiar eso. Con el Papa tampoco. Me emocioné mucho cuando lo nombraron Papa, un jesuita que pensé traería nuevos aires a la Iglesia, y resulta que un hombre que es el pastor de millones ha guardado un silencio vergonzoso. Quiero hablar con Gates y con Pichai. La solución de Venezuela está en la educación. Aquí ha habido proyectos maravillosos como el de enseñar a pensar, del Ministerio de la Inteligencia de Luis Alberto Machado, y el Sistema de Orquestas. Hay que apuntalarse en ese tipo de programas. Añadiría el “Lovescaping”, un programa de mi hija Irene, que es enseñar a amar. No hay que suponer que todo el mundo sabe amar. Unos niños que crecen en pobreza extrema, en un hogar con maltrato, crecen pensando que eso es amor. Sin amor es muy difícil que puedan sentir empatía, no saben ser solidarios, no pueden perdonar. Hay quince pilares y ya Irene lo está haciendo en escuelas de los sectores más pobres de Houston. A Gates y a Pichai les hablaría de proyectos sociales que son círculos virtuosos y en los que, si ellos invierten, al cabo de unos años Venezuela sería una potencia en la región y quizás hasta en comparación con Europa. Los enamoraría para que invirtieran aquí.

“Tengo publicados cinco libros, y ahora voy con mi primera novela, una enorme satisfacción. Escribir es una disciplina y escribir una novela, caramba, no es fácil”

Carolina Jaimes Branger

-Los atletas venezolanos han roto todos los paradigmas. ¿Qué hacer para que no sean una “excepción a la regla”?

-El deporte es básico. Cuando veía los patineteros en los Juegos Olímpicos, pensaba en los que veo en la Cota Mil los domingos cuando voy a caminar. Me pasan como un rayo y hacen piruetas. Esos muchachos serían medallistas. Entonces pienso en cuán magnífico sería buscar fondos para hacer pistas de patinetas en todas partes, sobre todo en los barrios, y regalar a los muchachos patinetas buenas. Eso los apartaría de la delincuencia. Hay que buscar cosas que los aparten del crimen. Edicson Ruiz, el Maestro más joven que ha entrado en la Filarmónica de Berlín, es venezolano, de San Agustín. Su mamá lo metió en el Sistema a los 11 años porque no le gustaban las “malas juntas”. Lo mismo pasa con el deporte. De estos jóvenes nuestros en las Olimpiadas, de todos los que fueron y no solo de los que sacaron medallas, nos tenemos que sentir superorgullosos. El esfuerzo fue enorme, lo hicieron con las uñas. Cuando esto cambie, tiene que haber un programa para que el deporte dé tan buenos resultados como el Sistema. Tenemos el modus operandi, el “know how”. El nombre de Venezuela es musicalmente uno de los mejores del mundo. Lo mismo podemos hacer con el deporte, para que estos atletas no sean la excepción a la regla. Ellos fueron a ganar. No fueron a esa zoquetada de “vinimos a competir”. Si no ganas, que no sea por falta de actitud ni por mala preparación.

-¿Qué no has hecho que te gustaría hacer?

-Aprender a tocar piano. No sé si a estas alturas estaré a tiempo, pero es una frustración que tengo.

-¿A dónde te gustaría ir que no hayas ido?

-No me quiero morir sin haber ido a San Petersburgo y conocer el Museo del Hermitage. Quiero conocer Japón, admiro a los japoneses y muchísimo más después de estos Juegos Olímpicos de Tokio. Me gustaría ir a Australia y Nueva Zelanda, esa parte del mundo que está como alejada de todo y que siempre la pongo como ejemplo. Cuando dicen que los venezolanos somos como somos porque descendemos de los presos que vinieron con Colón, pues con Colón viajarían presos en el primer viaje; en el tercer viaje lo que vinieron fue agalludos, porque ya sabían que había tierras, perlas y oro. Australia fue la cárcel del imperio británico hasta hace 120 años y hoy es un país desarrollado. Entonces lo que hay es un montón de excusas para justificar que “somos así” o que “no somos suizos”, puros productos de nuestra imaginación. Nosotros seremos lo que voluntariamente decidamos ser. Y también quiero ir a la India, a buscar las respuestas que nunca conseguí en Occidente. A todos  esos lugares me encantaría ir con mis hijas y con Luis Alejandro Aguilar, que ha sido el amor de mi vida.

-¿Qué quieres que tus nietos digan de ti?

-Que su abuela vivió con honestidad intelectual, que supo decir “no” cuando tuvo que decirlo, que pidió disculpas cuando tuvo que pedirlas, que nunca se robó nada. Que no escogió el sitio donde nació, pero supo siempre que fue una privilegiada y trabajó para que los demás tuvieran oportunidades. Que fue generosa. Y que gozó un puyero…

***

Carolina comunica con la inteligencia y el corazón. Es una venezolana que sabe cabalgar en dos siglos. Decía Voltaire: “Las mujeres son como las veletas: sólo se quedan quietas cuando se oxidan”. Carolina nunca se oxidará.

*La fotografía fue facilitada por la autora, Soledad Morillo Belloso, al editor de La Gran Aldea.

[email protected]
@solmorillob

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Entrevistas